viernes, 4 de diciembre de 2009

VALDEPEÑAS DE LA SIERRA


El contraste surge en el momento en que el viajero acaba de cruzar, entre el verde tupido de la Campiña, los campos que rodean al simpático lugar de las Casas de Uceda. Ni los ojos, ni siquiera la imaginación, comprenden a veces las caprichosas brusquedades de estas tierras de Guadalajara de las que tantos hablaron y tantos se dedicaron a escribir sobre ellas; nunca espectacular, sino sencillas como sus hierbas y sus gentes; nunca arrogante, sino profunda y dulce como una rima, a la que uno, para mal suyo, terminará algún día por llegarse a acostumbrar.
Después de pasar una pendiente difícil, en la que de pronto comienzan a surgir en los ribazos la jara y el matorral, los campos se tiñen de gris. Las montañas que habíamos venido contemplando en la lejanía, con su blanca caperuza perdida entre las nubes de la mañana, ya forman parte del paisaje para volverse a ocultar cuando, camino de Valdepeñas, el coche me sitúa en el fondo del valle por donde transcurren, todavía limpias entre las huertas y las casas de recreo, las aguas del Jarama.
- Buen pasto, ¿verdad?
- Ya lo creo. Al fin y a la postre esto parece que se arregló muy bien. ¿Qué, a Valdepeñas?
El pueblo se ve desde la carretera a caballo de una loma como telón de fondo a la solana de San Roque. Pacen en la ladera media docena de vacas bajo las tapias del pueblo antiguo. Un anciano come pan sentado sobre una piedra al lado de la ermita, con los ojos puestos en el desconocido que pasa. Por las primeras calles del pueblo, uno se encuentra con la sorpresa de que Valdepeñas está muy por encima de la idea inicial que llevaba consigo, que la tierra que pisa fue durante mucho tiempo centro comercial, industrial y agrícola de toda la zona, y que, pasadas ya muchas décadas desde todo aquello, todavía conserva bajo los aleros de sus casas el viejo empaque y la prestancia exquisita de lo que antes fue.
- Esto fue villa siempre. El pueblo tuvo de hecho más de mil habitantes a primeros de siglo. Yo recuerdo haber visto aquí tres lagares y treinta mil olivos, así que para vino y aceite no había nada mejor en muchos kilómetros a la redonda.
- Pues fíjese, ahora no queda ni rastro de todo eso.
- Hombre, rastro sí que queda. Si se da una vuelta por las orillas verá tinajas de las que se usaban entonces para el vino. Lo que pasa es que atacó la filoxera, luego la guerra, y luego la emigración, y arrasaron con todo. En Casasola, por allí abajo donde el Jarama, todo era viña. Un vino extraordinario y abundante, y un aceite como no lo hay. Bueno, aceite aún se saca bastante cuando los años vienen derechos, porque tenemos todavía una fábrica entre un grupo de vecinos y nos vamos defendiendo.
- Pues parece mentira, tratándose de un pueblo de sierra como es éste.
- Esto no es sierra, aquí de sierra no tenemos más que el nombre. A la salida del pueblo por la otra parte ya empieza la pizarra, pero este pueblo no. Si usted se fija bien, siempre tenemos mejor temperatura que en la Campiña, y ya ve si está llano.
- ¿Queda mucha gente?
- en los fines de semana el pueblo se pone para explotar. Yo creo que cualquier sábado entran en el pueblo un millar de personas; eso por poco. Ahora, así de continuo seremos unas doscientas setenta como mucho.
Don Matías de Arribas, un señor alto y de carácter servicial, estaba fumándose un cigarrillo de pie en la plaza del Olmo. Don Matías se me brindó desde el primer momento como amigo y como guía incondicional durante las horas que pasé en villa.
- Pues sí hombre, el pueblo de un tiempo a esta parte se está arreglando mucho. Desde hace un par de años o más hay seis cuadrillas de albañiles sin dejar de construir.
En las eras del Cantón, soberbio mirador hacia las tierras abiertas de la Hontecilla, descansan al sol dos ancianos sentados en una viga de cemento. Una mula, aburrida y solitaria, se revuelca tirando las patas por el aire en un bancal cercano. Es una mula para la que la vida no tienen ningún aliciente sin otra de su igual con quien mirarse a la cara, para la que el mundo es la misma hierba, el mismo campo, la misma cuerda roída que la amarra, vaya usted a saber desde cuando, al tronco del mismo olivo cada día.
- Mal porvenir para estos animales, ¿no le parece?
- Ya lo creo; la casta desaparecerá por ahí cualquier día.
- Por el término todavía se ven ovejas.
- Ovejas y cabras. Tenemos un pasto riquísimo, y el ganado se defiende francamente bien. Lo que pasa es que con la emigración, las cinco mil cabezas que había se habrán quedado en poco más de la mitad. Ahora están empezando dos vaquerías para leche, y yo creo que darán resultado.
Al andar sin demasiadas prisas por los rincones más escondidos de la villa, uno descubre que Valdepeñas es un pueblo de afortunados alrededores, de parajes bellos o diferentes según el punto que se quiera elegir como observatorio.
La mejor tierra es el llano aquel de Los Campillos; luego la parte que decimos de San Eugenio en la vega y esto de San Roque. Es donde se centra toda la agricultura del pueblo.
Como ya me advirtiera don Matías, Valdepeñas se pone los fines de semana para reventar. La Calle Mayor, indefinida como todas las demás de un pueblo entre dos aguas, es un constante trajinar de gentes que llegaron de fuera. Las señoras conversan en corrillos al sol de medio día. Las señoras de Valdepeñas son corteses y educadas con quien no conocen. Señoras de vida y raíz pegada a la tierra.
- Yo soy nacida aquí, aunque vivo fuera; pero, si Dios quiere, mi deseo es que me entierren en mi pueblo.
- Supongo que vendrá usted mucho.
- Yo no fallo. Vengo cuando puedo, pero en septiembre, para el Cristo de la Paz, que no me busquen en otra parte.
Con doña Felisa, que viene de Madrid, doña Felicidad, que se nos puso a cantar en mitad de la calle, y doña Carmen, la esposa de Matías, hubiese aguantado las horas muertas de conversación.
- Y además de la fiesta de septiembre, ahora celebramos otra el 31 de mayo. Esta se la hacen las mozas a la Virgen del Amor Hermoso. Hay una abadesa, que es siempre una señora; luego se da un convite donde la abadesa invita a sus amistades, y las mozas se lo pasan que para qué. Yo creo que ya no es como antes, pero aún se sigue haciendo. Mire, así nos tenemos que arreglar en los pueblos para ir tirando ¿No le parece?
- Claro que me parece. Y aunque esté feo le diré que me da un poco de envidia, ya ve usted.
- Pues, véngase por aquí. Si viera lo bonito que es cuando se canta con esa alegría que le echamos en los pueblos. Al terminar cantamos siempre aquello de:

Virgen del Amor Hermoso,
Madre de Dios muy querida,
al darnos tu bendición
te damos la despedida.

Es muy largo, pero termina así. La fiesta es muy simpática, muy bonita y con mucho personal. Para que vea si aquí tenemos cosas.
La plaza de Valdepeñas tiene muy poco que decir. En el bar, el público toma cortitos de vermú y cerveza fresca. El bar de Ángel es un establecimiento todavía en rodaje, recién estrenado, donde invitan a los forasteros a un vaso de mosto muy dulzón que pasa como las rosas.
- No tiene alcohol. Puede beberlo sin miedo. Eso para el que tenga que viajar es lo mejor que hay. La gente se va acostumbrando a ello poco a poco.
- ¿Hay afición al juego?
- No. Los jóvenes echan de cuando en cuando la partidilla al mus o al tute, pero cosa de poco.
- ¿La gente suele salir mucho del pueblo?
- Eso sí; aquí con quien más trato tenemos es con Torrelaguna, que nos coge a 20 kilómetros de carretera buena. Van cinco chicas de aquí a trabajar a una fábrica de confección. Con Guadalajara también hay bastante trato. Yo voy todas las semanas.
El último vistazo al campo fue para la Sierra de Concha, con la que el pueblo limita por su lado norte. Desde el que allí conocen por Barrio de Triana, se ofrece ante la vista un panorama distinto. Monte limpio y tierras grises dejan ver, aprovechando la total transparencia de la mañana, los filones de pizarra en veta horizontal por la falda de las montañas próximas.
Al regreso encuentro la plaza desierta, con la oscura sombra de los aleros recorriendo de parte a parte los pies de las aceras. Era el momento ritual de la hora de la comida. Tres chavales se divierten allá abajo chapuzando a un perrillo en el pilón de la soledad. Desde la carretera, la pequeña ciudad donde la sierra nace va dibujando en el horizonte la línea caprichosa de las casas, de los árboles, de la grandiosa torre de la iglesia sobre la loma.

(N.A. Mayo, 1983)