lunes, 7 de diciembre de 2009

VALHERMOSO


Esta zona concreta del Señorío Molinés, encajada entre dos sexmas, participa al tiempo de la adustez que tienen no lejos de allí las pa­rameras, y de la espectacular orografía de la sierra en la que de al­gún modo también se halla inmersa. Tierra dura al entrar, apretada de sabinares, carretera estrecha y difícil que acabará en conexión con las calles de Valhermoso. Mañana rigurosamente invernal, aunque no fría. El celaje encapotado y amenazador, mientras que en los llanos de la hondonada la tierra rebosa de humedad como una esponja. Campos oscuros y de buen ver que los labriegos suelen sembrar cada año de cebada o de girasoles cuando llega su tiempo, y que entrarán en sazón en épocas bien distintas a las que la casualidad nos ha asignado para hacer el viaje. Arriba, en los aledaños del pueblo, apenas nada para destacar: paisajes yermos a la altura del camino, cercados de piedra oscurecida limitando alguna era quizás, el mudo camposanto adornado de flores, una ermita de la Soledad, y luego el pueblo, desparramado como un inmenso jardín con las calles en charco. Por todo su entorno, inconfundible, el halo común de las tierras molinesas.
Valhermoso hace honor a su nombre ofreciendo al visitante un pa­norama optimista y juvenil, de pueblo nuevo; vergel donde se ha puesto a tope el sentido del gusto. Uno piensa, sin temor a equivocarse, que en los todavía tranquilos veranos de Valhermoso, el pueblo deberá convertirse en un paraíso de los pocos que aún quedan sin explorar. No obstante la mañana es en extremo desapacible; no apetece por nada del mundo dejar el calorcillo familiar del automóvil para salir a la calle. Lo hago justamente junto a la arcada que da paso al patio de una casona señorial del siglo XVIII, como venida a menos. Dos o tres pavos blancos se desgañitan escandalosamente al verme salir del coche. El recibimiento no puede ser en principio más siniestro. Ante la indecible severidad del día, de los campos, de la soledad del sitio, el pueblo es un lindo manchón ocre, limpio y encantador. Los arbolillos en deshoje práctica­mente consumado, y las calles solitarias y salpicadas de charcos.
La casona que tengo junto a mí enreja sus ventanas con hierros que son toda una lección de arte. El patio o corra1ón recuerda a dis­tancia aquel otro convencional de los relatos cervantinos. Sobre las cuatro esquinas del patio se alzan otros tantos garitones como los que hay en las cárceles o en los cuarteles del Ejército. Por encima de la puerta de entrada a la casona dice que se acabó de construir en 1786, dos siglos completos que por ahora se han acabado cumplir. En una cor­te de la rinconera rezongan dos cerdos y estremecen la portezuela atrancada con palos.
- Oiga, señor ¿Cómo le dicen a esta casa?
- Ah, pues no lo se; yo creo que no tiene nombre. La Casa Grande se le puede decir.
- ¿De quién es?
- Ahora es de unos cabreros que la compraron. Antes vivió un secretario, y más antiguamente, yo tengo oído que si era de unos canónigos. No se lo puedo asegurar.
- ¿Son muchos ustedes todavía en Valhermoso?
- Veinte casas abiertas. Ahora lo han modificado mucho al pueblo. Ha quedado muy bien. Tenemos una plaza como hay pocas. En verano da gusto estar aquí.
- ¿Cómo se llama usted?
- Yo me llamo Agustín Ladrón, para servirle.
- ¿De los que roban?
- No señor, yo soy Ladrón de Guevara.
Valhermoso es pueblo en el que la gente se debe sentir a gusto; un pueblo concebido con sentido común, trazado sin agobios y sin es­trecheces. En una plaza empedrada de loseta hay una piedra amarrada con cadena al tronco de un olmo; es una piedra enorme que tiene con sor­prendente exactitud la forma de una bota. El olmo, ignoro si para bien o pa­ra mal, por aquello de la grafiosis, está rodeado de hiedra.
- La piedra esa la sacó el alcalde con la reja labrando. Creo que hay otra que es igualita que un jamón, con su saltón y todo.
Una fuente levantada con bloques rodenos de arenisca y modernas formas engalana al tiempo que el frontón el airoso centro del pueblo. Alrededor, sin demasiado orden, abundan los rosales, las acacias, los tilos y las románticas madreselvas. En un edificio no demasiado gran­de, nuevo y encalado de riguroso blanco, dice en letras elevadas de tamaño: “Casa Consistorial”.
La vista se extasía más allá de las eras mirando al poniente los bajos interminables de la vega -El Valle, le dicen en Valhermoso-. Tie­rras negras de pan llevar que tienen como encaje los turbios ejempla­res del pinar y como fondo el manto de las sabinas. De espaldas araña el viento frío. Entre las piedras y los hierbazales del ejido se ven algunos carros destartalados y en desuso, una máquina de aventar comida por el orín y palitroques en la escombrera tomados de carcoma. Tras las casas viejas por las que cruzo hasta la plaza bu­llen al unísono los hados del silencio y gravita el espíritu de la so­ledad en persona. El momento me hace recordar aquellos villorrios des­habitados de los que escribió Papini.
Don Andrés Clemente se asoma por su puerta con un bal­de en la mano. A don Andrés Clemente se le ve enamorado de su pueblo, de sus plazas, de sus rincones alegres y ajardinados. Es un señor cor­tés y servicial, que me acompañará adonde le pido y me presentará al alcalde, que está en un taller de carpintería en bancarrota cuatro casas más abajo. El alcalde de Valhermoso es un hombre joven y se llama Án­gel Vallejo Embid. Su tío, el dueño del taller, sabe mucho y se llama Rafael Embid. Con los tres amigos como mejor compañía, uno empieza a ver el pueblo y las cosas con más seguridad, con más razón de ser, de manera distinta.
- Aquí tengo, ya ve usted, unos pocos instrumentos de cuando yo era carpintero -me dice don Rafael. No me sirven para nada. Uno no vale ya ni cuatro duros.
Como la mañana no está que digamos para contemplaciones, nos limi­tamos a ver la plaza más o menos detenidamente, a echar una parrafada y hacer unas fotos junto a la fuente. Luego, a ver la iglesia en una escapada, que según me advierten, merece la pena.
- ¿No se ha dado cuenta de lo que hay aquí entre las rayas del cemen­to?
- ¡Anda, una seta!
- Y es de las que se comen. Este año, como nos fiemos nos salen las setas hasta debajo de la cama. Será que algún pájaro haya traído la si­miente aquí, o qué se yo.
Parece increíble pero es verdad, mis ojos lo vieron. Una seta es­pigadota y sana tenia hincada la raíz entre las juntas del cemento en el juego de pelota. Sitio, la plaza de Valhermoso.
- Es un poco extraño ¿No le parece a usted?
- Desde luego. Muy extraño.
Ángel Pablo Vallejo, el hijo del alcalde, aparece de inmediato con la llave de la iglesia, y juntos en comitiva nos vamos allá. Aparte del bien conocido carácter cordial y dadivoso de las gentes molinesas, no deja de ser admirable la absoluta disponibilidad conque uno los suele encontrar cualquier día y en cualquier época del año.
­- Sí; en los pueblos andamos siempre demasiado sueltos, sin apretu­ras. Lo que no se puede hacer hoy, ya se hará mañana. Aquí no hay quien nos meta prisa. Los de la capital andan un poco más de culillo.
Es bonita, ciertamente, la iglesia de Valhermoso. Hubiera sido una pena marcharme sin verla por dentro. Tiene una sola nave, piso de madera nueva y un triple retablo mayor de estilo barroco, dorado y policromo. Destaca en el altar mayor un templete adosado con la imagen de la Asunción de la Virgen. Más arriba, colocados cada uno en su correspondiente repisa, completan el fervoroso monumento un San Miguel, un San Pascual Bailón, un San José y un Niño de la Bola. En distinto ángulo queda otro reta­blillo menor, contemporáneo del que acabamos de ver, oscurecido por el humo de las devociones, con el Santo Cristo de los Milagros en su única hornacina.
- Éste es nuestro Patrón. Lo celebramos el catorce de septiembre.
- Me estoy dando cuenta de que el artesonado que tienen es una joya. Y además ocupa toda la iglesia.
- Pues ya ve usted lo que son las cosas: estuvo tapado de cal. Nadie sabía que al quitarla nos íbamos a encontrar con eso. Se ve que los antiguos no tenían idea de lo que es bonito y de lo que no es.
El alcalde rompe una lanza en favor de las gentes de antes que, según él, sus razones tendrían para obrar así.
- Yo he oído decir a un sacerdote, que taparon el techo en muchas iglesias por cosa de sanidad cuando el có1era, para evitar que el mi­crobio se viera favorecido con las maderas, donde era impo­sible poder desinfectar. Eran sitios de mucha concurrencia y no tuvieron más remedio que tomar esas medidas. A mí me parece una razón.
Ángel Pablo me saca para ver, respetuosamente y con mucho cuidado, un relicario de escaso valor material y gran significado emotivo, en el que se guardan mínimos recuerdos personales de Santa Teresita, de San Antonio de Padua, de San Vicente Ferrer y de otra santa-más que no lo­gramos identificar por el texto de la carteleta. En los instantes en que nadie habla, el silencio intenso con la mañana oscura produce una sobrecogedora impresión.
- Lo tienen todo muy ordenado, muy limpio y muy bien. Yo siempre digo que la iglesia y el cementerio es un poco el reflejo de los feligreses y, por su­puesto, del sacerdote. ¿Todavía sacan el pendón?
- Sí; para el día del Cristo aún se saca.
Don Rafael Embid, hombre listo donde los haya y profundo conoce­dor de las cosas de Valhermoso y de toda la comarca en general del Ba­jo Señorío, me contaría después que del pueblo han salido a través de su historia doce canónigos, y muchos detalles más del sonado acontecer que por los primeros años del siglo ocurrió en Tierzo, hecho criminal que proporcionó a Benavente argumento gratuito para su drama La Malquerida y del que, en nuestra visita a la villa vecina, no hace tanto que dimos la debida cuenta. Luego el adiós, como siempre, y quien sabe si hasta nunca, tal es al fin la postrera esperanza del que viaja. Tiempo desapacible para desandar los hoscos parajes que uno conoce con la luz peculiar de ca­da estación del año, sin que por el momento tenga las ideas claras para emitir un juicio acerca -tal es su encanto- de cuál es la que pre­fiere.

(N.A. Diciembre, 1986)