domingo, 6 de diciembre de 2009

VALFERMOSO DE LAS MONJAS


- Usted todo abajo, sin dejarlo. Cuando llegue al cruce, se tira hacia la izquierda y enseguida llegará a Valfermoso. No tiene pierde.
El hombre de la calle en cuesta de Ledanca conoce la vega del Badiel con pelos y señales. Después me di cuenta de que pude haber ido, acortando camino, por las vegas de Muduex y los bajos de Utande hasta el mismo convento, pero que el error estaba consumado y no era ya hora de ponerle remedio.
La chopera desnuda de los huertos y los anárquicos zarzales del ribazo amenazan con tragarse la carretera por la que estoy a punto de entrar en Valfermoso. Una fuente desagua su chorrillo en el abrevadero, cubierto de hojas lacias que se desprendieron de los árboles. El pueblo asomará muy pronto, encajado al pie de unos cerros altísimos de estructura rocosa, uno al norte, otro al este, y otro al poniente del pequeño caserío escondido detrás de aquella vegetación dormilona de la vega.
Son las cuatro de la tarde y Valfermoso está ya cubierto de sombras. El Pico del Monte se come la luz de la hondonada. Salvo la Plaza Mayor y las montañas que lo rodean, en Valfermoso todo es pequeño. Seis remolques, colocados en línea como tanques de guerra, reposan en mitad de la plaza. En la esquina del Ayuntamiento hay una placa de piedra en la que se lee: “Homenaje a D. Florentino E. Sáiz Martínez, Maestro de Valfermoso de las Monjas, 19 de marzo de 1960”. Al pie de una casona con escudo de armas sobre el dintel de la puerta, en la misma plaza, dos mujeres sentadas en sillas bajas, arropadas a la sombra, pasan la tarde haciendo punto por el sistema tradicional de las dos agujas.
- Buenas tardes, señoras. En Valfermoso el día es más corto que en otros sitios. ¿verdad?
- Sí señor. En invierno, cuando llegan las cuatro ya estamos sin pizca de sol.
- Pero en junio esto debe de ser una delicia.
- Entonces sí. En verano esto se pone muy bonito. Con las huertas y todo eso está muy bien. Vienen muchos veraneantes.
- En cambio, ahora…
- Ahora medio vacío; ya lo ve usted. Puede que seamos cincuenta personas o poco más. La gente se marchó del pueblo buscando el bien, y ahora ya ve como se han puesto las cosas. Que muchos echan el pueblo en falta.
- Ya lo creo. Esta casa, con su escudo y todo, se ve que fue de gente importante.
- Los dueños debían ser canónigos de aquellos de antiguamente. Les decían los Yustas. La dueña no vive aquí. Tiene ya noventa y ocho años, y si viera usted lo relista que está la mujer. Para el verano igual viene a pasar unos días.
- Pues por el material que se ve, sí que deben tener maquinaria para el campo.
- Eso sí. Aquí cada uno tiene su tractor, o dos. La tierra la tenemos en el alto, en las alcarrias que le decimos. Lo malo es el subir y bajar para trabajarla, tal y como están los caminos; pero qué remedio nos queda.
Doña Ascensión y doña Lucía, las dos mujeres que pasan la tarde haciendo punto a la sombra de la plaza, junto a la casa solar de los Yustas, me cuentan que el cerro más alto, iluminado en la cumbre por el sol mortecino del crepúsculo, se llama del Cerro de la Dehesa, y que lo que tiene al pie es un roble muy antiguo, corpulento, desnudo por el rigor de los días que no se paran en contemplaciones.
- Los más ancianos del pueblo nos cuentan que cuando ellos eran niños el roble estaba igual que ahora. Se le echan doscientos años, como poco. A todo lo que hay alrededor se le dice la Huerta del Roble.
Quisieron acompañarme después hasta la iglesia las dos buenas señoras a las que acababa de conocer en la plaza. Luego se unió a nosotros una tercera mujer, doña Feliciana, que en seguida se presentó con la llave. La iglesia tiene por fuera todo el aspecto de los clásicos templos rurales de transición, posiblemente del siglo XVII, con torre de mampostería esquinada con sillar y campanario de cuatro vanos. Un azulejo por encima del sencillo arco de la portada dice: “Parroquia de Nª Sª de la Concepción”.
Entramos por la puerta contigua de la sacristía, habilitada como capilla, con media docena de bancos y la llamita permanente de la lámpara del Santísimo luciendo a la derecha de un altarcillo también improvisado. El Sagrario y una imagen pequeña de la Virgen están colocados detrás, sobre sendos troncos de árbol sin pulir, serrados a tajo liso, sin que lo original de la idea reste al entrar respeto ni devoción al visitante.
- Es un poco pequeñita la habitación, pero en los días de diario nos apañamos aquí. Por detrás tenemos un poco de armario para las ropas y todas esas cosas que hacen falta. Viene don pedro todos los días a decirnos misa.
El templo es reducido en capacidad, de una sola nave. Tiene las paredes desnudas y la bóveda pintada con formas geométricas sobre el fondo blanco.
- Antiguamente había un retablo muy bonito. Bueno, había tres o cuatro retablos. Cuando la guerra lo destrozaron todo, y así está. El patrón del pueblo es San Juan Bendito, y la patrona la Concepción. Mírela ahí arriba. Para San Juan siempre se ha hecho mucha fiesta. Ahora menos. Antes se cantaba:

Implorando tu consuelo
te cantamos tus devotos,
intercede por nosotros
San Juan Bautista en el Cielo.
Entre todos los nacidos
eres el santo mayor,
ven y lleva nuestros votos
ante el trono del Señor.

Pendiente del muro lateral opuesto a la puerta de entrada, hay un lienzo de considerables dimensiones en el que se ve, ataviado con sus mejores galas, la figura de un obispo puesto en pie y la de un sacerdote postrado en la misma escena.
- Es el cuadro de esos canónigos que le dijimos que vivieron en la plaza. Eran tío y sobrino.
La leyenda que el cuadro tiene al pie habla, efectivamente, de que la imagen representa al Rvdmo. Don Baltasar Yusta, nacido en Valfermoso, quien llegó en su tiempo, hace dos siglos, a la dignidad de catedrático en la Universidad de Alcalá, canónigo de Albarracín y Sigüenza, y obispo de la diócesis de León y de Córdoba.
- Mire, aquí detrás está la pila de cristianar. Dicen que tiene mucha importancia. Es toda de piedra. Ahora ya no se bautiza a nadie, como no hay niños… ¿Qué le parece la iglesia?
- Muy bien. Un poco desnuda.
- Con un buen retablo y otra pintada parecería algo distinto. Pequeñita, pero no está mal.
Después de haber agradecido su generosidad a las tres señoras que tan gentilmente me acompañaron, salí a dar una vuelta por el pequeño lugar comenzando por la fuente pública. La fuente está casi rayana con los cimientos de la torre, un poco más alto su nivel que el pórtico de la iglesia, al otro lado del olmo mocho que sirve de límite al escalón.
Valfermoso de las Monjas es pueblo de dos calles transversales como más importantes, en las que va surgiendo al pasar alguna casa antigua de señalado interés, como una con portona en arco, muy restaurada, o la otra contigua en cuyo dintel en piedra aparece una jaculatoria a Santa María fechada en 1784, dos siglos justos sobre sus cimientos, siempre fiel al hábitat característico de este trozo de la Alcarria.
Las mujeres regresan con el cestillo de labor debajo del brazo por el camino del cementerio. Por las callejuelas de abajo picotean las gallinas en los humedales, cerca ya del arroyo del Pocillo. La fuente vieja desagua en un pilón a ras de suelo, tomado por la suciedad debajo de un sauce raquítico y de una higuera sin hojas. Las vecinas del barrio del Pocillo se lamentan por aquel abandono.
- Mire usted, está todo hecho una pena. Por aquí hay muchas veces más porquería que agua. A eso no hay derecho. ¡Y qué agua más rica si usted la probara en verano! Casi no se puede beber de puro fría, porque se calan los dientes.
Pocos minutos más tarde emprendo el camino de regreso por la carretera del convento. El sol, fuego frío a estas horas del atardecer, alumbra vallejo arriba los muros encalados del que fuese el más antiguo monasterio que hubo en la provincia. Al lado, el colegio donde reciben enseñanza los niños de toda la comarca que van y vienen a diario haciendo uso del transporte escolar. El primer convento de Valfermoso era originario del siglo XII; pero después de la última en que lo dejaron demolido, se volvió a reconstruir, y allí viven un puñado de hermanas benedictinas, apartadas del mundo, que asisten los trabajos de la casa, dedicada especialmente a tandas de ejercicios espirituales lejos del bullicio del siglo. Como anécdota más destacada de su larga historia, se sabe que aquí vino a recluirse como monja la comedianta del siglo XVII María Calderón, “La Calderona”, amante que había sido del rey Felipe IV, con el que tuvo un hijo bastardo, don Juan José de Austria, cuyo recuerdo se guardo durante siglos en un retrato que ya no se conserva.
El silencio del patio benedictino lo guarda un perro enorme, que me mira desde abajo como sin gana. No he querido entrar. Una monja ancianita hurga en el agujero de una tubería tapada de hojas secas. Detrás, la quietud del bosquecillo en las lomas, teñido con los oros mortecinos del último sol de la tarde sobre la Alcarria.

(N.A. Enero, 1984)