miércoles, 4 de febrero de 2009

CARRASCOSA DE HENARES


A fe que es esta la primera ocasión que he tenido de ver de cerca el pueblo ribereño de Carrascosa. Antes me llamó la atención muchas veces, tantas como vi su blanco caserío extendido en la tranquila plataforma de la vega, según se accede en viaje de ida a las inmediacio­nes de Jadraque. Carrascosa de Henares, visto desde la altura y a cierta distancia, era como un misterio que uno tenía verdaderos deseos de descubrir.
Atrás las humaredas industriales de Espinosa, la carretera nos conduce, paralela a la vía del ferrocarril, a las puertas mismas de Carrascosa. Nos sorprende al punto de llegar el cauce aguijarrado y seco del arroyo del Sotillo en vísperas de hacerse una sola cosa con el padre Henares. Por estas tierras llanas que enmarcan la caja del río, debieron de pasar, ahora veinte siglos, las cuadrigas im­periales y la soldadesca dominadora de aquel entonces, por una de las más importantes calzadas romanas que atravesó de nordeste a suroes­te la Península Ibérica; nos referimos a la vía que unió en tiempo de los césares las ciudades de Cesaraugusta (Zaragoza) con Emeritau­gusta(Mérida) y de cuya existencia quedan vestigios en la Provincia. Varios ejemplares de encina común, o de carrasca, que es como gusta decir a las buenas gentes de nuestros pueblos, justifica en extramuros, a la vera del arroyo por el poniente, el origen del nombre que sella desde antiguo a esta curiosa villa.
La primera plaza de Carrascosa está dedicada a la reina María Cristina. Es una plaza solitaria y un poco pobretona; acorde con las plazas de algunos de los pueblos menores que hemos visto tantas veces al recorrer la Campiña. En el centro hay un mínimo jar­dinillo con bancos en los que cosen dos mujeres y les da conversación un hombre de mediana edad con cara de enfermo. Cuando intento sacar una fotografía de la plaza, el hombre con cara de enfermo me di­ce que el pueblo tiene poco que ver, que los fines de semana se duplica la población y que en verano aquello parece una feria.
- Contando con los ciento y pico de chalés que tenemos en la parte de abajo.
- ¡Tantos!
- Tantos; sí señor. Eso es como un nuevo Carrascosa. Aquí, en condiciones normales, no estaremos de hecho por encima de las cincuenta personas.
- En cambio da la impresión de que el pueblo es más grande, ya ve.
- El pueblo, que digamos no está mal, pero tiene poco público.
Una casona se adorna más adelante con ruedas de carro, varales ­pintados de colores chillones, un yugo de huebra con la frase escrita "LA CHOZA MI" y un molinillo, a imitación de los de viento, sobre la proa del tejado que queda mirando a la plaza. Las parras, como en tantos sitios más, agracian con fronda y de pámpanos las casonas inertes de Carrascosa.
Aquí, dicho sea muy en honor a sus habitantes, las calles están lim­pias y las viviendas son confortables y evocadoras. Un caballero con ma­letín me saluda muy atento junto al tejadillo de una tienda que dice "Comestibles Gil". La tienda, por extensión, debe ser de ultramarinos, estanco y no sé si alguna cosa más.
- Por lo que adivino, usted es el médico -le pregunto.
- No; soy del banco de Jadraque que vengo pagando a los pensionis­tas.
Se alcanza a ver a la salida del sol, una vez en las afueras, por enci­ma del altiplano de la primera Alcarria, el pueblo de Miralrío y, ligeramente al norte, el inconfundible crestón del castillo de Jadraque­ sobre la cima de su cerro cónico.
- Oiga señor, aunque esté mal preguntado ¿viene usted mirando los contadores?
- No señora; en Membrillera me preguntaron lo mismo. Yo no soy el que mira los contadores. Lo siento.
Poco más a la caída asienta la urbanización, el barrio de los cha­lés para el fin de semana. Uno lo mira detenidamente con cierto escep­ticismo y acaba por pensar que todo aquello está muy bien, que Carras­cosa no se merece menos: apeadero de ferrocarril, equipo de fútbol fe­derado, urbanización que habla de progreso, y el arrullo fresco del He­nares entre las choperas que hace fecundas las tierras y empapa de op­timismo, si pinta el naipe, el alma de los que viven en ellas.
La fuente pública viene a parar por detrás de la plaza, frente a los huertos, como si dijéramos por el camino de la urbanización o del segundo Carrascosa. La fuente arroja en la pilastra un chorro genero­so de agua fresquísima que a dos pasos del manadero se recoge en la alberca de lavar. Al favor de la tarde plenamente primaveral, cultiva en su huertecilla cercada un tablar de ajos el abuelo Mariano Gil.
- Por entretenerme un poco, ya sabe usted.
El abuelo Mariano Gil tiene puestos los pies en nuestro tiempo, mientras que la mente y el corazón volaron -pienso yo- a los verdes años de su juventud, allá por la década de los veinte.
- Yo no bebo vino, ni cerveza, ni cato siquiera la gaseosa, ni piso los bares. Con agua me apaño y me va muy bien.
- Agua de la fuente, supongo.
- De la fuente o de donde sea. Esa es un poco gorda, pero nunca se ha oído que le haya hecho daño a nadie.
- Pues, digo yo que aquí a la sombra se lo pasa usted como un marqués. Tiene de todo en el huerto y sin restricciones para el riego, ¿qué más puede pedir?
- Nada, unos cuantos años menos, que ya tengo ochenta, y que no nos falte el agua del lavadero, porque si no se van todos los huertos a tomar viento. Si viera las ciruelas que dan en su tiempo esos árbo­les, no se pueden comer de dulces que son. Los chicos se las andan comiendo, porque como no están mis hijos...
- ¿Se ha dado cuenta lo bien que se ve Miralrío allá en lo alto? Por lo menos cinco kilómetros en línea recta sí que hay.
- Claro. Estando la tarde como hoy, se ve todo. Si se fija bien, ahora está pasando un coche por la carretera de Jadraque.
- No me diga. Yo creo que no alcanzo a distinguirlo
- Pues yo sí, y con mis ochenta años, ya ve usted. Si tuviera la memoria y el oído como la vista, ya marcharía bien.
Abajo, muy cerca de nosotros, se aprecian todos iguales los chopos de la repoblación en la Fuente Vieja. El abuelo Mariano me explica que son muy jóvenes y que ya están puestos con maquinarias, que el terreno lo donó el ayuntamiento y que a él le parece que ahora perte­nece al ICONA.
- Por esa parte de arriba tenemos el apeadero del tren.
- Que debe de ser muy beneficioso para Carrascosa ¿no?
- Mucho, sí señor. Aquí con el tren tenemos combinación a cualquier sitio. Y no hay estación, pero se apea más gente que en muchas esta­ciones. Eso es por el personal que va y que viene a los chalés. En el invierno, nada.
- Cuando necesitan salir de compras ¿adonde van?
- Eso depende. Aquí tenemos dos tiendecillas que venden de todo; pero cuando hay que comprar carne, bebidas o cosas que aquí no hay, la gen­te suele acercarse hasta Jadraque.
El abuelo faena torpemente doblándose en los surcos cuando yo me voy. Trabaja con una legona que tiene además rastrillo en la misma pieza. El huerto, de terreno mullido y surqueras que prometen, se cubre con matas incipientes de alcachofas, de ajos, de patatas, de lechugas y de cebollinos. Con las ochenta primaveras acuestas que lleva la mar de bien, el abuelo Mariano se siente en su breve heredad de la Fuente más feliz que un rey en su palacio.
- Sí, señor; y que lo diga.­
- En la plaza hay un bar que está cerrado, y otro a la vuelta de una esquina, cerrado también. Al rato pasan por delante de mi una bandada de chicos en bicicleta, gritando como un ejército de indios en retira­da. La tarde, ya avanzada, se tornasola por donde la iglesia. Hacia el mediodía vigilan a Carrascosa unas cuantas colinas boscosas que tienen a los pies algunas casas de campo por donde ladran los perros. Me en­cuentro con una amable anciana debajo de la espadaña que me pone al co­rriente de que lo que se ve por aquella parte son robles y chaparros. A los altos fragosos del mediodía les dicen para su uso los cerros de Tejer.
- Oigas, señor, que se le ha caído un papel -me avisa el más pequeño de los dos chiquillos que bajan hacia el campo de fútbol.
- Muchas gracias ¿cómo te llamas?
- Me llamo Iván. Yo soy el hijo del alcalde. Este es un amigo.
- Ah, no lo sabía. Tanto gusto ¿Vais aquí al colegio?
- Sí, aquí tenemos escuela. Somos catorce o quince chicos.
- Pues no sabes cuánto me alegro. ¿Está tu padre en el pueblo?
- Ahora no. Yo creo que está por la sierra.
Seguido a la iglesia hay una calle de casas nuevas toda ella, achaletadas, con verjas y jardines plantados de abetos, de pinos recenta­les y de cipreses. Al pie de las verjas crecen las yedras y las flores de lis. Los veraneantes de Carrascosa -sin haberme acercado siquiera hasta la urbanización- se ve que son inteligentes, gente con sentido del gusto y una idea bastante exacta de lo práctico.
Cuando, más bien por razones de tiempo, uno abandona Carrascosa, en­filando a contraluz con el sol puesto el camino de vuelta, piensa que el que acaba de dejar es un pueblo urbanísticamente complicado, bello como pocos, una vieja villa de hortelanos y de labradores rendida casi por completo a la invasión de la modernidad que en ese lugar, en una de las riberas más apacibles de nuestro mapa provincial, encuentra la calma que al parecer prefieren los hombres de hoy.

(N.A. Mayo, 1986)