viernes, 6 de febrero de 2009

CASAS DE SAN GALINDO


Pudo ser porque en la televisión ponían un partido de fútbol en aquel mo­mento, o quizás porque la media tarde en un día de verano no sea la hora más oportuna para llegar, lo cierto es que cuando caí en las Casas de San Galindo no encontré a nadie por las calles, yeso, en principio, resulta francamente descorazonador. En la plaza del pueblo, donde están la picota, el ayuntamiento y la biblioteca, un gallo se sacude de entre la hierba y pulsa, altanero, la alarma de su voz en grito, como haciendo saber al vecindario que algo por allí no le infunde excesivas confianzas. Siguiendo por la calleja que va hacia la iglesia, pasado el depósito del agua, uno termina por encontrarse de pronto en el soberbio mirador de las Eras del Rostro, desde donde a cualquier hora del día se puede contemplar uno de los más impresionantes espectáculos del paisaje de la provincia. Hileras apretadas de chopos vienen a confluir en mitad del valle, marcando en su recorrido los cursos del Bornova y del He­nares, que funden sus aguas cerca de la ermita de la Caridad, ya en tierras de Miralrío. El valle del Henares es una plataforma extensísima de mieses a punto de hoz que se tiñen en variedad de tonos dorados y ocres, y que el sol de la tarde viene a favorecer en intensidad y hermosura. Al otro lado, las ondulaciones grises de la sierra entre las que se destaca la cima del Alto Rey, ya nuestros pies, abajo en el hondo, la espesura agreste del Riguerón. A la vista de los olmos del Riguerón, uno piensa que pudiera ser aquél, y no el robledal que cubre la ladera, el "solitario y umbroso bosque" del que nos habla don Benito en su episodio "Narváez", cuando Pepe, el protagonista, se dirige con María Ignacia hasta Atienza, donde transcurrirá la acción de una parte con­siderable de la novela galdosiana.
El tránsito por la carretera de Soria es abundante en esta época del año. Dos niñas saltan a la comba cerca de la carretera atando la cuerda en una acacia. Las dos niñas, a las que les falta una compañera para jugar, fueron el primer signo de habitabilidad que me encontré en el pueblo.
-¿Vive alguien por aquí cerca?
-Sí, señor. En esa casa vive el alcalde.
La casa de don Cándido Hernando está en la misma carretera y tiene rosales en flor haciendo un arco en la entrada. Don Cándido es hombre de escasa conversación, que suple amablemente doña Lidia, su esposa.
-No me extraña que haya encontrado al pueblo sin gente. Aquí, en invierno, si te da un mareo por la calle no hay quien te auxilie.
-¿Tan pocos son en el pueblo?
Doña Lidia fue contando, mentalmente, uno por uno, a todos sus convecinos hasta sacar, muy pronto, la cifra exacta.
-Pues somos ahora en el pueblo treinta personas. Sólo en esta casa somos nueve; así que ya ve.
-Además de gente, ¿qué es lo que le falta al pueblo?
-Falta de todo. No tenemos agua y hay que salir a las fuentes a buscarla. N o hay escuela, ni médico, ni sacerdote, ni nada. Así que los pocos que estamos nos tendremos que ir. y no nos gustaría; por lo menos, a mí.
En las calles crece a su antojo la hierba al pie de las paredes y, por el momento, continúa todo igual, con la misma tranquilidad y si­lencio que antes, sin un alma que te salga al paso. Después de cruzar junto a la iglesia, con su veleta en alto que no se acaba de caer, se llega a una plazuela donde cosen a la sombra dos señoras y un hombre se dispone para salir al campo. Las mujeres se llaman María y Rosa, y el hombre es don Paulino Viejo, que trabaja, según dijo, en la fábrica de escayola de Miralrío. En el centro de la plazuela hay un olmo que la llena toda.
-Pues no, señor; no es un olmo. Dicen que es una olma.
A doña María y a doña Rosa les gusta la tranquilidad del pueblo. La paz de la puerta de casa es hoy un privilegio reservado para unos pocos.
-Aquí, ya ve usted. Aquí da gusto, y no esos ruidos y esas carreras por Madrid y por Guadalajara. En este pueblo pueden comer las ovejas y todo por las calles.
-¿Qué hacen ustedes los días de fiesta?
-Pues mire: si hay misa, vamos a misa, y luego a ver la "tele" o a pasear por el campo, si está el día bueno.
-¿Y los hombres?
-Los hombres, igual; porque aquí no hay taberna ni nada de eso. -¿Cuándo son las fiestas del pueblo?
-Las fiestas han sido hace poco, en la octava del Corpus. Fíjese, aquí hay permiso del Papa para sacar el Santísimo en procesión por las calles también ese día, cosa que en otros sitios no la pueden hacer. Don Paulino se me ofreció como guía en mi último recorrido por el pueblo; mejor dicho, en mi último vistazo al Valle del Henares desde las mismas Eras del Rostro donde había estado antes. Una hora más tarde soplaba un vientecillo agradable que dejaba sobre la cara toda la carga de frescor y de vida de aquella naturaleza limpia, provocadora, magnífica, que teníamos ante la vista.
-Pues mire: toda esta parte de abajo estaba plantada de viñas, pero cuando hicieron la concentración se arrancaron todas.
-¿Y esas cuevas que se ven ahí?
-Eran bodegas para guardar el vino, y claro, al no haber viñas ya no se emplean para nada. Allá abajo, entre los chopos, está la ermita de la Virgen de la Caridad, donde bajamos los de estos pueblos de ro­mería el día 8 de septiembre. Dicen que en ese mismo sitio había un pueblo hace muchos años que se llamaba Saelices y que se lo comieron las hormigas termitas. Nosotros no lo hemos llegado a conocer. Después bajamos hacia los olmos del Riguerón donde todavía se encuentra en obras la piscina que, voluntariamente y en cooperación del vecindario, está casi terminada de hacer.
-Sí, se hará la piscina. Pero luego tendremos el problema del agua para llenarla. La cosa es que fuentes por aquí cerca sí que hay, pero ya veremos cómo se trae el agua. De todas maneras, es hermosa, ¿ver­dad, usted?
-Hombre, claro que lo es. y dice usted que la hacen los vecinos, ¿no1
-La hacemos los vecinos, pero sólo el que ha querido escotar, sin obligar a nadie. Hemos pagado ya 12.000 pesetas cada uno, y no es que yo vaya a venir a bañarme, pero los chicos, ya sabe. Tendremos que pagar aún más, creo yo, porque hasta que esto se acabe todavía falta. La piscina que se están preparando los habitantes de Casas de San Galindo es una obra ambiciosa, muy grande; demasiado grande para la escasa confluencia que en circunstancias normales deberá tener.
Un poco con la hora a cuestas nos fuimos de allí. Se había unido al pequeño grupo Raquel, la hija de mi amigo don Paulino Viejo. Te­niendo como escenario ideal la claridad de la tarde, volaban alrededor de la torre las palomas del campanario y hacían acrobacias los vencejos, describiendo en el aire ondulaciones bruscas hasta acabar con un mosquito en el pico. Luego, en la carretera, a la vista de los campos copiosos de mies, uno se para a pensar sin comprenderlo, cómo también en estas tierras próximas a la capital y en condiciones aptas para la vida, ha podido hundir su mordisco fatal el fantasma de la despoblación y el abandono.

(N.A. Julio, 1980)