martes, 8 de diciembre de 2009

VALTABLADO DEL RÍO


El Tajo a su paso por Valtablado viene arrollador y susurrante, limpio todavía como la piedra del jaspe. Aquí, al cruzar bajo este soberbio puente construido en la posguerra, deja el río, digámoslo así, su infancia y adolescencia montaraz para perderse de levante a poniente por tierras de Castilla y Extremadura hasta la señorial Lisboa. Una cadena de paisajes diferentes, en la que se ve comprometida más de media península, y de la que no dudo, serán estos de Valtablado, qui­zás algunos de sus mis meritorios eslabones. No mucho más arriba del puente comienza el llamado Parque Nacional del Alto Tajo, bellísimo botón de muestra para una provincia que se mete al corazón a través de los ojos. Pinos y encinares apretados, meandros y risqueras, con­forman en estas soledades de Arbeteta, de Ocentejo y de Valtablado, la sinfonía pastoral del más excelso de nuestros espectáculos natu­rales.
Sorprendo a la pequeña villa dormida como un lirón a lomos de una colina rodeada por el río y por la vega de Oeste a Este; una villa solitaria cuyas calles han suavizado de cemento, con su iglesia chi­quita, con su calle Mayor que es plaza a la vez, con su inimaginable tranquilidad y unos alrededores donde la Naturaleza se lució para empequeñecer al hombre a propio intento, ante la realidad palpable de ­las cumbres y de las depresiones tan jóvenes aún como en la misma tarde la Creación.
Por las praderas tiernas de los ejidos carean libres como el ai­re media docena de ovejas, y una muleta negra duerme nostálgica, de pie como los olmos moribundos, en los aledaños de un caserón derrui­do.
- Muy buenas. ¿Qué se hace el hombre?
- Nada, aquí estoy. A ver si vienen pescadores a las truchas o al­gún tendero que me dé cinco duros por avisar.
- ¿Cómo se les dicen a aquellos cerros?
- No lo sé, ya no me acuerdo. ¿Viene usted solo o viene su señora con usted?
- No; vengo solo.
- Mejor, más ancho.­
A fuerza de insistir, y después de aclararle quién soy y a qué he venido, nuestro hombre me ha confesado que se llama Santos y que anda a la que salta, a ver quien le da algo por enseñarle los sitios donde pica el lucio, o acompañarle a tomar un refresco en casa de la Juanita.
- Buen lapicero gasta, ¿No tendrá otro?
- No, y éste es el que yo uso y me hace falta.
- Antes de comer me dio un tendero diez duros por avisar.
- Mira, pues yo te voy a dar otros diez, pero tienes que decirme antes para qué los quieres.
- Para juntar y que me pongan los dientes cuando tenga muchos duros.
El recorrido total por el pueblo de Valtablado se hace rápido. Solo cuesta atravesar la plaza y girar dibujando la forma del alto hasta el olmo que dicen del Tío Chato; un lugar en las orillas, fan­tástico mirador junto a la columna de la hidroeléctrica, donde uno pasaría horas enteras observando aquel capricho natural de sus alrededores, lejanos y más próximos, como ansiado desahogo a los ajetreos y pendencias de la vida diaria. Al momento se acercan adonde yo estoy una considerable porción de los habitantes de Valtablado: cuatro en total. Se ve que son gentes sencillas, acostumbradas a tratar con desconocidos que acuden con frecuencia al reclamo de la pesca y de las montañas; hombres y mujeres sin doblez, asidos al terruño de raíz y con el corazón más grande que los cerros que los rodean.
Ahora mis contertulios son más: Julián Inés, Sebastián Portillo, María Guerrero y el propio Santos, el de los cinco duros, que no me de­jaría hasta verme salir de su pueblo. Con el cielo rizado y calmo­sa la tarde, la conversación ha de ser necesariamente cordial, asomados al balcón que domina desde los últimos corrales todo el basto panorama del río y de sus abruptos alrededores.
- Muy bonito, todos los que vienen dicen lo mismo, pero estamos solos, casi a lo que nos quieran hacer.
- Una treintena de habitantes, tengo idea.
- Qué va, ni mucho menos, la mitad si acaso. Dieciséis de ellos mal contados y casi todos viejos.
La eterna salmodia de algunos cientos de pueblos más, sin salir de la provincia, se entona en Valtablado como preludio de su futuro a ex­tinguir si el remedio no llega de inmediato.
- Allá arribotas hay un sitio que le decimos el Castillo. Se ven así como barrancos de peñas que son muy bonitos -explica Julián Inés.
- ¿Y se pasan ustedes la tarde mirando al campo?
- Algunas veces sí, como tampoco tenemos mucho que hacer...Yo estoy aquí a ver si alcanzo con la vista las cabras. Las dejé por aquello del Estepar y parece que no se ven.
- ¿Solas?
- Sí, solas. A esas no hace falta que las cuide nadie.
Julián Inés, don Sebastián Portillo y doña María Guerrero, una an­ciana adorable y delgada con nombre de actriz famosa, me cuentan lo que buenamente se les ocurre, que tampoco es mucho. Empiezan con una sucinta referencia a su fiesta mayor.
- San Vicente ha sido siempre el patrón de Valtablado. La fiesta se celebraba el 30 de septiembre y ahora se hace el primer domingo de agosto. Por entonces hay más gente que ahora.
- Sobre todo pescadores.
- Sí, pescadores, y gente que viene a bañarse por toda aquella parte del puente.
- Debe de ser esto un poco frío, incluso en verano.
- Eso depende. Si sopla el cierzo desde Ocentejo, por aquí no hay quien pare. Se cuela por entre los cerros y eso parece el resuello del infierno.
Los montes más próximos a la vieja villa de Valtablado, sin dete­nerse demasiado en orden de colocación, son: el Corral del Alto y el Picazo por e1 sur, luego la Viña del Molino, la Rocha, y el aparatoso corte de peñas del que ya me hablaron y que llaman El Recuenco. A uno, ciertamente que le gustaría poderlos ver de cerca, uno por uno, dis­frutar de la paz de las cumbres vírgenes, y respirar in situ la salu­dable brisa de la atardecida con olor a pinos, pero ha de resignarse a contemplarlos de lejos, y suplir con la imaginación y con el sustan­cioso relato de sus amigos ante la imposibilidad manifiesta de acudir en cuerpo y espíritu a todos a la vez.
- Los montañeros esos que vienen con la casa acuestas como los cara­coles, se acomodan en cualquier sitio. Algunos lo tienen que pasar mal. En cuanto que pinta la primavera no fallan, ya se ven por aquí cuadri­llas con la mochila al hombro.
Una máquina de aventar enfundada de orín yace al pie de la columna de la electricidad. Las gallinas se acurrucan aburridas en un montón de leña, y la tarde, seminubosa, invita a adormecerse sobre la hierba mullida en el centro de aquella inmensidad que ni la vista abarca.
- Según se va a Arbeteta tenemos una buena sima. Esa sí que merece la pena que se vea.
He podido saber en conversación con mis amigos, reposada y tranquila, que a la docena de habitantes les asisten con regularidad un panadero y un tendero de Gárgoles, un carnicero de Sacecorbo, el médico de El Recuenco que viene los martes y un cura de Guadalajara.
- Pues están como quieren y por si fuera poco esta tranquilidad, que dudo haya otra mejor. Les doy mi palabra de que cuando venga de paso me acercaré a verles.
- Qué se yo -corta don Sebastián Portillo- A lo mejor cuando vuelva por aquí faltamos la mitad.
El primitivo puente sobre el Tajo lo construyeron en I924 -explica Julián Inés que fue el mismo año en que él nació-, pero lo volaron en guerra e hicieron el nuevo unos años más tarde. Se terminó en 1954. ­
- Ya ve usted, si no fuera por el puente, todos estos pueblos ni existirían.
Me llevo, al fin, a Santos ya Julián Inés -solteros a perpetuidad­- a la tabernilla de la señora Juanita que pilla a cuatro pasos del olmo del Tío Chato. Merece verse la minúscula y evo­cadora mansión donde la señora Juanita pasa los últimos años de su vida arrimada al fuego, escuchando el aparato de radio y llenando su soledad ­de recuerdos.
- Tengo ya setenta y seis y llevo treinta y dos en Valtablado.
Yo nací en Ocentejo y pasé en Madrid veinte años de mi juventud. Me casé ya tarde y enviudé pronto. La vida que nos reserva lo que quiere para cada uno.
La casa de la señora Juanita tiene los techos bajos, muy bajos. Desde la cocina sale el tic-tac del viejo reloj que cuenta, día tras día, el lento pasar del tiempo. Hay en el portal una fotografía desvaída, se ve que es una composición de dos fotos superpuestas, en la que apare­ce la buena mujer con cincuenta años menos y pose de vampiresa de la belle epoque, junto al que fue su marido vestido al detalle con los atuendos que durante los años veinte emplearon nuestros antepasados para servir al rey.
- ¡Ah! Yo era una chavala. No estaba mal ¿verdad usted?
- No señora; para aquellos tiempos yo creo que estaba usted lo que se dice muy bien ¿Sabe que huele en su casa estupendamente?
- Es que tengo la costumbre de colgar manojos de espliego y siempre se nota un poco.
Unos vasitos de vino a costa del forastero tomamos mis amigos y yo, mano a mano, en la única mesa del portal. La señora Juanita, que sabe la vida y milagros de sus convecinos como nadie, tiene la precaución de servir a Santos la mitad solamente, pero é, en cambio, va buscando, a lo tonto a lo tonto, el vaso mayor.
- Que no Santos, que no. Tú no puedes tomar alcohol, o es que no lo sabes. Un poquito y ya vas listo.
Santos acepta de buen grado como un niño obediente.
Al final no sé si aparecieron o no las cabras de Julián Inés, creo que sí. Cuando me marché de Valtablado los invité a venirse conmigo a la capital; seguro que lo hubieran hecho. Al volver la esquina de la iglesia, cuyo muro emplean de frontón y rompen las tejas, vi a Santos contar las monedas de cinco duros y de diez que guarda en el bolsillo para arreglarse la boca cuando junte muchas.

(N.A. Junio, 1986)