sábado, 5 de diciembre de 2009

VALDERREBOLLO


Las perdices de la Alcarria picotean en la escarcha que la noche dejó sobre los humedales. Las tierras de Brihuega y de Cifuentes, atravesadas de parte a parte en tantas ocasiones bajo un sol de justicia, están cubiertas con un manto uniforme como de harina blanca. En los bajos es la niebla espesa la que impide la visión del camino, y uno, que teme a la fuerza de los elementos, ha de viajar asido a las tablas salvadoras de la precaución extrema por aquellas carreteras difíciles. Cuando se hace de nuevo la luz, ya en las inmediaciones de Barriopedro, los empleados de Obras Públicas andan talando por el pie los viejos robles que flanquean el camino. Valderrebollo nos saldrá al paso enseguida, extendido en el llano, detrás de una chopera desnuda a mano derecha. Los charcos de la cuneta están tapados con una plancha de hielo de un dedo de espesor, y hielo hay en las barbillas del Tajuña que se enredan al pasar en las hierbas del cauce.
La ermita de la Virgen del Prado recibe en su frontal toda la fuerza que es capaz de darle el tibio sol del invierno. Una luz lejana, gélida, indiferente, que se filtra en las marañas del otero y restalla en las esquinas del bello santuario como un soplo invisible de resplandores entre naranja y azul mar.
Valderrebollo tiene una plaza hermosa, cortada en un rectángulo casi perfecto que preside la portada románica de la parroquia por la parte del río. Sobre la espadaña se ven acurrucadas, muertas de frío, una veintena de palomas que han caído en bandada desde un palomar de las afueras. El centro geométrico de la plaza lo ocupa una airosa picota de fuste estriado sobre escalones y una cruz de piedra superpuesta como remate.
En el pueblo esta hoy todo congelado, hasta las ganas de existir en el interior de todas aquellas casonas, blasonadas algunas, donde el recién llegado se esfuerza por entrever algún hálito de vida por alguna parte. Al cabo de un rato cruza la plaza un hombre tocado con pasamontañas conduciendo una carretilla. El hombre se mete después en un patio interior al que se entra por una verja pintada de verde.
- Oiga, ¿dónde está la gente del pueblo?
- En la cama. No ve que hace tanto frío.
Por la calle del Calvario el hielo de los charcos se está comenzando a derretir junto a la acera orientada a la solana. Viene por la calle un señor bajito con la escopeta al hombro, acompañado de un perrazo negro con traza de buen corredor. El pueblo anda olisqueando por los rincones de las paredes. El hombre de la escopeta me ha dicho que se llama Cipriano. Fue durante mucho tiempo peón caminero y ahora emplea sus horas de asueto, cuando el tiempo y la veda lo permiten, al viejo deporte de la cinegética.
- ¿Qué tal se dan las salidas?
- De todo hay. Caza sí que sale. Lo bueno es verla y saberle dar.
- Conejos y perdices, supongo.
- Y jabalines también. No ve usted que echaron veneno para las zorras; pues la caza ha podido criar. De conejos ya se ven menos por aquí. Con eso del mal casi se han descastao.
- Será usted el primero del pueblo que hoy se tira al campo.
- No soy el primero, no. Ya han salido otros dos delante de mí. Yo es que voy por aquí cerca. ¿Para qué madrugar más?. Pues dice usted, contando a los que viven fuera somos en el pueblo en este momento treinta y cinco socios del coto. Por aquí hay bastante afición.
Cuando uno ha llegado al pueblo con tiempo suficiente para contemplarlo sin prisas, se da cuenta de que Valderrebollo, dentro de lo exiguo de su condición como villa alcarreña, es pueblo espacioso, de calles anchas y de viviendas cumplidas y elegantes, muchas de ellas remozadas y con un pequeño jardín a la entrada.
Por el sitio que aquí llaman del Sargalejo, detrás justo de los pilones del lavadero, hay una potentísima máquina excavadora abriendo hoyos en el andurrial donde la gente tira los desperdicios, cerca de la arboleda. Un señor con mono azul que dirige la maniobra desde abajo, me dice que aquello es para plantar chopos y que se trata de un trabajo por cuenta del ayuntamiento.
Otra vez en la plaza, me encuentro al sol, junto a la picota, a Felix Mayoral. Pasada una hora desde que llegué, parece que el pueblo se decide por fin a despertar. Después de identificarme, el nuevo conocido dice que no tiene inconveniente en enseñarme la iglesia, pero que tiene muy poco que ver. Uno piensa que por lo menos la portada, con molduras románicas de ocho siglos atrás, ya no es tan poco. Pensé encontrar allí el magnífico retablo de cuya existencia había leído algo en alguna parte, y por supuesto la talla venerable de la Virgen de la Leche. Pero no. Aquí no hay otra cosa que una iglesia desnuda y recoleta, que preside desde el muro frontal del presbiterio una buena imagen de Cristo, sobre cruz de raso escarlata adosada a la pared al otro lado del altar.
- Lo tiraron todo cuando la guerra. La virgen de la Leche desapareció también. Ahora tenemos por patrona a la Virgen del Prado.
Saludé después al teniente de alcalde, Luciano Martínez, que vive en la plaza. A la casa de Luciano Martínez se entra por una puerta historiada y muy original, que tiene en el dintel de piedra labrada una cruz y la fecha de 1856. El teniente de alcalde, lo mismo que antes lo había hecho Felix Mayoral, me invita a entrar a su casa después de saber mi nombre.
- Ya decía yo que su cara me sonaba; pero, tal y como están las cosas nadie se comprometa mas que por que sí a meter en su casa a cualquier extraño. Pase usted. ¡Chica, prepara un café caliente para este señor!
- De cuándo procede esta vivienda –le pregunto.
- Pues no le sé decir. De los antepasados. A nosotros nos ha llegado por herencia.
En el comedor de la familia, pegado a la estufa de leña, uno se toma con tranquilidad el vaso calentito de café con leche que le ha traído Elena, la amable esposa de Luciano, el teniente de alcalde. Sentados a la mesa hablamos del campo, de la vida en el pueblo, de las fiestas patronales y de la despoblación.
- Pues aquí, si vamos a decir la verdad de los que somos a diario, no habrá que contar a más de veinte. En vacaciones, eso sí, el pueblo se llena.
- ¿De qué viven?
- Del campo. Es un pueblo donde no se vive mal. No tenemos demasiadas cosas a deseo, esa es la verdad, pero muy aburrido, ya lo habrá visto.
Elena me habla de la Virgen del Prado, de la que dijo ser muy milagrosa y que en Valderrebollo se le tenía mucha devoción. «Aparecida y venerada en las orillas de la ribera del río Tajuña de la villa de Valderrebollo», como así se lee en la contraportada del novenario escrito por don Aurelio Pérez López, quien añade además como dato histórico que fue traída por los caballeros Templarios de Talavera, y que tuvo gran cantidad de exvotos.
- Según cuentan, se apareció en el río a un aceitero. Aquí le tenemos mucha fe. En los gozos se dice algo de eso:

De la corriente arrastrada
Del Tajuña en la ribera,
Tu poder de esta manera
Quisiste manifestar,
Sobre la verde pradera
Admirando sus encantos…

- Pues, muy bien. Si ustedes me quieren acompañar, yo no tengo inconveniente de acercarme hasta la ermita.
- No es la misma imagen de antes. La de ahora la hicieron después, pero es también muy guapa. Cuando llega el tercer domingo de agosto se hace una misa en la ermita y aquello se llena de personal.
Pese a haber cuajado la mañana, el frío se sigue haciendo notar por estos despejados rincones de la Alcarria. Luciano dice que no hace frío, que los de la capital se constipan con sólo ver cómo se mueve la hoja de una higuera. A uno, que lleva muy a gala el ser de pueblo lo mismo que él, no le gusta que le tomen por una damisela hermética y englengue; pero no dice nada. Estamos ya junto al pórtico soleado de la ermita. Es un edificio demasiado grande, y muy bien cuidad si lo comparamos con la ermita convencional castellana que conocemos, y de las que la provincia de Guadalajara es un bien nutrido escaparate. Esta recién pintada. Al entrar, uno siente una impresión de profunda soledad. Detrás del altar queda la imagen morena, muy guapa, de la Virgen del Prado, vestida con un sencillo manto blanco que manos fervorosas bordaron a golpe de corazón para la Señora y Madre de Valderrebollo.
- Mucha devoción se le tiene el pueblo. Parece mentira, pero hasta eso se le quiere quitar. La gente ya no es lo que era.
Y nos decimos adiós bajo el techadillo. Luciano prefiere regresar a casa a pie, que en realidad es un paseo corto. Cruzar el puente sobre el Tajuña y entrar en los ejidos, cuando el pueblo comienza a contar una jornada más de vida activa en la larga cadena de sus días.

(N.A. Marzo, 1984)