martes, 15 de diciembre de 2009

VILLASECA DE HENARES


Recuerdo haber frecuentado con insistencia en otros tiempos este valle por el que arrastra su corto caudal el río Dul­ce. Media docena de pueblecitos, casi deshabitados, son los focos de concentración popular donde viven los hombres. Los pueblos del río Dulce, capitaneados por la pequeña villa industrial de Mandayo­na, me llamaron siempre la atención por la severidad de su paisaje, por la atenta condición de sus gentes con las que siempre choqué.
Un puentecito sobre el arroyo nos da pasa a los aledaños de Villaseca. El pueblo, subido sobre una loma al saliente del cerro áspero de la Dehesa, ofrece de pronto un aspecto desolador. Se accede a él rodeando el leve alcor donde se alza, hasta llegar a una placita cuadrada, escueta, en la que no se ve nadie. Un perrillo pa­tiarqueado, lanudo, de pelo negro, me saluda hecho una fiera ladran do a la desesperada.
Villaseca de Henares es pueblo pequeño y castigado en exceso por la emigración. Poco más de cien personas lo habitan en total, y, en las puertas destartaladas de muchas de sus casas, en los mon­tones de escombros que por cualquier rincón te salen al paso, en los paredones apuntalados con maderamen de su propio esqueleto, se adivina el por qué de su estado de trance. Ni más ni menos, querido lector, que el simple botón de muestra de lo que hoy sucede en dos centenares largos de pueblos perdidos por la provincia que, a no demasiada distancia de aquí en el tiempo, llegarán a ser como mucho, asientos de solaz para el fin de semana, campo de experiencia para escu­driñadores desaprensivos, si es que antes no sucumben como víctimas propiciatorias de la desatención y de los modos de vida.
Por las calles de Villaseca sopla en la mañana de abril un viento rebelde que retiene a las gentes recogidas en sus hogares. Deambulando solitario extramuros y rincones sin hallar un alma, uno se encuentra con dos plazas de muy distinto aspecto, una iglesia sin techumbre y un grupo escolar, desierto naturalmente, de elegan­te fachada cincuentona, en la que, un orlado letrero de azulejos dice: “Escuelas Sta. Cándida y Sn. Celestino. 1929” rematado el largo frontal por la esfera oxidada de un reloj de torre y una campanilla que contó las horas, los días y los años de vida de Villaseca, hoy parado y quieto como un corazón que dejó de latir. Hay en el patio de las escuelas un montón de arena, palos por el suelo y hierba, mucha hierba, entre la que crecen cuatro árboles frutales con floración incipiente.
- Aquí, en el patio, es donde se hacían antes las vaquillas.
- No está mal; pero yo pienso que los árboles serían un inconve­niente al correr para los que les vinieran metiendo prisa.
- Los árboles los empleaban de burladeros.
Era don Clemente Nova Rodrigo, hombre de recortada estatura, regordete y de sana color que viste una pelliza de piel auténtica, quien me contaba estas cosas. Don Clemente tiene a su cargo la cen­tralita de Teléfonos y vive a cuatro pasos de las antiguas escuelas.
- De niños en la escuela, nada, ¿verdad?
- Nada. En el pueblo hay dos y van al colegio de Mandayona. Aquí hace doce años que no ha nacido nadie. Las escuelas se emplean aho­ra, la una como iglesia desde que pasó aquello, y la otra la tienen los mocetes para hacer baile y divertirse.
- De lo que pasó con la iglesia tengo idea, pero no muy exacta. En realidad, ¿que es lo que pasó?
- Pues paso que, cuando aquellos vendavales tan fuertes de hace dos inviernos, se conoce que el aire se coló o qué se yo qué sería; la cosa es que arrancó el tejado entero. Se quedó sin nada y así está, al aire. Como no se den prisa en arreglarlo, no se salva ni el re­tablo ni el coro, ni las paredes, ni nada de lo poco que quedó. Ahora, si quiere le acompaño a verlo.
Fuimos hablando por el camino de los campos de Villaseca, que no son malos, pero que si lloviera serian mejores; de las fiestas de San Blas, y de que el pueblo, a pesar de lo pequeño que es y del es­caso número de habitantes que tiene, las conferencias telefónicas no cesan en cualquier época del año. ­
- Desde luego. Sobre todo en verano es cuando más, pero no se va­ya a creer, que en pleno invierno, al tres por dos llama la gente. Ya no le gusta escribir a nadie y se apañan con el teléfono. Aquí lo que pasa es que, como no hay abonados, siempre son avisos de conferencia y hay que ir a decírselo a la gente, o dar un recado de ­parte de los de fuera. Un suponer: hoy mismo llama uno para que le digamos a su madre que viene mañana, pues, ¿qué vas a hacer?: darle el aviso. De seis o siete llamadas diarias, yo creo que no bajan.
Las piedras del pretil son un mirador privilegiado desde donde la vista y el espíritu encuentran plena motivación para su deleite. De frente los cerros oscuros de Castejón, aquí la extensa vega del Dulce surcada por hileras de sauces, de álamos blancos, de chopos canadienses; más lejos, siguiendo con la mirada los caminos de la puesta del sol, las últimas casas del antiguo Matillas, el pueblo del cemento.
- Mire, aquellas rastreras de allá arriba son de donde sacan las piedras de la fábrica, de las que luego sale el cemento.
- La vega desde aquí es preciosa ¿No le parece?
- A esto de abajo le decimos la Coca; es todo una finca de un señor que vive en Canarias. Allí tiene la piscina, mire. Es parti­cular; pero dejan bañarse a todo el mundo.
¿Qué es aquello de orilla del río, que parece un molino de viento?
- Ese era el aparato con el que sacaba el agua para el pueblo. No iba mal, pero ¿sabe lo que pasaba?, que cuando no hacía aire estábamos sin agua. En verano era un inconveniente. Ahora se sube con motor. Allí mismamente hay una fuente con cuatro caños.
A pesar de no tener techumbre, a la iglesia se entra con llave. Primero la del portalejo que da paso a una portada románica de pie­dra arenisca, después, la verdadera puerta de la iglesia por la que se accede, no a un templo, sino a una especie de patio a cielo a­bierto, con un coro, una espadaña y una pila, bautismal, también ro­mánica, por una parte, y al presbiterio, todavía cubierto, por otra. El magnífico retablo del dieciocho ha perdido, en un año y medio que recibe directamente los efectos de la intemperie, todo el brillo original, y, en una buena parte, la pintura se va desconchando de las retorcidas formas de la madera. Hay junto al altar mayor una lápida mortuoria adosada al muro. Es una extraordinaria obra de artesanía en alabastro con tres escudos heráldicos de la destacada familia de los Carvajales, florituras y una leyenda gótica recorriendo su contorno, en la que se dice entre otras cosas que en aquel lugar está enterrado el honrado caballero don Alonso Carvajal Urbina.
- Yo no sé quién sería ese señor, pero dicen que esto tiene mucha importancia.
- ¿N o han pensado en alguna solución seria para que la ruina no vaya a más?
- Yo he oído como que han concedido algo, pero de cierto no lo sé. Eso sí, si el mal del hundimiento fue mucho, no es menos lo que se está estropeando ello solo sin cubrir. Los escombros los sacaron las mujeres con carretillas. Aquello fue terrible.
Una de las calles de Villaseca está dedicada a don Máximo de Lope, quien con su esposa, doña Felisa Manso, donaron al pueblo el grupo escolar a que nos hemos referido, y que durante muchos años ha si­do el mejor de toda la comarca del Alto Henares.
Aquí se celebra con singular tipismo la fiesta del Domingo de Re­surrección. Hace años fue en Mandayona, y hoy en Villaseca de Hena­res, donde uno tiene la oportunidad de encontrarse con una serie de estrofas antiquísimas para el canto popular, que la gente recita con fervor renovado desde tiempos inmemoriales. Nuria Navarro, una chica muy mona de Villaseca, las canta con otras jovencitas más en la llamada procesión del Encuentro.

¡Qué repique de campanas!
¡Oh, qué limpieza de calles!
sin duda se van a ver
el Redentor y su Madre.

Virgen del Amor Hermoso
saca tu mano derecha,
y échanos la bendición
a todos de Villaseca.

Mira María tu hijo,
míralo resucitado,
en forma de Niño Hermoso
como del Cielo bajado.

- Pero no se vaya a creer, que esto cualquier año se pierde. Si ya no hay chicas para cantarlo.
Cuando uno se dispone a poner remate a estas líneas, piensa en la posibilidad de que cayesen -aun casualmente- en manos de la persona o institución que pudiera estar directa o indirecta­mente ligada a la solución del acuciante problema de Villaseca. Yo le diría, con ese tono de intimidad que tienen las cosas serias, que dé un paso en su favor, que debe hacerlo sin dilación, ya mismo. He palpado el dolor colectivo de un pueblo alegre, que ha aprendido en el espacio corto de un año, a repeler el lenguaje vacío de las pro­mesas por parte de los sectores más poderosos de la sociedad. Y eso no es bueno.

(N.A. Abril, 1983)