jueves, 5 de febrero de 2009

CASAS DE UCEDA


Con las cumbres nevadas de Somosierra como fondo y el sol po­niente, La Casa de Uceda semeja en el llano campiñés un viejo castro que circundan hasta la hondonada del Jarama los campos teñi­dos de verdín. El pueblo se extiende con cien casas bajas alrededor de la colosal fábrica de su iglesia. Las chimeneas de algunas viviendas de extramuros han comenzado ya a tirar al aire los pri­meros humos que anuncian en los hogares calientes la proximidad de la puesta del sol.
No sé cuantos kilómetros llevamos recorridos de campo llano, de carreteras rectas como velas que unen a escasa distancia unos de otros los consabidos pueblecillos de la comarca: Viñuelas, El Cubillo, Villaseca, La Casa... Una ermita abandonada en el empal­me nos adentra de hecho en la villa con toda la luz de la tarde hiriendo en oblicuo a través del cristal parabrisas del automóvil. En las aledaños más próximos a las primeras casas -eras de pan trillar que hubieron de ser en otra época- los carros imploran al azul con el varal en alto y descansan los modernos aperos de herrería esperando la hora de la labor. Las gallinas se han salido a escarbar entre la hierba los postreros granos del día en la expla­nada de las escuelas antes de retirarse. Más allá, cruzada la ve­ga, las tierras pardas de la sierra que comandan picachos punteros del Sistema Central y son a su vez divisoria y limite de las dos Castillas.
Acabamos de entrar en la plaza de un pueblo rasurado a nivel, plano como una carta. Es una plaza luminosa, casi encendida de luz, con casonas dos o tres veces centenarias levantadas a base de ladrillo burlador de siglos, con soportales arqueados y sombras caídas sobre el monótono pavimento, como las plazas manchegas que describió Azorín.
- Buenas tardes, señoras.
- Buenas tardes tenga usted. Parece que, al final, el tiempo ha quedado bueno, si señor.
En alguna de estas casonas de la plaza se ve el blasón escul­pido de familias hidalgas, anónimas, colocado por encima del din­tel de piedra. Las mujeres de la plaza también ignoran el origen del escudo.
- Pues, qué sabe una, mire usted. Serian de gentes antiguas. Por el pueblo hay más. Son escudos. Dicen que tienen mucho valor. Llega hasta aquí desde la torre el castañueleo de la cigüeña machacando el ajo, de pie encima del nido sosteniéndose a la pata coja. En las vertientes orientadas al norte, los tajados de la Calle Mayor desaguan los últimos residuos de nieve apelmazada. Jus­to Gil y el abuelo Félix contemplan desde la esquina el goteo de las canales.
- Aunque no llueva más, ya vamos bien para toda la primavera. Los cuatro pozos están a tope y no creo que tengamos problemas.
- Este terreno es de poca agua, ¿verdad?
- Sí, el campo de aquí se conforma con poco. En mayo tendremos que pedir más, por aquello de que siempre es bueno que llueva pa­ra la grana, pero, yo creo que vamos bien. Aquí ha sido la parte que más nieve ha caído de toda la contorna. Mucha más que por Guadalajara y más que por esa sierra de atrás también, yo creo.
Justo Gil y el abuelo Félix entienden mucho del campo. Los dos están de acuerdo al reconocer que el suyo es un campo privilegiado, pero, según dicen, la cosa de los militares no les ha favorecido mucho, sobre todo a los que tienen como medio de vida la agricultura. El abuelo Félix me lo intenta explicar a su modo.
- Pagaron las tierras, sí, y al que vivía fuera muy bien, pero al que está aquí y tiene que vivir de ellas, le han hecho un mal muy grande .
- ¿Les expropiaron muchas?
- Aun se Llevaron un cacho bueno. Desde el cementerio hasta el comedio del camino de El Cubillo era de aquí. Han hecho unos barracones, quitan cantos, se tiran con los paracaídas... Ahora ya no nos dejan entrar con las ovejas, y desde septiembre, parece que dicen que tampoco dejarán ya volverlo a labrar.
­ - Es decir, que lo han seguido sembrando los antiguos dueños.
- Hasta ahora sí. De ahora en adelante no sabemos. No ve que lo compraron, pues es suyo.
- Ya. Digo yo que también se divertirán viendo cómo se tiran en los paracaídas, ¿no?
- Ahora no llama la atención. Al principio sí. Empieza el avión a soltarlos por aquí, por encima del pueblo, y van a caer allá le­jos. Algunas veces juntan cuatro o seis paracaídas y dejan caer tanques, camiones, de todo. ¡Hay que ver la fuerza que tiene eso!
Frente por frente en la Calle Mayor está el portalejo de la iglesia con acceso pospuesto de entrada, pues el verdadero pórtico, un oscuro y sucio portalón en el muro sur, ya no se usa. La autén­tica portada renacentista de la iglesia de Casa de Uceda queda aquí, bajo la deteriorada techumbre que sostienen tres arcos abiertos y otros dos ciegos de cara a las eras, habilitadas ahora como campo de fútbol para la juventud cuando llega el buen tiempo. El templo parroquial es enorme; a su lado, salvo la inmensa llanura campiñesa que se pierde en el infinito, todo es pequeño.
Un grupo de ancianos han hecho tertulia por las eras de cara al sol, sentados sobre un tronco largo arrimado a la pared. Los vie­jos de La Casa, como los viejos de todas partes hablan mucho y ha­blan fuerte. Se les oye a distancia antes de llegar hasta ellos. El tema ya se sabe: los gloriosos años de su mocedad, el sueldo de la jubilación y la falta de vara que tiene la gente joven.
Al pasar junto al grupo de ancianos les pregunto por la ermita. Ellos me dicen que cuál de ellas, y les señalo a la de la carretera que coge a cuatro pasos.
- Es que la de la Virgen de los Olmos está muy bien. Esa de ahí, nada. Hace ya muchos años que está así. En tiempos era la ermita de la Soledad.
Cuando se llega hasta ella, la ermita, su aspecto produce un cierto sinsa­bor. Está aparentemente nueva. Los cuatro muros de ladrillo dieciochesco y la techumbre parecen en buen estado. El interior está va­cío, dejado a la intemperie y al desamparo de lo que le quieran hacer. Fuera se ven las basas y las columnas del primitivo pórtico tiradas por el suelo. Por encima del arco de entrada hay un escudo tallado en piedra en el que todavía se puede leer la fecha de cuando fue hecha: 1752.
Uno, que siente como mal propio el que a las cosas se las deje perder por desidia, se marcha de allí pensando que con unos cuanto duros y un poco de buena voluntad, la ermita volvería a ser lo que fue hace medio siglo; pero, como piensa también que en aquel entierro nadie le ha dado vela, se marcha de allí con el sol de costado a buscar impresiones nuevas por otra parte.
Para llegar hasta los callejones del barrio que los antiguos llamaron del Zapato, hay que cruzar el pueblo de parte a parte. Ca­sa de Uceda, visto así, es lugar con calles anchas, con cierta remi­niscencia señorial, con buena rejería de hierro forjado en lo que todavía perdura de su añeja estructura de villazgo presente en casi todos los barrios. Desde los callejones de extramuros, al frente la vega del Jarama, se extiende ante los ojos el magno espectáculo de las sierras, encapotadas por la blanca caperuza de las nieves. Suenan las cencerrillas de un rebaño pastando en la hondonada, cerca ya de las primeras encinas. Más lejos, se asoman en un repliegue de la presierra las casas alineadas de Valdepeñas, como botón de muestra que enmarca el hábitat de aquella hosca extensión de campos aparentemente inhabitables.
En el quicio de su casa de la calle de Los Mártires, dos seño­ras trabajan en la labor valiéndose de los rayos de amarillo sol que restallan contra el muro. Doña Vicenta es la mayor de las dos, ya tiene, me ha dicho, setenta y ocho años, y hace ganchillo con primor sorprendente. La otra mujer se llama Basi, o Basilisa, para ser más exactos.
- Pues mi nombre de verdad es Basilisa Basilia. Yo me enteré de que me llamaba así cuando fui a lo del carné. Antes, yo creí que me llamaba Basilia solamente. ¿A usted que le parece?
- Ah, pues muy bien. Mi abuela se llamaba Basilia y de siempre me ha parecido un nombre muy bonito.
- Ande, no me diga. Dos nombres tan feos y tan iguales los dos. Como yo digo: ¡qué tranquilos se debieron quedar después de ponérme­los! Pues, calle usted, que las de ahora les ponen a las criaturas de cada nombre...
Luego hablamos del patrón de Casa de Uceda que es San Bartolomé, si bien, la fiesta grande se celebra unos di as más tarde, el once de septiembre.
- Entonces es mejor fiesta, la Virgen de los Olmos. Hay toros y todo. En agosto ya se sube al pueblo desde la ermita que está por allá abajones, por la parte del río.
- Pues aún les coge lejos ¿no?
- Sí que está lejos, pero es una costumbre y la gente se lo pasa muy bien ese día. Para San Bartolomé, la fiesta es cosa de poco.
Y nada más. La señora Vicenta y la señora Basi todavía aguanta­rían cosiendo allí hasta que las sombras las mandasen a casa.
Pese al constante murmullo de las canales, la luminosidad y la buena temperatura han hecho de la de hoy una tarde apac1ble. Al re­greso, me ha vuelto a sorprender -recuerdo haberla vivido en oportunidad precedente- la puesta de sol campiñesa. Con el astro de un rojo encendido por encima de los picos de Somosierra, el campo, siempre igual, tiene un instante en el que se tornasola, que funde sus verdes de trigal incipiente con los cárdenos, con los dorados, con los violetas del cielo limpio que nos cubre a. Punto de recibir a la noche.
(N.A. Abril, 1984)