viernes, 4 de diciembre de 2009

VALDEPINILLOS


“De Pinillo y La Huerce libéranos Domine”. Esa era, más o menos, la piadosa jaculatoria que por aquellos años anteriores a la desbandada de la población, un cura muy santo que ejercía su ministerio ­en Galve de Sorbe, propuso agregar a su particular letanía en vista de las imposibles condiciones de comunicación con que aquellas mínimas aldeas de la sierra contaban para ser atendidas debidamente.
Las obras de adecentamiento en la carretera de La Huerce, que ya denunciamos en su día por inhumana, nos han entorpecido con las terreras y los barrizales la llegada desde Galve. No obstante, estamos ya asomados al soberbio balcón que pone ante los ojos, perdido­ en el barranco, el cenizoso caparazón de Valdepinillos (Pinillo nada más para los serranos), la oscura techumbre -todo igual- de sus casas de pizarra; peñas, fragosos escarpales, pinabetes de la repoblación, naturaleza virgen, cielo y monte en simpar apoteosis de tierras domi­nadoras, vientecillo fino del levante que riza las agujas de los pi­nos, y como fondo las cumbres nevadas del Ocejón y del Pico de la Quemada más al poniente.
La caída sobre Pinillo, casi a vuelo de alcotán desde la carre­tera a la altura del desvío, constituye uno de los momentos de máxi­ma dicha con los que, de vez en cuando, me quiere premiar la incomparable orografía de nuestra provincia. Una novilla negra de raza avileña pace solitaria en un escalón del ribazo. No hay ni una mala mosca que la moleste. En las hojas pegajosas de las estepas hunden sus patas filiformes para libar a gusto las abejas de la solana. El pueblo ne­gro conmueve desde arriba, produce cierta impresión el llegarse has­ta él. Lomeras escalonadas de pizarra hablan de tierra sin hollar, de rudimento, de campo paradisíaco sobre el que el hombre no puso su planta. A medida que uno se acerca, siente resonar por aquellos ambientes limpísimos de la mañana los gritos de la chiquillería, de niños de la ciudad que abominan del asfalto y del orden impuesto. Valdepinillos no tiene niños -y sí que los tuvo- ni jóvenes, ni ri­sas, ni proyectos, ni ganas de abrir los ojos hasta que llega el sá­bado con los de la capital. Cuando gritan los niños, las aguas del regato les contestan despeñándose por el Arroyo de los Huertos, y entonces el aire manda sobre las sierras una sonrisa fresca que hace revivir las cosas.
Luego de unas curvas en pendiente para bajar se encara definitivamente el pueblo. No es fácil cambiar el automóvil de sentido pensando en el regreso por falta material de espacio. Dentro ya de Valdepinillos debo confesar que no apetece encontrarse con persona al­guna, sólo gusta mirar y mirar el remoto rusticismo de tantas casu­cas levantadas a base de lajas de color grafito, negras como el fin del mundo, en donde se aprecian al entrar en detalles rincones cons­truidos con palitroques antiquísimos modelados con hacha, ventani­llos insignificantes, aleros de la misma piedra, ideales para soña­dores y artistas delirantes que pudieran encontrar allí, a ciento y un años luz aparentemente de toda civilización, su paraíso perdido. Bajando por callejones de novela, donde todo a diestra y siniestra parece irreal, damos con una plazuela donde se recorta la humilde es­padaña de la iglesia del pueblo. Por detrás de la iglesia se sientes los rumores de algún arroyuelo que no se deja ver. Hay un señor y dos mujeres junto al chopo de la plazuela. Las viejitas de Valdepinillos visten de negro riguroso como las casas y como las calles.
- Solo quedamos nueve o diez personas, mire usted, -me dice la mayor de las tres que se llama Ana Gómez- Yo soy la mujer del alcalde.
Doña Damiana Bris, más joven y que no viste de negro, lleva en la mano una llave de a libra que adivino debe de ser la de la iglesia. A la iglesia de Valdepinillos la adornan, aparte del campanario de pi­zarra y cal, un portalejo y el frescor permanente de las huertas bal­días. El portalejo de la iglesia es un rincón sombrío y romántico, que guarece la puerta detrás de una leve barbacana desde la que se ve el arroyo.
- Aquí lo que nos hace falta es que nos ayuden a levantar el pueblo, y que alguien que pueda se interese para que nos pongan el teléfono.
Me cuenta también don Santiago Moreno, el actual presidente de la comunidad de vecinos, que para comunicarse con el exterior por telé­fono es preciso salir hasta La Huerce, lo que cuando hay nieve se convierte en un im­posible.
- A ver, si hay que llamar a la médica que vive en Valverde no te­nemos más remedio que salir. Con un metro de nieve y con lo que sea.
La iglesia es pequeñita, pobre y con muy poco que decir. Cuatro velas de cera arden hincadas en un cubo de arena junto al altar. Me explican que las imágenes que hay en el pequeño retablo son Santa Bárbara, San Antonio y Nuestro Señor en la Cruz.
- Siempre los hemos celebrado en su tiempo, mire usted, pero ahora no. San Antonio se ha puesto en el sábado más inmediato al 13 de ju­nio, para que puedan acudir los que viven fuera, y Santa Bárbara en agosto. No pega, pero es que aquí en diciembre no queda casi nadie.
Los nativos de Valdepinillos son pequeños de estatura y de una ra­za pura que viene de siglos. Son frecuentes aquí dos o tres apelli­dos que se repiten en el vecindario. La lista oficial de la asociación de vecinos, en la que figuran ciento cuatro en total, incluidos los au­sentes que son casi todos, enumera preferentemente a los Bris, a los Robledos, a los Gómez, como indicativo de familias antiguas que nadie sabe cuando asentaron en estas montañas.
- Pues esa es la lista oficial de socios -me aclara don Santiago-. Ahí donde la ve está registrada por el Gobierno Civil y por el Ministerio del Interior, pero tanto nos da. El ayuntamiento se nos hunde y a quien acudimos se pasa las manos por la cara, y ni caso.
- Es una pena, tiene usted razón. Pero todas aquellas costumbres que han dejado perder: las rosquillas de la subasta, la almoneda, ¿qué han hecho de ellas? En eso las autoridades no tienen culpa.
- Pues qué sé yo. A lo mejor las empezamos otra vez si hay cuatro de ellos que se sientan con ganas. Yo, para que usted lo sepa, llevo en Madrid bastantes años, pero me voy a dar de alta en el pueblo, y así algunos más que se van jubilando.
- Vamos, que el pueblo se nos mete en la sangre y no hay quien lo saque.
- Y que lo diga usted. Solamente las aguas que bajan de los Porrejones y los aires que corren aquí, valen más que Madrid entero.
Incomunicados casi siempre, sin otro porvenir que el pastoreo en aquellas sierras y el producto más bien ruin de los cuatro huertos para sus hijos, Valdepinillos fue desde siempre un reducido caserío de gentes honradas, herméticas, solemnemente humildes. Llegó sin estar preparados para ello el fantasma del éxodo y el pueblo recibió un golpe mortal que, tarde o temprano, acabará con su vida como lugar en don de viven gentes de continuo.
- Pues, puede que tenga razón. Ya sabe usted lo que pasó con Umbralejo, que bien cerca lo tenemos. Aquí llegamos a ser, no hace tanto, l50 habitantes, con nuestra escuela abierta y todo.
Desde las ruinas del ayuntamiento que se empeñaron pasase a ver, donde por todo contar hay dos mesas tomadas de polvo, de aquellas de entripar embutido, unos cuantos bancos descompuestos y unos paredones de tierra que se desploman, me marcho con don Santiago Moreno hacia la cuesta del Camino de la Huerce, más allá de las Huertas de los Perales, para observar detenidamente a Valdepinillos en una panorámica total. Al pasar, las buenas gentes que no me conocen, pero que ven cómo voy tomando notas, pensarán de mí quién sabe qué, piden auxilio para tantas necesidades, como los enfermos que sufren suplican su curación a la desesperada.
- Y qué quiere usted que le diga, buena mujer.
Yo me tengo que limitar a contarlo, que es lo mío, otra cosa no puedo hacer.
- Mire usted -me dice después una anciana-,
que no tenemos ni un sitio bajo cubierto donde poder pasar el rato los cuatro de ellos.
Por detrás de la iglesia cruzamos el arroyo que baja del cerro por un puentecillo de lajas resistentes de piedra negra. El agua se cuela bajo nuestros pies, limpia y fresca, como acabada de nacer, a perderse en los barrancos entre la chopera y el matorral. Por estos tupidos alrededores de Valdepinillos abundan los robles, las nogueras, los fresnos y los cerezos de fruto tardío. Un joven residente en Getafe que se llama Pablo González, me cuenta muy amable que poca cosa es, pero que tienen unas cuantas colmenas que si el año les viene medianamente derecho, todavía dan.
- Pero la miel de esta sierra tengo entendido que es un poco turbia, y un poco oscura de color. No entro ni salgo en su calidad, eso ya sé que depende del pasto -le digo.
- El pasto aquí es de lo mejor, de lo que da la sierra: las flores de los frutales, el tomillo, el brezo y el biércol, que dicen que no hay otra cosa mejor. Seguro que tiene razón en eso de que hay años en los que sale un poco oscura, pero es una miel extraordinaria.
Tras la impresionante estampa del pueblo color ceniza, recostado en la solana, con sus paredones ruinosos y su encantadora virginidad, como reliquia de antiquísimas civilizaciones en medio de aquellos indescrip­tibles volúmenes con los que la Naturaleza se enseñorea, volvemos por los mismos callejones ya vistos a tomar el coche que se quedó arriba, en la carretera, y emprender el regreso. En la cara alargada de una piedra, por los callejones del pueblo bajo, dice “Calle Valverde”, segura­mente que en reconocimiento, no sé si en correspondencia, al Valverde de los Arroyos en la misma sierra del Ocejón. En cualquier caso, el vi­sitante deja Valdepinillos impresionado como pocas veces, dispuesto a contar a sus lectores que ve, porque, con todas las comodidades y atenciones que desea para sus resignados vecinos -ciudadanos de primera como usted y como yo-, lamentaría en el alma que su relato pudiera de al­gún modo contribuir a que se mueva la masa, no siempre correcta del turismo, a arrancar de estos parajes y de estas buenas gentes su paz siempre envidiable.

(N.A. Junio, 1986)