domingo, 20 de diciembre de 2009

YÉLAMOS DE ARRIBA


Alguien lo dijo alguna vez, aunque en este momento ni la persona ni tampoco la ocasión recuerdo. Lo que sí tengo como cierto es que el encanto del pueblo de Yélamos no fue, o no debió de ser para mí algo novedoso.
Con la tarde de verano ya en el declive para andar, el camino desde Romanones ha de hacerse despacio, con toda la calma de que se sea capaz, para ir asimilando la riqueza natural que la Alcarria deja caer con el último sol valle arriba, por donde corren, vitalizadotas y mansas, las aguas del San Andrés. Se reparten, yo diría que por igual, su privilegiada situación en aquella vega, los pueblos de Irueste y los dos Yélamos, el de Arriba y el de Abajo, ocultos ambos como aquel entre la espesura de las acacias, de los nogales y de las alamedas, a una y otra margen del arroyo.
Las niñas y los niños de Yélamos corren en pandillas por entre los troncos de los árboles a la orilla del río. El pueblo presenta a su entrada lujosos y modernos edificios, chalés con piscina y pequeño huerto, a los que, igual que al resto del lugar, comienzan a cubrir por el poniente las sombras que proyectan cada tarde las encinas del Monte de la Peña, bajo cuya mole rocosa se estira el pueblo en toda su longitud.
- ¿No había venido usted nunca?
- Nunca, no señora; todo esto es nuevo para mí.
- Pues no sabe lo que se ha perdido por no venir antes. Cuando pruebe el agua de la fuente no se va de aquí.
Aquella señora, sentada con otras mujeres a la puerta de su casa en la plaza de Yélamos, me pareció una excepción honrosa al hablarme con pasión de las cosas del pueblo. No es eso lo corriente. A las buenas gentes que tuvieron la valentía, y el acierto quizás, de no abandonar por nada del mundo el pequeño rincón donde nacieron, hay que llegarles a lo vivo para sacar de sus labios alguna frase similar a la que las mujeres de Yélamos de Arriba te dan como saludo.
La plaza del pueblo es ancha, y sombreada al atardecer. La enmarcan viejas viviendas de distinguido linaje, cuyos sellos y blasones se lucen todavía en algunas de las fachadas. Entre todas ellas se distingue por su campanillo municipal, su corrido balcón de hierro forjado y su antigüedad, la Casa Consistorial en sitio preferente. En la fuente de la plaza, que surte por seis chorros abundantes a dos pilones y de desproporcionada capacidad en forma de ocho, los jóvenes se divierten poniéndose como sopas en fresca lid con el agua que corre. Muy cerca de allí, en el bar de la María, los hombres juegan en la calle una partida de dominó.
- Por la tarde en el de la María, y por la mañana en el de la Esperanza, en aquella acera.
- A la gente es por lo que le da, ¿verdad usted?
- No; lo hacen buscando la sombra. En este tiempo ya se sabe, o de dominó o de brisca, la partida a cualquier hora.
- Y toda esta agua que sale de la fuente ¿para qué la aprovechan?
- Para nada. Se va toda al San Andrés.
- Les dará un poco de pena, y más con la escasez que hay en otros sitios para el riego.
- Pues mire, aquí ese problema no lo tenemos. A la gente no le da por las huertas. Con los pedazos de tierra tan pequeños que hay en la vega, no compensa.
- ¿Cómo se vive en Yélamos de Arriba?
- En este pueblo se vive bien. Es sano, es bonito, necesidades grandes no las hay. Yo creo que el que se queja es de vicio.
- ¿Queda mucha gente en el pueblo?
- Unas doscientas personas, más o menos, vivimos aquí de continuo. El verano y los fines de semana son cuenta aparte.
- Me han llamado la atención algunos chalés; parecen palacios.
- Ah, y no hacen más porque en la vega, que es lo mejor del pueblo, el terreno es muy caro. Igual le piden a usted medio millón de pesetas por un solar corriente para edificar.
Don Indalecio Fernández Prieto estaba sentado en uno de los poyos que hay en la plaza al lado de la pared. Don Indalecio es el alcalde de Yélamos; hombre joven, cordial, amable por naturaleza, y lo que es mejor, un alcalde sin mayores problemas, por lo menos de grave o de difícil solución.
- Graves ninguno; de difícil solución, creo que tampoco. Lo peor es la televisión que no se ve bien. El segundo canal, nada. Y luego el arreglo del ayuntamiento, está muy viejo y habrá que meterse con él. Por lo demás, no tenemos problema de aguas, ni de luz, ni de nada urgente. Yo creo que no nos podemos quejar.
Llegan a los poyos de la plaza como en un continuo soniquete los rumores del agua de la fuente, que después correrá por un reguero hasta la calle de la Solana buscando el cauce del río. Allá al fondo, teñida por los tonos cálidos de la puesta del sol sobre la maraña y el roble bajo, la suave cresta del Rebollar al otro lado del valle. Las mujeres del pueblo aprovechan la bonanza de la tarde para sentarse a la puerta con el canastillo de labor en la calle de San Roque. Ésta es una calle pintoresca, de acera única, que baja siguiendo la dirección del río a lo largo de una tapia que la separa de las huertas y de los frutales en la canal opuesta.
- Sí señor; hacemos ganchillo y de todo lo que hay que hacer en la casa. Cuando tenemos muchas piezas iguales las juntamos para colchas, para centros, para lo que sale.
- Me pregunto yo, señora Vicenta, que toda esta industria del ganchillo es bastante más divertida que los remiendos y que todo aquello que se hacía antes.
- Claro. Antes no podíamos hacer otra cosa: remendar, zurcir, zurcir y remendar. Como no había una perra no se podía hacer puntilla. Si no teníamos para hilo, qué podíamos hacer.
Doña Vicenta y doña Guadalupe son dos señoras alegres, dos mujeres dispuestas a reír en cualquier momento, y que viven en uno de los barrios más risueños de toda la Alcarria.
- Aquí nos despiertan por las mañanas los pájaros, mire usted. Cuántos en la capital quisieran un sitio así.
De su casita nueva entre las huertas viene hasta nosotros don Cirilo Martínez Rey. Don Cirilo es el marido de una de las señoras que hacen ganchillo a la sombra en la calle de San Roque.
- Si se las lleva usted, por lo menos a la mía, le doy cuartos encima.
- Eso no lo dice usted con el corazón.
- ¡Cómo que no! Con el que tengo. No crea que le engaño. Usted tenía que haber visto esto cuando no había una peseta; aún era más divertido que ahora. Aquí hemos sido los amos del juego de la barra, y los de este pueblo se ganaron la copa bailando jotas con el traje regional. Ahora ya ve la diversión: de casa al bar y del bar a casa.
- No me diga que usted le ha pegado bien a la jota.
- No, yo ya tengo mal pelo. Bueno, ni malo ni bueno, porque no tengo ninguno; pero un hermano mío se llevó al concurso el traje de casar de mi suegro, que en paz descanse, y se le fue por la entrepierna. Aquello sí que debió ser un espectáculo.
- Ah, pues sí que han perdido ustedes. Y cualquiera vuelve a eso.
- Mire, voy a ver si busco al Rufino y nos subimos a la bodega a merendar. Si no le hace ascos, ya sabe.
La calle del Cantón cruza paralela por encima de la de San Roque, muy cerca ya de las encinas del Monte de la Peña. La calle del Cantón hace altibajos como un tobogán, por donde uno sigue encontrándose con señoras atareadas y perros soñolientos tumbados junto a la puerta de sus amos. En Yélamos de Arriba hay un nombre para cada calle y un rinconcito para cada nombre: del Berral, del Charquillo, Costanilla de la Peña. En la Costanilla de la peña vino a nacer, hace poco más de veinte años, el laureado atleta Fernando Cerrada, a quien su pueblo natal le tiene verdadera devoción. Así me lo dijo Indalecio, el alcalde, que no se separó de mí para nada, en un gesto que a uno le gusta reconocer y hacer público.
- Sí hombre, Cerrada nació aquí casi por casualidad. Debían estar los padres en pueblo como de paso. Le hicimos aquí un homenaje y se le quiere mucho.
La despedida, así como un poco oficial de Yélamos de Arriba, y de aquella buena gente que tiene la dicha de vivir en paz en un pueblo hermoso, fue en uno de los dos bares de la plaza. En el bar de la señora María, donde los hombres del pueblo se van a jugar por la tarde buscando la sombra, sale la cerveza de la botella hacha bloquecitos de hielo. Es un establecimiento recogido, familiar, con mesas y taburetes de madera que la gente acostumbra dejar desordenados cuando se va. En un rincón del bar, pasa el verano esperando su hora una estufa apagada de las que en invierno queman roble y ponen su vientre al rojo vivo.
Ya se fueron de la plaza los hombres que jugaban al dominó y los muchachos que se entretenían duchándose con el agua de la fuente. Los niños corren en bicicleta, y en la carretera un matrimonio de Madrid en mangas de camisa, aprovecha la temperatura fresca de la vega para pasear a la caída del sol.

(N.A. Julio, 1981)