domingo, 22 de febrero de 2009

CHERA


El viaje no se inició precisamente en Chera, sino en la villa madre de Prados Redondos, a media legua, más o menos, del escaso lugarejo molinés que hoy nos hemos propuesto visitar. ­Era casualmente el día grande para los de Prados Redondos, el de la fiesta local de la Santa Espina, y; para el viajero también, que en su día ni si quiera pudo ver y hoy, por gracia del azar, ha tenido ocasión de venerar devotamente, como uno más del pueblo fiel, escondi­da en su delicado relicario de la parroquia, una de las Sagradas Espinas de la corona de Cristo.
Luego de haber tomado café en casa del alcalde -veinte años tiene hoy el alcalde de Prados-, don José Ignacio y Ángel Sanz, cura y secretario respectivamente, jóvenes igualmente ambos, se vinieron conmigo hasta el pueblo vecino como guías y como compañeros de viaje. Ángel Sanz me contó antes de salir que era hijo de Chera, y que en pequeño se trataba de un pueblo muy bonito. Pronto pude comprobar por mí mismo que todo era verdad.
Llegamos a la Plaza Mayor con una tarde soleada de preverano. La plaza, es limpia y espaciosa, cementada debidamente y con la magna mo­le de la iglesia a las puestas del sol dándole carácter y elegancia.
- Es lo mejor que tiene el pueblo por cuanto al aspecto urbano. Luego, los alrededores son especiales. Por las choperas que hay de­trás baja el río Gallo.
- ¿La población es de suponer que escasa ¿no es así, Ángel?
- Muy poca, claro. De hecho unas treinta personas.
Nos salimos enseguida por detrás del ábside, buscando el brillo de la tarde y el encanto de la ribera por donde el secretario, y Emilio, un chaval joven que encontramos en la plaza, nos prefirieron llevar. Al pronto que se sale se da uno cuenta de que el pueblo es chi­quitín y, por si fuera poco, repartido en tres barrios diferentes: la Plaza que acabamos de ver, el barrio Alto por detrás y el barrio del Marqués al otro lado del río.
El Gallo atraviesa Chera lavando las raíces de los chopos por mi­tad de una veguilla romántica, de yerbazales y pradera, que ocupa la base izquierda del cerrillo peñascoso del Sombrajo. Hay un momento en el que tenemos que atravesar el río saltando de piedra en piedra, a riesgo de caer a la corriente en cualquier movimiento falso. Konak, el perrazo de Angel, enrazado con pastor alemán, nos precede por el campo a todas partes. Me cuentan mis acompañantes que el río Gallo nace cien metros más arriba de donde ahora estamos, y me despistan, pues yo tengo idea cierta de haberme chocado con su cauce en más de una ocasión muy próximo a la Sierra de Albarracín, a la altura de Motos y de Alustante donde aseguran que nace en Orihuela del Tremedal, veinticinco o treinta kilómetros de aquí, cal­culando en línea recta.
- Exactamente -se me aclara. En realidad nace por la parte de Orihuela, pero según viene, hay un momento en el que desaparece y vuelve a salir ahí adelante, debajo de unas rocas.
El barrio del Marqués viene a caer a dos minutos o cuatro de camino a pie. Aún se conservan, aparte de alguna casa en la que todavía vive la gente, los pajares derruidos y las eras de pan trillar de los trabajadores que estuvieron en su tiempo al servicio del marqués de Santa Coloma, dueño al parecer de una considerable porción de tierra en aquella zona. Como reliquia de su paso, aún quedan los muros destartalados de la casa solar con sendos arcos de época, uno en ojiva, y la piedra clave para un escudo de armas que no se llegó a esculpir. Isaac nos mira plácidamente sentado sobre las peñas de las eras, mientras que el ganado mordisquea a su alrededor los rebrotes de hierba ­tierna. Abajo, manso y en calma, es protagonista el río.
- Mira, a ese peñasco gordo le decimos el Pozo Bernardino. Por de­bajo sale al Gallo la mayor parte del agua, y la que no, va saliendo en este trozo de arriba.
- Lo que no se ven, a pesar de lo clara que está el agua, son peces.
- El agua es potable, se puede beber. No hay peces porque se seco el año pasado y se murieron. Confiamos en que venga una riada y sal­te la pesca desde más abajo. Si no, habrá que repoblar o hacer algo.
- Mucha hierba en el cauce, ¿verdad? Los cangrejos, abundarían antes por aquí.
- Ya lo creo. Es mejor no decirlo, pero en este trozo donde estamos, a mano hubo quien se llevó quince kilos en un día. y con retel, pesca segura siempre. Se descastaron y no se ha vuelto a ver ni uno.
Boda la zona ribereña que los nativos llaman La Noguera, ya casi en extramuros, es de las que permanecen en la memoria del viajero por mucho tiempo. La intensa y fresquísima sombra del verano, las lomeras rocosas que la encajan, la pureza ambiental que uno pre­siente armonizada por la brisa pinariega de las sierras de Aragón, y tantos alicientes más, deben mantener a los cheranos y a los que aquí acuden cuando llega el momento, como trasladados en los brazos gigantescos de la madre Naturaleza a un paraíso ideal, lejos, muy lejos de este nuestro de las computadoras y de los asfal­tos en el que nos afanamos y nos movemos, só1o por sobrevivir. Konak, que se las sabe todas, se chapuza al tres por dos en las aguas vírgenes de la poza. Cuando se le lanza un palo, el perro se arroja en plancha y lo trae a nado entre las dientes.
- Pues aquí, en estas sombras, hacemos la chuletada de la vaquilla el día de la fiesta. Nadie sabe cómo se está aquí entre los chopos a mediados de agosto.
- ¿Celebráis, San Roque?
- No. La patrona es la Purísima, pero como el tiempo no está en diciembre para andarse con bromas, la hemos tenido que trasladar al 15 de agosto. No hay comparación. Se trae una vaquilla y luego nos la comemos aquí en la pradera.
Por el Barrio Alto se ven algunas que otras construcciones que delatan añosos abolengos de gentes de pro, tan de acuerdo con las formas ancestrales del vivir en las aldeas y en las villas del Señorío. Como perdidas en el contraluz se divisan hacia el suroeste las casas de Prados Redondos, al amparo de su torre con chapitel metálico. A nuestra mano llama la atención el campo de la vega; tierra lisa, mullida y ocre, que pide a gritos en la barbechera el milagro de la semilla para germinar y dar fruto.
- La tierra no puede ser mejor. Lo malo que tenemos es la temperatura. Los hielos es raro el año que no nos hacen alguna mala faena.
Luego me refieren que en las inmediaciones de Chera hay abundan­tes yacimientos arqueológicos, lo que pone de relieve la aceptable condición de la comarca y preferencia para los hombres de muy lejanas civilizaciones, que dejaron en estos bajos molineses la señal de su paso.
Se vislumbra solitaria a la caída la ermita de la Soledad, pe­gada al cementerio. Mis amigos me cuentan que en su interior hay óleos muy deteriorados donde se ven pinturas de ángeles y arcángeles casi irreconocibles.
- Pues cuando la hicieron, cuenta la gente que hubo un concejo en el que se acordó bajar a poner la primera piedra, pero sin concretar día ni hora. Pues según los viejos, a la mañana siguiente, como si se hubieran puesto de acuerdo, se presentó todo el pueblo en el mismo sitio para empezar las obras.
La opinión a simple vista parece demasiado alegre y en consecuencia poco exacta, pero no han faltado investigadores que aseguran que el conquistador de Méjico, Hernán Cortés, había nacido en Chera, o por 1o menos aquí estaba la cuna de sus antepasados. La tradición, y al parecer también los documentos, afirman que era extremeño de Medellín, pero lo que sí parece indiscutible es que su árbol genealógico tenía raíces clavadas en las parameras molinesas, por lo menos una rama de la familia de Hernán Cortés.
Nos invita don José Ignacio a visitar la iglesia. Un templo no dema­siado grande, contando siempre con las necesidades del vecindario que pudo tener su momento álgido allá por los años cuarenta, antes de que apareciera el fantasma de la despoblación. La iglesia está limpia y acogedora. Tiene una sola nave con crucero y un retablo mayor que preside una vieja imagen de la Inmaculada. Los retablos laterales están dedicados a la Virgen de las Candelas y a San Antonio de Padua. Perfecta la cúpula en hemisferio y destacable el orden y el cuidado con que las gentes de Chera atienden su patrimonio común, al lado siempre de su joven sacerdote encargado de la parroquia. Apoyados sobre el barandal del coro, descansan en un rincón los mástiles de los pendones pro­cesionales que, como tantos instrumentos más asidos a la costumbre, esperan empolvados, lo mismo que el arpa del poeta, la mano amiga que los vuelva a despertar.
En la plaza me encuentro al salir con unos cuantos señores del pueblo. La noticia ha cundido enseguida y la gente se salió al sol a ver lo que pasa.
- Pues este pueblo tiene historia, ya ve usted -me dice el Tío Narciso-. En la casa del Marqués es donde ponían los moros las ametralladoras, y zumbaban para toda esa parte de abajo.
- ¿Ya tenían ametralladoras los moros de Chera?
- ¡Hombre que si tenían! El Marqués era el dueño del pueblo. Entonces se vivía de otra manera.
- Ya, pero la casa del Marqués es posterior a los moros. ¿Cómo es posible que se pusieran a zumbar desde ella?
- Ah, yo de eso no entiendo; pero lo que le digo es verdad.
Y es que la cosa es así de sencilla, no tiene vuelta de hoja. Para los ancianos de los pueblos, salvo alguna excepci6n, la Historia de España se divide en tres épocas bien definidas: de la Guerra a acá; de cuando el Rey y lo de Cuba; y de cuando los moros, que comprende des­de finales del diecinueve y llega hasta Túbal, nieto de Noé, que según hemos leído en alguna parte fue el primer hombre que pisó tierra española. Lo de los celtas, romanos, visigodos y demás, son diferentes periodos de la misma era que lo único que vienen a aportar son confusiones y ganas de complicar la cosa. ¡Ahí queda eso!
Estancia grata en Chera, qué decir. La variopinta realidad de las tierras molinesas tiene la singular particularidad de hacer feliz a quien llega a ellas, aunque sea, como en mi caso, para escudriñar en sus interioridades. ¿Gozarán de la paz de estos agónicos lugarejos los que vengan detrás de nosotros, dentro de medio siglo pongamos por caso? Es una pregunta que me hago con frecuencia, y para la que soy incapaz de encontrar una contestación razonable. Sería una pena.
(N.A. Junio, 1985)