viernes, 11 de diciembre de 2009

VILLACORZA


¡Habráse visto otro nombre con cadencia más rural, más agreste y bucólico que el de Villacorza! Procuro llegar hasta él en buena hora, y lo consigo puntual, en una de esas tardes limpias y acristaladas con las que nos sorprenden cuando menos lo esperamos estos inviernos locos de la Meseta.
El castillo de La Riba se mantiene erecto, ya casi en tierras de Soria, encima de su cerro acrestado de potentes lajas que resguardan al pueblo por el poniente. Sigüenza se quedó atrás, como desteñido en el oro y el naranja que destellan a la caída del sol las torres de la catedral. Los campos serranos que rodean a Sigüen­za, fríos como corresponde al momento, semejan un mundo diferente, un mundo de silen­cios, de luces y de lentejuelas como en los cuentos de Grimm. Al bajar del coche, el vientecillo raso que sube de las tierras corta la piel, mientras hieren delicadamen­te los tímpanos los sones cantarines de las cencerrillas en un pastizal junto a la vega. Entre las aldehuelas de La Barbolla y de Villacorza no hay otro mundo que los campos, ni más alma que el alma viajera de quien esto escribe.
La carretera de Villacorza es desde el empalme descarnada y terrosa. El coche va levantando al pasar una nube de polvo espeso que el ambiente diluye en unos instantes. En las márgenes del arroyo Salado los frutales, las choperas y los sargatillos que crecieron junto al cauce del río, se ven desnudos. Sobre los huertos hay un manto de hojas secas, amarillas y de color tabaco.
El pueblo se ve como a caballo de un alto orientado a la solana. Se debe subir enfi­lando una cuesta de tierra en donde hay detenido un camión cargado hasta los topes de troncos de roble que impide el paso. Lo hago un poco más adelante por una senda estrecha, más en vertiente que la anterior, que me deja en la que considero la plaza principal, donde está la fuente.
Acabo de tomar asiento en el escalón de una casa deshabitada. Delante de mí cho­rrea abundante por sus dos caños la fuente de pilón rectangular, limpio y lleno hasta los bordes. El pilón tiene en mitad un curioso monolito que concluye en une cruz de forja.
- Ahí donde la ve anda con el siglo. Se puso a funcionar en las Navidades del año 1900. Seguro que ya no se acuerda nadie.
A mi derecha se ve, humildísima, la puerta del ayuntamiento, con algunos folios colgados en el ventanuco, que son avisos y órdenes municipales del consistorio de Sigüenza. Más allá de la fuente hay una antigua casona de entramado, y hacia la salida del sol la mayestática y airosa espadaña de la iglesia. El conjunto en sí -uno piensa que sin descubrir- pudiera ser muy bien delirio de pintores y de poetas.
Un niño y une niña me miran en silencio a escondidas desde un esquinazo de la calle baja. No se atreven a preguntar quien soy, ni a acercarse siquiera. Uno de ellos se marche corriendo a casa a llamar a su padre. El padre del niño y de la niña se llama Martín Minués Hervás, y es el alcalde. Viene al momento y se acomoda junto a mí, de cara a la fuente sobre el escalón de la casa deshabitada. Me habla muy suelto y sin ningún tipo de complejos. Se ve que es un hombre enterado, un hombre que sabe mucho. Martín Minués Hervás, el alcalde, cuando me habla de Villacorza y de sus particularidades más remotas, se pasea por la senda de los siglos también sin miramientos, como Juan por su casa.
- Es que yo poseo un archivo muy importante. Yo me remonto en el tiempo con mi archivo hasta más allá de los visigodos.
- Entonces tendrá noticia exacta de cuando nació el pueblo, como entidad de la que quede constancia ¿no?
- Más o menos sí. Villacorza es anterior al año 1500. A medio kilómetro, río abajo, por donde está la ermita, allí estuvo el pueblo anterior a éste.
- ¿Ah, sí?
- La ermita de aquí no es como todas las ermitas. Ésta es tipo templo, lo que quiere decir que sería la parroquia del primitivo poblado.
- Claro.
- Allá en el morrete, por el saliente, se descubrieron en 1950 restos humanos. Tenían la cabeza como encajada en un arco de yeso, mirando hacia la salida del sol. Ese dato de mirar el cadáver hacia la salida del sol tiene mucha importancia.
- ¿Por qué?
- Sí señor; mucha importancia y mucho significado. Hay constancia de que la primitiva ermita ya existía en el siglo XII. La actual es renacentista, del siglo XVII ¿Sabe usted lo de la Virgen?
- Pues no lo sé; mire usted.
- Pues es visigótica. Pásmese.
- ¡No me diga!
- Sí señor. Lo que ocurre es que en el siglo XVII le rasparon la cabeza y le pusieron unos palitroques para hacerla de las de vestir. El Niño se ve que es bastante posterior. Está hecho como de cartón piedra.
- ¿Qué advocación tiene la Patrona de Villacorza?
- Aquí se venera a Nuestra Señora de los Santos. Dicen que la imagen pasó mucho tiempo metida en el tronco de un árbol.
- Curioso de verdad. Muy interesante.
- Mire, ahí debajo estuvo el antiguo horno de cocer el pan. Perteneció al señor duque de Medinaceli.
El corro se animó en un par de minutos. Mirando y admirando, escuchando y apren­diendo de las doctas explicaciones del alcalde, el tema histórico del lugar se quedó por el momento prácticamente zanjado. No era yo solamente quien estaba al1í , sino al­guna señora más que apareció con un balde a la fuente, el dueño y el ayudante del camión de la leña, el anciano del lugar señor Segundo Calero, y el hijo adolescen­te del alcalde que también se llama Martín. Todas en contado grupo, llenamos un número de almas mayor, sin duda, a las que todavía pudieran andar, descarriadas o en orden, por toda Villacorza.
- Ahora -me dice el alcalde-, si a usted no le parece mal, lo voy a subir hasta lo más alto, como el demonio a Jesucristo cuando las tentaciones.
- Me parece muy bien. Por norma yo siempre obedezco a las autoridades, sea donde fuere. ¡No me pedirá usted también que me ponga de rodillas y le adore!
- No, eso no. Tampoco puedo yo prometerle todo lo que desde allí ven sus ojos.
Al subir hacia lo más alto del otero en donde estuvieron las eras, pasamos junto a una casona antiquísima convertida en ruina. Luego otra más, y luego otra. Varias gallinas con plumaje brillante de un marrón azafranado escarban por entre los yerbajos y picotean desganadas.
- Quien lo vio esto hace veinticinco años. Más de ciento treinta personas nos contábamos entonces. Hoy sólo somos empadronados dieciocho; pero efectivos, de vivir aquí a diario nada más que catorce.
Desde arriba, el espectáculo que ofrecen los campos es verdaderamente lindo. Se divisa la corpulenta fábrica de la ermita de abajo, en la vega, a orillas del río Salado. Más lejos Valdealmendras, otro pequeño lugar de la comarca donde queda un habitante tan solo. Las tierras intermedias son de un fortísimo color ocre, medio tapadas por la sombra. Más a distancia los altos mondos de la Sierra.
- Oiga: ¿Cuáles son aquellos picos de poniente?
- El primero es la Peña de la Bodera, y el otro el Santo Alto Rey.
- Villacorza se nos adormece a los pies al azote de los primeros fríos del atardecer. Algunas chimeneas humean desde los tejados con un humo pastoso que huele a roble. Al noroeste el cerro que dicen de la Castiñesta.
- Si se fija bien, verá que el pueblo, las casas y el cerro, forman como una magdalena. El viento gira alrededor y se escapa por estos bajos del Hospital.
- Es muy bonito todo. Ha merecido la pena subir hasta aquí. Da la impresión de que estamos en un mundo diferente, donde las cosas son bellas y los hombres se entienden unos con otros.
- Allá por donde las choperas pasa el brazo de agua salada que luego se reparte entre las salinas de Imón y de Valdealmendras. A todo el monte le decimos el Gamellón.
Ha sido una suerte el dar con una persona tan erudita y complaciente como lo es el alcalde pedáneo de Villacorza. El pueblo por sí solo no debe de dar para mucho, y la gente por lo general en sitios como éste suele ser parca en palabras y grande en corazón.
Descendemos cada vez con la luz más oblicua de nuevo hasta el pueblo. La iglesia, aparte de su campanario abarrocado y festivo, tiene un arquillo de ingreso modelado en formas fáciles de piedra de arena. El arquillo se desgrana a trozos como si la piedra estuviese enferma. En estos atrios recoletos de las pequeñas iglesias de los pueblos se montaron en tiempos pasados historias, leyendas y aconteceres que la gente suele olvidar, y es una pena que eso sea así. Otras veces perduran, quién sabe hasta cuando.
- Las campanas de la iglesia son de distinto siglo: una del dieciocho, y la otra creo que es del diecisiete. Se fundieron aquí, detrás de la iglesia. Hasta hace poco estuvieron ahí los bloques de material que emplearon los antiguos para fundirlas. Un poco más abajo tiene usted un reloj de sol señalado en los sillares.
- Sí, ya me he dado cuenta. Y también las señales en la piedra de donde suelen afilar las hachas.
A punto de acabar el día, con el último sol escondiéndose por las sierras lejanas del alto Rey, el pueblo y los campos de alrededor parece que se encienden como una potente ascua de luz. El azul violeta lo envuelve todo como un gigantesco celofán.
- Yo guardo -sigue explicando el alcalde- muchas piedras de silex, puntas de flecha, raspadores, de los que usaron los hombres de la Prehistoria. Por aquí suelen aparecer bastantes. También coopero con don Eugenio Monje, profesor de Sigüenza, en un estudio que está haciendo sobre los nombres de los pueblos.
- ¡Caramba! Pues sí que está usted bien preparado.
- Hombre, pues qué quiere que le diga. La Historia tiene para mí algunos secretos, pero no muchos. Con mi archivo yo me remonto hasta los visigodos o más allá como le he dicho. Por lo demás, lo que le pueda contar no tiene importancia. He estudiado mucho, comprende.
- ¿Por qué el nombre de Villacorza?
- Es muy fácil. Hemos descubierto que se trata de una palabra morisca. Viene de “be­lla cosa”. Si mira el paisaje se convencerá en seguida.
Don Martín Mínguez Hervás, alcalde de barrio de Villacorza, ex sacristán de su parroquia, buscador-coleccionista de útiles guerreros del Paleolítico, pasean­te de siglos y archivero de sus propias sabidurías, es ante todo un hombre encantador. Me despido de él, con los caños de la fuente como testigos, en presencia de su hijo Mar­tín y del vecino don Segundo Calero, hasta cuando Dios quiera, como me dicen ellos. En el pueblo todo es silencio y huele a madre y a hogar cuando la hora refresca. Sin que en el fondo a uno le apetezca, siente la obligación de tirarse sobre cuatro ruedas a otro mundo: al de las prisas y los sobresaltos, al de los temores y egoísmos donde vivimos los hombres del progreso.

(N.A. Enero, 1987)