miércoles, 23 de diciembre de 2009

ZORITA DE LOS CANES


Hay ocasiones en las que el visitante apenas si se atreve a pulsar el picaporte que pende de las imaginarias portonas del pueblo. Unas veces por su esbeltez, otras por el señorío quizás de su enclave, producen al llegar a él tan profundo respeto que uno se daría por bien pagado con el simple placer de mirarlo de lejos. En Zorita es el peso de la historia, materializado en el tremendo roquedal del castillo, quien exhala esta apabullante impresión. Zorita de los Canes acostumbra a colmar el ánimo de quien llegare de una sensible poquedad, a empequeñecer al hombre para acrecentar la presencia del pasado, cuya alma se hizo piedra en la cumbre tomando figura de arco o de torreón, en donde ani­dan los buhos y vuelan las cornejas columpiándose, de muro en muro, durante las noches de luna.
Entramos a la explanada que el pueblo tiene como recibidor entre el murallón y el río, al lado mismo de la colosal pilastra de sillería en la que debió apoyarse un puente que nunca llegó a existir que los zoritanos conocen por “el poste”. Debajo de aquella mole tremenda de piedra medieval que se yergue sobre el cerro, el viejo caserío, al que todavía se accede como único lugar de paso por el arco tantas ve­ces centenario de la muralla. Vega abaja, escoltado su andar por sau­ces y por chopos blancos, arrastra sus aguas mansas el padre Tajo.
El pueblo se acaba de despertar. Una pareja de patos blancos está cruzando de parte a parte el ancho cauce, y una vez en la orilla se entretienen picoteando a la sombra del poste las bolsas de desperdi­cios que baja la corriente. No se ve un alma. La calle principal corre paralela al río, separada de é1 por un pretil que sirve de mirador.
- Buenos días, señora. ¿Cómo se llama esta calle?
- Esta calle se llama la Calle Alante.
- ¿Y aquella que sube al castillo?
- A aquella, le decimos la Calle Arriba.
- Ah, claro, y la que baja a la plaza será la Calle Abajo ¿No?
- Sí señor, esa es la Calle Abajo.
No hace mucho que conocí en Zorita a don Baltasar Montero, que tie­ne una tiendecilla y un poco de bar en la Calle Arriba. Don Baltasar, recuerdo que estaba por entonces a punto de operarse de próstata. Hoy me encuentro a doña Leonor, su mujer, limpiando el establecimiento con una bayeta y un cubo de agua.
- Mi marido está en la cama. Le operaron hace dos meses y no acaba de ponerse bien. Por las tardes se levanta un poco. Las operaciones a ciertas edades, ya se sabe. Yo creo que se pondrá bien, pero le va a costar.
- Déle recuerdos de mi parte y dígale que siento mucho no poderlo ver, que otra vez será.
De paso hacia el castillo cuelgan las granadas detrás de una tapia. Las granadas de Zorita como las de Pastranas son ricas, de excelente paladar, pero tienen mucha madera dentro. Las aguas del arroyo rugen a medi­da que nos vamos aproximando a la piscifactoría. El arroyo, cuya denominación correcta sería la de río Bodujo, viene desde Albalate por el Nogue­rón y se junta con el Tajo en el lavadero, a la entrada de Zorita. Hay ocho tiendas alineadas de lona blanca, todas iguales, en el bancal donde se alza la torre del homenaje. De las tiendas de campaña van saliendo chavales que desayunad de pié en unas marmita de aluminio. En lo alto crecen las yerbas en los fosos, en medio de las piedras y de los capiteles derruidos de la nobilísima fortaleza. El castillo perteneció en su tiempo al rey Alfonso VIII de Castilla, el de Las Navas, que cedió a la Orden de Calatrava y adquirirían, algunos siglos después, Ruy Gómez de Silva y su esposa la Princesa de Éboli. En esta iglesia del castillo, parcialmente retocada, se honró a la Virgen de Soterraña, cuya imagen se conserva en el convento de la Concepción de Pastrana. Desde el castillo se pierde la vista por la vega hasta allá lejos, dominando -el Tajo como señor y testigo- uno de los más grandiosos espectáculos naturales que hay en la provincia. Los campos de mies recién rasurados contrastan con el verde intenso y el amarillo de los girasoles. En los altos el bosque, y los viñedos y la pradera en la margen del río. Abajo, muy cerca de nosotros, los tejados de Zorita, viejos y evocadores, señalando el pie del augusto montículo donde nos hemos sentado a descansar a la sombra de un muro.
Para qué decir que uno vive el encanto de estos pueblos envueltos en la maraña de los siglos. Zorita hoy no tiene otra cosa que ofrecer más que su silencio, la vejez del entorno y el paisaje, romántico y legendario como su propia historia. Sobre el arco se alcanzan a ver, a través de una ventana entreabierta, las sillas del ayuntamiento. A la altura del puente se acerca un señor contando sus pasos a golpe de garrota, y vestido con una camisa gris como las que usaron los tranviarios catalanes o los botones de banco. El amable caballero se llama don Mariano Muñoz Muñoz, un producto legítimo de la tierra que, entre los chopos de la carretera de Zorita, se siente feliz, tremendamente feliz, paseando en las mañanas de verano.
- Sí señor, y no es broma; más feliz que pueda serlo un rey en su palacio. Aquí nací, aquí he vivido y, si Dios quiere, aquí moriré cuando me llegue la hora, La cuarta hora, porque yo ya he estado muerto tres veces.
- No me diga.
- Hombre, que si le digo. Hasta que me colocaron el marcapasos.
- Que se cansaba el corazón ¿verdad?
- Mire: ¿A que no lleva usted encima tantos relojes como yo? El que llevo en la muñeca, el corazón y el marcapasos. El corazón yo creo que es el que peor funciona de los tres.
- ¿Sabe que tienen un pueblo como hay pocos?
- Eso dicen. Aquí todo el que viene se va encantao. Antes, dicen que el pueblo estaba a la otra parte del río, y que se llamaba Pastra­na la Grande, y esto era el Arrabal.
- ¿Ah, sí?
- Y por aquí, por el poste, había dos perros muy grandes hechos de piedra. Por eso dicen lo de los Canes.
- ¿Los llegó usted a conocer?
- No, qué va; eso fue antes. Más cosas que ver las tiene usted en Recópolis, ahí arriba, que están sacando habitaciones y así como cacharros muy importantes. Eso está muy cerca de aquí.
- Y además, con el río tan cerca...
- A éste, cuando pierde el respeto hay que temerle. En el año cua­renta y uno saltó el agua del río hasta el cementerio, y mire si es­tá en alto. Cruzó por el arco y se embalsó toda la Calle Alante. Aquí todo el mundo tiritaba de miedo. Si no llega a ser por el poste, Zo­rita había desaparecido en una noche. Fue, bien me acuerdo, el mismo día de la Paz de Mazuecos, el veinticuatro de enero. El agua llegó casi a tapar el arco.
- ¿Cómo llaman a la vega, señor Mariano?
- A ésta le decimos la Vega Abajo.
- ¿También?
- Y a la que sube por donde las truchas le llamamos la Vega Arriba.
- Ya. Me lo imaginaba.
Las glorias de la vieja. Zorita se resumen hoy en este pequeño lu­gar de setenta personas donde no hay médico, ni cura, ni maestro. Hombres y mujeres de edad clavados de raíz, como el Tío Mariano, en a­quel escogido paraje de la ribera, siguiendo fielmente, quien sabe si por línea directa, la forma de ser y de vivir de una raza cuyo testimonio queda patente con sólo mirar arriba, a los peñascales del castillo, reloj perdurable que guarda en su corazón de roca las horas, una por una, y los años, y los siglos del pueblo extendido a sus plantas.
- Vienen muchos turistas, pero le advierto que cuando mejor estamos es cuando no viene nadie. Ahora no sabe uno con quien se juega los cuartos.
Al salir de Zorita, la otra forma de vivir, este mundo nuestro, al acecho de­trás de una curva del camino para desdecir de la paz del pasado. Una estación de servicio, la central atómica luciendo al sol su cúpula color naranja, monumento a lo prosaico y a lo antinatural. Y al fin Pastrana, la señora, la carmelitana ciudad de los tapices, poniendo como siempre su nota de magnificencia a la Alcarria desde la orilla del Arlés rodeada de huertas.

(N.A. Septiembre, 1982)