lunes, 2 de febrero de 2009

CARABIAS


Carabias juega al escondite tras el tupido telón de la alameda en su ribazo seguntino, una vez quedado atrás al borde del camino el ejemplar más puro de nuestras ermitas dieciochescas en la provincia: la de Palazuelos.
Arribamos a la plaza y esta vez, creo, que con mejor fortuna que en otra precedente, cuya memoria pasó al complicado campo del olvido.
- Pues si, me parece que fue el año pasado o el anterior. Vino un hom­bre del periódico diciendo que deseaba ver el pueblo, pero que, como no había gente, que se marchaba a Riosalido. Me parece que fue usted.
- No lo dude, señora, yo fui. Pensé que no era aquel el momento y vuelvo aho­ra. Veo que he acertado con venir en verano. Los pueblos, por lo general, están ahora más concurridos.
Encontré en la plaza, aposentadas en el esca1ón, a la señora Tomasa que me reconoció enseguida; a la señora Máxima de la Torre que viene en verano; a Ligorio López, un barcelonés muy amable nacido en la Olmeda de Jadraque; y el abuelo Esteban, que en principio se mostró bastante remi­so a descubrir su nombre. Hubo que insistirle para que lo dijera.
- Claro que sí. Ainas, ainas se lo digo.
- Me ha parecido que le gusta mi coche. Si lo paga un poquito regular se lo vendo.
- ¿Para qué? Si ya no me dan el carnet.
- ¿Y eso?
-Pues qué se yo; por que soy viejo. Si fuera joven si que se lo com­praba, ya lo creo.
- Anda. Y lo dice como si fuera de verdad un anciano venerable.
- No, que soy todavía un chaval. Nací en el año 1901, para Nochebuena. Así que, ajuste la cuenta, a ver si no tengo ya casi los cien.
Ligorio anda por allí sacando brillo a su R-l2 debajo de una acacia. Ligorio, el catalán nacido en la Olmeda, me cuenta que se fueron del pueblo porque les pareció en su momento que la vida la tenían resuelta en la capi­tal; pero que, como el pueblo, nada de nada.
- Y los hijos, ya ve; esos ya son otra cosa.
Les resulta incómodo porque te piden la ducha, etcétera, etcétera, y claro, aquí no se pueden poner porque no tenemos el agua en las casas. En fin, el lío padre.
- Digo yo que cómo se les ocurrió poner el pueblo en la umbría ¡Hay que amolarse qué mal gusto!
- Igual decimos nosotros. Al mismo nivel y a la misma altura de los de­más pueblos de la comarca, éste es mucho más frío que Ures, por ejemplo. Cuando sacude una escarcha en invierno, dura más que si fuera un nevazo. La gente aguanta con la encina y el roble, que hay mucho.
- Y, por lo que se ve, Carabias es esta plaza y nada más. Un poco en cuesta y con las calles no muy bien arregladas, por cierto.
- No, hombre; aún hay más. El barrio B, que yo digo, está más arriba.
Donde nos encontramos ahora es, como si dijéramos, el centro del pueblo.
- Había un par de olmos ahí mismo
- Por lo de la grafiosis.
- No, fue mucho antes, hace casi veinte años. Se conoce que enfermaron y hubo que aplicarles el serrucho. Fue una pena.
Delicia que es preciso experimentar personalmente, hincado de rodillas sobre las piedras labradas del brocal, es un trago largo y vitalizador de agua fresca en cualquiera de los dos chorros que arroja de su frontal neoclásico la fuente de la plaza.
- Será lo único bueno que tenemos en el pueblo; lo demás, ya ve: cuatro matujos y cuatro viejos que ninguno valemos para nada.
- No es verdad, señora Tomasa ¿y la iglesia qué?
- Nada, por dentro está que da lástima verla.
Me he acercado solito a recorrer por mi cuenta uno de los monumentos más bellos, y como tal, más olvidados de la Provincia. La iglesia romá­nica de Carabias, con su pórtico de catorce arcos a medio lodar, es monumento nacional, pero de poco le sirve. Creo que en otra ocasión como es­ta uno ha sentido de tú a tú el lejano latido del fervor medieval, llegado hasta hoy por obra y gracia de los ilustres canteros de ahora ocho siglos. Fue la otra iglesia pareja, la de Saúca, la que en su día me hizo, por los efectos de su indecible fuerza evocadora, temblar de emoción frente a sus capiteles gemelos, a sus columnas de a dos roídas por el viento y por las lluvias de treinta generaciones. La galería resulta oscura en su interior como corresponde a la época que representa, silente, conven­tual, tal vez un poco húmeda. Se baja por una escalinata de piedras des­gastadas como si fuese a un subterráneo. La luz de la tarde se cuela en oblicuo, azul y penumbrosa, a manera de medias lunas en hilera, dibujando por encima de los hombres las formas de los arcos. En todo el pórtico no hay otra cosa que ver sino la entrada a la iglesia, cerrada, natura1mente, a la que entorna otro arco de la misma época la más de sencillo. La parte de galería que pudo corresponder a la cara del poniente, la que no se ve, consta de cuatro arcos más de medio punto, tapados los cuatro, a cuyo pie crecen espesas y ponzoñosas las matas de ortiga. El campanario, mucho más próximo a nosotros en el tiempo, se asoma altivo y rectiforme a la inmen­sa vega de rastrojos y de girasoles, desde donde, mejor o peor, se dejan ver los otros pueblecillos colindantes de Pozancos, de Ures, de Riosalido, cada uno en su correspondiente envoltorio de alamedas por la solana que delimita en aquella otra vertiente la carretera de Sigüenza y de la Riba.
Uno piensa que, con dos golpes de piqueta y un poco de cuidado, los ca­torce ojos que cubren el pórtico de la iglesia románica de Carabias po­drían quedar al descubierto en un decir amén, y el edificio ganaría mu­cho en esbeltez y en belleza. Dudo si en seguridad también. Lo cierto es que resulta inexplicable -a no ser que lo hicieran por librarse del frío- el porqué los llegaron a lodar, resulta inexplicable.
- Pues mire, éstos primeros de aquí de la derecha, los taparon porque en tiempos ahí estuvo la escuela. Todos los más viejos que vivimos aún, fuimos a la escuela ahí mismo.
- No me diga; si eso es un agujero. Ahí no caben más de diez niños.
- Pues nos metíamos treinta. La otra mitad del portalejo, o algo más, era para entrar a la iglesia, tal y como se ve ahora.
- Bueno, pues qué le vamos a hacer: las cosas de antes, como se dice siempre. ¿Entonces, abuelo Esteban, se viene usted conmigo al barrio de arriba?
- No señor, y binen que lo siento, pero no valgo andar. Llevo ya lo menos tres años que no salgo de este rodal. Las piernas dichosas.
Carabias, se ve a la legua, es un pueblecillo abandonado y de encan­tador desorden. Por el barrio alto las casas aparecen escalonadas e in­conexas, las acacias y los hierbazales comparten el protagonismo urbanístico con las añosas mansiones donde viven los hombres. Aquí un paredón antiquísimo de adobes y entramado; allá la Fuente de la Escopeta, exan­güe por la escasez de lluvias con su piloncillo seco; poco más abajo la­dran los perros por donde la vega, atravesando el cinturón tupido de los álamos. En la calle de Enmedio vive Juan Antonio Morales, el joven alcalde de Carabias.
- Un vecindario así no será demasiado problema, cabe suponer.
- Pues no; con diecisiete que nos juntamos, podemos hacer poco ruido.
- Tienen una vega estupenda.
- No está mal. Para cosa de cereales sí que es buena, pero un poco peque­ña. Quizá sea también un terreno demasiado frío.
Doña Rosario, la madre del alcalde, tiene los tiestos colocados al abrigo de unas peñas que hay en un lateral de la casa donde viven: ho­jas de plata, limoncillo, geranios, palmarrizadas, coronas y malvas rea­les.
- ¿Sabe que tiene el muestrario de flores más original que conozco?
- Pues mire, no será por el caso que les hacemos.
De los pequeños ventanucos del rincón, comienzan al instante a apa­recer señoras de entre las persianas a enterarse de lo que pasa.
- ¿Le gusta el pueblo?
- A mí sí; a ustedes no lo sé. Un poco so1o lo encuentro.
- Ahora en verano aún parece algo; pero tiene poco que ver. Muy sano, eso sí.
- ¿Para cuándo tienen la fiesta?
- En octubre, para el domingo del Rosario.
- Y la compra y demás en Sigüenza, claro.
- A ver. A diario estamos por allí. El sitio más caro del mundo. Los sábados aprovechamos para comprar más en el mercadillo que ponen pasado el arco. Así la cosa ya cambia.
Ligorio se ha hecho presente por una de las callejuelas que concurren. Hace un rato me invitó a bajar con él a regar los huertos y le dije que le acompañaría. Ahora tengo que cumplir con la palabra dada. Por todo el camino, hasta la Roqueña, que son los huertos más distantes del pueblo, Ligorio, y doña Estefanía que es la madre de su señora, me hablan de cosas.
- Ahí estaba antiguamente la casa del señor cura. Ahora es del pintor Fernando Veyga. Por fuera le dio un repaso general. La dejó como nueva.
- También se ve devorada por el matorral.
- Sí. Es que hace mucho que no viene.
- Es una lástima, ¿verdad? Como lo deje así se convertirá en una sel­va. La higuera y el moral valen cualquier cosa.
Para soltar el agua al rústico canal de tierra que la conducirá has­ta la Roqueña, Ligorio pincha un par de veces con un palo largo, a modo de lanza de carro, en un agujero que, según me explican, está en comuni­cación con el manantial de La Pesquera, donde el lavadero. Luego deja el mástil metido dentro, amarrado con una cuerda para regular la salida. El chorro brota furioso y bramador, como el de los saltos de agua.
- Ahora, ella sola llegará hasta el huerto. Tiene que dar mucha vuel­ta; seguramente que nos tocará esperar.
Después bajamos por una senda estrecha, por un pasadizo largo y zig­zagueante que cubren a derecha e izquierda las zarzamoras, las albahacas, los ortigales y los sabucos. De cuando en cuando pasamos por rellanos y cuartelillos que fueron huertas fecundas antes de que la gente se marchara de allí y al presente aparecen baldíos e impenetrables.
- Yo recuerdo que no hace tanto teníamos que repartir el riego entre los vecinos por horas del día. Ya no hace falta. Los jóvenes se van y todo queda perdido.
A mitad de la cuesta pasamos por un túnel oscuro, de Vegetación ce­rrada. El agua de la reguera no ha llegado aún adonde nosotros estamos. Enseguida, el huerto de la señora Estefanía.
- Una pizca de cada cosa, ya ve usted. Como para el caso, desde que murió mi marido estoy fuera casi siempre con los hijos, con cuatro co­sas para el verano ya vale. Los chicos se encargan de prepararlo; el que tengo en Sigüenza es el que más viene. Si no, cómo. Yo me voy a Barcelona con la chica.
Al rato, llega fiel a su destino el agua de la reguera, colándose al bajar por entre las piedras y las malezas. Cuando el chorro consigue ver la luz en el último huertecillo de la Roqueña, viene disminuido, casi a mitad del caudal que tuvo antes; otro tanto cabe pensar que se perdió en la operación descenso. Cuando entra en la cerca cultivada de la señora Estefanía, Ligorio tie­ne todo a punto para que corra por los distintos machones de judías, de patatas, de tomates, de pimientos, de cebollas y de calabacines.
Ya cerca de las ocho el fuego de la tarde afloja de manera sensible. Volver a pie hasta la plaza resulta una escalada dura entre los sombra­jos y las arboledas, una escalada que ahoga, que emborracha de oxígeno con olor y con sabor a huerta.
(N.A. Septiembre, 1985)