lunes, 21 de diciembre de 2009

YUNTA, LA


Después de haber pasado los Cubillejos, camino de La Yunta, la espesura de pinares y encinas desaparece definitivamente y surge en su lugar una llanura inmensa, sembrada de trigo a punto de siega, que se interna en Aragón por Gallocanta. En medio, con grandes naves a su alrededor, como si de un lugar de La Mancha se tratase, está La Yunta. Directamente desde la entrada del pueblo se llega a la plaza. La de La Yunta es una plaza informe que luce al fondo el edificio so­lemne de su iglesia parroquial, y en uno de los lados el torreón semi­derruído, símbolo de la villa y de su historia, que hoy, recubierto con unas planchas de uralita por tejado, emplean en el pueblo como palomar. La Yunta acusa visiblemente en su aspecto urbano los efectos de una emigración desproporcionada, contándose por docenas las viviendas que aparecen sin habitar y que, no alejándose demasiado en los caminos del tiempo, la gente las recuerda ocupadas en su totalidad.
-Sí. Yo he llegado a ver todas las casas habitadas. Hasta hubo un tiempo en que se temía que llegasen a faltar.
-¿Qué hacen ahora todas esas mujeres en la plaza?
-Están esperando al panadero. Fíjese: antes tenía el pueblo dos panaderías y ahora nos traen el pan desde Tortuera, tres días por semana. La que se descuida se queda sin pan; así que ya ve cómo an­damos.
Con Trinitario López, mi amigo de La Yunta, y su cuñado, Ángel, que coincidió por allí en aquellas fechas, recorrimos prácticamente todo el pueblo y una buena parte de su término municipal.
-Aquí, lo que peor tenemos son las calles. Yo creo que este mismo verano se van a pavimentar.
-¿Es rico el Ayuntamiento?
-No. El Ayuntamiento no tiene nada, pero con el dinero de la finca vamos solucionando poco a poco las cosas.
-¿Alguna finca del municipio?
-No; no es del municipio. Es más bien de los vecinos del pueblo como sociedad y se rige por unos estatutos un poco severos desde hace un siglo. La finca tiene 230 hectáreas de cultivo y no se puede vender a nadie, ni repartir, ni quedarse ningún particular con una sola peseta de lo que produce. Todo lo que se saca de ella tiene que ir destinado a obras sociales o benéficas de las que pueda aprovecharse todo el pueblo.
-Entonces, ustedes la trabajan gratis, ¿no?
-A nosotros se nos pagan todos los trabajos que hacemos en la finca como jornal, tanto la mano de obra como la maquinaria. Tam­bién, vamos pagando del dinero de la sociedad los gastos de abono, herbicidas y todo eso. Cuando la estamos labrando con todos los trac­tores del pueblo a la vez, casi treinta, es un espectáculo que da gusto verlo.
-¿Son socios todos los vecinos?
-Para hacerse socio de la finca hay que pagar el día que te casas veinticinco pesetas, si el hombre y la mujer son del pueblo. Cuando sólo uno es de aquí, entonces se pagan cincuenta pesetas. Así que todos somos socios. Luego, si alguien atenta contra los intereses de la finca, en los estatutos manda que se le expulse o que se le sancione, según sea la falta.
-¿Queda mucho, después de cubrir gastos?
-Si el año viene bueno, siempre quedan algunos millones. Además, como las cuentas van según el reglamento, ahí no se escapa una peseta sin controlar.
Las explicaciones de Trinitario me despertaron el interés por ver la finca que en el pueblo llaman “El Cortado” y que queda un poco retirada del casco urbano, justamente en el límite de las tres provincias, Guadalajara, Teruel y Za­ragoza; pero siempre en término de La Yunta. Acordamos en ir más tarde, después de haber visto bien el pueblo y sus alrededores, después de hablar con quien nos iba saliendo al paso, gente amable y dispuesta siempre a la conversación.
Entre la calle Mayor y la de la Iglesia cruza una callejuela en la que está, desde hace siglos, la casa judío. Una portada con grandes losas de piedra, completamente abandonada, donde aparecen algunos jeroglíficos, dos estrellas de David y una fecha, que no pudimos des­cifrar. En la calle Cantarranas saca agua de un pozo, tirando de la cuerda, la señora Nati.
-¿Qué está usted haciendo, señora?
-Pues mire: sacando agua para la limpieza.
-¿Es buena el agua del pozo?
-Buena y fresca, sí señor. Mejor que la del grifo, que viene de allá arribuchas y salen sapos y culebras. ¿Quiere que le saque un vaso?
-Como usted quiera.
Al marido de la señora Nati, que tiene de simpático hasta el nombre, no se le puede tomar en serio todo lo que dice. Se llama Walderedo Martínez y es coleccionista de objetos irrepetibles.
-Yo tengo un cuchillo celtíbero y un calentador con el que se ca­lentaba la cama Isabel la Católica.
-¡No me diga!
-Sí, señor. Lo vendió para ayudarle a Colón cuando le contó todo aquello de irse a América. A mi casa llegó desde Granada. ¿Qué le parece?
Don Walderedo me enseñó un cuchillo de madera de los que se empleaban para cortar la miel y me dejó sin ver la otra reliquia: el histórico calentador de doña Isabel de Castilla.
La iglesia de La Yunta está señalada en su pórtico y en su espadaña con la Cruz de Malta, a cuya orden debió de pertenecer el pueblo y una determinada zona de terreno colindante. En este hecho pudo nacer el espíritu peculiar de las gentes de la tierra, que tantas veces cantaron en aquella copla que allí hasta los niños conocen:

No somos aragoneses,
ni tampoco castellanos,
vivimos entre mojones
y nos dicen los rayanos.

La leyenda del Cristo del Guijarro, cuyo trasfondo sobrenatural nadie de La Yunta pone en duda, tiene cumplida representación no sólo en la parroquia, que conserva en un relicario el trozo de piedra, sino en las propias calles y en los hogares, donde se ven a menudo repre­sentaciones de la escena del Calvario en estampas o en signos, simple­mente. La historia me la fueron contando Ángel y Trinitario, con los que pasé todo el tiempo de mi estancia en el pueblo.
-Pues no se sabe cierta la época, aunque se podría sacar averi­guando algunos datos que se conservan. La cosa es que un pastor de La Yunta, que se llamaba Pedro García, estaba una tarde de tormenta con su ganado por entre las encinas de la Hombrihuela, y al tirar un guijarro a una oveja que se le iba, el guijarro se partió en dos, comenzó a lanzar unos resplandores que iluminaron el monte, cesó la tormenta y en el corte que había hecho el guijarro al romperse vio el pastor con sorpresa que las vetas de la piedra formaban con toda claridad la escena del Calvario. Luego, ocurrió otro hecho portentoso con el conde de Priego a causa del Cristo del Guijarro, y cuando los franceses saquearon la iglesia también se lo llevaban, pero se lo dejaron olvidado en el campo y fue lo único que se pudo recuperar.
En los rincones de la iglesia de La Yunta están los pendones pro­cesionales de las distintas imágenes que allí se veneran.
-Esto lo saca el que tiene puños; pero, sobre todo, maña. Antes, yo recuerdo que los mozos dejábamos el pañuelo atado al palo para reservarnos el pendón, pero ahora no hay quien los saque.
- ¿Lo ha sacado usted alguna vez?
-Muchas. Esto, cogiéndole un poco el aire, se lleva bien.
Dejamos la iglesia con sus pendones, su retablo principal de un barroco cargadísimo y su Virgen de la Mayor, en imagen colosal de madera vieja meticulosamente trabajada. Desde allí nos fuimos al cam­po. Teníamos que ver la finca y, por indicación de mis amigos, el pe­queño bosque de encinas de la Hombrihuela, donde el pastor Pedro García fuese testigo de un hecho nada corriente y que tendría lugar -es sólo suposición- allá por la baja Edad Media o principios del XVI. La finca “El Cortado” es ahora un campo envidiable que se pierde a la vista. Está toda ella sembrada de un trigo de la especie pané que, al parecer, es el que mejor se adapta a las condiciones de aquel terreno.
-Pero no crea, que toda la finca no estaba antes como está: plantada de encinas, y las hemos ido arrancando hasta dejarla como está. Lo pasamos muy mal, pero al final ha quedado una finca hermosa.
Mientras Trinitario me contaba estas cosas estábamos en la Hom­brihuela, un trozo de la propia finca en el que todavía quedan las en­cinas, las estepas y los guijarros. Entre las encinas hay una cruz hecha en el suelo con piedras que señalan el sitio exacto del suceso sobrena­tural del pastor de La Yunta. A trescientos metros, Teruel, y a un kiló­metro escaso, el límite con Zaragoza.
Cuando dejé el pueblo, en las primeras horas del día siguiente, a la vista de toda aquella riqueza en cereal, que es, con mucho, la zona más triguera de la provincia, y valga como dato los cuatro millones de kilos que aquel pueblo suele recoger cada año, pensé en las paradojas que uno está acostumbrado a ver, como puede ser el hecho de que no tengan en la comarca un silo estatal para la recogida de ce­reales como los que el Servicio Nacional ha tenido a mal enclavar en otros lugares de la provincia, donde las cosechas, comparadas con las que aquí hay, son insignificantes. Mientras tanto, allí está el pueblo, a 160 kilómetros de la capital; marcando desde lejos el carácter dife­rente de esta tierra, con sus defectos y con sus virtudes. Pueblo recio y trabajador, donde hay gentes honradas y nobles a las que les gusta amar su pequeño rincón sobre todas las cosas.

(N.A. Julio, 1980)

1 comentario:

isabel piñana dijo...

Me alegra saber que alguien se interesa por la historia de mi pueblo (la yunta)