sábado, 12 de diciembre de 2009

VILLANUEVA DE ALCORÓN


La tarde que llegué a Villanueva no hice mi viaje por el sitio que normalmente se debe hacer, es decir, por la carretera de Budia y La Puerta, hasta alcanzar, allá adelante, la desviación que hay pasado Peralveche. Desde allí, coge Villanueva prácticamente a un paseo. Llegué al pueblo después de haber tocado de cerca las aguas de ambos embal­ses: el de Entrepeñas, en Sacedón, y el de Buendía, en las proximida­des de Alcocer. Media hora más tarde estaba ya a las puertas de Vi­llanueva habiendo visto cambiar, poco a poco, desde que pasé por Sal­merón, el paisaje de matorral bajo en las alturas, por el campo de bos­que que allí mismo comienza a dar un nuevo carácter a toda la zona.
Sin haber entrado en él, aparece el pueblo sobre un montículo que ocupa en su totalidad. Villanueva, que goza de un término rico y repleto de vegetación, queda en medio de un paraje árido y limpio; un paraje que se alegra tan sólo con el ocre medio rojizo de sus tejados, sirviendo de cobertura uniforme a la sólida construcción de tantas viviendas api­ñadas, que marcan la forma exacta del altozano sobre el que se levanta el pueblo.
Cuando uno entra en Villanueva de Alcorón a primeras horas de la tarde se encuentra con calles generosamente pavimentadas de hor­migón y vacías de gente. Calles que se alzan en pendiente a la busca del centro de la villa. Un anciano, a medias de afeitar, da cabezadas sentado a la sombra en la puerta de su casa. El anciano no tiene muchas ganas de conversación y se limita a cumplir, sencillamente.
-Cuántas cuestas hay aquí, ¿verdad, usted?
-Sí, señor; ya sabe lo que dice el dicho.
Mi nuevo amigo, a quien no debe hacer demasiada gracia que le echen a perder su hora de la siesta, me mira con indiferencia y luego termina por no mirar.
-Oiga, ¿qué es lo que dice el dicho?
-¿Cómo?
-No, nada. Es que no me sé ese dicho. Si usted me lo quiere con­tar…
-Hombre; eso no cuesta dinero. Aquí decimos que:

A Villanueva le pasa
lo que al culo de una taza,
todo son cuestas arriba
hasta llegar a la plaza.

El abuelo debió hacer un esfuerzo para sacar la cabeza del pozo del sopor donde se chapuzaba en paz sin meterse con nadie, por lo que hubo de agradecer no poco que me fuese de allí en tan buena hora. Arriba, en la plaza de Villanueva, se ven al lado de la iglesia y del ayuntamiento viejas casonas con entrada en arco de piedras labradas; arcos en medio punto y en ojiva que, como vi más tarde, son una par­ticularidad personal de las casas más antiguas del pueblo.
-Dicen que antes no se fiaban de la madera para sostener todo el peso de la pared y por eso hacían la entrada así, en arco de piedra.
Desde las escalinatas por las que se sube a la iglesia se ven en las afueras montañas de material blanco como la nieve, a manera de ven­tisqueros, que soportan impasibles las horas fuertes del sol de la tarde. Es la fábrica de caolín, que da trabajo a mucha gente del pueblo.
- La vida aquí nos la resuelven la fábrica y el pinar. De Villanueva no se ha marchado casi nadie y es porque nunca falta un jornal. Yo creo que de ahora en adelante llegará a subir la población.
-¿Cuántos habitantes son ahora?
-Somos en total unas 750 personas.
-¿Se produce el caolín también en este término?
-No. Lo traen desde Peñalén en cantidad y luego lo trabajan aquí.
Además de la fábrica y el pinar Villanueva vive del campo. Se da el trigo, la cebada y las patatas de secano. Un campo que lo encontré un poco atrasado, aunque don Feliciano, el alcalde, no parecía estar de acuerdo.
-No; atrasado, no. Tenemos un campo muy bueno este año. Usted no ha pensado que estamos a 1.200 metros de altura y no puede estar en este momento como lo de Sacedón o la Campiña. Este año, el campo está muy bien.
Me lo contaba don Feliciano Vicente, con el que pasé un rato de charla amena sentados los dos en el mirador del Sótano, junto a una casa que se sostiene elegante sobre la roca.
-Mire: a eso de ahí le llamamos el Morro de la Horca, y lo esta­mos preparando para parque infantil. Ya hemos llevado el agua y todo.
-¿Y aquellos bloques de casas sin terminar?
-Esos dos bloques son viviendas para empleados de Obras Públicas.
Don Feliciano me habló de lo que suelen hablar los alcaldes, de pro­yectos municipales, como pueden ser el arreglo del ayuntamiento, al que se le piensa dar la vuelta, conservando su aspecto exterior, o la posible urbanización como zona residencial de la solana de la Veguilla, debajo mismo de la fábrica de caolín. Las obras de remozamiento en la iglesia parroquial no son un proyecto, puesto que la labor de enlo­sado interior se está llevando a término con la colaboración total del vecindario. Después, caminando por las calles de Villanueva, hablamos de muchas cosas.
-Antes de venir la televisión y todo eso, aquí daba gusto. Se organizaban unas buenas rondas de mozos y, con la orquesta que teníamos formada, nos íbamos a tocar por ahí a los pueblos.
-Se habrán perdido aquellas costumbres, ¿verdad?
-Casi todas. Aunque todavía se juega al "calvo" en Semana Santa.
-Y eso, ¿cómo es?
-Al "calvo" se juega en grupos de tres o de seis a cada lado, y se le tira a un cuerno con un guijarro. Si se le da, vuelve a tirar el com­pañero; si no, tiran los contrarios. El que le da al cuerno hace luego lo que promete antes de tirar: revolcarse por el suelo, beberse otra jarra entera de garnacha. . . Claro que eso lo hacen cuando la cosa ya va bien.
Me habló también el alcalde de los grandes genios que salieron del pueblo. Uno fue el Padre Abad; el otro, don Lucio García Llana. Del primero no pude saber nada, si bien de su personalidad como gran hombre me informó Feliciana, la hija del señor Rojas. De don Lucio y su talento, las anécdotas en Villanueva están en la mente de todos.
- Cuentan que ese señor se marchó a Madrid cuando era joven y estudió por su cuenta no sé cuantas carreras. Después se dedicaba a examinarse por otros estudiantes y aprobaba siempre. Muchas veces se tuvo que disfrazar. Cuando lo descubrieron se vino al pueblo y hasta aquí llegó la Guardia Civil a buscarlo, pero se les escapó en sus mismas narices, metido dentro de un carro de basura que sacaban de la casa.
En la parte baja del pueblo, cruzando la carretera, está el secadero de piñas, donde, por medio de una temperatura adecuada, se extrae el piñón que luego se empleará para siembra. Me contó doña Mercedes, la señora del guarda forestal, cómo hace algunos meses se produjo una explosión de gases que voló el tejado y arrancó las puertas de raíz.
-No fue incendio, no. Fue explosión. No pasó nada, pero el susto...
-¿Para qué emplean luego todas estas piñas?
-Esas de los sacos se las llevan a Alemania. Dicen que para adorno. Ya se llevaron un vagón hace poco.
Desde el secadero de piñas, tiene Villanueva todo el aspecto de una pequeña ciudad que durmiese bajo el sol de la tarde. Por la carretera cruza un “Jeep” cargado de obreros y de sierras mecánicas que poco más adelante se desviará camino del trabajo. Es la hora que uno pre­fiere para salir, para cruzar la Alcarria a la hora del ocaso. Otra gozada visual que en esta época acentúa su vistosidad, su encanto se­reno, en esa apoteosis de colores y de formas que al atardecer tienen los campos de Castilla.

(N.A. Julio, 1980)