martes, 1 de diciembre de 2009

VALDEGRUDAS


La tarde es desapacible y el cielo amenaza con descargar lo que los campesinos desean desde tiempos inmemoriales. Es la lamentable historia de la sequía del último quinquenio, la que parece por el aspecto tener solución en esta tarde plomiza sobre los campos, grises también, de la Alcarria.
Hemos atravesado por enésima vez la villa de Torija, en la que uno descubre cada viaje algún nuevo motivo que admirar. El camino hacia Valdegrudas en estas horas frías del otoño es un paraíso de tranquilidad, de silencio, de románticas soledades. Se siente palpitar en los ribazos baldíos el corazón de la cansada Castilla, que es corazón de madre, de madre buena y pobre porque lo dio todo a cambio de muy poco. Los robledales del vallejo se han teñido de ocre. La veguilla de Valdegrudas duerme como aletargada. El pueblo se ve arriba, expectante de la nueva primavera, con la espadaña parduzca de su iglesia como proa que se hubiese propuesto navegar contracorriente por los páramos de la Alcarria hasta el fin de los días.
Después de haberla buscado atentamente, uno encuentra casi a la salida la costanilla descarnada de una callejuela que le sube hasta la plaza. El suelo está mojado. El turbión de la mañana amasó barrizal en las calles del pueblo. No hay nadie en la plaza. Una olma inmensa cubre, como paraguas colosal clavado en mitad, la superficie total de la plaza. Aquí la pintoresca fuentecilla de piedra dieciochesca que dejó de manar por primera vez, quien sabe si desde toda su historia, con ocho pilastras labradas alrededor, y en medio el gracioso monolito que rematan unos hierros moldeados en forma de lira. Desde las ventanas, en los pisos altos de la plaza, miran las señoras por detrás de los cristales, sentadas al calor de la mesa camilla.
- Buen olmo tienen en Valdegrudas. Y sano que parece.
- No está mal. Dicen que andará con los ciento diez años. Lo mondaron una vez y mire si le han vuelto a crecer las ramas. Ya casi pega otra vez en las paredes del ayuntamiento.
Claudio Martín está mirando el aspecto de la tarde desde la puerta de un almacén, en donde hay dos tractores enormes calzados con los aperos.
- Pues el campo parece que no tiene demasiado atractivo como para mantener aparatos como estos ¿no?
- Hombre, un cordero siempre tiene bueno y malo; pues al término de Valdegrudas le pasa igual. Hay hondos que son muy buenos, y cerros que no valen para nada.
- Pero, a pesar de eso.
- Bueno, es que también labramos en el término de otros pueblos, de cuatro o seis pueblos de la contorna, y entonces tampoco falta que hacer. En compensación nos han traído aquí unas ochocientas ovejas de Brihuega.
- ¿Cómo se van arreglando con la cosa del agua?
- Pues ya lo ve. La fuente con cuatro caños no cae una gota. Ahora se trae desde la fuente que bebíamos antes, desde la Fuente Vieja; ahí tenemos mucha. Esta de la plaza no se ha secado nunca, hasta hace dos meses. Mi suegro tiene 79 años y dice que es la primera vez que la ve así.
Desde la cochera o almacén de Claudio se alcanza a ver como fondo el cerro que dicen de la Cuesta la Lobera, con vertiente de tomillo y matorral entre los que asoman peñascales grises en línea y tierras áridas que bajan a parar a la vega. En su coche, con indicador tras el parabrisas que dice “Correos”, acaba de entrar a la plaza el cartero Agustín peñuelas, con su naturaleza pesada y el pelo blanco, que ve el mundo a través de cristales ahumados y cara de hombre feliz. El cartero de Valdegrudas es uno de los alcarreños simpáticos y amigables que he tenido la suerte de conocer. Agustín Peñuelas une a lo antes dicho una memoria privilegiada, y retiene uno por uno en su mente, a todos los habitantes, niños y mayores, de los pueblos de la zona donde reparte la correspondencia, que son exactamente…
- Cuatro. Yo voy a repartir a cuatro pueblos, pero que entre los cuatro no tienen los habitantes de un pueblo normal. Por aquí no queda nadie. Llevo Caspueñas, Valdegrudas, Rebollosa y Cañizar.
- ¿Tan mal anda la cosa?
- Hombre, claro. Cañizar aún vale un poco. Pero donde esté Torija, que es mi pueblo… Torija solo vale más que entre los cuatro juntos.
- Rebollosa debe ser muy pequeñito.
- Eso se lo digo yo enseguida. Tirando por alto, y contando a todos los chicos que hay en Guadalajara y eso, serán…
El cartero agacha la cabeza, se coloca fijo mirando al suelo, y va repasando con nombres y apodos los habitantes de Rebollosa contados por calles. Luego los suma y me da el resultado exacto. Cuarenta y siete personas, como mucho. Y Caspueñas…
Se repite la misma operación.
- Caspueñas cuarenta y tres, contando los chicos que están fuera. Y ahora le voy a decir los de Valdegrudas.
Nueva cuenta y vuelta a empezar.
- Me salen cuarenta y nueve. Cañizar es mayor.
Más concentración por parte del cartero, más nombres y más tiempo. Me sabe mal haberle acarreado sin querer tanto esfuerzo. Agustín me contesta con una cifra concreta.
- En Cañizar hay como mucho ciento doce.
- Contando a Ian, el inglés.
- Contando también al inglés, sí señor.
Agustín Peñuelas, el cartero, embutido en su mono azul se va por la calle Mayor repartiendo un manojillo de correspondencia. Se queda conmigo Lorenzo, el alguacil; un señor muy amable que prefiere soportar durante un buen rato el frío de la tarde para acompañarme a ver las “poquitas cosas” -me ha dicho- que tiene Valdegrudas.
- Mire, ahí arriba está la iglesia. Ahora nos la han reparado un poco. Resulta que se debió mover una piedra de donde apoyaba el arco y se nos iba. Han hecho poco, pero por lo menos no se nos cae.
Calles de casas antiguas, con la pincelada siempre patente de lo rural, nos acercan hasta una veintena de escaleras que hay que subir y nos ponen al pie de la portada en arco de la iglesia de la Asunción. Por cuanto al mérito arquitectónico, la iglesia no tiene mayores valores a mi juicio, pero sí el encanto de ser atalaya de un sereno rincón de la Alcarria: el nacimiento del arroyo Matayeguas.
- No señor; su verdadero nombre es Aguayeguas, que nace allá en lo alto, entre aquellos últimos robles de la cañá.
- Ah, pues en Aldeanueva y en Lupiana yo creo que le dicen Matayeguas. Eso dependerá ¿verdad usted?
- Pues sí, en cada sitio le dirán una cosa.
Lo cierto es que al panorama sombrío del barranco; la quietud absoluta de la Huerta del Cura con sus pequeñas parcelas, ahora de matojos secos y girasoles con cabezal para librarlo de los pájaros; de choperas amarillentas junto al regato, y la vega solitaria de Aldeanueva con esta paz de las tardes in sol desde los muros traseros de la iglesia, son bastante razón como para detenerse por el solo placer de mirar, si el frío vendaval no se obstinase en echarnos de allí. Una señora desocupa un cubo de ceniza y escombros en el terraplén.
- Oiga señor, ¿Viene usted para que nos den más dinero?
- No, no señora, ¡Qué más quisiera yo! Vengo solamente a ver todo esto.
La espadaña nos muestra de cerca al pasar los dos vanos del campanario, uno con campana y otro sin ella. Luego vemos frente a nosotros la vertiente de las eras, limpia, sin ningún tipo de vegetación, que los años acabarán por allanar y borrar de su corteza escalonada por no usarlas.
- Ahora, ya se sabe, con eso de las maquinarias nadie les hace caso. Con el buen servicio que nos han hecho siempre.
Lo desapacible del día aligera la visita a Valdegrudas, que a partir de aquí uno da por concluida. Con lo poco que acabamos de ver y pensando mejor época del año, cabe el apostar por este pequeño pueblecito alcarreño como paraíso estival de rincones estupendos, hoy adormilados ante el paso fugaz de quien hubiera deseado conocerlo más a fondo. En la plaza, coincidiendo con la despedida de Lorenzo, el alguacil, uno piensa en la posibilidad de repetir el viaje, de volver en otro momento mejor. Las hojas secas, desprendidas de la olma, remolinean al soplo del viento que se cuela por todas las esquinas.

(N.A. Diciembre, 1983)