jueves, 3 de diciembre de 2009

VALDENUÑO FERNÁNDEZ


Llegar a Valdenuño es siempre un viaje cómodo. Apenas cuesta co­larse en los trigales de la Campiña y descubrirlo en el hoyo a media hora escasa de camino desde la capital, acostado en el fondo de una leve vaguada de campos de labor por donde baja, visiblemente menguado en su caudal, el arroyo de la Vasquilla. No re­cuerdo haber estado en Valdenuño antes de hoy; sí, en cambio, lo he visto de lejos, a vuelo de pájaro, de paso en otra ocasión precedente por la carreterilla de Viñuelas que lo limita en dirección norte, paralela al arroyo.
El pueblo, al llegar, enseña al visitante la cara limpia de lo re­cién restaurado, el semblante óptimo de su segunda mocedad, presen­te en el aire impecable de sus calles céntricas y en la fiebre de la construcción, que está dando lugar a un pueblo nuevo, cómodo, a­cogedor, hasta cierto punto pintoresco, porque Valdenuño conserva a pesar de todo -y razón es que lo haga de por vida- su alma medieval y juglaresca, hincada de raíz en el tremendo sequedal donde libaron el néctar de la tierra madre las costumbres más puras nacidas a la sombra de la vieja Castilla: mito, superstición, hostilidad, trage­dia, en feliz mixtura con el temperamento domado de celtíberos y de cristianos viejos, dieron como resultado, siglos por medio, una sin­gular forma de conducta, a modo de trama en la que se exhiben por igual los nubarrones de nuestros defectos patrios como nuestras vir­tudes más destacadas, que también las hay. Cada castellano de los de pura estirpe, queramos o no, lleva dentro un poco de truhán y otro poco de místico en proporciones arbitrarias, compensadas o no, se­gún el tiempo, el lugar y los vientos que soplen. En Valdenuño es el equilibrio la norma esencial de su personalidad castellana, así lo vi -a fe que no fue espejismo- y así lo cuento.
En la calle Mayor hay una anciana barriendo parsimoniosamente la acera. Las ancianas, y las que no lo son tanto, barren parsimoniosamente la acera cuando están solas. Dan tiempo, pienso yo, a que salga la vecina para descargarse mutuamente el peso de toda una noche sin hablar con nadie.
- Buenas tardes. Qué bonito están dejando el pueblo ¿verdad que sí?
- Sí señor. A la gente le da por levantar las casas y esto parece otra cosa. La calle ha quedado muy bien. Yo, cuando la veo así des­de aquí, siempre digo: ¡Cuántas no habrá peores en la capital! Lo malo es que ya no quedamos más que cuatro de ellos, así de continuo. ¿Viene usted preguntando por pienso?
- No, no señora. Vengo a conocer Valdenuño, y nada más.
- ¡Qué gracia! Si aquí no hay nada que ver. Ya que hubiera venido cuando la botarga, que faltan cuatro días; entonces sí que hay ambiente, pero, mira hoy... nada, el pueblo vacío.
Las gallinas escarban la hierba y picotean entre los aperos por el barrio del Arroyo. A uno y otro lado del regato se ven pozos con brocal cubierto y pequeñas pilastras adosadas para dar de beber a los animales. El agua de los pozos se deja ver en el fondo lo mismo que un disco inmóvil de negro azabache, muy brillante. Uno piensa, ante los pozos de Valdenuño y ante el espectáculo todo del barrio del Arroyo, en escenas milenarias de mercaderes y camellos, vivos aún en los relatos patriarcales de la Sagrada Escritura. En torno a las tapias medio derruidas de un corralón, se oyen gritos de niño salidos de ultratumba. Los gritos se oyen cada vez con mayor intensidad, como desesperados, pero al niño que grita no se le ve. Hay otro niño sentado en la hierba que no dice nada, escuchando los alaridos con absoluta pasividad, sin inmutarse.
- Está metido dentro –me dice.
- ¿Cómo que está metido dentro?
- Sí; está ahí dentro de esa tinaja. Es que no puede salir.
Y allí estaba el angelote, envuelto en un mar de lágrimas, dentro de aquel corpachón panzudo del artefacto abandonado al sol, a los vientos y a las aguas extramuros desde los años de la filoxera o poco después. La tinaja tiene en su interior un charco de agua, resi­duo de las últimas lluvias, y botes, y trozos de madera, y barro. El chiquillo se agarro a mí con la misma fuerza que lo haría un naufrago a la providencial tabla salvadora.
- Vamos, agárrate bien. ¡Aaaaa...aupa! Pero cómo se te ha ocurrido meterte ahí. Si yo no vengo, fíjate: te quedas dentro y habías teni­do que dormir en la tinaja. ¿Y tu mamá, qué? Toda la noche buscándo­te por el pueblo. Ya ves.
- Si me meto muchas veces. Ese también se mete. Pero es que, como hay barro, se me han mojado los zapatos y se res...res...resbalan.
- Bueno, vale ya, que los hombres no lloran. ¡Hala!. ¿Cómo te llamas?
- Me llamo Marco Antonio.
La calle Mayor de Valdenuño es la columna central de la que parten, a de­recha e izquierda callejones con nombres sugestivos: Callejón de las ánimas, de Cantarranas, del Cura. Por uno de estos pasadizos que con­vergen en la calle Mayor, se va a la fuente pública de Las Casillas, levantada, según consta, en 1908. El magnífico manantial de Valdenuño se abre en dos muros angulados tapando el terraplén, bajo un altiplano en el que han instalado el repetidor para la televisión. Por lo demás, las calles son un desierto. Es la eterna cantinela de nuestros pueblos en un día cualquiera que no coincida con los meses de verano ni con la fiesta mayor. Cuesta trabajo acostumbrarse a ver siempre el mismo espectáculo, ser testigo de la misma soledad: una mujer en­lutada que pasa de largo, dos más que se quedaron en la plaza con el capazo de la compra detrás de la furgoneta del frutero, y los cuatro abuelitos de siempre, recogidos, sin atención, en la misma conversa­ción de ayer y de antesdeayer, al abrigo de la solana. ¿Adónde se han ido los casi dos centenares de habitantes que todavía quedan en Val­denuño? Me contesta don Aurelio Rodríguez Martín, agricultor de ofi­cio, hombre amigable y de refinada cordialidad, alcalde del pueblo.
- Pues, por la época que andamos, deben estar la mayoría con lo de la aceituna. Aquí, por una cosa o por otra, siempre hay algo que ha­cer. No hay quien se libre.
- El pueblo es un modelo de limpieza y de orden. Estará contento el alcalde.
- Pues sí que es verdad. Se está construyendo mucho; las calles, por fin, las vamos viendo arregladas; y luego, otra cosa, las mujeres tienen bastante interés por adecentarlas, las adornan, las barren to­dos los días, y eso influye mucho en el aspecto del pueblo.
- ¿Se defienden ustedes con el campo?
- Hombre, si aquí no nos defendemos, no podría defenderse ningún agricultor, aparte de los males que tiene la agricultura en todas partes y que nosotros también sufrimos, aquí se tiene la ventaja de un buen terreno. No tan bueno como el de El Casar, pero mejor que el de la zona de Viñuelas, que debe ser de lo más favorecido de la pro­vincia. Las cosechas son generalmente buenas, menos esos años rema­tados que en ningún sitio se coge nada, ni aquí tampoco.
Sacamos al fin a colación la particularidad más destacable de la vida de Valdenuño Fernández: la fiesta del Niño Perdido. Con determinadas lagunas en su historia donde, por una o por otra causa, se dejó de hacer, cada año, desde tiempo inmemorial, la botarga llega a nues­tro pueblo con todo su cargamento festivo. El júbilo popular, como la esencia, dura solamente un día, y viene a coincidir en el tiem­po con el domingo siguiente a la fiesta de los Reyes Magos.
- Este año cae el día 9, pero puede caer antes o después, según venga el calendario. Ese día, el pueblo se pone de gente que para qué. Es una fiesta simpática donde todo el mundo disfruta.
- Y siempre a costa del botarga.
- Ah, eso desde luego. Si el que sale de botarga nos falla, no hay nada que hacer. Un año se emborrachó, y casi hubo que suspender la fiesta.
- ¿Es siempre la misma persona?
- No. Suele cambiar. Lo que pasa es que tiene que ser uno con buen humor, con gana de hacer fiesta y que no se enfade nunca. Van con él ocho paloteistas que danzan por las calles y bailan delante del Ni­ño. La botarga se mete en las casas, entra en las habitaciones de las mozas, asusta a los chiquillos. ¡Arma de cada cisco...!
- ¿Se mete también con los de fuera?
- Se mete hasta que le dan una propinilla. Cuando no le dan les pega golpes en la espalda con las castañuelas, y no tienen más re­medio que hacerle caso. Con los que más tarea se trae es con los chavales. Le incordian, y sale detrás a pegarles. Le cantan:

Botarga la larga
la castañueleta,
mata los piojos
con una escopeta.


Y, claro, cuando los engancha, les atiza con las castañuelas.
- ¿Nunca se enfada la gente?
- Jamás. Los de aquí no nos enfadamos porque es lo nuestro y además porque nunca hay motivo. Los de fuera, tampoco.
En Valdenuño, toda la riqueza monumental se concentra en la iglesia, circunstancia común a tantos pueblos más que hemos conocido y que en éste toma caracteres de grandiosidad. Es una bellísima pieza de la arquitectura religiosa del XVI con portal exterior so­bre cinco columnas de piedra y un artístico artesonado por encima del presbiterio procedente de la misma época. Algunos altares late­rales de bien cuidado barroco, completan en su mayor parte toda la riqueza ornamental del templo. En esta ocasión fueron el propio al­calde y el cura de Viñuelas, don Teódulo, encargado de la feligre­sía, quienes tuvieron a bien estar conmigo en esta visita fugaz a la iglesia, ya con la tarde acuestas.
- Lo mejor que tenía la iglesia debió ser el retablo mayor; pero, según cuentan, se lo debieron de comer las hormigas termitas.
- Esta imagen parece una talla románica restaurada ¿no?
- Parece, pero no lo es. Es una imitación hecha hace poco. Repre­senta a la Virgen de la O, de la Esperanza, que es lo mismo.
- ¿Qué Patrón tienen?
- Este es: el Cristo de la Nave. Hay una gran devoción aquí por el Cristo. Los que viven fuera quisieron cambiar la fecha de la fiesta para que les cogiera en vacaciones; pero hubo que dejarla en su día, el 14 de septiembre, porque la gente protesta.
Es posible que este trabajo -testimonio o mera impresión de unas horas en Valdenuño- pueda salir a la luz coincidiendo con la fecha más indicada para llegarse a él. La fiesta original de la botarga está llamando a la puerta, están a punto de sonar las cam­panadas que cada año convocan al júbilo popular en este excepcio­nal sitio de la Campiña invitando a todos, para ser espectadores y protagonistas a la vez de todo cuanto allí hay. Valdenuño, pue­blo de vieja raíz, lugar asido a la esencia castellana que mamó de los siglos, guarda incólume la virtud de la hospitalidad y del buen humor siempre que se abre en fiesta.

(N.A. Enero, 1983)