miércoles, 9 de diciembre de 2009

VEGUILLAS


Ancha es Castilla, sí. Ancha, dilatada, áspera y a veces dura como estas ondulaciones grises de Cogolludo por las que la casualidad ha querido dar conmigo en esta media tarde del mes de marzo en que la primavera, si el tiempo no miente, es ya un hecho consumado.
Justo desde el alto que nos pone en un primer contacto con Vegui­llas, muy cerca ya de la presa de Alcorlo, el pueblo brilla como un diamante al fondo de un vallejo de baldíos y de choperas nudosas sin hojas aún. Detrás las sierras, los picachos plomizos de las sierras preparados para sacudirse de sus cimas las últimas vedijas de nieve apelmazada.
El pueblo a la vuelta de un corto ramal. “Bienvenidos a Veguillas”, “Teléfonos”. “Iglesia”, han escrito en la panza marrón de tres tinajas de barro que han colocado a la entrada. Algo más adelante la nostálgica fuente del lu­gar. La fuente de los idilios de antaño, de los bravos mozos y de las muchachas casaderas arrancadas de una escena de Be­navente. La fuente, como anciana madre que amamantó a generaciones enteras de hijos, vierte generosa sobre el pilón de piedra labrada sin que nadie la use. En ambos lados están, desgastado el borde, los hoyuelos donde se apoyaban los cántaros. Más adelante, pasada la calle, está el lavadero, agua retenida que escoge en escalón lo que dejó el sobrante antes de perderse definitivamente en el barranco. Por una rendija de la pared zumba el abejorro en una esquina. La obra del futuro centro social está todavía sin concluir. Se supone que los de Madrid le darán remate cuando regresen en vacaciones.
Desde los olmos del barrio de abajo se alcanza a ver otra fuente en mitad del barranco, cuyo rumor sube casi imperceptible. No lejos se sienten detrás de una esquina las conversaciones de personas que no al­canzo a ver. Frente a mí está la iglesia parroquial, con recortada es­padaña de dos vanos donde enraizó la higuera que sembraron los gorrio­nes entre las juntas de la sillería. La iglesia refuerza su muro sur con contrafuertes de calicanto. La portada no es bonita, tiene muy poco de particular, casi nada, como no sea el limpio arco de piedra que en­marca una curiosa puerta metálica pintada de color marrón. La tarde, siempre con el halo impoluto de los cielos preserranos, es de una bonanza indescriptible. Es como el pago generoso que a veces suelen recibir quienes aprecian en su medida justa el escondido valor de los lugres infrecuentes, donde la Naturaleza guarda el cofrecito de sus mejores esencias, de sus secretos y de sus encantos.
Me acerco por detrás de la esquina al huerto en donde la gente se siente hablar. Hay dos mujeres sentadas sobre unas piedras, dos hom­bres trabajando en el bancal y una niña que se pasea en bicicleta por el camino que viene a parar a la calle de la Iglesia.
- Buenas tardes. La labor va de ajos, por lo que veo.
- Sí, de ajos. Les andamos echando un poco de ceniza en el lomo de los surcos.
- ¿Y eso?
- Eso les va muy bien a las plantas. Mantiene la humedad y algo les libra también de las heladas.
- ¿Qué clase de ceniza es?
- Normal, ceniza normal de la lumbre. Guardamos un par de cubos para el huerto. Da bastante buen resultado.
- Cuando llegue abril tendrán que regarlo ¿Cómo lo hacen?
- Desde la fuente a cubos, haciendo viajes. Total es cosa de poco.
Don Felipe Ujados es el de más edad de los dos hombres que hay en el huerto. Don Felipe viene con su familia frecuentemente a Veguillas; opina que en el pueblo se vive mejor que en Madrid, y que disfruta ca­da vez que tiene ocasión de pisar la tierra madre.
- Y además -le digo- sumando a eso los recuerdos de juventud que también cuentan.
- Bueno, eso en mí no es el caso. Yo soy oriundo de Alcorlo, y mis recuerdos de juventud hace ya años que los tapó el agua del pantano; pero la tierra es la misma.
- Oiga, antes de venir creí que no encontraría a nadie en Veguillas. Hace tiempo pregunté en Cogolludo y me dijeron que aquí no quedaba ni un alma.
- Que quiere que le diga. Los fines de semana siempre caemos alguno por aquí durante todo el año. A diario, pues no. El último fin de semana estuvimos casi todos. Hoy hemos venido tres o cuatro familias nada más.
- Y en agosto a tope, naturalmente.
- Sí, en el mes de agosto el pueblo se pone muy bien. Se trasladó la fiesta de San Martín al primer fin de semana de agosto y para entonces estamos aquí casi todos. En San Isidro se hace también otra fiesta, pe­ro con menos gente.
- Como nacido en Alcorlo ¿No le da pena ver el pueblo tapado por el pantano?
- No lo sé. No quiero acercarme a verlo ni que me lo nombren.
La fecha marceña ha hecho despertar a la Naturaleza que por estas latitudes todavía no se acaba de desperezar de la invernada. El Cerro Cabezuelo con el depósito del agua; Cabeza Redonda, donde instalaron la caseta de vigilancia de ICONA; la Vega, el Prao, llaman a la contempla­ción y al éxtasis a medida que el sol comienza a declinar por entre las cumbres del Alto Rey y las sierras de Riaza.
- La iglesia no tendrá por dentro mucho que ver, ¿verdad?
- Nada. Estaba medio hundida. En verano estuvimos haciendo lo que se pudo cada cual por su cuenta; arreglándola un poco, desinteresadamente. El primero don José María, el cura de Las Minas, que trabajó un disparate. Entre él y los vecinos la hemos conseguido recomponer. Por dentro no tiene nada. El verano que viene tenemos que acabar el centro social. Los viejos rincones que ahora recorro por las calles de Veguillas, todas en cuesta, se presentan sombríos y frescos. Algunas de las casas más antiguas descienden unas detrás de otras en escalón, mostrando al ­visitante que todo lo mira su osamenta de entramados en rural cuadratu­ra de adobes desgastados por el tiempo, por las lluvias y por las nie­ves de muchos inviernos. Algunas palomas se asustan cuando me ven pasar y se suben al tejado desde la ventana. Las calles, a pesar de to­do, se ven algunas bien pavimentadas de cemento.
- Pues no crea que se le ven con nosotros muchos detalles al ayunta­miento.
- ¿A qué ayuntamiento pertenecen?
- Al de Cogolludo. Este pueblo está incorporado al ayuntamiento de Cogolludo.
- Pues estas calles tan bien arregladas no dicen eso.
- Ya, pero aún se necesitan más cosas.
Por el barrio de arriba donde está el buzón de Correos huele a le­ña quemada, un lejano olor a tahona y pan de pueblo acabado de cocer. Desgraciadamente para Veguillas la apreciación no es así, son solamen­te suposiciones, fruto de la imaginación de quien pasea. El teléfono público lo tienen dentro de una caseta de obra, a modo de garita con tejadillo de chapa a dos vertientes y puerta entreabierta de metal. Las gentes de Veguillas son, por lo poco que he podido ver, precavidas, in­teligentes y previsoras. Arriba, siempre mirando al norte, trepan las matas de jara y el tomillo silvestre que habita entre las piedras. Un gato impío corre callejón abajo detrás de un ratoncillo asustado que acierta a esconderse en el agujero del paredón cuando ya tiene la zarpa encima. De una casa con el ventanillo abierto en el barrio de arriba, suena estridente el altavoz de un televisor.
- A ver, con la película de los sábados. Como yo digo, sabe usted, para estar pegados a la tele en cuanto que vienen al pueblo, para ese plan no tienen que salir de Madrid, ¿no le parece a usted?
Con el conque de la temperatura ideal a media tarde, uno piensa también que lo mejor es tirarse a la santa calle, y al santo campo si posible fuera, para volver a casa cuando vengan empujando los fríos de las puestas del sol.
- ¡A ver!
Natalia, la única niña que esta tarde hay en Veguillas, juega por debajo del transformador con un montón de cantos. La bicicleta la tie­ne junto a ella, tirada en el suelo con las ruedas al aire.
- ¿Te aburres, Natalia?
- Un poco.
- No hay más niñas en el pueblo, ¿verdad?
- No, no hay más niñas. Yo juego con la bici. Mi hermano Roberto se ha ido a jugar con el agua de la fuente.
- Entonces tendrás ganas de que se acabe el fin de semana para irte otra vez a Madrid.
- No. Me lo paso mejor aquí.
Las pocas palabras de Natalia, ocho años más o menos, llevan consigo una buena carga de motivos para la reflexión.
La corta historia de mi estancia en Veguillas, dos horas no más in­tentando verlo todo, hablando con quien buenamente he podido de los que componen su escasa población del fin de semana, se acaba al paso del sol. Roberto, el hermano de Natalia, se entretiene solito con en agua mansa del pilón y con el chorro que sale de los 1avaderos.
Anoto como postrera impresión el espeso bosque de zarzas y de chopos que se extiende impenetrable hasta los llanos de abajo. En otro huerto de junto a la carretera he visto un hombre faenando con el azadón. No le digo nada. El hombre se me queda mirando fijamente. Sospecho que, salvo el soniquete de la chorrera del so­brante, no se oye ni una mosca por los quedos vallejos del Congosto. De tarde en tarde cruza algún automóvil por la presa de Alcorlo reflejan­do en los cristales de las ventanillas los rayos grana y amarillos del último sol. Los campos y las gentes de la comarca se preparan para la inminente liturgia de la anochecida.

(N.A. Abril, 1988)