jueves, 17 de diciembre de 2009

VIÑUELAS


Cuando uno ha visto de cerca los campos yermos de la Alcarria con sus vallejos repletos de vida y de sombra siguiendo el curso de cualquier arroyo; cuando se ha llegado a vivir la severidad solemne de las tierras de Atienza, donde un puñado de gentes honestas van dejando pasar su vida en paz mirando tan sólo al cielo y a sus praderas de heno; cuando uno llega a conocer la dureza del Señorío, que a fuerza de sudores va soltando a sus hijos el fruto que lleva dentro…, darse una vuelta por la Campiña no deja de ser un interesante descu­brimiento, una experiencia que, por mi parte, sólo me limito a insinuar. Desde las afueras de la capital con dirección norte, a medida que nos vamos adentrando en la comarca, el espectáculo del campo ante los ojos es como un viejo canto coral en honor de la diosa Ceres con música sacada del corazón de la tierra por millares de tubos que brillan al sol en el órgano sin fin de los rastrojos. Ya muy cerca del pueblo, un rebaño de ovejas duerme su modorra a la sombra de los olmos en la leve hon­donada de los lavaderos viejos. Poco después, sin espectacularidades, llano como una carta en pleno corazón de la zona: Viñuelas.
La Plaza Mayor, que es el sitio donde casualmente uno tuvo a bien caer en el pueblo, es una plaza recóndita y arbolada, limpia y sin nada apenas que destacar; una plaza donde los niños dejan sus bicicletas en el suelo para ponerse a jugar despreocupadamente en el montón de arena de unas obras. En la parte interior de una ventana en el viejo edificio que hay frente a la espadaña de la iglesia pasa su tiempo de vacación una bola del mundo: es la escuela de Viñuelas, con sus mesas cuadradas de a cuatro, sus sillitas bajas donde se sentaron a buen se­guro generaciones de padres e hijos y su estrado de madera desgastada sobre el que se alza, respetuosa, la mesa del profesor. Por una calle contigua pide limosna una hermanita de la caridad, a la que acompaña un señor con un saquito al hombro y una niña con una cesta. El hom­bre del saquito se descubre antes de entrar en cada casa. A cuatro pasos de la bodeguilla, ya en las afueras del pueblo, hay un anciano sentado sobre un tronco seco, a la sombra de la pared debajo de una parra. Yo pienso que aquel debe de ser el trono ideal desde donde el señor Eduardo, a escondidas de este mundo loco, destapa cada tarde el cofre­cito de sus recuerdos.
- ¡Cómo se sabe el abuelo los buenos sitios!
-Pues, hombre; aquí aún se puede echar el agosto.
-¿Qué tal pintó el año?
-Muy bueno. Como éste no se ha conocido otro ni se conocerá. Aquí se ha cogido más trigo que en toda la vida.
-Y con menos trabajo que antes, ¿verdad?
-¡Anda! ¡Si ahora todos son señoritos! Ya veremos cuánto dura esto; que, mientras vayamos tirando así, vamos bien.
-Usted quiere decir que aquí la gente vive, ¿no?
-Hombre; claro que vive. Pero hay otros que vendieron las tierras y todo, se fueron a las fábricas y ahora están sin trabajo. Al paro. Yo quitaba el paro, radical, porque es una pena lo que está pasando.
-Lo que no veo es mucha huerta por aquí.
-No. Aquí, de huerta, no hay más que eso que ve usted ahí abajo, en la Fuente Gorda: cuatro matuchas y nada más. Eso era también como un abrevadero para las caballerías cuando se trabajaba con mulas.
Desde la bodeguilla, el campo se ahonda como una cazuela colosal sobre cuyo borde opuesto se ven recortados la torre y los tejados de Fuentelahiguera. En el fondo, campos de cultivo: el Reguero los Huer­tos, el Charco la Custodia, donde se alternan, salpicados de algún cha­parro, los rastrojos y los barbechos en toda su extensión.
-Sí; aquí, la gente aún sigue con el campo a dos añás. Hay quien lo siembra todos los años, pero esta tierra no da para tanto.
Por razones de profesión, uno cuenta con amistades entrañables entre la juventud de Viñuelas. Raquel, Araceli y Ernesto pasan el ve­rano en su pueblo, trabajando como todos cuando llega su momento. Por las calles, uno se siente a gusto rodeado de gente joven. En la salida, a orillas de la carretera, está el centro de subnormales Afanias-Benita Gil, que desde hace unos años acoge, mitad colegio y mitad sanatorio, a un grupo de deficientes profundos.
-¿A cuántos, exactamente?
-Ahora tenemos 65, de ambos sexos.
-¿Son niños o mayores?
-Hay de todo, pero, generalmente, mayores. Los hay desde diez años, hasta el mayor, que es una enferma de cuarenta y siete. Es el único centro de España donde los residentes pueden estar durante toda su vida sin que se les pueda echar por la edad.
- ¿Por qué este centro aquí, precisamente?
-Bueno; éste era un local que fue fábrica de harinas y lo donó su dueño, don Gerardo Mayor, con este fin. Por eso está aquí. Se va a destruir totalmente para rehacerlo más grande y en mejores condiciones.
-Dígame, don Carlos: ¿qué suelen hacer los enfermos?
-Muy poco; ya le he dicho que son subnormales profundos. Hacen algo de trabajo manual y, prácticamente, nada más.
En la plazuela sin pavimentar que sirve de pista al frontón de pe­lota se yergue, aburrido y seco, el "mayo" tradicional.
-Pues no crea, que no lo quitan hasta noviembre, por lo menos.
Viñuelas es un pueblo de construcción baja, donde el adobe, el gui­jarro y la argamasa se reparten por igual el mérito arquitectónico de una buena parte de sus viviendas. Las de ahora son otra cosa: las hay coquetonas, rancheras y hasta con cierto aire neoclásico.
La carencia de monumentos y otras antiguallas que, sin buscarlos, suelen salir al paso en la mayoría de nuestros pueblos la justificó Er­nesto con toda la filosofía y las llanas razones de los dieciséis años, aclara.
-Yo tengo oído que en tiempos de Felipe II hubo una pelea entre los de Uceda y los de Viñuelas. Debió ser gorda y perdieron los de aquí. Entonces, los de Uceda nos destruyeron el pueblo y por eso no hay nada antiguo, como en El Cubillo y todos los sitios de la contorna.
José Viñuelas, hijo del pueblo y maestro de Trillo, es un apasionado del campo y de todo cuanto en su entorno gira. Tiene, creo yo, el más completo museo de España dedicado a enseres, aperos e instrumental de labranza. Unas piezas en tamaño real y otras en miniatura, logradas pacientemente a punta de navaja, hacen de la suya una exposición car­gada de interés.
-Que es la mejor de España, no lo dudo, porque no hay otra.
-¿Cuántas piezas tienes en total?
-Creo que habrá cerca de sesenta diferentes. Todavía me faltan al­gunas.
-¿Conservas alguna con especial cariño?
-Tengo en mucha estima el yugo y los horcates, porque en minia­tura creo que son perfectos. Por cuanto a cariño, conservo por encima de todo el sombrero de campo de mi padre, unos cultivadores de hierro hechos en la Normal, cuando mis años de estudiante, y este casco, con herradura incluida, que perteneció a una yegua con la que un año pedí las llaves y que, ¡pobrecita!, se murió de un atracón por comer en los rastrojos sin conocimiento.
En Viñuelas, que, según dice su nombre, debió ser en la antigüedad importante productor de vino, sólo quedan unas cuantas vides que me­dia docena de nostálgicos cultivan en sus ratos de ocio. En las eras no hay paja; al llegar al pueblo, salen al paso los morenos montones de trigo nuevo, un símbolo hoy para este lugar de la Campiña, que, como tantos de la zona, encontró su manera de vivir por otros caminos.
(N.A. Septiembre, 1980)