martes, 1 de diciembre de 2009

VALDECONCHA


No ha llovido poco desde aquellos años en los que, con cualquier buena amistad de la Villa Ducal, solía acercarme alguna que otra tarde por estos solitarios valles del Arlés en donde ahora estoy. Atrás he dejado hace unos instantes la añorada Pastrana de otros tiempos, con la minúscula ermita de las calaveras asomándose a los huertos, en donde, los que saben de aquellas cosas, aseguran que rezó Teresa de Ávila y se inspiró San Juan de la Cruz para su Cántico Espiritual.
La vega de Valdeconcha es hoy un tupido complejo de girasoles, de árboles frutales y de olivares, con una legua casi de extensión, en cuyo final se alza la altiva fábrica de su iglesia de la Asunción, encajada como entre dos vertientes que concurren en ambas riberas del arroyo.
Es la media tarde; un poco antes quizás. Llego al entrar a una casona blanqueada y de saliente alero. Una parra sobre la pared esconde discretamente los racimos a punto de miel bajo la fronda mullida de los pámpanos. Al otro lado de la calle hay una huerta semidesierta, a la que sirve de límite el muro de unas ruinas de apariencia noble. Los otoñales volúmenes del solar se reparten en desigual proporción entre las ramas de las higueras, del cañizal, de los perales y de los granados. Las granadas de los huertos de Valdeconcha, como pasa con las de Pastrana, se ven devaluadas en su estima por los propios campesinos del Arlés, los cuales aseguran, sin que les falte razón, que es un fruto insípido y con mucho hueso. El gallo de la veleta contempla serenamente la panorámica de los campos bajo una crucecita de hierro negro.
- ¡Chico, no dejes de ir adonde te mandó tu padre!, le dice por el ventanillo de su puerta la madre a un rapaz que se va haciendo caso omiso.
Dos perros iguales bajan hacia mí enfadadísimos cuando intento subir con dirección a la torre. Los dos perros me ladran a la vez con el lomo encrespado en un desconcierto infernal. Cuando se cansan, sin que yo les haya dicho nada, se van los dos.
En algunas de las puertas que encuentro al subir hay letreros que dicen: “Peña el Delfín”, “Peña la Cobra”, “Peña el Sur”, una a continuación de otra en la misma calle.
La plaza vieja es hermosa, cuadrada, la preside en su mismo centro un olmo enorme atacado del mal. Detrás se yerguen malamente, sosteniendo como pueden el peso de sus cuatro siglos, las columnas de piedra de la Casa Consistorial. La bandera de España cuelga lánguida de su mástil en el balcón. La estampa es de un rusticismo impresionante. Por una de las ventanas destartaladas que hay por encima de las columnas, se dejan ver, viejos y aburridos, los bancos bipersonales de la antigua escuela de niños. Una plancha de mármol cogida a la pared reza en la misma fachada: “Plaza Constitucional”.
- No se crea que es de ahora, que esta plaza se llamó siempre así. El letrero estaba ya de antes.
- Me he dado cuenta. Ésta de abajo es otra cosa. Se ve que es más moderna.
- Sí, a ésta le decimos Plaza de la Fuente.
Cuando don Blas Lozano me señalaba con la mano hacia los tres chorros que cuelgan desde el monolito hasta el pilón que comunica con el abrevadero, las abejas andaban merodeando por los bordes como muertas de sed.
- Ha cambiado mucho Valdeconcha desde que no la veo. Tienen unas calles estupendas y muchas casas nuevas. Lo que me temo es que la población se haya reducido en más de la mitad desde entonces.
- Qué sé yo. Aquí no quedamos casi nadie. Puede que no llegue ni a las cincuenta personas si me apuran. Yo mismo soy de los que paso aquí tres o cuatro meses en verano y luego me marcho.
- ¡Qué cosas, verdad! Y hace sólo quince años tenían su buena escuela.
- A ver. Allí abajo está, a la entrada del pueblo. Si puede que haga esos años que aquí no nace nadie. En cambio, en julio y agosto esto es un hervidero de chicos.
Valdeconcha, con personal o sin él, es un pueblo acostumbrado a mirar alto, a las cumbres que fueron del labrantío y que lo protegen de todos los aires, con nombres tan familiares para los que de allí son como el Cerro del Calvario, el Hijar, la Pinailla…
Antes de entrar en la calle del Barranco, la más ancha y señorial de Valdeconcha, me fijo en los viejos aleros ennegrecidos, en los paredones de entramado típicamente alcarreños, en los pequeños ventanucos de madera roída, sabedores de idilios y de rondas en aquellas noches románticas de primeros de siglo.
Una espuerta de vainas de habichuela se secan al sol extendidas por la acera. Ahora cruza en dirección opuesta la mía un señor de edad con pantalón corto por la Plaza de la Fuente. En la calle del Barranco bosteza un viejo sentado a la sombra sobre un saco de simiente a medias de llenar. El viejo me mira estático, con rostro inexpresivo. La verdad es que no sé si me mira o me deja de mirar.
- ¡Hola!
No dice nada. El hombre debe de ser sordomudo, o por lo menos sordo total. Las señoras me miran con atención desde las puertas de sus casas. Visto desde la calle del Barranco, con portonas arqueadas a cada lado, pienso que Valdeconcha es un pueblo antiguo, silencioso, anónimo, en donde seguramente hay mucho que ver. Un pueblo que merece más de los que se le da.
- Pues ya ve usted. Y qué sabemos nosotros.
Don Eduardo Sánchez, don Fermín y doña Felicidad, no tienen idea de que su pueblo fue reconocido como villa por los Reyes Católicos tres años después del descubrimiento de América; ni de que en su iglesia encontró el descanso hasta el día de la resurrección el caballero don Juan Calvete, quien concluyó las obras de un palacio en Valdeconcha, iniciado años atrás por tío suyo, a la sazón obispo de Oviedo, y de cuyo lugar de emplazamiento nadie sabe nada.
- Yo creo que algo sí que hemos oído alguna vez, pero cosa de poco. Que si al arar por detrás de la iglesia sacaron piedras labradas y cachos de tejas. Sólo eso. Los que estudian sí que saben las cosas, pero mia nosotros.
- Siempre que veo los pueblos en los que podrían vivir divinamente doble de la gente que tienen, se me ocurre pensar en por qué la manía que le dio a todo el mundo por marcharse. Muchos a ciegas, siguiendo la moda.
- Pues sí; se empezaron a “dil” los chicos, y a nosotros qué nos quedaba que hacer. Y con esta vega que tenemos que ha dado tanto, de cereal y hortalizas sobre todo. Esos cerros de arriba, del Hijar y de la Cuesta del Pino, se labraron hasta hace bien poco.
- Y ahora, medio término lleco.
- Pues casi. Se labran las parcelas del alto y algún rincón de olivos. Este año hay más oliva por los llanos que por la vega. En esto de abajo se heló en dos mañanas.
Al preguntarles si había bar, mis amigos de la calle del Barranco me encaminaron a cuatro casas más abajo en la misma acera. La puerta del bar se encontraba cerrada a esas horas. Cuando empujé, vi en las escaleras del portal un perro lobo dormido tranquilamente sobre el descansillo. Escrito en el tablero de una mesa contigua se lee escrito en un papel tamaño cuartilla: “Las tensiones se tomarán los martes. El médico”. Luego baja la dueña del establecimiento y me pasa a la sala del bar, que está completamente sola.
- Es que ya en este tiempo viene muy poca gente. Alguno por las tardes a echar la partida. Se hacen un par de corros, y así estamos.
Las cuatro paredes del salón están adornadas con pinturas murales que representan escenas marinas de neptunos y ninfas, selváticas con serpientes y tigres feroces, de atardeceres románticos en los mares del Sur.
- ¿Sabe que me gustan mucho las pinturas de la pared?
- Ya son muy viejas. Las pintó hace muchos años un señor de por ahí. A la gente le llaman la atención.
El bar de la señora Carmen es un sitio fresquito y muy acogedor. Lástima que cuando se pasa el verano se quede tan triste y tan solitario, con sus pinturas exóticas, su mostrador nutrido, sus mesas de juegos desocupadas y su futbolín en silencio.
Con la tarde marcando a la caída del sol los lentos compases del otoño alcarreño, Valdeconcha se reviste a estas horas de una sublime transparencia. Hay un instante en el que el pueblo y el campo parecen de cristal. En una esquina de la calle de La Chacota encuentro a cuatro señoras sentadas en el poyo, entre sol y sombra. Las mujeres contestan todas a la vez a las buenas tardes, y luego se quedan como mudas viendo como me alejo con la mano extendida sobre los ojos haciendo sombrilla. Por las afueras se ven, alineadas, siguiendo la linde de las huertas, algunas tinajas de barro de las que se emplearon en las bodegas del pueblo antes de la filoxera. En la suave colina del mediodía, los robustos contrafuertes que sostienen la iglesia se han dorado de sol, preludiando la venida de la noche.

(N.A. Octubre, 1985)