miércoles, 4 de febrero de 2009

CARRASCOSA DE TAJO


Por eso de que casi siempre suele producir mayor satisfacción aquello que más nos cuesta, hoy me siento del todo complacido por haber podido dedicar una tarde completa de mi tiempo a pasear este nimio pueblecito de la comarca cifontina con vocación de sierra.
Desde el empalme hacia las entrañas del Alto Tajo que aparece en las proximidades de Canredondo, un indicador de carretera nos advierte que estamos aún ­a doce kilómetros de Carrascosa, los mismos que a Oter, su pueblo vecino y ri­val. Un hato de cabras están pastando distraídas en la rastrojera que hay junto a los pinos. El cabrero cubre su testa con un mugriento sombreruco de paño, al estilo de los viejos cabreros cervantinos. La tarde de otoño es limpia como el jaspe, el suelo húmedo. Los del fin de semana. andan a la que salta por entre los pinos buscando níscalos y setas de cardo en el baldío. La Alcarria, la ruda y melosa Alcarria de los contornos se embravece al bajar el puerto del Navajo. Al poco surgirá el boj –o buje-, la maraña, el carrasquillo y la galuga, para situarnos después en la horquilla que forma nuestro camino con el de Oter que dejamos a la izquierda. Ya casi al final remolonea la perdiz en el arcén y cruza la torcaz en vuelo raso. Por un momento se divisa al bajar una sola de las Tetas de Viana en el contraluz, y, luego, Carrascosa, a la solana de una vega abierta de nogueras, con bodegas minadas en el cerro de las Eras, y calles pinas para ascender al fondo de la zona urbana.
A una y otra mano se ven cerros ásperos, montañas blandas de tierra encen­dida como preludio de paisajes de ventura que llegarán después, a medida que se asciende el Tajo contracorriente buscando los inexplorados paraísos de Valtablado, de Ocentejo y de Taravilla. Como contrapunto a tal presumible brusquedad, una chopera tupida, amarilla, color del tiempo, se extiende en el fondo de la vega, donde un anciano o dos doblan difícilmente su riñón encima, de los surcos.
- Enredando un poco en la miaja de huerto, para matar el rato.
Un chaval con barbas baja de la plaza conduciendo una carretilla. En los primeros cuarteles de la vega hay un espantapájaros vestido de azul, un espantapájaros extraterrestre, guardando las uvas pasas. Arriba, en la plaza, el abue­lo Agustín y el abuelo Martín se calientan al sol en la casa de Correos. La plaza de Carrascosa de Tajo se llama "Pla.za Pública". Tiene una triple fontana mu­ra1 -uno de los caños no echa- y una, espadaña elegante orientada a la caída del sol. La fuente pública se hizo en 1956 "S N D O L C D (se entiende que sien­do alcalde) don Félix García M R (se entiende que Martínez)”, y está situada debajo de un almendro, de una acacia y de un apretado corredor de yedra.
- No se quejarán por falta de agua, señora Saturnina!
- No señor. Ha. tenido épocas que echaba más.
La calle Empedrada, ahora de cemento, tiene cruce al pronto de arrancar con la calle Bajera. Un señor sale al paso y me saluda con estudiada correc­ción. A1 presentarse, el hombre me dice que se llama Antonio Escribano Moranchel, y que es en la actualidad el alcalde pedáneo de Carrascosa.
- Luego, no tienen ayuntamiento propio.
- No, pertenecemos a Cifuentes.
- Mala cosa.
- Pues no. Aquí no nos podemos quejar. Nos dan poco, pero también aportamos poco. ¿No ha visto usted la iglesia? Es la joya del pueblo. La pena es que no tengamos teléfono.
- Bueno, se arreglarán con el teléfono público. Todo llega.
- No señor, aquí es que tampoco tenemos teléfono público. Estarnos sin comunicar. Si un día pasa algo, no quiero ni pensarlo.
- Ah, pues eso no lo deben consentir. Eso es injusto. Carrascosa es un pue­blo, por lo menos, debe tener teléfono. Lo diré públicamente.
- Pues nada, nos exigían para ponerlo que hubiera 51 habitantes, pero como en el último censo no salieron, nos quedamos sin él. Somos unos 40 ahora mismo.
- Esa, es la ley del embudo. Pueblos con un número de habitantes menor, sí que lo tienen.
- Así nos parece a nosotros también.
En la calle Empedrada hay una casona antigua, de gruesos muros, ruin ven­tanuco y entrada con arco adovelado más adelante, en la esquina, vueltas de es­paldas al sol, las señoras hacen ganchillo con mucha habilidad y con mucho arte.
- Las que no valemos para otra cosa, hacemos esto.
Casi todas las calles de Carrascosa están señalizadas en las esquinas: ca­lle de Cantarranas, calle del Altillo, del Cantón. Una callejuela curva de aleros viejos nos lleva a desembocar a una placetuela chiquita con amor de siglos. Aho­ra vemos al fondo, por encima de todas las casas, la Cuesta del Lugar, un cerri­llo rebosante de afectos, y de pedruscos, de pinos recientes, de chaparrales y de tierra gris. Las calles, también por este arrabal, se ven pavimentadas con mucha decencia.
- Tienen el pueblo bastante arreglado.
- Ahora sí. Hace unos años, por dos mil duros se podía comprar el pueblo ente­ro. - Si hace solo nueve años que tenemos carretera, y el agua corriente tres.
El revoltillo urbano de Carrascosa en un conjunto la mar de aceptable. Las casonas de entramado -adobe y maderas cruzadas-, las de buena caliza, las más an­tañonas aún con arcadas clásicas y las construidas en los últimos años, tejen con el adusto porte de los campos, un curioso tapiz al que uno no tiene más remedio que elogiar sin condiciones.
- Si quiere nos podemos acercar para que vea la iglesia. No es porque lo di­gamos los del pueblo, pero en toda la contorna no encontrará otra igual.
La explicación, según su alcalde, es sencilla: las puertas de su iglesia se libraron, por una de aquellas, de ser traspasadas por el salvajismo demoledor de la guerra civil, y bien que se nota.
- Pues sí que vinieron a quemarlo todo, pero desde detrás de un confesionario alguno les debió soltar un tiro que pegó en la pared, y se ve que tomaron miedo. Ya avisaron que volverían al día siguiente con más personal.
- Y se les o1vidó.
- Qué va. Claro que vinieron. Pero la gente se llevó esa noche todos los santos a los pajares. Luego encendieron una buena hoguera en la plaza, y, cuando aparecieron a otro día, les debieron decir que ya no había santos, que los habían quemado ellos.
La iglesia está un poco como en un subterráneo. Hay que bajar unos escalones para llegar a su nivel desde la plaza. Tiene nave única. La techumbre es de las de me­dio cañón, un poco apuntalada recordando el arte ojival. Sobrecoge, verdaderamente, el conjunto interior, tan recargado y tan al gusto de nuestros pequeños templos de años y de siglos atrás. Hay en el retablo mayor una imagen antiquísima de Nª Sª de la Natividad, y cinco óleos con escenas de la vida de Cristo y algunos santos.
- Ahí, en la sacristía, nos cayeron goteras por el techo. Lo hemos retejado y parece que quedó bien.
A la izquierda está la capilla del Santo Cristo que llaman de las Misericordias. Tras la artística entrada con ornamentación de relieves, columnatas e ins­cripción latina, está el soberbio retablo barroco del santo patrón de Carrascosa, con hornacina en forma de cruz. Se ve que el actual no es el Cristo que tuvo en origen, pues no se corresponde con la época aunque sí con el tamaño. La imaginería me­nor es de un gran valor evocativo, si no material, y el sagrario se recubre de relieves con los cuatro evangelistas y la escena de la Resurrección.
- Yo he oído decir que tiene mucho valor, que está tallado a punta de navaja.
- Con su estupenda iluminación y la indecible grandiosidad de lo auténtico, la capilla del Cristo de las Misericordias es uno de esos inesperados rincones donde el espíritu, además de los ojos, encuentra a manos llenas su lugar de gozo. La capilla pare­ja, en el ala opuesta del crucero está dedicada a San Miguel, similar en todo a la anterior, incluso en el retablo, pero menos luminosa, más severa. En su altar se ve una imagen de la Flagelación y dos lienzos, uno a cada lado, con las figuras completas de dos santos obispos.
- San Miguel no está, pero la capilla lleva su nombre, ya ve.
- Sí, en las letras de arriba lo dice. Debió de estarlo en su tiempo. ¿Cuándo cele­bran la fiesta?
- La hemos trasladado desde el 14 de septiembre al tercer domingo de agosto, parta que acuda más gente.
En el presbiterio hay un cuadro al óleo restaurado y enmarcado en cristal con un tema no demasiado visto: "La espalda azotada de Cristo". Por el reverso -éste sin que se pueda ver- tiene otro cuadro de la Virgen en las mismas condiciones. Uno piensa para su uso que el lienzo debería estar en contacto directo con el aire, y que el hecho de acristalarlo le debe de favorecer muy poco. Es una apreciación personal, quizá una estupidez, cualquiera sabe.
- Ahora le voy a enseñar el aparato con el que tocábamos a misa en el pueblo antes de que nos trajeran las campanas.
Hasta llegar al cuarto trastero que hay por debajo del coro, donde don Anto­nio me mostraría aquel extraño artilugio que durante los años de posguerra em­plearon para llamar a los fieles, me voy deteniendo delante de algunos retabli­llos más que aparecen repartidos por ambos muros laterales. Están dedicados a la Inma­culada, a San Antonio de Padua y a la Virgen de la Soledad. Luego, tres lienzos de gran tamaño y muy estropeados por cierto, te hacen adivinar, más que te mues­tran, un Cristo en la Cruz, las lágrimas de San Pedro y una de las caídas de Je­sús camino del Calvario. Se ve que Fueron buenos, pero que las humedades y las desconsideraciones acabaron con ellos.
- Mire, aquí lo tiene usted. Es una bomba desactivada. Con esto se tocaba a misa. No crea que no pesa.
-No me diga! ¿Cómo lo hacían?
- Pues a golpes desde la torre. La gente lo oía perfectamente.
El proyec1il-campana de Carrascosa es un tremendo mamotreto de aquellos que cuando la guerra debieron lanzar desde avión. Mide no menos de 70 centímetros, y lo conservan en la trastera como recuerdo.
- Arriba está el órgano. Fue muy bueno en tiempos. Todavía funciona algo, pero le faltan trompetas y así no puede ser.
Por último salimos al atrio, balcón hacia los huertos. Orientada al mediodía queda aquí la verdadera entrada a la iglesia que ya no se usa. Las tablas de la res­tauración -algunas con rudas pinturas de animalillos con aspecto medieval- andan troceadas y podridas por el suelo. La portada sur se guarece bajo pórtico, tiene arco adovelado sobre jambas de sillar y una imposta que a su vez descansa en capi­teles y columnillas pobres de interés. El espectáculo de la vega desde el pretil, es sencillamente conmovedor. Un tanto al margen de los males del siglo y asido con fuerza al amor del terruño, Carrascosa de Tajo ve pasar con displicen­cia los días y los años en su adusta solana de la Alcarria, soñando, quien sabe, si en tiempos mejores que, para mal suyo, es hasta posible que jamás vuelvan.

(N.A. Noviembre, 1986)

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