viernes, 13 de febrero de 2009

CASTILMIMBRE


No es muy frecuente hallar en pleno sequedal de la Alcarria un complejo industrial como el que ahora veo al poco de atravesar Brihuega, a la margen izquierda del Tajuña, junto a un sinfín de cho­peras ribereñas, de fragosidad aupada por la humedad del río y de rebollos en la ladera de los cerros. Ahí, donde asientan las naves fabriles de la cerámica, tomo la desviación que deberá llevarme, si no calculo mal, al pueblo de Castilmimbre.
La niebla es abundante. Las barranqueras alcarreñas y los áridos declives de los chaparrales, se acabarán por difuminar en medio de la masa que producen las nubes a ras de suelo y la evaporación de los campos empapados.
El pueblecito de Pajares, forrando de casas viejas y de chalés modernos el alcor donde lo pusieron sus fundadores, me mira con disimulo al pasar en­vuelto entre la niebla. Poco después, me echara el ojo con su catalejo Castilmimbre, sorprendente, empingorotado como un crestón en la cima del cerro, a modo de navío informe que tuviese la obligación de navegar in aeternum, con la humildísima torre de su iglesia como proa, por encima de las siempre turbulentos mares de la Alcarria.
A Castilmimbre se sube desde los valles de la vega zigzagueando por la cara norte del gigantesco pedestal sobre el que se alza, como quien burla a la desesperada lo natural para ser águila. Luego, un re­pecho muy pino por donde está la fuente y, de buenas a primeras, uno se halla sin pensarlo en la Plaza del Rollo. Seguramente que uno de los rincones más celebrados, con la plaza pastranera de los Cuatro Caños por parangón, de toda la Alcarria.
- ¡Vaaa...! ¡Pero qué dice usted, hombre! Esto no vale para nada. Si aquí no quedamos más que cuatro viejos que nos vamos a morir lue­go a luego, y el pueblo se nos va a hundir sin tardar mucho.
Bien lo sabes, amigo lector, que no es mi propósito el de descali­ficar ni el de hacer de menos a nadie en cuestión de pueblos, para mí, mayor o menor, todos tienen su personalidad y, desde luego, su encanto. Pero, rendido ante la evidencia de lo que aquí se ve, reconozco y así dejo constancia, de que Castilmimbre por su situación, su rusticismo parejo con el trasfondo histórico y popular de la Alcarria, merece a primera vista solamente palabras de elogio.
- Hombre, si se pone usted así, la verdad es que todos lo que vie­nen por aquí dicen lo mismo, pero estamos muy solos.
Al llegar a Castilmimbre, con las calles embarrizadas y el fres­quito cortante, huele a especias y a matazón, a moruga de amase y a salsa de morcillas. Olor de buena ley, con nostálgicas remembranzas para muchos -entre los que yo me encuentro-, a madre y a pan de pueblo. Por los callejones baja como una exhala­ción un gato laña tirando de una tripa de las de embutir.
- Pero no se lo crea usted -aclara don Victorio Henche-, que aquí ya no se hacen matanzas. Se trae la sangre de Guadalajara y aquí lo único que hacen es el avío. De cerdos, no queda ni uno.
- Una pena, ¿verdad?
- Hombre, de los de dos patas siempre queda alguno. Yo mismo. Si me viera usted esta tarde, más pareceré un cochino que una persona.
- De todas formas, con esta tranquilidad que tienen, estas alturas, este sol..., viven como quieren.
- Eso ya le digo a usted que ni hablar. Que vayan pensando en dar­nos alguna ayudeja o tendremos que largarnos a las capitales.
En medio de cuatro casonas envejecidas, con espaldares de entramado y aleros que invitan a volar, otras encaladas y de florido balcón, está la picota que convirtió al pueblo en villa el año de 1747, no mucho después de que el rey Felipe II se lo vendiese al hidalgo santiaguista don García Barrionuevo de Peralta. La picota es robusta, de sólida basa, pone al recogido rincón ciertos aires de majestad y, sobre todo, de respeto. En cada uno de sus cuatro brazos en cruz hay otras tantas cabezas de carneros o de faunos arrancados de la Mitología.
- En ese gancho apuesto a que los colgaban antes -explica don Mariano Henche-. Yo he subido de mozo a la cruz y parecía que se tambaleaba. Don Ciriaco Domínguez Barriopedro me cuenta que él se casó allí, pero que es de Torija, en tanto que su convecino, don Cayetano Retuer­ta, es por nacimiento pajareño.
- ¿Y eso qué es?
- Eso quiere decir que es de Pajares.
- ¿Cuántos son los que duermen en el pueblo una noche cual­quiera?
- Muy pocos. Aquí nos tiene usted ya a casi todos. Somos cuatro de ellos, pero nos entendemos muy bien, que es lo principal. Le podemos decir que somos quince personas entre todos.
- Pues mire, la plaza, en pequeño, es muy bonita. Yo creo que es de­masiado bonita. Si me la pudiera llevar en el bolsillo no lo pensaba. Con rollo y todo.
- Eso de ahí arriba era la antigua escuela de niños. Ahora dicen que quieren hacer en ella un ambulatorio para que nos mire el médico. Qué sé yo lo que nos querrán hacer.
Victorio nos ha dicho que se marcha, que se va a soltar las ovejas y a ponerles no sé qué asunto de una inyección, con todo el instru­mental metido en una bo1sa de plástico. Victorio Henche, quejicoso y pedidor, nos dice adiós repitiendo entredientes que los del pueblo desfallecen en la desgracia, que no tienen un duro y que eso no puede seguir así. Uno de sus convecinos, la picota por testigo, le sigue la broma con razones de una coplilla popular:

Ya vienen los segadores
de segar de la Campiña,
muertos de hambre y sin dinero,
con el polvo en las costillas.

- Yo me pregunto que si esta es la Plaza del Rollo, ¿Aquella cuál es?
- Esa de allá es la del Ayuntamiento. Mire que par de chorros tira la fuente. Agua pura de la Alcarria, como la miel, sin contaminación ninguna.
En la otra plaza, mis amigos, que ahora sólo son tres: don Ciria­co, don Mariano y don Cayetano, me informan de que allí es donde se torea la vaquilla para la fiesta mayor, que los palos y travesañas re­costados sobre el muro son para que se coloque la gente. En el frontal del ayuntamiento hay una placa en la que se lee: “Plaza del Excmo. Sr.D. Juan Manuel Pardo Gayoso”. Abajo, el barranco de la Dehesa con do­cenas de nogueras desnudas.
- Muchas nueces, por lo que se ve.
- Nada, no dirá. Este año nada. Si acaso para malcatarlas. Se hela­ron todas.
Desde la Plaza del Ayuntamiento la perspectiva del pueblo es escueta, muy larga. El rollo se alza a lo lejos como señuelo de autoridad y de encomio, vertebrando desde su mismo centro al pueblo viejo.
- A eso de ahí abajo le llamamos el Barranco de la Callejuela –aclara el señor Ciriaco-. Mi casa es ésta. En la piedra pone que se hizo en 1859. La construyó un gallego, bisabuelo de mi mujer, que llamaban Pondal. En la ventana lo pone.
Los perros de la calle Arrabal toman el sol aburridos en las puertas de las casas. En estas afueras de Castilmimbre, el olor a romero sube por la vega desde el Cerro de los Olmos.
- Ese edificio nuevo de abajo es la sede de la Asociación Cultural. Después, ya en dirección poniente, la calle Enmedio nos acerca, embutidos por su estrechez, hacia los aledaños de la iglesia. A una y otra mano de la calle hay pajares viejos de adobe, con los aleros ennegrecidos por el pincel de los siglos. En un dintel se puede ver el año en que se esculpió la piedra: 1848, con el número cuatro puesto del revés.
- Todas esas casas de atrás se hundieron con el fuego. Vino una mala tormenta y los encendió un rayo. A un cuñado mío le costó la vida.
La iglesia, soberbio mirador hacia los tesos fragosos y hacia los ciento y un vallejuelos de la Alcarria, tiene un atrio con pretil y una puerta que cierra con candado. El sencillo edificio de la parroquia sostiene sus muros con juego sencillo de contrafuertes en línea. Por dentro la, iglesia es muy bonita. Su única nave concluye en un crucero con re­tablo mayor como fondo y dos capillas, una en cada, lado. El retablo es de escaso valor, y en la capilla lateral que se abre a nuestra izquierda, está la imagen bellísima de la Virgen del Castillo, patrona de Castilmimbre.
Doña Dionisia, pese a no ser alcarreña, sino abulense y residente en Madrid, no puede disimular su devoción a la Señora de Castilmim­bre.
- Es muy milagrosa, mire usted. Para la cosa de la vista y eso, siem­pre atiende muy bien a los que acuden a ella.
- ¿Su fiesta?
- El primer domingo de Septiembre. Es una fiesta con mucha animación.
La cúpula, blanqueada, perfecto hemisferio con relieves, dignifica al recogido templo.
- Aquí detrás tenemos la pila del bautismo. Es toda de piedra. Los entendidos dicen que tiene mucho valor -explica el señor Mariano-. Nada más cristianarme a mí, tengo yo oídas de que se desplomo el techo.
- ¡Caramba! y ahí encima, la tribuna, claro.
- Eso es la tribuna, sí señor. Donde nos subíamos a cantar cuando mozos.
Al extremo opuesto del pueblo, más allá del paraje que quiero re­cordar llaman Las Carrasquillas, se acierta a ver en lo más alto la ermita de la Soledad. Mínimo recinto de añosas piedades, asida de raíz al corazón de las buenas gentes de la villa.
- Sí, está mal la pobre. La queremos apañar un poco.
Próxima ya la hora, del medio día, sin nieblas en la Alcarria, sue­nan a todo volumen los aparatos de radio en las casas de los del fin de se mana. La señora Dionisia me invitará después a ver su casa de la calle Enmedio, levantada a fuerza de sacrificios, y el señor Ciriaco nos bajará por los humedales de la cuesta hasta la bodega. Las vertientes del serio altozano de Castilmimbre están minadas por las bodegas, donde se guarda durante años el vino de las cosechas. El dueño nos invita a probar el rico clarete que extrae a chupe de goma y que no desmerece en nada a otros de la tierra, tal vez de mayor nombradía.
- Lo compro en Solanillos y lo guardo en la cueva. Parece que gusta bajarse alguna vez con los amigos un traguillo aunque sólo sea. Yo tengo vino para el año, nada más, pero aquí hay bodegas con más de doscientas arrobas. No sabe lo bien que se conserva.
Desde dentro de la cueva vemos a Victorio Henche que baja por los terraplenes de verdín arreando a las ovejas. Victorio va la mar de feliz con su hato de reses paridas, dando gritos que resuenan por todo el vallejo. Ante la paz de estos lugares a extinguir de la eterna Alcarria, alumbrados con el sol claro de su cielo y el ambiente natural de las tierras vírgenes, uno piensa en agostadas filosofías que el mundo moderno, la hora sabia que llaman del progreso, no parece dispuesta a admitir. La Historia se encargará de juzgarlo.

(N.A. Marzo, 1987)

2 comentarios:

Moises dijo...

Hola soy un vecino de castilmimbre me ha gustado muchisimo en aver leido la visita que izo en mi pueblo,tambien pone que estuvo en mi casa con mi madre dionisia mucho gusto en averle conocido muchas gracias por todo un abrazo de un amigo de castilmimbre.

Rafael dijo...

Hola, soy hijo del pueblo de Castilmimbre. Lo he vivido poco ya que mi madre se fue muy jovencita de allí a trabajar fuera y lejos y volvió en contadas ocasiones. El caso es que andaba buscando fotos de Castillo, que así es como le llamamos los de allí, para que ella las viera y me he encontrado su blog. Ha sido emotivo comenzar a leer su artículo pero más aún cuando leo un comentario de un vecino del pueblo llamado Mariano Henche, que, aunque me pueda equivocar, estoy segurísimo que ese señor era mi abuelo y digo era, pues, ya hace unos años que nos dejó. Los otros vecinos que salen en su texto, me suenan nombres y apellidos, claro está, pero, yo no creo que los recuerde cuando me lo explique mis hermanos mayores y mi madre, que, sin duda alguna, se alegrará cuando se lo cuente y lo lea. Gracias.