sábado, 21 de febrero de 2009

CHEQUILLA


Han sido muchos hasta hoy los lectores de estas crónicas viajeras que, de una forma o de otra, se han dirigido a mí pidiendo que les dije­ra, sin entrar en excesivos detalles, cuál consideraba para mi uso el pueblo más bello de la provincia. Como en cuanto a gustos, sabido es que no hay nada escrito, y lo poco que pueda haber lleva siempre consi­go una considerable carga de subjetivismo o de apreciación personal, siempre discutible, he de decir que jamás di una respuesta concreta, que nunca me incliné por este o por aquel a sabiendas de que podía caer en el mismo error que ahora comento. Guadalajara, en toda su geografía provincial, es tierra de lugares pintorescos, de pueblos cargados de encanto, de hechizo al que la literatura acudió a veces, de bellezas in­decibles que, ni siquiera sus propios moradores conocen ni saben apre­ciar, quizás hartos de servir diariamente a su retina las mismas cosas. Justifico el breve preámbulo haciendo saber que el pueblecito moli­nés que hoy nos ocupa, Chequilla, ha sido con mucho el lugar más reco­mendado por cuanto a fortunas naturales, que durante los últimos años cayó en mis oídos de viajero impenitente. Hoy, cuando la casualidad qui­so que le llegara su turno, a un mes vista de mi anhelado paseo a la pequeña aldehuela de la sexma de la Sierra, quiero dejar constancia de que no seré yo quien contradiga lo que la gente afirma, si bien debo reco­nocer por razón de justicia que Chequilla es uno más de esa media doce­na de lugares inolvidables que, por su atractivo natural, nunca se me escapan de la imaginación.
José María Abad, mesonero de Checa, hombre que ha estudiado a con­ciencia las muchas posibilidades turísticas de la comarca y es propie­tario de un hostalillo que dentro de los de su especie es un ejemplo luminoso del bien hacer, fue por dos horas mi gentil acompañante en el lu­gar vecino. La hora es posible que no fuese la más aconsejable, las cua­tro de la tarde en pleno verano, pero como en cuestión de apreciaciones no cuenta el termómetro ni el reloj, allá que nos presentamos cuando los ancianos de Chequilla: el abuelo Eusebio y el abuelo Serafín, daban sus cabezadillas sigilosamente a la sombra de los tremendos riscos de are­nisca que rodean a su pueblo. El abuelo Eusebio es sordo, como son sordos los pinares, y el viento, y el arroyo, y las peñas que miman de lejos y de cerca de este puñado de casas blancas que tenemos delante de los ojos.
- Es que ya son 86 años. A mi edad, cuando no te falla una cosa te fa­llan tres.
La verdadera tragedia en Chequilla no es que a uno le falte el oído, sino la vista. El pueblo -yo mismo dudo que mi apreciación sea válida- se puede imaginar como enclavado en medio de la zona más espectacular y más abrupta de la Ciudad Encantada de Cuenca, vigilado por soberbios gigantones a los que las aguas y los vientos de muchos siglos dieron la forma caprichosa de monstruos gigantescos, y donde una docena o dos de casas blancas, son como un mero pretexto para ensalzar más y más la magnificencia natural que tienen por marco.
-El pueblo es francamente bonito.
-Sí señor; demasiado bonito dicen algunos de los que vienen por aquí. A ese pedrusco de enfrente le decimos la peña del Trascastillo. Por la noche la ilumi­nan con unos focos, y como es mucho más alta que las casas, parece así como cosa del otro mundo. En esa peña se refugiaron los moros cuando las guerras antiguas. Fue cuando el tiempo de los carlistas. Nosotros no nos acordamos ninguno.
En vista a la explicación del abuelo Eusebio, uno comprende perfec­tamente que la gente mayor mezcle a los moros en todos los acontecimien­tos de la Historia de los que no tiene constancia comprobable con su propio tiempo. Contemporáneos y rivales de los romanos según un ancia­no simpatiquísimo de Morillejo, hoy la idea dispar nos los sitúa en plenas guerras carlistas.
- Si señor, yo también lo he oído contar así –apoyó don Serafín Hernández..
Don Serafín se siente orgulloso de su pasado profesional; cuenta y no acaba de sus años de cartero rural en Chequilla. Veinte años o más sin ningún anejo, uno piensa que su aventura no debió de ser exce­sivamente dilatada. El, en cambio, no lo ve así.
-Menudo fue aquello. Había más gente que ahora, y la salida a diario al empalme no te la quitaba nadie. En verano, en invierno y aunque caye­ran chuzos de punta.
-Digo yo que con los pocos que son no tendría problemas. Algo percibirán con los trabajos del bosque como para ir tirando.
-Bosque sí que hay mucho, ya la ve, pero aquí todos para el caso vivimos de la jubilación.
El 19 de agosto es para Chequilla el día más importante del año. En esa fecha se vuelca media comarca a compartir con los chequillanos la jornada festiva de su santo patr6n, el Santo Cristo, trasladada como es fácil suponer por motivos de asistencia.
-¿Usted no ha venido nunca para la fiesta?
- No señor, no he venido nunca.
-Pues qué raro. Ese día yo creo que no queda más gente en el mundo que la que viene aquí.
Son testigos de nuestra divertida conversación una fuente con dos caños, la fachada y espadaña color rojizo de la pequeña iglesia y un chopo viejísimo que también merece el comentario aparte del señor Eusebio.
- Este chopo es el abuelo de España. Yo creo que no existe otro chopo tan viejo como éste. Cuando éramos pequeños nos colábamos por un agujero que tenía en la corteza. Le dio la vida la humedad de la reguera que pasaba al lado de la raíz.
Con José María Abad, con el señor Serafín y con el abuelo Eusebio, que más tarde me haría saber que a sus 86 del ala todavía está solte­ro, me asomo al hondo repleto de vegetación que hay por detrás de la iglesia. Al otro lado se alcanzan a ver las laderas pinariegas de la Vaqueriza, donde crecen y se desarrollan con todo a su favor las tres especies de pinos más comunes de nuestros bosques: el negral, el rodeno y el silvestre.
-No se ve con los chopos, pero por el hondo baja el río Cabrillas que viene de allá, de la parte de Orea..
Ante la fuerte explosión natural que es todo Chequilla con sus contornos, el espíritu se llena de paz al ritmo calmoso de las cosas que suceden. Quiero imaginar que en Chequilla nunca pasa nada: las peñas son las mismas, inmensas e inamovibles; el agua de la fuente brota sin parar entonando su monótona salmodia como un continuo; el chopo viejo se sigue sosteniendo junto a los bancos donde se sientan los ancianos del pueblo sin producir alarmas; las gallinas, siempre las mismas gallinas, escarban cada tarde en la pradera mientras que mis amigos, don Serafín y el abuelo Eusebio, buscan en las horas fuertes del estío el arrullo de los caños, para trasponerse sentados bajo los riscos teñidos ligeramente del color del azafrán.
Ahora nos hemos metido los cuatro dentro de la iglesia. La iglesia es pequeña como el pueblo, silenciosa y muy oscura. Cuando mis amigos aciertan a encender la luz, voy contando uno por uno los cinco retablos que ocupan el presbiterio y los muros laterales. Consta que el retablo mayor acabó de montarse en 1799, y es obra del artista barroco Cristóbal Garay. En el del Cristo se ven trofeos deportivos depositados al pie de la imagen del santo patrón. Entre las tallas repartidas en las diversas hornacinas, quiero reconocer un Niño de la Bola, un San Antonio, una Inmaculada Concepción y una Virgen del Rosario en el retablo mayor.
-Ese de ahí es el San Juanillo. Arriba está San Juan, pero es mucho más grande. El santo que tiene el libro es San Buenaventura.
­ Cuando salgo con José María a recorrer de pasada las dos o tres ca­llejas que conforman lo poco que hoy es el pueblo, mis otros amigos re­tornan en paz a ocupar de nuevo sus asientos en el mismo sitio que los encontré hace media hora. Como despedida me cuentan que los cerros más próximos son el de la Covatilla, donde pusieron el repetidor, y el Picorzo algo más abajo.
La vista al antiguo lugar de caballeros trashumantes, hoy vuelto a reconstruir y casi desconocido, es fugaz y es completa, teniendo en cuenta su extensión y su ínfimo número de habitantes. Doña Paula Gómez es la mujer que en la actualidad se encarga del correo. Doña Paula está arreglando con unos repellones de cemento la acera en sombra de su casa. Para ser tarea específica del sexo contrario, la albañilería en asuntos que requieren más arte que fuerza a doña Paula no se le dan mal.
-¿Y por qué se me iba a dar mal?
-Pues eso mismo digo yo. ¿Y la cartería qué tal? Pocos habitantes, poca correspondencia, ¿no?
-Sí, cartas hay pocas, pero tengo que salir lo mismo a recoger y a repartir que si hubiera muchas. Cuando llega el invierno y hay nieves, los inconvenientes son para nosotros. Me toca salir al empalme a por la correspondencia, a una casilla que hay en la carretera que le decimos El Control. Los que vienen en verano no ven nada más que la parte bonita del pueblo, pero los inconvenientes del tiempo son para nosotros solos.
La visita al coso trazado entre rocas, que en Chequilla tienen el bonito gesto de emplear en cada fiesta mayor como plaza de toros, es quizás el recuerdo que mejor grabado me traje de toda la expedición a las lejanas sierras molinesas. Se va por senda de matas, colándose entre pe­ñascos rodados por donde se crían las jaras y los arbustos del boj. Antes habíamos dejado el pueblo en un cuidado jardín que es el capricho del vecindario. En un cerco natural, rodeado de volúmenes pedregosos que alcanzan entre los cuatro y los diez metros de altura algunos de ellos, con espacio interior en forma de círculo casi perfecto, está la única plaza de toros natural que existe en todo el planeta. Los chequillanos cierran con palos los posibles escapes de las reses y contemplan el es­pectáculo subidos sobre los riscos, cuyos entrantes y salientes señalados en las peñas por arte de la Naturaleza, son aprovechados como palcos en donde se acomoda la nutrida concurrencia durante el festejo en las agosteñas tardes del Cristo.
-Suelen ser muy suyos. Normalmente, al pronto de salir el toro no ba­jan a la plaza nada más que los del pueblo. A los demás, si somos conocidos o de confianza, se nos deja salir después. Todas las risqueras se llenan de p1iblico.
Los cien o doscientos que separan al pueblo de su plaza de toros, los hacemos por otro camino. Ahora son eriales y huertas los que vemos con el pueblo al fondo, bandadas de palomas que anidan en los agujeros de las peñas, pedruscos sueltos en las alturas recortando el azul en descarado desafío a las más elementales leyes del equilibrio. Detrás las casas blancas, acurrucadas de Chequilla, el ayuntamiento, la iglesia que ya vimos, la cartería y el barecillo de Ventura, donde dedicaremos unos minutos a refrescar. En el reducido saloncillo del bar, Ventura tiene de todo.
A la salida, ya con la tarde de caída, aún tuve ocasión de despedir al abuelo Eusebio y a don Serafín con un pitido del claxon. El abuelo Eusebio, que es completamente sordo, ni se enteró, pero se lo dijo su compadre don Serafín con un codazo, y ambos me dicen adiós con la mano hasta que desaparezco.

(N.A. Septiembre, 1986)