miércoles, 16 de diciembre de 2009

VILLAVICIOSA DE TAJUÑA


Acabo de dejar atrás, alzado en medio de las mieses en la lla­nura alcarreña, el monumento que la Diputación Provincial de Gua­dalajara dedicó en 1911 a los héroes de Brihuega y Villaviciosa cuando la Guerra de Sucesión. La presencia del monolito junto al camino predispone al viajero para bajar hasta Villaviciosa con el mayor respeto, consciente de que, le guste o no el ambiente actual de la villa, allí está la causa primera de la dinastía borbónica en España, que nació en Villaviciosa el 9 de diciembre de 1710, tras la victoria definitiva de Felipe de Anjou -luego Felipe V- sobre las tropas de su adversario, el pretendiente Archidu­que Carlos de Austria. Ignoro si con posterioridad a aquellos he­chos memorables que con tanta pomposidad registra la Historia, se habrán tenido muchas veces en cuenta en favor de Villaviciosa y de estas tierras solitarias de la Alcarria, aparte del referido monumento que evoca la hazaña; sospecho que no.
El pueblo queda un poco más adentro, a la caída. Como pensé an­tes de llegar a él, Villaviciosa es un lugar olvidado, exquisita­mente hermoso, como dormido al calor de su historia que para mal suyo nadie le tiene en cuenta, a la sombra del ruinoso torreón de San Blas, enseña y paladín de todas sus nostalgias.
Un adolescente cuida el rebaño de cabras que pace a la sombra de un cerezo. Luego la picota, en el cruce con las ruinas del convento de Jerónimos que fundara en 1347 el arzobispo de Toledo don Gil de Albornoz. Al fondo, sin haber llegado todavía al lugar donde se levanta, la espadaña de su iglesia sirve de portón de entrada a la Plaza Mayor, escondida al otro lado de los árboles.
A lo poco que hoy queda del monasterio se entra bajo el arco de una portada del XVII, que bien pudiera servirnos como botón de muestra de lo que aquello fue. Al otro lado las huertas, los cam­pos baldíos, un par de perrillos en prisión que se desgañitan cuando me ven entrar, y la torre en pie; una torre esbelta, sin techumbre, que se autodefiende de la desconsideración de los hombres con un letrero bajo la ojiva frontal donde dice: “Prohibido tirar tiros a la torre bajo la sanción correspondiente”. Uno, que quiere recordar lo que alguna vez leyó acerca de su iglesia gótica, de sus salones mudéjares, de sus huertas y de sus posesiones más allá del propio Villaviciosa, se marcha de aquellas escombreras y yerbazales sin comprender el porqué de las cosas. ­
Ahora estoy en la Plaza Mayor. Hay una olma viejísima, de tron­co hueco y escasa fronda que ocupa el centro. En la cara norte es­tá la iglesia parroquial, de la que apenas queda de su original estructura románica el ábside y la espadaña retocada siglos después. Hacia el poniente está la fuente pública, fecunda, especta­cular con cinco chorros a rebosar que desaguan en el lavadero y correrán después, huertas abajo, sin que nadie los aproveche para el riego.
El pueblo es muy pequeño. Al poco de salir de la plaza, uno se encuentra fuera de él en cualquier dirección. La iglesia separa las dos plazas que están prácticamente juntas, la Plaza Mayor y la Plaza de Bolos. Las casas por aquí tienen cierto aire señorial, y son recias y de sólida hechura. Aparte del pastorcillo que vi a la entrada no he vuelto a encontrar en Villaviciosa una sola alma. Los aires de la despoblación se adivinan en el silencio de la calle, en las puertas cerradas.
Andar por las afueras es un gozo con la villa bajo los pies, a la vista sin intermediarios de una Alcarria desnuda que se pier­de con sus hondonadas y altiplanos en la lejanía. Por las faldas del cerro de la Carrasquilla, el que guarda al pueblo de los vien­tos solanos, se cría el ababol, la aliaga, la tamarilla, el romero, la ajedrea y el tomillo, a la vista sus colores rojizos, amarillos y malva, a la luz de la tarde. Cuando la espesura se lo permite, asoman por encima de las matas los pedruscos pardos de la ladera, las bocas destruidas de las cuevas mirando siempre a la puesta del sol.
A la caída de unos olmos que bordean desde la plaza el camino del cementerio, encuentro al fin un hombre que está preparando la tierra en lomos largos, seguramente para plantar hortaliza. Le ha­blo desde arriba. El hombre hace un alto en el trabajo, se apoya sobre la empuñadura del azadón y responde a mi saludo muy cortés­mente.
- No se da mal. Para los huertos ha sido demasiada agua la que nos cayó en mayo; pero muy buena para el cereal.
Después me acerco dando la vuelta adonde está él. La bajada re­sulta ser harto comprometida para quien no conoce aquello; y no por el acceso, que apenas cuesta cruzar el regato, sino por el pésimo humor de una perrilla color canela que la emprende a ladridos con deses­peración y se aproxima hasta donde yo estoy peligrosamente.
- No tenga miedo que no le hace nada.
Y la perra insiste, y el señor Tomas agarra una vara para poner orden, y la perra se obstina en morder al primer descuido del forastero.
- ¡Quieta chucha! ¡Quieta fiera, o te sacudo!
Y acude en su ayuda de la perrilla canela otra negra mucho mayor, de una huerta vecina. Ante la gravedad que la situación iba tomando, el amo no tuvo más remedio que sacu­dir de veras y la cosa parece que se calmó por el momento.
- Pues la tierra parece buena, ¿verdad usted?
- Sí es buena, sí. Aquí se crían unos tomates que no encontrará cosa igual por ninguna parte.
- Y lo riegan con el sobrante de la fuente, claro.
- Sí. También regamos con una tubería que viene por detrás.
- El pueblo parece pequeño, yo creo.
- Es muy pequeño. Ahora somos de continuo ocho vecinos, pero nunca ha sido grande. Cuando más población tuvo podíamos ser unas treinta o treinta y cinco casas abiertas. Para todo lo oficial es­tamos agregados a Brihuega.
- ¿Y qué tal?
- Hombre, hasta ahora no nos podemos quejar. Ya sabe usted lo que pasa con estas cosas, que la boca grande se lleva siempre la mejor parte. Hace poco hemos arreglado las calles y el alumbrado público.
- ¿No será usted por casualidad el alcalde pedáneo?
- No señor; yo he sido alcalde muchos años, casi cuarenta. Ahora es alcalde mi hija.
Don Tomás de Lucas es un hombre honesto y servicial, que se pre­ocupa de cuidar la jauría cuando el forastero intenta marcharse del huerto por el mismo camino por el que entró.
En la Plaza Mayor sigue sin haber nadie. De momento se levanta un vientecillo que sacude de forma violenta las hojas de la olma. En la puerta de su casa, justamente por encima de donde está su padre trabajando, saludo a Francisca de Lucas, la actual alcaldesa de Villaviciosa. Es una mujer joven, muy atenta, con la que gusta dialogar tomando como tema la vida y las particularidades de su ­pueblo.
- Del monasterio no queda nada. La torre que está hueca, la entra­da por aquella parte que es de piedra muy bonita, y lo que podamos saber por la Historia.
- ¿Cree usted que se salvará Villaviciosa?
- No lo sé. Algunos de los que vienen para el fin de semana, vienen a labrar los campos. Hay mucho menos yermo que antes, y eso siempre es una cosa buena.
- ¿Cuál es el proyecto que tienen por ahí, como más inmediato?
- Queremos arreglar el ayuntamiento. No creo que se tarde mucho.
- Con tan escaso vecindario no habrá niños.
- Sí, hay cuatro niños. Los llevan a la escuela a Brihuega.
Me dice Francisca que desde el cementerio, poco más allá de donde ahora nos encontramos, se ve toda la vega del Tajuña, y que el paisaje que se domina es muy bonito. Naturalmente que acepto la insinua­ción, y en compañía de la alcaldesa me asomo al morro desde donde, efectivamente, la visión es todo un apoteosis de grandiosidad y de calma, a uno y otro lado de la vega que reaviva el río más importan­te de toda la Alcarria, el Tajuña.
- Aquella muralla que baja desde San Blas es el límite de lo que fue la huerta de los frailes. Ahora pertenece a particulares.
La tapia del pequeño cementerio, empinado sobre lo más abrupto de la vega, me sirve de mirador para contemplar aquel panorama que cautivó a reyes medievales y que mereció la originaria denominación de “Villa deleitosa”. Un juego de verdes en las hoyas, atravesadas a todo lo largo por el Tajuña y por la carretera que persigue su cau­ce. Allá los cerros ásperos de Cívica., de Valderrebollo y de Masego­so; los tablares escalonados de olivar en laderas inverosímiles pun­teando el horizonte; una colmena en la solanilla, al abrigo de cual­quier pedrusco, y aquí, al alcance de nuestra mano, respirando el mismo aire que nosotros respiramos, la dormición y la muerte. Las pa­redes interiores del solitario camposanto se ven enmarcadas a trechos por mármoles escritos, que son recuerdo de quienes allí yacen; las cruces de piedra, con su clásico manojillo de flores marchitas, tapadas de hierba hasta su mitad; y el barranco como fondo, bordando un espectáculo natural en el que hasta la muerte es hermosa.. ­Cuando dejamos todo aquello atrás y emprendemos la retirada, el sol débil de la tarde inicia su ocaso por encima del pueblo y se queda Villaviciosa como en penumbra, un poco adormilada en el rega­zo de la Carrasquilla, descansando en paz sobre su asiento donde la vida se cuenta por siglos.

(N.A. Julio, 1987)

4 comentarios:

antonio dijo...

no me podia imaginar un texto tan bonito y cuidado de mi pueblo, los cuatro niños que comenta la alcadesa, yo y mis hermanos, ahora que tengo casi 40 y hace muchos que sali del pueblo estoy francamente orgullosa de mi infancia en un pueblo pequeño, gracias por devolverme a la niñez.

RAFA MAYO dijo...

La torre ya no está hueca, ni amenaza derrumbe, se esta llevando una minuciosa labor de restauración para que nosotros y las generaciones venideras podamos disfrutar este monumento cuyos orígenes datan del 1.100 Rafa V. Mayoral

raul guerrero dijo...

Hola, me gustaría contactar con personas de Villaviciosa ya que mi abuelo nació en ese lugar pero emigró en 1896 a México.
Mi abuelo se llamó Celedonio Pérez Álvarez y me gustaría saber si existen parientes por allá.
Agradeceré su atención. Vivo en Puebla, México. Un saludo afectuoso.
Mi correo electrónico es:
raulgrope60@hotmail.com

chus dijo...

DESDE LUEGO QUE SI ES BONITO EL TEXTO,PERO MAS BONITO ES EL PUEBLO,Y LOS QUE SOMOS DE ALLÍ ESTAMOS ORGULLOSOS DE ÉL,AUNQUE OTROS NO LO CREAN.Y ADEMAS NO CAMBIAMOS LA HISTORIA ESTÁ AHÍ,ESCRITA EN LOS LIBROS.UN SALUDO PARA LOS QUE INTENTAN RECUPERAR LA ESENCIA DEL PUEBLO Y SOBRE TODO NUESTROS MONUMENTOS.