jueves, 12 de febrero de 2009

CASTILBLANCO DE HENARES


El anuncio indicador de Castilblanco queda bien visible a la altura del paso a nivel que hay en la carretera de Soria, no mucho más allá de la importante villa de Jadraque, pero el pueblo en sí está escondido tras una chopera frondosa en medio de la vega de huertos que a estas alturas, a punto de juntar sus aguas con las del Henares, riega el hu­milde arroyuelo Cañamares, aquel que no ha tanto vimos nacer por la Sierra de Pela.
Los chopos que preceden a Castilblanco son altos y rectos como ve­las. Dejan estirada entre sus troncos blanquísimos una pradera la mar de apetecible, donde las sombras se espesan durante todas las horas del día y suenan sin cansarse los gorriones. Más abajo los tablares encañados de habichuelas, donde las gentes de más edad agotan sus años pegados al terruño, llevando el agua de la canal y la vida a los surcos mullidos de patatar y de tomateras que entrarán en sazón para la Virgen de Agosto.
Con un cubo de plástico en la mano enreda en el regato una señora enlutada; una mujer de avanzada edad que recoge sus canas con una re­decilla según la usanza de sus años mozos. La mujer me ha dicho que se llama Francisca Bodega Herrera, y que baja por allí de vez en cuando a cuidar un poco las cuatro cosuchas de la huerta.
-¿Qué nombre le dan a la chopera?
- La Alameda, decimos. La quisieron cortar pero no lo hemos consen­tido. Ahí sí que no entra el sol en todo el día. Los madrileños la en­tienden bien; esos la disfrutan más que nosotros.
- Y qué cantidad de pájaros se oyen, ¿verdad?
- Calle usted, si por la noche no nos dejan dormir. Empieza a cantar ese que hace cu,cu-cu,cu, y hay noches que no nos deja pegar un ojo.
- Pero eso es muy bonito.
- No lo crea. Se comen todo meten en los graneros. No hay manera de quitarnos de encima los dichosos pájaros.
- El pueblo, sin haber entrado en él, con solo esto que estoy viendo, me da la impresión de que debe de ser muy bonito. No me lo imaginaba así, ya ve.
- No está del todo mal. Tenemos una plaza muy hermosa. Para mayo y junio se pone de flores que parece toda un jardín. Nos ocupa­mos de cuidarla todas las vecinas y está preciosa, ya la verá. Nuestra casa es una que tiene muchas flores en la fachada, a la izquierda según sube.
- ¿Cuántos vecinos son ahora en Castilblanco?
- No lo sé bien. Algunas cincuenta personas o poco más.
Me habla también la señora Francisca de que el agua del Cañamares llega hasta los huertos ella sola, sin necesidad de motor, por su propio píe; de que tienen algunos frutales, pero no muchos, y de que las flores son su pasión mayor, su punto más débil: rosas, dalias, crisantemos... Para Los Santos -me ha dicho- se suben por haces al cementerio las rosas de los muertos.
- No ve usted que en el pueblo somos casi todos familia, pues qué vas a hacer. Tengo una dalia misteriosa. Echa flores que son lo nunca visto.
- ¿Ah, sí?
- Salen las flores del color que se les antoja: granates, blancas, granates y blancas a la vez… Y todas de la misma planta. Me la trajo de fuera un señor que tiene mucha gracia.
Por los alrededores de Castilblanco se da mucho la piedra de yeso. Los antiguos habitantes de la zona se lo solían fabricar por su pro­pia cuenta y lo empleaban para la construcción como el que sale de las fábricas. Un yeso duro, rápido y de duración eterna, me ha dicho la señora Francisca.
- Mi padre, yo me acuerdo que sacaba el yeso para su gasto.
Cuando emprendo la marcha hasta la plaza, me adelanta Marcos que entra al pueblo con su tractor cargado de alfalfa. Castilblanco, tal y como lo había supuesto, es un pueblo de recortada extensión pero aten­dido con verdadero estilo. Sus vecinos, pocos como ya se dijo, deben es­tar influidos por el aquel de la vegetación que lleva la vega, y han adornado todos los rincones de su pequeña villa con abundancia, con sentido común y a manos llenas; uno piensa que rayando a lo que en buena lógica se podría considerar excesivo.
Como el calor de la media mañana se deja sentir cuando llego a la plaza, me acomodo para tomar notas sobre un banquillo que haya la som­bra de una morera. La Plaza Mayor de Castilblanco es grande, pero apenas si puede apreciarse en su totalidad debido a la orna­mentación que con tanto empeño mantienen los vecinos. Un frontón de pe­lota como fondo y una fuente con monolito, pilón y farola, en primer plano, forman el todo sin contar la colorista cenefa que lo, circunda trenzada de acacias, de palmas en abanico, de lirios, de florecillas variadísimas revestidas de violeta, de rosa, de azul o de amarillo, de cactus erizados, de sándalos y de hierbabuena. En el pilón de la fuente navegan en bandada media docena de carpas de la clase royal con el lomo dorado.
- Todo lo bonito que pueda tener el pueblo se la debemos al agua. Hay toda la que se quiera y la gente va cuidando los jardines desinte­resadamente. Yo creo que están todas las clases de plantas. Seguro que habrá cerca de cien especies distintas.
Ha sido el vecino de la plaza, Ángel Abajo, que luego resultó ser el hijo de doña Francisca, y que como ella me había dicho, vive en una casa adornada de rosas.
- ¿Y del terreno de labor, ¿qué me cuenta?
- No es malo. Muy bueno tampoco. Estamos a mucha altura, y aunque se vive del campo, la cosa podía ir mejor. Trabajamos con catorce tractores cuatro fijos del pueblo y el resto de los que vienen al fin de semana.
- Y de escuela, supongo que nada, porque no hay niños.
- No, aquí no tenemos escuela. Los chicos se los llevan a diario al co­legio de Jadraque con el transporte. Funciona muy bien por esta zona lo del transporte escolar. Viene un autocar y va recogiendo los chicos de todos los pueblos. Cuando llega a Jadraque va lleno completamente. De aquí asisten ahora al colegio cuatro niños, pero hay pueblos, como Pinilla, que tiene muchos más.
Me fui después con Ángel Abajo hacia la Travesaña que viene en cues­ta, luego de haber pasado por la plazuela de la Constitución que está adornada con farola y otro jardinillo en el centro. En la plazuela de la Constitución está el viejo ayuntamiento y un consultorio para el médico anexo a él.
- Pues dice usted, el centro médico lo han preparado muy bien. Tiene su calefacción y todo, para el invierno.
En otra zona de las afueras que en el pueblo dicen Los Cerrillos, hay una casa de temporada que se construyó con ladrillo oscuro, con ar­cos de moruna apariencia y un ligero aire andaluz. Mi acompañante me explicaría de pasada que el dueño es de Jaén.
Sobre un otero coronado de zarzales debieron existir en tiempos los muros de un castillo medieval del que nadie sabe nada. El leve altozano es un mirador sobre la vega, donde soplan de continuo los vientos del Henares. Félix, el cartero del centro de Jadraque que reparte por es­tos pueblos, se pasea de puerta en puerta con su manojo de cartas y de periódicos bajo e1 brazo tarareando entre dientes una antigua canción de Estrellita Castro.
Al subir hacia la iglesia pasamos por un jardín cuidadísimo de seto donde hay además sauces, pinos y una acacia monumental en la que anida el jilguero. La espadaña de la iglesia de Castilblanco queda orientada, como casi todas las de su época, a las puestas del sol. Los arcos de1 campana­rio son de medida geometría románica, lo que le aseguran, como poco, ocho siglos de antigüedad. La portada sigue acorde con el estilo románi­co del campanario; se construyó en piedra dócil de arenisca, hoy desgas­tada por el persistente lamer de los años. Tiene la portada dos arcos li­sos de medio punto que vienen a caer sobre capiteles sin ninguna decora­ción. Una archivolta tallada en diente piramidal o pico de diamante, com­pleta el sencillo acceso a la parroquia, protegido por un atrio de esca­sa dimensión, al que dan forma otra serie de arcos, ciegos algunos, abiertos otros, con cierto sabor renacentista. Sobre el arco principal de en­trada hay esculpida una tiara pontificia.
- Detrás de la iglesia tuvimos el cementerio hasta hace poco. En el año 1956 se empezó a usar el nuevo. Lo que pasa es que, como ya no se em­plea, estará todo plagado de hierbas. Podemos entrar si quiere para que lo vea. Ahí tienen su panteón la familia de los Pastor. Lo han restaura­do ellos con mármoles y está muy bien. Me parece que son cuatro las tumbas que hay dentro.
Ángel y yo nos detuvimos un momento para contemplar desde lo alto del cementerio viejo el formidable espectáculo de la vega, toda llana y asurcada en eras y tablares geométricamente perfectos. Con el sol de las doce el agua se enciende al correr por la madre que la encamina a los machones de judías envaradas, donde un campesino de edad la va con­duciendo caprichosamente de un reguero a otro a golpe de azadón. La es­cena invita a quedarse mirando largo rato.
- Es una obra de arte de los jubilados la vega, es su vida. Guían el agua como quieren y se lo pasan bien mientras lo hacen. Esta vega es con mucho lo más llamativo que tiene el pueblo.
Como testigo natural de tanto trabajo bien hecho, el desagüe del Cañamares en el Henares al pie de los cerros de San Cristóbal que, desde nuestro mirador se empiezan a enturbiar con la calina al tiempo que se anima por aquellos valles de hortaliza el canto de la chicharra. Castilblanco se comienza a tostar bajo un sol de justicia cuando las horas del mediodía toman partido en la tranquila comarca jadra­queña. El haz y el envés de la vida del pueblo se han puesto de mani­fiesto casualmente en los aledaños de la plaza. El Tío Vicente, el hom­bre más viejo de Castilblanco, aguanta adormilado a la sombra de una pa­red el correr sin freno de sus años; mientras que Carolina, hija de Án­gel, la niña de menos edad que hay en el pueblo, resiste malamente, co­loradota y sana, la obligada prisión del parquecillo donde la metió su madre, deseosa de escapar cuando llegue el momento con los demás chiquillos que juegan en la plaza.

(N.A. agosto, 1986)