viernes, 11 de diciembre de 2009

VILLACADIMA


Quiero recordar que el viaje de hoy quedó comprometido con mo­tivo de una visita, meses atrás, a otro lugar semidesierto de la provincia. Hoy, amigo lector, vamos a hacer una excepción en lo acostumbrado de nuestro deambular semanal por esas tierras entra­ñables de Guadalajara. Válganos a la vez como homenaje íntimo al posible centenar de pueblecitos desiertos que alberga nuestra geografía, nos vamos a detener hoy en un lugar donde no hay gente: Villacadima, en la Sierra de Atienza; sede de nostalgias, muro de lamentaciones, dechado de añoranzas para tantas personas que, directa o indirecta mente, como es el caso del viajero, vivieron sus horas de mayor esplendor hace ahora dos décadas.
Conocí Villacadima con doscientos habitantes y cerca de cuarenta niños en su escuela unitaria. Hoy, a sólo veinte años de todo aquello, uno vuelve a Villacadima, con muy diferente misión: a ser testigo de su soledad, de su ruina, a contemplar en una fría tarde del mes de abril el cuerpo inerte de aquel querido rincón del páramo, todavía con el último calor natural que precede a la muerte. El viajero ha tenido hoy que tragarse, con algún suspiro que mal supo disimular, lágrimas amargas brotadas a pura presión del arca donde guarda sus mejores recuerdos.
- ¿Se acuerda usted, don Pepe, cuando venía con los mozos y las mozas de Cantalojas a hacernos comedias?
Me llevo como compañero de viaje a Marcelino Chicharro, alcalde que fue de Villacadima y uno de los dos últimos supervivientes que quedaron en el pueblo hasta el día 12 de enero de 1978, nevado, pa­ra más señas, en que lo abandonaron definitivamente. Marcelino Chi­charro y José Nicolás son hoy vecinos de Cantalojas y allí me acerqué a recogerlos. El segundo me dice que no, que le falta valor para ver aquello.
- Pídame lo que quiera, menos eso. Me da mucha pena ir por allí. No sabe cuánto lo siento.
Pasado el empalme aparecen en seguida las praderas que cruza el arroyo, los roquedales de caliza y las calveras salpicadas de arbustos. Sobre los cristales del parabrisas se estrellan los copos apelmazados de una nieve que los serranos llaman escarrascá. Después la paramera, la limpia Sierra de Pela por donde anduvo el Cid, y al fondo el Pico de Grado, ya en tierras segovianas.
Se entra a Villacadima por unas callejuelas de hierba entre las que se ha ido colando la nievecilla en polvo del chubasco. Ahora se asoma el sol entre dos nubes. El viento baja cortante por la, ca­lle de la Fuente. Nos quedamos en una explanada junto a la iglesia, solitaria y cubierta de verdín.
- Era la plaza. Ahí es donde se jugaba a la pelota. Yo vivía en esa casa mismamente.
El desolador panorama de escombreras y techos derruidos empieza aquí. Sobre las demás viviendas, y con el tejado hundido en su mi­tad como la mayor parte, se alza el s61ido campanario del XVI, con el que se remata hacia las puestas del sol la tan llevada y traída iglesia de Villacadima, verdadera joya en su portada del románico rural de hace ocho centurias, tan magníficamente escrita y descri­ta por nuestros eruditos y cronistas de los últimos tiempos. Se accede al atrio bajo un arco de medio punto de piedra sillar, al que todavía recuerdo con una añosa cruz del mismo material y época, ya desaparecida de sobre el muro.
- Esa se la han llevado de aquí después de irnos nosotros. A la otra parte había un arco igual que éste. Ahí están aun todas las piedras. Las dejamos para volverlo a montar, pero, como ya pasó esto, ahí se quedaron. Seguro que no falta ninguna.
La iglesia, pasto de los desalmados, ya no tiene puertas. El piso en su interior es todo tierra levantada, revuelta con huesos humanos. Las palas, las bolsas de plástico, las maletas que utilizaron los profanadores, han dejado su muestra perdida entre los escombros. Aquí unas­ andas pequeñas, destartaladas; allí un cráneo incompleto metido en una ca­ja de cartón que nadie quiso. Una lápida de 1710 labrada en piedra, descansa sobre los escalones del presbiterio; otra con escudo de ar­mas permanece en su sitio, la única no removida que aún queda sobre el pavimento del templo.
- Debajo de ésta dicen que hay enterrada gente importante. Se cono­ce que no han podido con ella. Aquí, en esto de la sacristía estaban los archivos. Ahora están en Sigüenza, y algunos santos también, no todos. Los que se llevaron a Sigüenza, allí están a salvo; pero, al­gunos se los llevaron otros y cualquiera los encuentra.
- ¿Le da pena, Marcelino, todo esto?
- Mucha. Soy nacido aquí, criado aquí, ¡Qué le vamos a hacer! Vengo a verlo con frecuencia para que luego no me tengan que contar las cosas.
- ¿De quien es la culpa de que se haya tenido que llegar a este extremo?
- De todos los que se han ido. A ver. Los dos únicos que hubiéramos seguido aquí fuimos el pepe y yo; pero, ya al final casi habla­ban de irse con los hijos alguna temporada a Barcelona, y yo dije que aquí solo no me quedaba. ¡Qué lástima! Aquí, media docena de jóvenes y unos cuantos viejos, hubiéramos vivido divinamente. ­
- Eso creo yo también. Porque tienen buen campo ¿no?
- El campo es mucho bueno. Mire, para qué decir, son enfermedades que entran a los pueblos. Las mujeres, mayormente, empiezan que si aquí no se puede vivir, que si se trabaja mucho, que si la fulana se fue, que si la mengana no ha echado luces hasta que se ha ido. Total, que los pueblos se mueren, sin remedio.
Las Casas que va desmoronando la piqueta del abandono, se alternan con otras cuantas a las que parece ser que la gente atiende. Fami­lias que acuden a veranear y que cada año cierran con puertas de hie­rro reforzadas de rejería hasta la próxima temporada estival. Por las calles de Villacadima sopla fuerte el viento del norte envuelto con pavesas de nieve fría que hieren el rostro al subir.
Fuera de las últimas casas está la antigua fuente de piedra, manando por los cuatro caños. En realidad no es una fuente, sino dos, co­mo repetidas, una detrás de otra, con la diferencia de que la segun­da lleva impresa en la piedra el año 1847, y la primera es poste­rior: “Se hizo esta obra el año de 1917, siendo alcalde Francisco Martín González”, tal como reza en una losa del frontal.
- Y tampoco traen el agua del mismo sitio, son dos manantiales diferentes. Eso de abajo es el lavadero. También se hundirá, con su agua y todo. El lavadero ya se hizo de últimas.
El pueblo de Villacadima tuvo dos barrios: el del Pozo al ponien­te, y el barrio de la Fuente, que comprendía la plaza de la iglesia y los alrededores. Por los pedruscos de un paredón, entre los dos ba­rrios, sale un grajo lanzando al aire sonidos siniestros. El pajarraco se va hacia el camino del Pedrío, más allá de la fuente. La cruz del campanario, de bien acabada forja, se cae por falta de apoyo. Vuelve otro chubasco de nieve fría. Marcelino y yo nos refugiamos bajo un techado oscuro donde hay arrinconada una máquina antigua de segar.
- Antes había un carro nuevo metido aquí, pero, por lo visto, una cuadrilla de melenas, de esos que vienen a forzar las casas, lo saca­ron, se montaron en él y lo debieron despeñar por allá abajo, por lo del cementerio. Por allí debe andar con el pértigo partido.
La ermita de San Roque está por el camino de Grado, en el para­je que los del pueblo dicen Las Veguillas y La Llaná. Las puertas de la ermita me contó Marcelino que son nuevas, compradas en Riaza ya en los años del despoblamiento. Se entra a la ermita bajo un te­chadillo rústico, muy bonito, apoyado sobre dos columnas. En la er­mita hay bancos viejos, un confesionario destartalado, mengajos de ropa talar envueltos entre el polvo, restos de un retablo fechado en el siglo dieciocho, y cascos de botellas de whisky que los amigos de la liber­tad, entendida a su manera, dejaron como recuerde de su último aquela­rre del que fue marco la venerada ermita del patrón del pueblo.
Adosado a la ermita está el solitario cementerio donde descansan bajo las hierbas los restos de aquellos que se marcharon sin presentir la tragedia final del pueblo de sus amores y de sus trabajos. Me­dia docena de cruces sostienen en la ladera sendos ramos de flores artificiales, coloreadas en tonos mate tomados por el sol. El cemen­terio está abierto. Por las oquedades que la argamasa deja entre las piedras asoman sus cabecitas a pico las lagartijas en la solana, y se esconden otra vez torpes, ateridas, esperando los soles de mayo para correr a sus an­chas.
Ya de retirada nos encontramos por el barrio bajo con la sólida mansión donde estuvo el ayuntamiento y la escuela de Villacadima. También aquí se nota el forcejeo de los asoladores en las rejas que cubren alguna de las ventanas bajas. En lo alto, sobre el muro que limita al mediodía, está escrito: “Se hizo esta obra siendo alcalde D. Fran­cisco Martín González. 1916”. Un año después que la fuente y bajo el mandato del mismo alcalde.
- En tiempos, ese señor fue por aquí un gran personaje. Sus hijos todavía viven.
Y nos marchamos al fin. Los copos de nieve se cuelan entre el ramaje seco de los tres olmos del atrio. El frío en el poco tiempo que estuvimos en Villacadima se había hecho cada vez más intenso. La soledad en su más significativa acepción se cierne sobre el pueblo de cara a la noche. Al salir se va la mirada, instintivamente a través de la ven­tanilla, hacia los arcos románicos de la portada por encima del pre­til. Las últimas luces de la tarde comienzan a tragarse las formas mudéjares de la piedra que se va quedando atrás sola, luciéndose ga­lanamente a los ojos de nadie.

(N.A. Abril, 1983)