sábado, 5 de diciembre de 2009

VALDESAZ


El descenso, complicado y difícil donde los haya, comienza en la misma puerta de salida de Fuentes de la Alcarria, el pueblo a caballo de un roquedal en la colina a cuyos pies comienzan a tomar luz las aguas del Ungría. En estas tierras de Guadalajara, repletas de contrastes, saturadas de impresiones en cadena, uno piensa haber descubierto un nuevo rincón, un paraíso apacible bañado por el sol de noviembre que arranca de allí, de la hoya profunda del camino, y sale serpenteando valle abajo, perdido entre montículos ásperos a lo largo del río.
En busca de las primeras casas de Valdesaz, la carretera sigue durante un buen trecho a la sombra de las nogueras. Los álamos de la vega reflejan al sol el encanto de su vestimenta amarilla, que ya comenzó a soltar sobre los humedales escarchados donde crecen lánguidas, solitarias, la col y las flores de los muertos.
Viene por la salida del pueblo un anciano pequeñito, regordete y con gafas de grueso cristal, conduciendo una carretilla por el andén de la izquierda. El anciano se llama Eugenio, y lleva tocada la cabeza con una gorra de las de espor y un saco de aspillera ceñido a la cintura.
- Buenas nogueras –le digo.
- Sí, pero este año no han cuajao. Yo no sé qué pasa. Cuatro de ellas en total, y malas las condenás.
- ¿Adonde va el viaje?
- Pues mire, a entretenerme un poco. A dar una vueltecilla hasta el huerto. Usted es que no lo sabe, pero con esta pierna ando mal y me han dicho los médicos que camine, que cuanto más quieto me esté, peor. Así que, cuando no tengo adonde ir, me lo busco. Mala cosa es esto de ir a viejo ¿No le parece a usted?
Dos perros se recrean tumbados al sol en el suelo de cemento de la Calle Mayor. En la fuente pública, la hermosa y centenaria fuente de Valdesaz, las mujeres llenan de agua cubos de plástico y garrafas de cristal que luego se llevan a sus casas. El agua sale de los dos caños fresca y cantarina sobre el pilón del abrevadero.
- Cualquier día se seca. Con eso de que no llueve, está que da pena. Nunca ha estado así de mal, mire usted.
Valdesaz es un pueblo viejo, hasta un poco adormilado en su señorial y encantadora vejez. En las calles de Valdesaz uno se encuentra a cada paso con rincones delicados y románticos, con viviendas antiguas que dejan a la vista su osamenta de madera roída entre la argamasa, a la sombra de oscuros aleros de tabla negra y tejados tomados de musgo, en medio del vallejo en el que concurren los cerros del llanillo y del Carmenio, a la margen izquierda del curso del Ungría.
Como en la Castilla de Azorín, en las callejuelas del pueblo nunca falta sentado al sol en silla de espadaña un anciano pensativo, de ausente aspecto, hundida su alma octogenaria en el profundo abismo de una vida que se fue, sin dejar otra señal que los surcos de su cara, que su naturaleza decrépita y su soledad. Luego, al entrar por las puertas siempre abiertas de su propio mundo, uno ha de sorprenderse ante el hombre real, ante el hombre que hay oculto dentro de aquella figura encorvada y venerable.
- Buenos días.
- Buenos días. Aquí picando unas berzas para el ganao.
- ¿Cuántos años tiene el abuelo?
- Ochenta y seis. Los cumplí el día que se levantó la orquesta ¿A que no sabe cuándo fue?
- Pues, si no me lo dice, yo creo que no lo voy a saber.
- El veintitrés de febrero.
- Ah claro. Ahora sí.
- Aquí se está bien, ¿verdad usted? Sentado al sol como un marqués, qué más se puede pedir.
- No se está mal. Después me llevan cuatro meses a Carrascosa, que tengo dos hijos. Lo que pasa aquí ahora es que estamos un poco ahumaos con el agua.
- Bueno, yo digo que ya lloverá. Todavía queda mucho otoño.
- No, yo no digo eso. Lo digo por lo de Trijueque; que se quieren llevar el agua.
- Pues no sabía yo nada, ya ve usted.
- Y no se la damos, como me llamo Florencio. Y ahora que no hay para nosotros, menos aún. Han venido los políticos desde Guadalajara y todo. Si hombre, y lo han puesto peor que estaba.
- Lo creo; a veces pasa eso.
- Pues no faltaría más.
Desde la ventana pintada de verde que hay en lo alto del Callejón Estrecho, salta un gato al tejado de enfrente. Por la Calle Oscura baja un señor vestido con boina y traje de pana tirando del ramal a una mula negra. El animal lleva terciado sobre el lomo un serón y una soga de esparto.
- Esto ya es como una reliquia.
- ¡Mande!
- Digo que ya van quedando pocas mulas.
- Y tan pocas. No sé si quedan cinco o seis en el pueblo. ¿Venía usted a comprar alguna?
- No, no señor. Era sólo por preguntarle algo.
- Lo que es para labrar no aprovechan, pero para la cosa de las olivas y del huerto, no encontrará nada mejor.
La plaza está sola. Esta de Valdesaz es una plaza abierta, luminosa, con muchas calles que van a morir allí, una plaza ligeramente rectangular, protegida contra los aires del norte por la fachada de la iglesia. Cerro arriba sube por la senda del Llanillo una moto estruendosa, armando un estrépito ensordecedor que resuena por toda la vega.
- Si no está el señor cura vaya usted a Teléfonos, que a lo mejor la Catalina le puede enseñar la iglesia. Ardió toda, mire usted. Fue una pena muy grande, sí señor.
Las mujeres de Valdesaz tienen una cadencia muy personal cuando hablan. Son mujeres con voz dulce, y melosa, como las gallegas. Catalina López Ayuso es telefonista, sacristana, amable, y extraordinariamente cordial. Catalina dejó atendido el servicio y me acompañó durante unos minutos a ver la iglesia recién restaurada.
- Yo creo que más que restaurada ha sido hecha de nuevo, porque aquí no quedaron más que los muros.
- ¿Es éste el mismo retablo que tenían antes?
- sí, es el mismo. Lo que pasa es que ardió toda la parte de arriba y nos e ha podido aprovechar. Así en pequeño, nos gustaba compararlo con el de San Nicolás de Guadalajara.
Después de las obras, la iglesia de Valdesaz tiene cierto aire de juventud, de haber comenzado a vivir de nuevo partiendo de nada. Todo lo que se alcanza a ver alrededor es nuevo: el techo, el pavimento, los bancos, las imágenes… Según me contaron en el pueblo es la muestra llevada a colmo del tesón de un hombre, don Ricardo González Rozas, párroco de Valdesaz, quien no ha regateado esfuerzo alguno para volver a levantar lo que las llamas deshicieron en aquella siniestra madrugada del 22 de octubre de 1978.
- Es deber de justicia decirlo así. Cuántos kilómetros le ha costado en su 600 viejo. Cuántas veces le habremos visto llorar como un chiquillo pensando en su iglesia, en que las cosas no salían como debían salir.
- ¿Cómo se han ido arreglando, hasta poderla usar otra vez?
- Pues mire, casi tres años diciendo la misa en las calles, y si llovía, en la sala de Ayuntamiento. El que no podía entrar por no haber sitio, se tenía que marchar a casa.
- ¿Y dice usted que no quedó nada?
- Nada; la mitad del retablo y nada más. El Sagrario quedó intacto, sólo unas chispitas, muy pocas, en el pañito de seda que lo cubría. De lo demás no quedó nada, las paredes. El techo se vino abajo y esto era todo un montón de ruinas. Mitre, ésta es la capilla patronal de San Macario. Aquí había un retablo hermosísimo que ardió todo, y la imagen del santo también. Esta que hemos comprado ahora es una talla imitación de la que teníamos antes.
San Macario, el Patrón de Valdesaz, fue abad mitrado, discípulo de San Antón y ermitaño de la Tebaida. La leyenda lo pone haciendo penitencia por los encinares de la Calaría que rodean al pueblo, y tiene su fiesta desde hace un año el 23 de agosto, aunque antes lo fue el tercer domingo de septiembre, y en lejanos tiempos parece ser que se celebraba en su propio día según el calendario, el 15 de enero.
- Aquí detrás está el baptisterio. Es el mismo de antes. Cuando se quemó se fue levantando el yeso y quedó la piedra. Lo han dejado así porque está más bonito. La pila es también toda de piedra.
Si el suceso que nos ocupa pasó en su día más allá de los límites de nuestra provincia como información de primer orden, el siniestro de Valdesaz se ha perdido definitivamente en el pozo sin fondo donde van a parar las cosas que jamás volverán a recordarse. A pesar de todo, uno es testigo de la consternación colectiva, presenta aún en el sentir íntimo de un pueblo que tiene la raíz clavada en el pasado, y como asiento el pie de las montañas, entre la vega y el río.

(N.A. Diciembre, 1981)