lunes, 7 de diciembre de 2009

VALFERMOSO DE TAJUÑA


La fuerza del vendaval arrastra los yerbajos secos a su paso por la ermita de la Virgen de la Vega. Venir a Valfermoso era un viejo proyecto para el que nunca me fue posible encontrar el debido acomodo en mis planes con relación al tiempo. Lo que no deja de ser paradójicamente cierto es que jamás supuse que mi ascensión a esta gallarda villa del Tajuña, fuese a coincidir con la mañana desapacible y cruel de un otoño sin complacencias. Luego, siguiendo la norma que se repite a diario en casos como éste de mal augurio, uno no se cansa de celebrar toda esa serie de circunstancias adversas, de previas fatalidades, producto exclusivo de la imaginación, que fueron llenando de pesimismo los primeros momentos del viaje.
Valfermoso aparece coronando lo más alto de uno de los montículos que bajan, bordeando por su margen izquierda, la vega del Tajuña. Se sube hasta el pueblo por una carretera espectacular que se va elevando lentamente entre la espesa breña de las laderas y de los nogales, a lo largo de un centenar de curvas encadenadas que se van sucediendo ladera arriba, marcando en su ascensión las formas caprichosas del terreno en una longitud total de cuatro kilómetros de distancia, los que hay entre la carretera y las primeras casas del pueblo. El viento sacude con más ímpetu la maleza y los ásperos ramajes del camino a medida que se va consiguiendo la cumbre. Por fin, Valfermoso nos recibe en una placita que bordea por el mediodía la torre de la iglesia. Los niños juegan y gritan en el frontón, al abrigo de los enhiestos muros de un viejo castillo en ruinas. El pueblo está solo. Por la calle de la Tertulia, que baja paralela a la de Salsipuedes, ambas con esquina a la calle Mayor, corre bracicruzada una señora con cara de frío.
- ¡Vamos chicas, que los cubos los traigo esta vez en oferta!
La vendedora ambulante tenía extendida su mercancía en los arcos del ayuntamiento: menaje de plástico, cuadros ribeteados en metal con señoritas escotadas y niños con perritos de peluche, sartenes, cucharones, y una variadísima gama de menudencias donde elegir, se estremecían con el viento expuestos al público en la oscuridad casi absoluta de los soportales.
Hay un hombre descascarillando almendrucos con los pies en una acera de la calle del sol. Es un señor atento, sin prejuicios y de conversación pronta. El hombre se llama Felipe, y según pude sacar como consecuencia de sus palabras, es dueño de una pequeña explotación en esa especialidad frutícola.
- Pues cuántos puedo tener… Quinientos almendros sí que tengo entre unos y otros.
- ¿Todos comestibles?
- No, todos no. Tengo también de los amargos. Lo que pasa es que esos los pagan a mitad de precio. No sé, pero dicen que los emplean para sacar medicinas, o vaya usted a saber.
- No se quejarán ustedes de la contaminación a estas alturas.
- Qué va. Aquí no hay de eso. La contaminación se queda para los de la capital. En este pueblo tenemos aire siempre. Y buen campo. Asómese a la Vega.
El bueno de don Felipe se vino conmigo hasta el soberbio balcón de la Piedra de Campos, por detrás de su casa. En aquel magnífico pedestal sobre la hoya de Cantalgallo, el viento sacudía sin piedad, como si de pronto el huracán hubiera conseguido abrir de par en par las puertas de la vega, queriéndose llevar tras de sí con la fría fuerza de sus alas, los escasos despojos de vegetación que habían conseguido sobrevivir al zarpazo del otoño. La vega se veía desde allí envuelta en un extraño vapor color de plomo, dejando traslucir entre la llovizna los ribazos de olivar en la vertiente opuesta. Y abajo la Vega, cultivada con mimo, por la que se estira como una cinta gris paralela al río, la carretera comarcal que sube hasta Brihuega.
Mi nuevo amigo me fue señalando con prontitud los distintos parajes que se alcanzan a ver desde nuestro observatorio, y que comenzó a enumerar tomando como punto de partida el campo de almendros que ocupa una buena parte del precipicio que hay por debajo.
- Son todos míos, ¿sabe? A esta parte le llamamos Cantalgallo y aquello es la Quebrada. Más abajo está la fuente de las Palomas. Toda la cañada que viene desde el camino de la Fuente Quiñoría hasta allá abajo donde están las nogueras, es el Barranco de la Muela.
- ¿Y los olivos de aquellos cerros de enfrente?
- Eso ya no es de aquí. Desde la mitad del cerro pertenece a Valdeavellano. Los olivos, pues ya los ve usted, están en poyalotes que no pueden entrar las máquinas, y como ya no hay mulas casi todo está yermo. Luego tiene toda la parte arriba de la vega que es término de Tomellosa, y detrás de estos cerros del pueblo ya pertenece a Romanones. La Vega es lo mejor que hay, aunque con eso de la sequía parece que de la patata no cuentan muy bien.
A través de un pasadizo angosto que viene rodeando por el saliente a las últimas casas al borde del barranco, se llega hasta los muros de la iglesia por la cara opuesta a la que había visto al llegar. La iglesia es desde allí una mole imponente de piedra que acentúa su espectacular grandiosidad en la torre de ladrillo. Se cruza por esquinas a las que vienen a morir calles estrechas, en las que se dan mitad por mitad las serias viviendas encaladas del pueblo viejo y las casas coloristas, funcionales, que dan al nuevo Valfermoso una curiosa fisonomía.
Aparte de otro que recuerdo haber visto en alguna de las calles céntricas, el pueblo tiene frente al castillo un bar curiosísimo, que sus dueños han tenido el buen gusto de levantar, aprovechando las bodegas subterráneas que minan desde hace siglos las tierras altas del Camino de Quiñoría. Me sale al encuentro una perrita simpática con cara de vivir bien, que se llama Linda. La perrita trabaja mi amistad con unos ladridos juguetones de perra lista, que no se conforma con pasar la vida en un rincón viéndolas venir, a la espera del hueso o del puntapié, que de todo hay en la viña del Señor también para los perros. En el bar, Paco sirve la cerveza en unas jarritas de cristal e invita a la segunda ronda. Arden los troncos de roble dentro de la chimenea en un rincón al fondo del establecimiento. Paco entra y sale con frecuencia por una puerta que hay detrás del mostrador y que va a parar a la cueva.
- Esto es lo mejor que hay. Ni neveras ni nada. Ahí se meten las cosas y los quince grados los mantiene durante todo el año. En invierno no se puede estar mucho rato dentro, porque como te descuides sales con un constipao que no te lo quitas de encima. Cualquiera sabe los años que llevará eso hecho; por lo menos quinientos.
En el nuevo bar de Valfermoso tienen también algo de estanco y tienda de comestibles de primera necesidad. Con un buen orden, que no es otra cosa sino que esté todo donde debe de estar, uno alcanza a ver en los estantes los botes de leche, las botellas de licor, las latillas de conserva, el chorizo de pueblo, y una caja de madera redonda como un tambor donde se aprietan dibujando una espiral las sardinas arenques. En el salón un juego de futbolín, una máquina tragaperras y una moto de carreras con las ruedas hacia lo alto.
- Es que soy aficionado a la moto –dice Paco. Eso se pone a ciento ochenta con cuatro acelerones en carretera buena.
La mañana fuera del bar continuaba desapacible. Desde la ventana veo cruzar a mi amigo el Tío Felipe, escondido detrás de sus gafas a la altura del aljibe, que es como la piedra hueca que sostiene los paredones de la muralla. El Tío Felipe me encaminó a una casa donde podría hacerme “con poco dinero” con un recuerdo del pueblo.
- Sí hombre, usted entra en casa de José y siempre habrá por allí alguna fotografía o alguna medalla de la Virgen de la Vega. La Amparo siempre tiene cosas de esas.
- Yo he oído decir que en el pueblo tienen por Patrona una Virgen muy guapa.
- La de antes sí que era guapa. Esta tampoco está mal. Aquí la veneramos mucho. Yo creo que cada año se sacan setenta u ochenta mil pesetas de ofrecimientos.
La casa en la que vive don José Berlinches en la Plaza de la Iglesia no es muy grande. Doña Amparo, su señora, es una mujer muy amable que me baja enseguida postales de su Patrona, en la que aparece Nuestra Señora con un bello manto rojo y un melocotón sobre la mano derecha.
- Es muy hermosa ¿No le parece a usted?
- Mucho, sí señora. Y la romería creo que es el no va más.
- Ese es un día muy grande por allí abajo. No sabe usted que gentío viene todos los años. La subimos hasta el pueblo cantando. Luego la volvemos a bajar otra vez cuando la romería.
- ¿Qué es lo que cantan?
- Cantamos todos los cantos de la Virgen. El que más es ese que dice:

Viva la Virgen, nuestra Patrona,
que en nuestro pecho tiene un altar,
que reine siempre, triunfante Cristo
en Valfermoso noble y leal.

Luego sigue mucho más; y rezamos el Rosario y muchas cosas.
Llegó la hora de la despedida. El encanto de su situación sobre aquel altiplano, une a Valfermoso el encanto de su hospitalidad, el carácter abierto de sus gentes, que, si fue durante tantos años capaz de soportar el azote persistente de mil aguaceros y de muchos inviernos crudos camino de las estrellas, tampoco le fue posible resistirse al éxodo demoledor sufrido durante las últimas décadas. Sobre lo más alto del hermoso valle, las casas apiñadas como alrededor de la torre, son páginas escogidas de aquel diario que nadie llegó a escribir, y que cuenta la verdadera historia del día a día del alma castellana.

(N.A. Octubre, 1981)