miércoles, 16 de diciembre de 2009

VILLAVERDE DEL DUCADO


Este de hoy, amigo lector que sigues con asiduidad y no poca paciencia mis andanzas por nuestra tierra desde hace casi dos lustros, es otro más de esos pueblos que seguramente desconoces y que no dudo calificarás, más allá de nuestras fronteras patrias desde donde me escribes, como otra nueva estrella de ese “ansiado universo” con el que sueñas en tu “obligada soledad de otros mundos” -son palabras tuyas- sin perder por un instante las esperanzas de volver. Va por ti, con el deseo de que los aires andinos no pinten mal a este manojo de líneas con vocación exclusivamente guadalajareña.
Villaverde del ducado asienta sobre una breve prominencia de campos que anuncian la sierra, muy cerca de Alcolea del Pinar, la bien comunicada y por siempre fría villa de la Casa de Piedra. Es pueblo de escasa resonancia, mermado como casi todos de manera alarmante en su población, lugar de honrados labradores que bregan de sol a sol en las tierras de la vega, viendo, no sé si a más o a menos distancia, el final de sus días como entidad histórica, arrasado por la corriente y por los vendavales ideológicos de final del milenio.
Acabo de llegar a la plaza de arriba, la Plaza del Olmo. Villaverde me parece un pueblo limpio, formado por sólidas viviendas de caliza, que te hablan al primer golpe de vista de una vida que fue próspera en tiempos ya lejanos. Casonas cerradas a calicanto con olor a alcanfor, como el ajuar venerable de las señoras de más edad que guardan metido en el arca, sin atreverse a sacarlo a la luz porque los tiempos son otros, pero que constituye dentro de su poquedad, el verdadero tesoro de sus vidas, el único lazo material que les une al mundo cada vez más distante y más confuso de sus recuerdos.
Me encuentro en Villaverde completamente solo. Esa escena de recibirme una y otra vez con las calles desiertas, es una experiencia fatal que todavía no he superado. A la caída del pueblo, más allá de las últimas casas, se ven las tierras del labrantío, a las que rodean en la distancia las colinas mondas donde crece, mítico y ruin, el chaparro y rastrean los tomillos y las aliagas. El viento poniente entra encajado silbando en las esquinas por la calle que viene de la iglesia. Estoy anotando impresiones junto al tronco de la olma desramada que da nombre a la plaza de arriba. Cuando el viento cesa, pasa a primer plano el soplido de un serrucho mecánico en algún corral cercano, donde alguien trocea leña de roble. Al cabo de un rato se calma el viento y el motor del serrucho deja de sonar. Sale un hombre de mediana edad revestido con un mono rebozado en serrín. El hombre se planta en mitad de la calle y me mira con curiosidad. Cuando en los pueblos se me mira de arriba debajo de aquella manera, atando cabos acerca de mi personalidad, la gente se equivoca siempre. Procuro acercarme a aquel hombre. La calle desciende un poco hacia la Plaza Mayor, en donde está el ayuntamiento.
- Hola, buenas tardes –le he dicho.
- Buenas –me contesta un poco a secas el hombre con el mono rebozado en serrín.
- Pensé que no encontraría a nadie en el pueblo.
- Pues tampoco tendría mucho de particular.
- ¿Tan escasos son?
- Pues, más bien sí; unos cuarenta. Lo que se dice quince casas abiertas.
Ahora suben dos chiquillas con un montón de sobres en las manos cada una para repartir. Una de las niñas me ha dicho que se llama Olga.
- Ah, pues con cuarenta personas y con niños en el pueblo no se pueden quejar. Cuántos lo quisieran.
- Niños pocos. Yo tengo cuatro. Hay que mandarlos a Sigüenza al instituto o a la escuela-hogar. Ya sabe usted, por lo de la escuela.
- Ya lo entiendo.
- Por lo demás; pues muy bien. Sabemos que los hay peores. En este pueblo somos una mayoría personas con menos de cincuenta años; tenemos ocho tractores, y tres rebaños de ovejas para ir tirando.
Cuando José Luis Algora ha cogido un poco más de confianza conmigo, parece que se anima, deja los troncos de roble para mejor momento, y me acompaña hasta el centro de la Asociación Cultural.
- Sí; éste es un sitio que nos está quedando muy bien. Lo tenemos en el antiguo horno de cocer el pan, pero nos cuesta mucho más dinero de lo que son nuestras posibilidades.
Yendo de camino hacia el Centro Cultural, me habló José Luis de que tienen las calles bastante bien arregladas dentro de lo que cabe, que con el tanto por ciento de la Diputación les han conseguido dar un buen repaso, pero que todavía les queda. Luego apareció Jesús Berges, un muchacho con el servicio militar recién cumplido, que ha optado por quedarse en el pueblo a falta de algo mejor donde emplear su juventud y sus ilusiones.
Hemos tenido que entrar al salón ya adecentado del antiguo horno por una puerta trasera, pisando sobre el cemento todavía tierno. El local parece el adecuado para el fin al que se le piensa destinar: paredes blanqueadas, vigas traveseras y techumbre barnizadas en un tono oscuro, generoso mostrador. Todo ello respetando la vieja ventanuca de metal por donde se metían, y se sacaban los panes ya cocidos, lo que pone al conjunto general del nuevo centro un detalle original y simpático. Entre los enseres que, de momento, adornan el Centro Cultural, hay una antigua balanza de brazos con platillos de latón y una paellera inmensa, la mayor del mercado, una paellera que de una sola vez sirve para dar de comer a todo el pueblo de Villaverde, aun repitiendo por lo menos la mitad de los comensales.
- Ah, ya lo creo. Y sobraría paella. Me parece que es de cincuenta raciones, y aquí no somos tantos
En otro rincón, sujeto a la pared por detrás del mostrador, cuelga el recio garrotón de ajustar cuentas.
- Ya hemos puesto aquí alguna exposición de pintura. En verano también se hacen concursos y actividades culturales para niños. Aún quedan algunos murales colgados de los que se hicieron el año pasado.
- Aquellos dos cuadros del rincón -le digo- se van a estropear con el polvo de las obras. Deberían quitarlos de ahí.
- Pues no sé -me dice Jesús- Son de una señorita de aquí que vive en Madrid y le gusta pintar. Se llama Francisca Lafuente. Tuvimos una exposición de ella y se vendieron bastantes. Lo que no sé es cómo han dejado esos ahí. Seguramente que están desde la fiesta.
- ¿Cuándo tienen la fiesta?
- Es San Blas, y lo celebramos es segundo domingo de septiembre, trasladado desde febrero que se celebraba antes. Aquí no se puede hacer en invierno ni fiesta ni nada. Hace mucho frío.
Después me habla Jesús de la ermita de San Bartolomé, del antiguo poblado de Santo Portilla, apartada algunos kilómetros del pueblo y por mal camino; pero que merece la pena visitar.
- Es que en ese sitio hubo antiguamente un pueblo. Los mayores dicen que al final se quedó a vivir en él una sola mujer, y que después se vino a Villaverde. Según cuentan hubo sus más y sus menos con los de Luzaga, algo así como un pleito. Acordaron que todo lo del pueblo desaparecido fuera para el lugar de la contorna que estuviera a menos distancia. Ganaron los de aquí. Cuentan que midieron a campo través, mientras que los de Luzaga lo hicieron por los caminos. De esa manera, claro que Villaverde está más cerca. Que a lo mejor son cuentos chinos de la gente de antes. Vaya usted a saber.
La plaza de abajo, la verdadera plaza de Villaverde, tiene forma rectangular y está rodeada por casonas sólidas, levantadas a base de buena piedra. El ayuntamiento, y lo que fuera el edificio de la antigua escuela de niños, destacan como presidiendo la plaza. No lejos de allí queda el estanco y bar de doña Silvina, la madre de José Luis y de María Rosa, que nos atiende muy amable desde el mostrador.
- Pues cuanto nos alegramos, mire usted, de verlo por aquí. El pueblo ya lo ve usted, poco más o menos que los demás que usted visita. No vale mucho.
- Pero la tranquilidad que tienen también cuenta en estos tiempos ¿no le parece?
- Sí señor; de todas formas es una pena que se nos haya ido la gente.
- Poca clientela, por lo que veo.
- Nada. Cuando hay algún puente que vienen los de fuera, y también en el mes de agosto. Lo demás del tiempo esto se queda como muerto
Dejamos pues la pacífica taberna de doña Silvina, con sus taburetes de madera y su estufa pintada de purpurina color plata. Ahora nos vamos Jesús y yo hacia la iglesia parroquial que asoma su espadaña hacia las tierras bajas. Al pasar nos vamos cruzando con curiosa rejería de forja en las ventanas y balcones de algunas casonas en las que nadie habita. Algunas de las calles muestran como pavimento un curioso empedrado, entre cuyas piezas de guijarro brota la hierba. La iglesia está poco más adelante, a la salida, asegurada con una verja de hierro a través de la cual se accede al atrio.
Las formas de la iglesia en su exterior son de un refinado estilo románico, que posiblemente tenga su origen en el siglo XII, con arcos incluidos que en aquel tiempo dieren forma con piedras de arena. Los arcos de la primitiva galería están cegados. A uno y otro lado de la puerta de acceso hay un reloj de sol que marca sobre la dovela, con la fecha 1633. La segunda portada, ahora interior, es de cuidadas formas románicas.
- Dicen que esto es muy antiguo –opina Jesús.
Sólo hay una nave interior, con artística cúpula sobre el presbiterio pintada de colores fuertes. El retablo mayor es una joya del arte churrigueresco, con dorados que sencillamente sorprenden. Por cuanto a imaginería, una Asunción de la Virgen sin valor apenas, a la que acompañan otras menores de San Roque, San Blas, San Bartolomé, y una advocación mariana más que yo desconozco. En una de las capillas laterales a que da lugar el crucero, se encuentran en obras.
- Aquí han quitado las baldosas porque se va a poner la pila de bautizar.
La pila es una pieza voluminosa de piedra labrada, románica también en estilo y en época. En esta capilla hay otro retablo dedicado al Santo Cristo, en tanto que en su contigua se veneran unas cuantas imágenes antiguas, representando a la Soledad, a San Antonio de Padua, a San José y a San Francisco Javier.
- Los cuadros de las paredes están bastante estropeados. No sé si tendrán mucho valor.
- No creo que valgan mucho. Estropeados sí que están.
En los lienzos a los que se refería Jesús se adivinan imágenes de Santa María Magdalena, de la Virgen, y de algún santo anacoreta que tampoco soy capaz de identificar por mí solo.
Fuera de la iglesia hace frío. La tarde de abril se ha vuelto cruda y desapacible. Caen sin demasiado empeño algunos copos de nieve que bailan por los aires del atrio. Todavía queda más de una hora de sol y el ambiente de la tarde es el de una anochecida prematura. Cuesta trabajo dejar la tranquilidad de aquellos campos que salen al encuentro, y de cuya profunda sensación de paz quisiera dejar constancia como detalle último.

(N.A. Mayo, 1987)