domingo, 13 de diciembre de 2009

VILLANUEVA DE LA TORRE


A pesar de su proximidad a la capital, y con ello a las más im­portantes vías de comunicación de la provincia, Villanueva de la Torre es un pueblo escondido que cumple en principio las condiciones­ que uno parece preferir. Los grandes núcleos urbanos, o aquellos que sin serlo tienen clavadas sus raíces en los lugares de más reco­nocido tránsito, no son, sabido es, de la personal apetencia del viajero. A media hora de camino a pie desde Azuqueca -que así lo miden las buenas gentes del lugar-, surge el pueblo camuflado tras el declive de una ondulación ligera del terreno en plena llanura.
No lejos de las últimas casas, siguiendo siempre con la vista la caída del sol, se dan la mano las dos provincias, la de Guadalaja­ra y la de Madrid, separadas por linderos imaginarios que van perfilando por aquellos llanos de cereal la línea caprichosa de sus propios límites.
El pueblo reposa en paz a la hora de la sobremesa del fin de se­mana. De las añosas casonas de labradores, en cuyos paredones de argamasa o adobe se ha ido acumulando la pátina de su propia vejez, ­sólo se oye el silencio; silencio y desolación frente por frente con el más refinado confort, con el lujo y el colorismo de las cons­trucciones de vanguardia que comparten con aquellas la panorámica general de la Villanueva de hoy.
El visitante se encuentra aquí con la sorpresa de la juventud, con niños que gritan y se revuelcan disfrutando de la tarde en la pradera de la fuente. Al abrigo de un muro en pie, que bien pudiera ser el sedimento de algún antiguo palomar sobre el alto de las eras, es un sedante contemplar a hurtadillas la augusta serenidad de los campos tapizados de verde en su infinita variedad de tonos, entre los que destacan, como escuadrones lánguidos de ejército en derrota, las grises alineaciones de olivar agrupadas en cuarteles cuadrifor­mes compartiendo el paisaje. Abajo el pueblo, Villanueva, que entre el ramaje de las choperas se engalana con el grandioso ejemplar ar­quitectónico de su iglesia, a cuyo alrededor se van extendiendo, aquí las naves de la explotación, allí las viviendas, las cuatro do­cenas de edificios que conforman el pueblo viejo.
- Sí, claro; porque eso de los chalés es aparte. La cosa es que están en las orillas del pueblo, pero yo creo que no son el pueblo.
Encontré a los dos hombres tomando el sol en los asientos de la iglesia. Los hombres de Villanueva se distraen sentados al sol, pa­seando por las afueras o matando el rato al anochecer en el único barecillo del pueblo.
- O nos vamos a rodar por Azuqueca. Según nos dé. ¿No conoce us­ted a éste? Aquí donde lo ve es el enterrador de Azuqueca. Se lla­ma Bernabé Montesinos y es muy sonao por toda esta tierra.
- Ya ve usted, pues bueno es saberlo. Con las vueltas que da la vida, cualquiera sabe.
- Pues, como le decía, este pueblo es para el caso de cuatro o seis nada más. La tierra es muy buena, tiene unos llanos divinos. Aquí, por mal que se dé, se saca más que en el regadío.
- Y además se nota. El pueblo parece pequeño, pero tiene cara de vivir bien ¿verdad?
- claro que se vive bien; mejor que antes. En este pueblo ya no hay quien trabaje los sábados, ni los del campo ni nadie. Aquí somos todos señoritos.
Hubiera deseado más rato de conversación al amor de las piedras de sillería con Casimiro y con Bernabé, y curiosear sobre todo en torno a la estampa magnífica de su pórtico dedicándole, por lo menos, el tiempo que merece. Es una galería arqueada, muy elegante y en es­tado de perfecta conservación, que sostienen cinco columnas sencillas de orden dórico. Está todo el atrio protegido con verjas de hierro, en cuyo interior se alcanza a ver como cobertura un bello artesona­do de madera antigua con el que a la larga acabarán, si antes no se le pone remedio, los efectos demoledores de la intemperie, de la hu­medad o de las telarañas.
El Arroyo de la Fuente bordea el pueblo por un costado y junta su caudal con el Valdeserrano a la altura del juego de pelota en la ca­lle Mayor. Uno y otro son riatos de secano, sin nacimiento ni desembocadura reconocidos, que sólo se dejan sentir en los temporales de otoño, y de tarde en tarde cuando vienen las tormentas de la recolección. Lo cuenta con singular pintoresquismo el Tío Juanito, apoyado sobre su garrota de olmo en una esquina de las afueras.
- Una vez saltó el agua al pueblo. Fue el catorce de octubre, hará por lo menos veinticinco años. ¡Menuda tormenta se lió por toda esta parte! Por allá abajo, se metió el agua en las casas y se llevó los trastos, sacó los baules, y qué se yo.
En realidad su verdadero nombre es Juan Rubio. Lo encontré en so­nora conversación, hablando de fútbol, con el Tío Julián. El Tío Juanito conserva a su vejez el carácter jovial, abierto y amigable de sus mejores tiempos. Es un hombre alto, de contextura fuerte y hasta un poco elegante, que vestía cuando lo conocí un curioso gabán sobre sus hombros y una gorrilla de las de visera.
- Pues tengo los mismos años que el siglo, eche la cuenta, y acabo de llegar desde Azuqueca andando ahora mismo. ¿Qué le parece? Lo que pasa es que me falla el oído. El Julián está más sordo que yo aún. Este no se entera de qué día vive.
- Por lo que veo no es usted de aquí, claro.
- ¿De dónde Voy a ser, si no? De Villanueva nacido y criado. Ahora estoy con los hijos en Azuqueca, pero cuando puedo me escapo. He si­do mayoral cincuenta y seis años y tres meses en la misma casa, y alcalde después de la guerra. También soy un poco poeta.
- ¿Ah, sí?

Aunque estuviera contándole.
cosas en los doce meses,
no me oiría usted decir
la misma cosa dos veces.

- ¿Y eso lo saca usted de su cabeza?

Al entrar en Villanueva
lo primero que se ve:
la torre, los palomares
y la veleta de Quer.

- ¿Por qué son tan poetas los pastores, Tío Juán?

Un pastor me pretende
con cinco ovejas,
y cinco corderillos
son diez cabezas.
Pastorcillo lo quiero
aunque me lleve
de cerrillo en cerrillo
pisando nieve.

- ¡Qué barbaridad! Usted no es un poco poeta, es un poetazo.
- Mire: un año para la Virgen de Mayo, le eché en la procesión este piropo:

Virgen del Amor Hermoso,
qué buena suerte has tenido,
has caído en Villanueva
que todos te hemos querido.

- ¿Qué le parece?
- Qué quiere que le diga: que no salgo de mi asombro. Entonces, por lo que veo, la fiesta es en mayo ¿no?
- El último domingo de mayo es la Virgen del Amor Hermoso. Luego, tenemos Santa Águeda que esa es el cinco de febrero.
- También mandarán las mujeres para Santa Águeda, ¿no?
- Aquí mandan las mujeres todo el año, y para Santa Águeda, también.
El diálogo con mis nuevos amigos contó siempre con la bonanza de una tarde de sol, con la transparencia indefinible de un crepúsculo casi primaveral, y con el silencio de los campos de verdín. Escuchan­do la lección rimada de don Juan Rubio, el Tío Julián y el forastero hubimos de limitarnos a callar. La presencia, por otra parte nada co­rriente del simpático trío por las calles de Villanueva, debió de tener no poco de espectáculo. La gente adivinó en seguida el motivo y hasta el contenido de todo aquello y hablaba curiosamente en corrillos, y nos miraban con cara de satisfacción.
- Anda, que si los busca usted, no los encuentra tan aparentes.
Más arriba, siguiendo el cauce del Arroyo de la Fuente, hay un ba­rrio residencial con medio centenar de viviendas de recreo, todas iguales, como un poblado aparte de gentes de Madrid que vienen cada fin de semana en busca de la paz y del aire puro que la capital hace tiempo que se negó a dar. De los chalés salen bandadas de chiquillos montados en bicicleta o en motos de cross que corren estrepitosamente por los caminos. El pueblo ha empezado a vestirse de fiesta. La tarde del sábado, que a uno se le antoja lleva consigo todo el optimismo del fin de semana, comienza a declinar. Villanueva, el de siempre, y el que lo prefiere como lugar de descanso, se ha tirado a la calle. El sol se va escondiendo poco a poco por la ermita de la Soledad, dejando un nimbo grana por encima de los olivares en sombra.

(N.A. Marzo, 1982)