viernes, 18 de diciembre de 2009

YEBES


Son las once y en Yebes la mañana da una tranquila impresión de amanecer. Con mucho sol sobre los campos en hibernación hemos conseguido llegar aquí, atravesando los llanos tropelludos y los fríos páramos de la primera Alcarria. Yebes apenas se advierte al pasar; queda medio escondido en lo alto de un otero mirando al saliente. En los humedales de las afueras persiste la escarcha que se formó durante la noche y que empalmará de nuevo con la noche siguiente. Frente por frente se advierten al subir las costanillas de olivar donde la gente afana en la recolección por el viejo sistema del ordeño, y chaparrales adormecidos en las tierras blancas del cerrillo de la Cabeza.
Dejando a nuestra derecha la enorme fábrica de la iglesia, adonde uno espera volver, se adentra a mitad de escalada en la Plaza Mayor, cuadrada y recogida, que tiene por frontal la vieja fachada del ayuntamiento, cuya centenaria galería se sostiene sobre seis columnas de palo carcomido. En la plaza no hay nadie. Luego llegará la furgoneta del cartero y se marchará enseguida. Haciendo juego con el venerable frontal de la casa del concejo, hay una fuente de piedra construida en 1946, que desagua en el cuenco redondo de una cazuela, semejante a las pilas bautismales de las iglesias, y se comunica con el estanque clarísimo del abrevadero. Tal y como se lee sobre el monolito del que se desprende el chorro, las aguas fueron cedidas al pueblo por el marqués de Casa Valdés. Como si fuese manejada por un mando a distancia, el agua llega de golpe y se vuelve a cortar.
Desde las eras, el pueblo se ve abajo como una justificación de vida para aquella tremenda soledad del paisaje. Las columnas albigrises del humo de las chimeneas van subiendo rectas, para perderse al poco de salir en los cristales celestes de la Alcarria. El herrín de los aperos, tirados por allí, brilla como lentejuelas encendido por el sol de enero.
-A nosotros nos viene bien tanta tranquilidad; pero a los jóvenes, se conoce que les molesta.
Mi hablaba doña Consolación de las Heras que salía de un chalé situado por aquellos altos.
-No ha quedado nadie, mire usted. Yo misma tengo cuatro hijos y se han ido todos. Aquí tienen sus casas y vienen a pasar alguna temporadilla, porque esto es muy sano, pero cada cuál se ha ido buscando su vida por otra parte.
-Aquella debe ser la ermita de la Soledad, supongo.
-Si; aunque en realidad es la Virgen de las Angustias.
-La Patrona.
-No señor. El patrón de este pueblo es San Bartolomé, y también se hace un poquito de fiesta para San José.
Uno recuerda que tiene un amigo en Yebes; un amigo adoles­cente que se llama José Antonio Hernández, al que hace tiempo que no ve. Como es día de vacación José Antonio está en casa. Me dice su madre que todavía no se ha levantado; pero que saldrá enseguida. Mi amigo, después de un lavado fugaz y de un desayuno rápido, se viene conmigo frotándose los ojos. Es un muchacho encantador, amigable y familiar, al que, afortunadamente, no le atacó la demoledora carcoma que anda por el mundo destrozando a un importante sector de la juventud. Me advierte José Antonio que están a punto de hundir el ayuntamiento, porque lo quieren hacer nuevo.
-Ya pronto lo van a tirar. Dicen que lo quieren hacer respetando la forma antigua. Si no lo vuelcan, se va a caer él solo.
La fuente de la plaza sigue chorreando con intermitencia, unas veces mucho y otras nada.
-No sé por qué lo hace. Antes decían que si se atrampaba una culebra por el depósito, pero ahora debe ser aún por la sequía.
Nos fuimos luego hasta la iglesia. Presenta por la solanilla que bajamos una solemne esbeltez, con el ábside de piedra viva reforzado en contrafuertes altísimos, y una torre sólida orientada a las puestas del sol con tres cuerpos hasta el campanario. La parte central, correspondiente a la única nave, parece posterior en el tiempo; se ve blanqueada y se abre en seis arcos por los que se cuela el sol hasta las mismas losas del pórtico. Mi joven amigo me contó que a finales de verano robaron en la iglesia; que los ladrones se llevaron unos relieves del retablo mayor y que lo revolvieron todo.
-Se conoce que se pasaron aquí toda la noche, porque no se dejaron nada sin tocar. Se llevaron todo lo que les dio la gana, forzaron el sagrario, y por la mañana estaba la puerta de la calle de par en par.
La techumbre de la iglesia está recorrida por nervaduras que se entrecruzan, dando lugar a curiosas formas geométricas por encima del presbiterio, mientras que la bóveda de la nave se cubre con cañón en ojiva un tanto original. En torno a la imagen del Rosario hay quince tablas de pequeño formato, donde se ven representadas, en pintura de artista mediocre, las escenas correspondientes a los misterios completos que prestan al retablo un cierto interés. Detrás del altar mayor hay un templete barroco de buen dorado, sirviendo de pie al retablo mayor presidido por la imagen del patrón de Yebes, San Bartolomé Apóstol.
Desde la iglesia, siguiendo ahora la umbría del terraplén norte calado de bodegas ruinosas y de pajares que muestran al bajar su vieja osamenta de palitroques y de escombros, llegamos hasta la fuente de los Cuatro Caños en plena margen de la carretera. Los cuatro caños, situados en línea sobre el muro de sillería, arrojan gruesos chorros de un agua riquísima, de la que malamente se alcanza a beber por los situados en cada extremo.
Dice mi padre que antes se salían del pilón, y que hacían daño al beber de tan fuertes como salían. En ese hueco de la pared yo he oído decir que antiguamente había una imagen.
Existe a la caída de la carreta otro manantial con un solo caño. Le llaman la Fuente de la Ventanilla, y sale desde la roca. Los zarzales de la cuesta, al cabo del tiempo, acabarán con ella.
-Por aquí había un pilón donde las mujeres bajaban a lavar los menudos. Para mi abuelo, el agua de aquí es mejor que la de arriba. Como no se le hace caso está todo devorao.
-Podíamos acercarnos un momento -propongo a José Antonio- hasta el Observatorio Astronómico. ¿Crees que nos lo enseñarán?
- No sé. Si están trabajando, alomejor no. Podemos ir a ver.
El Centro Astronómico de Yebes, dependiente del Instituto Geográfico Nacional, coge a dos o tres kilómetros del pueblo y está situado en el centro de un páramo de chaparros y olivos, desde donde se contempla a la redonda una extensa porción de la Alcarria. El Centro consta actualmente, tal y como se nos informó, de un radiotelescopio dedicado a la investigación de las moléculas interestelares; de un estrógrafo para la observación fotográfica de cometas y asteroides, y de la torre solar, que es un telescopio refractor que permite la proyección de la imagen del Sol en luz total, y hace posible el dibujo de sus manchas características.
Me informaba de todo don Santiago García de Juan, ingeniero técnico y administrativo del Centro.
-Hace ya seis años que funciona. Se montó aquí por dos razones: la primera fue por que debía estar fuera de Madrid debido a los problemas de polución, pero no a demasiada distancia para que fuera posible el desplazamiento frecuente del personal especializado; y la segunda se debió al particular deseo del astrónomo guadalajareño don Manuel López Arroyo, vinculado por cosa familiar con Aranzueque, donde su padre estuvo de maestro. Se comprobó que esto ofrecía buenas condiciones, si no las óptimas, y se instaló aquí.
-¿Existe algo similar en otros lugares de España?
-Sí; está el Observatorio de Calar Alto de Almería, que se complementa con éste y con otro que hay en Tenerife, aparte de las instalaciones de Granada que pronto empezarán a funcionar.
-¿Cuánto mide la esfera del radiotelescopio?
-Es impresionante, ¿verdad? Tiene 20,7 metros de diámetro, y sirve para contrarrestar los vientos, las diferencias de temperatura, las lluvias y los agentes meteorológicos en general. Es un protector del radiotelescopio.
Si cierto es que no nos fue posible observar las estrellas por ser de día, ni siquiera el Sol por no sé qué otra razón, sí que nos deleitó sobremanera contemplar, a través del amplio ventanal de la residencia, el adusto y familiar espectáculo de las tierras desnudas y abiertas a la luz de enero, desde un lugar, que incluso la ciencia consideró como privilegiado. Allá lejos, muy lejos de nosotros, se deja ver el pueblecito de Fuentelviejo colgado en la vaguada, y la torre enhiesta -faro de todas las Alcarrias- de la iglesia de Valfermoso, difuminada por las distancias sobre su prominencia ideal del Valle del Tajuña.

(N.A. Febrero, 1984)