domingo, 15 de febrero de 2009

CENDEJAS DE ENMEDIO


Los Cendejas son tres y aparecen separados, pasadas las prominen­cias de la primera Alcarria, a no mucha distancia más de un tiro de piedra: Cendejas de la Torre, Cendejas de Enmedio y Cendejas del Pa­drastro. Creo que alguna vez me contaron el porqué de cada uno, re1a­cionado con cuestiones de herencias allá por los años de Maricastaña, pero lo cierto es que el más florido de los tres, quizás también el más alegre, es éste al que acabamos de arribar por la estrecha carre­teri11a que parte de la de Soria a la altura, más o menos, del desvío que baja al santuario de Valbuena, pero en dirección opuesta. El pue­blo de Cendejas de Enmedio está situado, obviamente, en medio de los otros dos.
He caído en la Plaza Mayor de un pueblo extenso, de un pueblo pa­ra el que en ningún caso se escatimó el espacio, de casas sueltas, aparentemente cómodas, y de árboles y jardines que le ponen ya desde la entrada cierto aire de juventud. La plaza de Cendejas de Enmedio es grandota y descuidada. Uno piensa que con cuatro duros y un poco de buena voluntad podría quedar acorde con los verdes y la lozanía de los barrios periféricos. Se alinean en una cara de la plaza cuatro seis moreras. Con el fruto en plena sazón. Cuando los viejos se sien­tan en los bancos de buena mañana, tienen que sacudirlos con la go­rra de las moras maduras que fueron cayendo por su propio peso duran­te la noche.
-¿Manchan, señora?
- Sí, pero no tanto. Las negras manchan más.
La iglesia parroquial es la gran protagonista en la plaza de Cen­dejas. Es un edificio voluminoso y sólido, con torreón cuadrado al poniente y remate sin chapitel, como cortado a tajo, con galería de cuatro caras iguales y una higuera huérfana que nació entre las pie­dras de la cornisa por debajo de las campanas.
Dos hombres de edad se acercan a mí caminando un poco atrancas con sus garrotes. Uno de los dos tiene un pie vuelto y deforme. El otro parece algo más joven. Los dos ancianos que vienen decididamen­te a tomar posesión de su asiento bajo la morera se llaman Victorino Manso y Pablo Manso. Nos hemos hecho amigos con sólo mirarnos el porte, como dicen ellos.
- ¿Entonces, son hermanos?
- No señor, somos primos. Cojos los dos, como podrá ver. Lo que dan los pueblos: viejos, cojos y carcamales.
- Bueno, tampoco es para tanto. Peor sería no verlo.
- Eso mismo decía mi abuela, que en paz descanse. Pues a mí -me dice el abuelo Pablo-, en la Residencia de Guadalajara me conocen muy bien. Me han operado tres veces en poco tiempo: de la pierna, del estómago y de la vesícula. ¿Qué le parece el asunto?
- Nada, que eso para un hombre fuerte como usted no tiene importan­cia.
- Calle hombre, calle; si me tiene que vestir la mujer. Al Victori­no, aunque es mucho más viejo que yo, no le pasan esas cosas. A ese no lo viste la mujer, ¿sabe usted por qué?
- Qué se yo.
- Por que es soltero, y sin compromiso, con los ochenta. Encima.
- Ah, claro. No dirá que había. Caído en la cuenta. ¿Y en qué Cende­jas hay mejor gente, señor Victorino?
- En los tres. Los del Padrastro yo creo que son los mejores. Aquí nos las damos de que hemos sido muy cojonudos siempre, pero que ya no valemos vestirnos. Ahora mismo me tengo que ir a que me tome la ten­sión la médica.
Me cuentan mis amigos a la sombra de la morera que en el pueblo puede haber de continuo treinta casas abiertas o más, y que los que aún son jóvenes tienen media docena de tractores y llevan todas las tierras del resto del pueblo.
En tanto que el señor Victoriano se sube a tomar la tensión, y con el permiso del abuelo Pablo que lleva tatuada en el brazo una bombeta de Artillería, porque sirvió en el regimiento 45 de Calatayud, me acerco hasta la torre de la iglesia para enterarme debidamente de lo que dice en las diferentes leyendas que hay grabadas sobre la piedra sillar: "Hizose año de 1706. Costó 14.000 R". Reales supongo yo que querrá decir. En otra carteleta similar, pero menos clara, se puede leer: “El día 1 de novie de 1765 tembló la tierra. Los edif se transtor y cayer algun pied. Las fuen se ent y se undio lisuos y otzn". Demasiados recortes en la esquela pero el dato histórico queda claro. Otra tercera, más complicada todavía: "Año de 1713 en henro y feb se vio la estrella can con un rabo de ó bar fueron std secura yelos” y en ésta última aparece dibujada en mitad del texto la estrella con rabo que debieron de ver en Cendejas en enero y febrero de 1713. Como puede verse, si bien estas leyendas inscritas en las torres de los pueblos suelen pasar desapercibidas para extraños y para propios, a ninguna de las tres les falta su valor documental aprovechable. Cuando se lo explico al abuelo Pablo, el hombre se parte el pecho de risa.
- Hay que ver qué cosas hacían los de antes. Eran artistas aquella gente, que se lo digo yo. Me acuerdo de chico que iban a misa los de ayuntamiento con capa de lienzo, y los demás con anguarinas de aque­llas que parecían abrigos.
Por aquello del frío, los vecinos del pueblo trasladaron la fies­ta mayor de San Antón el Grande desde el 17 de enero al mes de septiembre, tiempo en el que nadie duda debe de haber mucha más animación y más público. El señor Victoriano vuelve jovial de la consulta como a la media hora escasa de dejarnos solos.
- ¿Qué le han dicho?
- Nada, ha dicho la doctora que estoy muy grave, que me acueste. Doy 14 y 8 de tensión. Lo mismo que un chaval.
Picando moras de aquí y de allá con solo estirar el brazo, me su­bo hasta el jardinillo del barrio de las escuelas, donde ahora está instalado el ayuntamiento y el consultorio médico. En el jardinillo hay una fuente-surtidor que no corre. Tiene una cazuela enorme en forma ovalada, y un monolito central que simula un hongo de gran tamaño. Uno se ima­gina que bajo los chopos blancos, los pinillos y los cipreses, que som­brean el jardín, con un poco más de orden y de limpieza de lo que hay, si la fuente corriera debería ser un espectáculo verdaderamente enco­miable y bello. Una perra color canela se sacude la manta del calar bebiendo a lengüetadas del piloncillo de la fuente de arriba. Ahora el reloj de la torre toca, sonoras y pausadas, las campanadas de las doce. En Cendejas de Enmedio hay calles marcadas en las esquinas con nombres de mucho peso histórico: Calle de Isabel la Católica, que es la que sube desde los chalés; Calle del Último Camino, del General Mola, Calle de Lepanto, de Cristóbal Colón, del 2 de Mayo, de Méndez Núñez más en las afueras. Desde los arrabales en la calle de Méndez Núñez se ve Cendejas del Padrastro, a caballo de la colina donde el destino lo colocó retostándose al sol del medio día.
- Que me ha dicho el tío Pablo que había un señor que deseaba ver la iglesia, y como ahora no se puede uno fiar de nadie, vengo a conocerle y a enseñársela yo.
-Pues hace usted muy bien. Yo haría lo mismo. ¿Cuál es su nombre?
-Yo soy Tomás Gonzalo Navarro, para servirle. Me encargo todos los días del año de subir a la torre a dar cuerda al reloj.
La iglesia de Cendejas de Enmedio está muy bien por dentro, blanqueada y muy limpia; un poco pobre quizás. El único retablo con que cuenta está detrás del altar mayor, y en él se honra en sendas imágenes a San José y a San Pedro Apóstol. En un lateral aparece sobre sencilla pena una imagen bellísima de Santa María, vestida de blanco y rosa. Tomás no sabe darme norte sobre la advocación de aquella imagen.
-Es la que sacamos para la Pascua, en la procesión del Encuentro, y la otra del altar la que se hacen las Flores de Mayo.
Cuando acabamos de ver la iglesia, se empeña Tomás en que me suba con él al campanario para dar cuerda al reloj y ver la maquinaria. Yo soy obediente y me dejo llevar. Las escaleras de la torre están llenas de palomino lo que hace difícil la subida. Las pesas son de cincuenta kilos, cuelgan por el vano y una de ellas va bajando poco a poco a medida que el reloj va dando las horas. Tomás me muestras al subir los pichoncillos en parejas que hay por los nidos en los agujeros. Luego abre la puerta del reloj y me deja ver muy complacido las enormes ruedas dentadas y la maquinaria que hay adentro.
-Es muy nuevo y se ve muy limpio todo –me ha dicho.
-Muy limpio, sí señor.
-Tiene unos treinta años. Ahí dentro tengo todas las artes de engrasarlo.
-Dice que la cuerda sólo le dura un día.
-Un día nada más. La pesa de marcar puede durar tres, pero la de dar la hora dura sólo un día.
Cuando bajamos hasta la plaza, mis amigos Victorino y Pablo seguían en la plaza aún sentados a la sobra de la morera. Les propongo invitarles en el bar, pero no aceptan. Los dos me dicen que son abstemios, que no pueden beber. La circunstancia la aprovecha Tomás para llevarme a la bodega que tiene en la calle del 2 de Mayo, y que, como ocurre con las de Trillo, Gárgoles, Henche, y algunas más que conozco en la Alcarria Baja, suelen ser sitios escondidos donde la gente lo pasa bien.
-Pues ya ve usted –dice Tomás- No es porque lo diga yo, pero la bodega en estos pueblos es como media vida. Ahí nos juntamos unos cuantos los fines de semana y nos corremos unas juergas de mucho cuidao. A los de Guadalajara y a los de Madrid también les gusta.
Al bajar a la cueva el frío nos obliga a frotarnos los brazos. La cueva de Tomás tiene unas cien garrafas alineadas en el pasillo central, todas llenas hasta el tapón y frías como las fuentes del Polo Norte. Al poco de bajar, el dueño saca la goma, chupa de la punta y llena una jarra de clarete que se nos lleva los ojos detrás.
-Lo puede probar sin miedo. Es de nuestra cosecha y de nuestras viñas. Aquí sí que no hay engaño.
-Pues, qué lástima que al ser tanta cantidad lo tenga que vender-
-¿Vender? Aquí no se vende una gota. Nos lo bebemos todo.
-¡No me diga!
-Todo nos lo bebemos. Ya le he dicho que aquí nos juntamos de cada cuadrilla, que esto se viene abajo. En este pueblo casi nadie vende el vino de la cosecha.
Mi amigo Tomás Gonzalo Navarro, soltero aún y bien metido en los cuarenta, es un hombre afable, generoso y cordial, abierto como las puertas del campo y casi tan hablador como su acompañante. Los dos, mano a mano, han dado la debida cuenta a la primera jarra de clarete.
-Pues ya digo, entra muy bien, pero es un vino que pega. Son catorce o quince grados los que tiene.
En la pared de la sala de juergas, sentados los dos frente a frente, picando taquitos de jamón que nos trajo su hermana Josefina y soplándole al vaso cada vez con mayor entusiasmo, leo un cartel colgado por detrás de un haz de guindillas, junto a los aperos de labranza que ahora se usan de adorno, en el que está escrito:

El que cambie pan por vino
Y placeres por trabajo,
Muy pronto se irá al carajo
Sin salirse del camino
Y del atajo.

-Oye Tomás, eso está muy bien. Tiene mucho ingenio.
-Sí hombre, ya te lo digo, lo escribió el Ureta de Matillas. Pues dices tú, de Guadalajara vienen varios. El Gonzalo Ayuso, el Isidro y el Lalo, son los más habituales. Hay que ver qué tíos, lo que les gusta la dichosa bodega a los tres.
-Tienes razón Tomás. Aquí se está muy bien, pero son casi las dos y yo me tengo que marchar a casa, porque esto no es plan.
-Nada hombre, de eso nada. Ahora viene mi cuñado el Felipin y tenemos que echar la espuela. ¡Qué remedio!
La espuela en Cendejas de Enmedio es el último trago de las mañanas o de las tarde divertidas, un trago que nunca llega.
Curiosamente, el pueblo apenas si cuenta en la Historia como para asegurar con nombres y con detalles su mérito, que sin duda lo tiene. Es lo cierto que en la actualidad se puede contar con Cendejas de Enmedio como uno de los focos rurales con más posibilidades de futuro, en una provincia donde los aires de la modernidad hicieron tantos estragos en el último cuarto de siglo con la dichosa moda de la emigración.

(N.A. Agosto, 1986)