jueves, 10 de diciembre de 2009

VIANA DE MONDÉJAR


Por esta vertiente del arroyo Solana y otras limítrofes que desaguan en su cauce, la Alcarria se muestra al visitante con aspereza. Tierras erizadas de matorral, robledales lacios, alturas pedregosas, vallejos teñidos con el siena tostado de las mimbreras, y en la paz del declive, recibiendo de forma más directa que nunca la luz del sol de marzo, los troncos huecos cubiertos con un casco de tinaja donde viven y laboran las abejas, cuyo quehacer, favorecido siempre por el olor y el sabor de una vegetación privi­legiada, se traduce al final de cada temporada en exquisitos panales de miel que dieron fama a toda la comarca.
Viana tiene por gloria la vecindad de sus Tetas que se llevaron toda la nombradía, relegando al pueblo a la retaguardia de la popu­laridad, incluso para los propios alcarreños. Viana es un pueblo pe­queño, empinado en lo alto de una colina de roca viva, rodea­do de precipicios. El pueblo tiene casas colgadas en las peñas co­mo las de Cuenca, y en su entorno lucen el macizo de sus gemelos altiplanos los dos cerros más famosos de toda la Alcarria.
- Son muy bonitas las Tetas. Ahora han hecho una pista por la que se puede subir en coche hasta la más redonda. De noche dicen que es precioso; se ven las luces de la nuclear de Trillo y de muchos pue­blos desde ahí.
La mujer se llama Bonifacia. Viste de negro y habla muy apri­sa. Doña Bonifacia Martínez está barriendo la puerta de su casa en la Plaza de España, frente por frente con el arco de un mural1ón de piedra, resto al parecer de un viejo castillo del que sólo que­da, además de la pared en ruinas, el decir deshilvanado de la gen­te en torno a unos cuantos hechos concretos, ignoro hasta qué punto históricamente fiables, que, con las mismas palabras con que me los contaron, transcribo a ustedes.
- Aquí estuvo antiguamente la ciudad de Calatena, y ese arco debía ser la entrada del castillo. Según yo he oído decir, lleva en ruinas más de cinco siglos. Creo que los moros le prendieron fuego en tiempos muy lejanos. En el castillo tuvieron desterrada a la reina doña Urraca y no sé si a otra reina más.
- Es muy interesante todo eso, ya ve usted.
- Con lo de las obras le tiraron un esquinazo. Tienen que arreglarlo. Desde la casa rectoral, que es esa medio hundida, se sube a la muralla del arco. No se vaya del pueblo sin ver la portada de la iglesia, que es muy bonita.
-¿Usted sabe si esto tiene algo que ver con Mondéjar?
- Nada. En tiempos dicen que perteneció a unos condes que eran de Mondéjar, y por eso se llama así.
La plaza de Viana es cuadrada, pequeñita, solitaria. Por debajo del arco del castillo voy a parar a lo más alto de un despeñadero por cuyo fondo discurre el cauce seco de un arroyo que se llaman de la Puente el Vadillo. Al fondo, la vega parda del arroyo Solana limi­tada por las peñas de La Puerta, imitando la forma de una colosal cresta de gallo.
Por estas alturas sopla, un vientecillo frío que viene del nor­te. Los oídos no reciben otra impresión que el tintinear de las esquilas de un rebaño de ovejas que pacen en los bancales yer­mos del Cerro de la Cruz.
Me voy por medio de callejuelas angostas, pavimentadas unas, olvidadas otras, en busca de la portada de la iglesia que me recomendó doña Bonifacia. Se llega al atrio después de atravesar un arco pintoresco de sillería rematado por una cruz. Sobre la pie­dra labrada hay una inscripción que dice: “Don Juan Cano, cura de esta parroquia, hizo esta obra”. En otra aparece la cifra ilegible del año de su construcción. El recinto previo es un yerbazal incontrolable. Los escombros de una pared medio derruida se amontonan jun­to al muro. Después, bajo la techumbre también en ruinas de un por­talón sombrío, se ve la magnífica portada románica de la iglesia, luciendo sus fuegos paralelos de columnas de apoyo a una, y otra mano, a la vez que sirven de sostén al iris de archivoltas en semicírculo que recorren el ancho entorno de la puerta de entrada.
En Viana al andar son casi todo cuestas. Bajando hacia las orillas por donde entré hay una señora que riega plantas heladas, plantas exánimes que mató el invierno. La mujer se llama Paca, lleva un kimono azul y es muy amable, atenta y sin prejuicios, como es la gente de Viana.
- ¿Para qué las riega usted, señora, si están muertas?
- Qué va. No están muertas; es que tienen mal aspecto. Luego re­toñan por abajo y se hacen altas. Son dalias.
- Tienen un pueblo que es un capricho. Un poco abandonado, creo yo, pero muy bonito, ¿verdad?
- Yo, no se si me querrá creer, es donde mejor me encuentro. Lle­vo dieciséis años viviendo en Madrid, pero, cuando de verdad disfruto es cuando estoy aquí. Este aire limpio, este silencio…
- ¿Queda mucha gente en Viana?
- Casi nadie. No se si diecinueve vecinos. Casas con dos perso­nas y con una la mayoría.
- ¿Por aquella parte, hacia dónde va a parar la vega?
- Esa viene de Peralveche, y, si la sigue por abajo le lleva hasta La Puerta. Debajo del pueblo hay una piscifactoría, que la habrá visto al entrar. Antes era un molinillo de luz, que abastecía a to­dos estos pueblos.
- ¿Para cuándo tienen la fiesta?
- Las fiestas, porque son dos. La Patrona, que es la Virgen de Nazaret, se celebra en agosto, y San Antonio en junio.
Una tinaja centenaria asoma su panzota hueca entre las escombreras de una casa en el barrio bajo. De entre los palitroques sale un gato disparado y se cuela por la gatera de una puerta inmediata. Trochas y senderos de cabras ascienden cerro arriba hasta los poya­les de olivar, hasta las risqueras grises de la Cueva la Horca. En­tre las Tetas y el cerro, la reguera del Granao, por donde antigua­mente bajaba el agua camino del arroyo Solana. Don Mariano Culebras me in­vitó a subir con él hasta la bodega, en la umbría de la Horca. Don Mariano Culebras Rodrigo va empujando una carretilla de mano con dos garrafas de cristal y algún ladrillo hueco.
- Estos ladrillos se ponen en la cueva, bien puestos, y se van colocando las botellas, una en cada agujero, ¿comprende?
- Claro que sí. Esa es una buena idea.
- Por todo este barranco pasó el del “Viaje a la Alcarria”, pero no entró al pueblo, se fue derecho hasta La Puerta.
- Digo yo que Viana es muy bonito; pero, mirándolo bien, el te­rreno poco agradecido ¿no le parece?
- Aquí, nada; el ganao únicamente. Antes se vivía del trigo, de las colmenas, de las judías, de las patatas...; ahora, sólo de la jubilación que dan a los cuatro viejos.
Mi amigo sube la cuesta sudando con la carretilla. Le ofrezco ayuda y dice que no, que va muy bien, que a lo mejor algún día se le ocurre al alcalde de Trillo hacer un carril en condiciones y entonces se arreglarían las cuevas. La suya por lo menos. ­
- Mire: no les hace caso la gente y están medio hundidas. Estos arbolillos los he puesto yo para que den sombra cuando venimos a comernos las chuletas.
-¿Ah, sí?...Pero eso será en verano, claro.
-En verano y en todo tiempo. Cuando nos parece, subimos chorizo, jamón, lo que sea, y aquí pasamos el rato. A todo esto de abajo se le dice el Barranco de los Cotos.
La cueva, como las de Gárgoles, las de Trillo o las de Mirabue­no, está, abierta en la mole arenisca del cerro. La mañana está fresca y apenas se nota en el interior la temperatura, constante, en torno siempre a los diez grados, que suelen tener las bodegas. En las pequeñas covachas, a modo de hornacinas a cada lado del pasillo central, reposa el glorioso jugo enfrascado en garrafas de cristal ta­padas con botes en posición invertida. A la entrada, a modo de pequeño recibidor, hay sillas, montones de leña seca de roble y de romero, embudos de plástico, gomas de extraer colgadas de un palo, can­diles de aceite...
- En estas tinajas pequeñas tengo aceitunas. Mire: ese es el ja­raiz, donde piso la uva.
- ¿Usted ha pensado si todo esto hubiera que hacerlo ahora a ba­se de pico?
- Ah, sí; se haría enseguida. Dicen que vienen de los moros. Ahora no habrá quien las haga, pero sí que nos las dejamos hundir.
El egreso al pueblo lo hago en solitario. Mi amigo se ha quedo allí haciendo pruebas con los ladrillos o llenando, quizás, las dos garrafas de vino que tiene que llevarse a Madrid esta misma tarde. De la cueva de don Mariano Culebras, uno se va con el pesar de no haber probado una sola gota de lo que allí se cuece. Cierta­mente que no se le invitó, pero cierto es también que, si se le hu­biera ocurrido pedir, su amigo, es de suponer que le hubiese ofrecido una cata con mil amores. Otra vez será.
Y al volver, el rudo terruño de siempre. El regreso se hace con la personal satisfacción de haber visto consumado un viejo deseo: el de ser testigo del palpitar de la Alcarria desde su mismo corazón, escondido allí bajo las peñas que corona repetida la cumbre de las famosas Tetas.

(N.A. Abril, 1983)