sábado, 19 de diciembre de 2009

YÉLAMOS DE ABAJO


La última vez que atravesé a la vera de su cauce el pintoresco valle del San Andrés, la naturaleza parecía haber reventado en un apoteosis de visiones y de encantos indefinibles, preparando la llegada del verano. Hoy, en otoño cerrado y un año más tarde, vuelvo a bordear el arroyo vega arriba, con no menos ilusión por mi parte que cuando lo hice en aquella ocasión. La vega está solitaria. Desde Romanones hasta Irueste no he visto otra señal de vida a mi alrededor que un rebaño de ovejas pastando en la lejanía. En los bajos, residuos y rastrojeras por los cuarteles en donde agostó el girasol y granaron los trigos al amparo de la humedad del arroyo. A uno y otro lado, guardianes de su propio silencio, cubren la tranquilidad del valle hileras de pinar muy poco desarrollado, pinabetes englengles de repoblación, alzados en los bordes de las torronteras; bosquecillo bajo de chaparral, de rebollo amarillento, de esparteras y de aliagares, marcando desde la altura el camino de las choperas que siguen las márgenes del río.
Yélamos de Abajo aparecerá poco después, situado a la izquierda del camino, escondido detrás de la vegetación, casi impenetrable de maleza, de chopos y de nogueras que dan sombra en las huertas vecinas.
La entrada al pueblo lo hacemos pasando junto a la picota. Apenas nos separa de ella un muro de seto. La tétrica columna que en otros tiempos diera al pueblo el título de villa, se levanta sobre una grada de piedra escalonada, fuste cilíndrico y cabezal en forma de pirámide truncada, con cuatro argollas de hierro, una pendiente de cada cara. Se remata el rollo con una cruz de forja y alrededor tiene una inscripción, todavía legible, en la que se puede leer: “Reinando Carlos IV. Se edificó a expensas de propios de esta leal y real villa. Año 1794”.
En seguida, después de cruzar un puentecillo sobre la reguera que baja canalizada hasta el lavadero, se entra a la plaza de abajo, la de la fuente redonda. Plaza de tres caras, o, mejor dicho, sólo de dos, porque la tercera corresponde a la arboleda, a cuyo pie han instalado un juego de bolos y una moderna cancha de tierra para jugar al Baloncesto. El pueblo queda arriba, en la solana, como descolgado en la falda del cerro que llaman Carrabalconete, y que se corona con una plataforma de piedra tosca y una cruz de palo, sobre la que da vueltas en el azul inmenso que le sirve de bóveda, un ave rapaz de enorme envergadura.
- No señor, ésta no es la plaza del pueblo. La verdadera plaza está ahí arriba. Ésta es en la que hacen los toros para la fiesta.
Cuando me canso de mirar de un sitio a otro en la plaza de abajo, de buscar conversación con las señoras del lavadero, no muy dispuestas a responder a mis preguntas, me marcho calle arriba en busca de nuevos motivos que admirar, y así me doy cuenta en seguida de que Yélamos de Abajo es un pueblo antiguo, donde en otros tiempos mejores para él debió de vivir gente poderosa en influyente, que dejaron para la posteridad viviendas de extraordinario hechizo, casonas con un fuerte sabor alcarreño del siglo dieciocho; calles estrechas, sombreadas por salientes aleros de madera oscura que casi se tocan los de una y otra pared, bajo los que nunca falta el detalle de un buen balcón de hierro o la gracia de una parra pegada a la pared. A los hombres que hay sentado a la sombra en la plaza de arriba se lo cuento, y me dicen que sí, que las calles tienen un cierto parecido a las de Pastrana o a las de los barrios judíos de Toledo.
- Ahí enfrente todos los días vemos saltar un gato desde un tejado al otro de la calle.
- Pues a mí me gusta mucho el tipismo de los pueblos así. Son diferentes a los demás. Me parecen más bonitos.
- Antiguamente, todos lo hemos oído contar, uno de aquí por lo visto andaba malos pasos con mujer ajena. La cosa es que se presentó un día en casa el marido de ésta, y el otro salió de allí a más de cuarenta, saltando al tejao de enfrente. Hará por lo menos cien años, cuando pasaban aquellas cosas de entonces.
Los viejos de la plaza de arriba me hablan de la fiesta mayor que fue para la Virgen del Rosario, y de la fiesta de agosto cuando hicieron los toros.
- Aquí es que tenemos mucha afición, usted no lo sabe. Un pueblecillo de nada y le traen cuatro animales para que se divierta la gente: dos toros y dos vacas. Nadie sabe el público que se junta aquí ese día. Más que en Romanones y más que en ninguna parte, ya lo creo.
Llega a la plaza con su manojo de correspondencia el cartero, que viene desde el otro Yélamos. Reparte y se va otra vez. Una placa negra anuncia que en aquel lugar estuvo en tiempos la escuela gratuita de niñas, fundada por el Ilmo.Sr.D.José de Lorenzo, auditor del supremo tribunal de la Rota, natural de la villa.
Por unas calles estrechas y bien cuidadas se sube hasta la iglesia. Los vecinos del barrio son gente muy cordial, que preguntan al forastero quién es y se le ofrecen para enseñarle la iglesia. Uno, que no es demasiado amigo de ocasionar molestias a quien no conoce, les dice que no, que muchas gracias, que si necesita saber algún dato concreto ya les avisaría.
La iglesia de Yélamos de Abajo es pequeña, muy bonita, con dos naves construidas en diferente época y que acaban en sendos ábsides con sus correspondientes retablos. El retablo mayor es barroco, con hermosas columnas salomónicas y la imagen en lugar preferente de la Virgen de la Zarza. El retablo lateral es más sencillo y enmarca otra imagen también muy interesante del Cristo de la Piedad.
En el silencio absoluto del tempo se oye roer la carcoma por las tablillas de un reclinatorio. Enseguida llegan dos mujeres muy simpáticas y un señor que, sin duda, me vieron entrar. Les digo que yo he venido con buen fin, pero que hacen muy bien en vigilar lo suyo. En la cúpula de la capilla, que es como dicen a la nave menor, las dos mujeres me recomiendan que me fije.
- Es muy bonita; mírela usted. A nosotros, que no entendemos mucho, es lo que más nos gusta.
La cúpula me recuerda otra que vi en Tomellosa, con angelitos en bajorrelieves, nervaduras de caprichosa distribución por todo el hemisferio y los atributos de la Pasión, esparcidos como emblema.
- Tenemos oído que por encima de la bóveda de la iglesia hay un artesonado de madera muy bonito, y no sabemos ni por qué ni cuándo lo taparon de yeso, y ahí debe de estar.
Luego me pasaron a la pequeña cripta del baptisterio, donde hay una pila románica de piedra tallada y nervaduras en el techo que casi alcanzamos con la cabeza.
- En esta otra habitación había siempre dos ataúdes para cuando se moría algún transeúnte, o alguien por ahí en accidente. Así los bajaban a enterrar.
- Ya, lo entiendo.
- Mírelos, aún están aquí. Uno de mayor y otro de niño. Después los enterraban envueltos en una sábana, y las cajas valían para otra vez.
- Sí, sí.
- Yo creo que desde la Guerra no se han vuelto a usar más.
Doña Cristina y doña Epifania me despidieron en la puerta y pedí a don Virgilio, contratista y albañil de oficio, persona amigable donde las haya, que me acompañase hasta la Fuente del Moro. El hombre aceptó muy gustoso, y hablando de Yélamos, de sus paisajes y de sus hijos ilustres, nos fuimos acercando hasta la fuente, para mí lo más sorprendente que encontré en la visita, ya de por sí repleta de impresiones gratas.
La Fuente del Moro es una reliquia muy interesante de la antigüedad que ha llegado hasta nosotros, según parece, desde la España Romana. El nombre, no obstante, obedece a las dos caras casi irreconocibles por cuyas bocas salía el agua, que la gente asoció por sistema con cabezas de musulmán. Es un pilón de pesados sillares que hay medio escondido en los bajos del pueblo, por el barranco que se lleva las aguas residuales del lavadero; vertedero que fue de los aludidos caños a los que surten una especie de canaletas interiores de la misma época en las que todavía se ve, a través de un ventanuco horadado en el muro frontal, el depósito previo, lleno hasta los bordes de un agua clarísima que no llega a salir al exterior.
- La sequía de los últimos años tiene la culpa. No cae agua por la sequía. Estaba todo él tapado de barro y demás. Lo han limpiado hace unos días.
- Quiere decir que si el invierno viniese lluvioso la fuente volvería a manar.
- Por supuesto, si se le cuida puede volver a echar como antes.
Aunque uno se marcha de allí con la duda de que lo que acaba de ver tuviese un origen tan lejano en el tiempo, quiere mantener la impresión de que fuera cierto, y piensa que a la tal fuente se le debiera prestar un poco más de atención de lo que se le presta.
Me dice don Virgilio que el cerro que hay ahora frente a nosotros es el Cerro del Rosal, y que en los de la Mina y la Torrecilla, cercanos al pueblo en otra dirección, hay cavernas subterráneas muy profundas de las que se cuentan infinidad de cosas, pero que nadie sabe nada. Luego oiría decir a algunos de los clientes del bar de Fidel que por las grietas de la Torrecilla despeñaban antiguamente a las cabras sarnosas, y que se las tragaba la tierra sin que se hubiera vuelto a saber de ellas nada más, ni se haya visto siquiera un solo hueso de los desafortunados animales.
Y así terminamos hoy de rodar por Yélamos de Abajo, uno más de los bellos pueblecitos que guarda junto a sí, en medio de árboles altísimos y de vegetación robusta y abundante, el arroyo alcarreño de San Andrés. Encantador rincón, un poco escondido, donde nunca falta para refrescar un trago de la fuente, o mejor aún, la cerveza fresca del bar de Fidel en la plaza de arriba, con unos panchitos rebozados en sal que saben deliciosos.

(N.A. Noviembre, 1983)