jueves, 10 de diciembre de 2009

VIANA DE JADRAQUE


El sofoco estival de la media tarde aconsejó detenerme a tomar un refresco en el barecillo de mi amigo don Francisco Angona, junto al puente sobre el Henares que hay a la salida de Baides. Luego, cruzada la vía del ferrocarril, el lugar de destino queda a un paseo bordean­do de cerca la margen izquierda del río Salado, en dirección opuesta al sentido de las aguas.
Ya se ven por aquí los campos retostados de la vega a una y otra mano de la tupida cadena que trenzan los nogales y las choperas del arroyo hasta las mismas puertas de Viana. El pueblo queda ligeramente desviado del camino, hasta el punto de hacerme creer en principio que se trataba de una simple zona residencial para gentes de buen gusto diseminada en mitad de las huertas, sesteando al arrullo de los rega­tos, al son monorrimo de las chicharras que cantan en la fronda de los árboles.
Junto al empalme acabo de ver a un señor que lee sentado en su si­lla de espadaña a la sombra de la pared. En la leve explanada que queda entre la carretera y lo que debió ser un viejo molino, muy cer­ca de él, las rosas revientan de sus tronqueras erizadas como borbo­llones de sangre. El sitio me parece ideal para ir rumiando sin pri­sas lo que cuenta el autor del libro, y, si no apetece, para echar la vista sobre aquella inmaculada página de la Naturaleza que, en es­te rincón preserrano muestra gratuitamente a quien leyere una de sus ilustraciones más cuidadas.
Después de saludarlo, el hombre me dice que el pueblo está un poco más arriba, que como pueblo no vale mucho, pero que hay cosas en él que merecen la pena.
- La Cueva de los Moros, por ejemplo, tiene mucho interés. Está al otro lado de las casas, a dos o tres kilómetros del casco urbano. Si va usted, allí verá sepulturas cavadas en la piedra, orientadas todas a la solana. El hoyo hace así como la forma del cuerpo de las personas Antes había esqueletos dentro, pero se los han ido llevando.
- Pues no debe de estar mal. Eso quiere decir que por Viana anduvo la gente desde hace mucho más tiempo de lo que a nosotros nos parece.
- Aquí al lado había una fábrica de platos. Yo no la legué a conocer. Los antiguos contaban que fracasó porque el brillo les salía muy oscuro.
Junto al señor Saturnino, un hombre que por lo que se ve sabe mu­cho, todo lo que le enseñaron las lecturas y los años, uno se siente insignificante. No es la primera vez que me sucede esto. De buena ga­na me sentaría a sus pies para escucharlo, sin hacer otra cosa, como lo hicieron tantos siglos atrás los discípulos de los grandes maestros de la Grecia clásica. Pienso que cuántas cosas de valor irrecuperable se van a la tumba por no haber querido prestar oídos a su debido tiempo a estos sabios anónimos de nuestros pueblos, que en no pocas oca­siones son verdaderos pozos de sabiduría.
- Este arroyo de aquí nace en un sitio que le decimos El Pradillo, por esa zona que le conté de los moros.
- Pues parece extraño que no haya ningún sitio próximo donde hayan venido a pasar temporadas gentes importantes, tan escondido y tan bo­nito, de verdad que es una tentación.
- Esto fueron en tiempos unos despoblados. Cuando el rey Carlos III se dieron facilidades y se llenó otra vez de gente. Como muy importante, también en otras épocas, estaban los Montes Comunales, que ahora son toda esa parte de La Roza y de Villamil. Dicen que en tiempos de Felipe II, el rey se los donó a un hijo del emir de Esmirna, y que luego se casó con una esclava de su padre que era catalana. Por lo que se ve se debieron venir a pasar algunas temporadas.
- Muy interesante, ya ve usted. Y eso seguro que no lo registra la Historia, ¿verdad?
- Pues, qué sé yo. Si sube usted al pueblo verá en la plaza la Ca­sa Grande que le decimos. Ahora está partida y es de unos particula­res, pero antiguamente era de los condes. Fíjese cómo andarían aquellas gentes, que se tenían que alimentar de la caza que les traía mi abuelo.
- Lo que se ven son algunas bodegas por el cerro.
- Sí; esas son de cuando había viñas. Ya no se usan. Las viñas se perdieron, las han vuelto a poner, pero nada, se comen las uvas los pájaros y no resulta.
Viana de Jadraque, sin haber entrado de hecho todavía en él, es un pueblo pequeño; más aún cuando el número de gentes que lo habitan es exiguo, siguiendo la norma general que despobló la provincia. El se­ñor Saturnino me los va contando uno a uno, casa por casa, y al fi­nal saca la conclusión de que quizás pase alguno, pero que no andará mucho más allá del medio centenar.
- Eso de momento; que dentro de unos años serán todavía menos. Y teniendo en cuenta que aquí todavía hay chicos, ocho o diez, y puede caber alguna esperanza.
Al subir hacia Viana se ven por el poniente las plomizas risque­ras de Huérmeces, el pueblo donde no hace tanto dediqué unos minutos de mi tiempo a seguir de cerca, con la mirada fija en las peñas del Cerro Lutuero, los movimientos y hasta la vida íntima de los buitres que crían en sus cuevas.
Viana de Jadraque cuenta hoy con calles espaciosas, muy bien arregladas. Es un pueblo limpio y alegre, donde la gente suele salir a ­la sombra de sus casas, para disfrutar en corrillos de la mejor vecindad el placer de las tardes de verano. Las mujeres cosen, hacen punto; y apalean lana en los rincones sombríos que bajan desde la plazuela de la iglesia hasta los aledaños de la vega por donde cae la fuente. Más allá están las antiguas eras de pan trillar, como todavía les dicen los lu­gareños. Acabo de entrar por un atajo a la era del Tío Parrilla. El pa­norama de los campos, vistos desde aquí, es un juego inimaginable de contrastes que pone ante la vista al mismo tiempo lo abrupto de les cerros lejanos y la suavidad del vallejo, el gris quemado de las piedras y el frescor ribereño que sopla sobre nosotros con vaharadas de tierra húmeda y olor a hierba, el griterío lejano de los chiquillos jugando en los huertos y la penosa estampa de dos ancianas vestidas de negro que esperan pacientemente la hora final sentadas junto al ábside de la iglesia.
En estos verdizales de las eras están pastando las ovejas que cuida Ambrosio Rello, el juez de Viana. Me dice que todo aquello de los peñascales del norte es el Barranco de la Hoz, y que es muy bonito.
- Las tumbas en la piedra están por aquella parte. Si sigue un po­co más sin dejar el camino se mete usted en Carabias.
- Y lo del poniente será Huérmeces, ¿no?
- Sí, la Peña Alta que le dicen.
- No sabe usted lo bien que le hace la vega al pueblo. Cuando se ve de lejos parece un balneario.
- Es muy sano esto. El cerro que hay detrás de los huertos es el de la Muela. Lo de esta parte es la Hondonada y el Charcal.
- En cambio, por el mediodía el campo es muy distinto. Las encinas y nada más. ¿Cómo le dicen a ese cerro?
- Tiene un nombre así un poco feo. Se llama Caganchos. Lo que se ve encima es el repetidor de la televisión.
Cuando Ambrosio Tello abandona con sus ovejas la era del río Pa­rrilla, me cuenta que los amos tienen que necesariamente de cui­dadores de su propio ganado, porque la cosa no da para pagar a un pastor. Y con su morral al hombro, su garrote y su gorra quitasol, se baja por el barrio de las huertas buscando la fuente y luego las lade­ras que hay a la salida.
Yo aprovecho en solitario un poco de tarde para ver el pueblo y para saludar de pasada a las pocas personas que me voy encontran­do. Un grupo amable de jubilados me invita a ver en su compañía la fuente pública. Quizás pueda pasar inadvertida para quien no sea demasiado amigo de entrar en detalles; pero la fuente de Viana cuenta con la originalidad de unos caños plateados donde se sostienen dos cangrejos de río que .brillan con la luz del sol. Sobre el leve frontis de piedra hay una placa metálica, plateada también, en la que se lee: “Los caños cangrejos han sido donados por Mauricio Ca­ballero. Año 1933”
- Pues, de cuando los pusieron tenían sus barbas y todo. Se las quitó una gitana hace muchos años, y una pata también.
Después de beber un trago largo en los caños cangrejos, mis amigos, entre los que se encontraba don José Alonso, tuvieron a bien y a petición propia, posar ante la cámara viajera del desconocido, al tiempo que cruzaban por detrás las ovejas de Ambrosio. El resultado para la posteridad de aquel instante es el que recogemos en la parte gráfica que encabeza nuestro trabajo de hoy, con el recuerdo entre lí­neas de otro de nuestros pueblos más escondidos, y como tal, la ex­periencia lo dice, más afectivo y más bello.

(N.A. Agosto, 1984)