martes, 24 de febrero de 2009

CILLAS


Cillas. Uno lamenta en la mas profundo de su alma de viajero, que sea Cillas el último lugar molinés que le faltaba por recorrer de lo que bien pudiera llamarse la comarca septentrional del Señorío. Es temprano aún a pesar de las distancias. En los aledaños de Rueda hay m agricultor quemando rastrojos en una finca cercana al camino. Con su horquilla al hombro y envuelto entre los humos y las llamas de aquel simulacro del averno, el campesino de Rueda se parece en perso­na al mismísimo Satanás.
El pueblo de Cillas destaca al fondo por la carretera de Embid como un cogollo de viviendas blancas, coronado por el agudo chapitel de la iglesia, donde una crucecita de forja se desmaya a los claros encendidos de la mañana. El teso del Castillo, donde está la iglesia, debe de ser un mirador interesantísimo sobre las parameras y los bajos trigueros que cercan a nuestro pueblo en muchos kilómetros a la redonda. No veo a nadie. Las máquinas abandonadas de los viejos labradores, ponen una nota de mayor tristeza al pueblo moribundo que tan sigi­losamente me recibe. El cerruco de la Loma queda tras de mí silencio­so y áspero, dispuesto a invernar cuando llegue el momento al abrigo de su adusto tamo de tomillares. Pienso que sería una pena haber mal­empleado el viaje por falta de alguien con quien pasar un rato de conversación después de tantos años de caminar, casi de vida errante; no es la primera vez que esto sucede. Al final todo se arregla.
De uno de los troncos de chopo de la carretera asoma al final un hombre anciano. Se ve que el señor estuvo atento a la llegada del fo­rastero. Las gentes de estas tierras son así, uno lo sabe, suelen sa­lir a ti a cuerpo limpio sin que uno los busque.
- Buenos días, buen hombre.
El tono aragonés de los viejos molineses me resulta grato y fami­liar. Creo que forma parte de su encomiable manera de ser. Cuando le digo que Cillas da la impresión de estar muerto, que no debieron de­jar marcharse a la gente, me responde sin elegir la mejor respuesta con la fra­se más adecuada, ninguna mejor.
- ¡Mira éste, no los vamos a tener atadicos del ramal pa que no se escapen!
- Ya deben ser muy pocos, por lo que se ve.
- Cuatro vecinos nada más, ¿qué le parece? De todos los que vivi­mos en el pueblo, el más viejo soy yo. El día tres de diciembre me pongo encima los ochenta y cinco.
A don Francisco Moreno le fallan las piernas me ha dicho. El hom­bre es bajito y va muy limpio. Viste boina y lleva garrote a1 andar para apoyarse como un tercer pie. Como es soltero, don Francisco me habla de los campos y de la labor como algo sin importancia, como si le pasara de lejos.
- Ya se lo dejé a los sobrinos. Las haciendas se han ido vendiendo a los de fuera. Lo cultivan casi todo los de Cubel y los de Tortue­ra que son unos pueblos ricos. Nosotros muy poco.
Los hijos de Cillas apremiados por el fenómeno de la emigración lo hicieron a Madrid, a Zaragoza, y algunos a Valencia y a Barcelona. Años después, cuando a las cosas se les dejó reposar pasado el impulso inicial de la huida, las cenizas de aquella desbandada son aquí como en tantos lugares semidesiertos de nuestra provincia, un montón de nostalgias, de añoranzas y de escombros. La Historia juzgará. Bien que mal, en Cillas les queda como testimonio de su pasado un campo que da, un pueblecito simpático con remotos aires de añosas nob1ezas, un campanario que vio nacer a tantos de los que se fueron y llorará su muerte, y una fuente hermosa.
- La fuente se hizo cuando don Calixto, el resinero. Era yo zagal por aquellos años. Al meter el agua en las casas, sólo funciona un caño para los animales.
- ¿Tienen animales?
- Sí, las palomas y un hatajo. En tiempos, hubo casi tres mulas en cada casa; ahora con los artes no queda ni una. De los pueblos majicos en pequeño, este era uno.
La fuente pública es alargada por el pilón. Tiene monolito y abre­vadero de losas de piedra aunadas con grapones: "Don Calixto Rodríguez y el pueblo de Cillas.1911”. Una chapa de porcelana se ve por encima descascarillada a tiros de rifle.
Para entrar al pueblo de hecho es preciso caminar cuesta arriba. En una casa enca­lada hay una piedra de sobredintel con la fecha 1794, frente a ella, en otra sin habitar, reluce al sol una imagen sobre azulejo con la fi­gura de San Antón y la leyenda: "S. Antonio Abad, devoción de Juan Mar­tínez".
Aquí vinieron al mundo a lo largo de la dilatada historia del vie­jo Cillas, varones ilustres cuyos nombres quedaron inscritos para siempre en los anales más gloriosos del Señorío: don Juan López Malo, caba­llero de Alcántara, y don Juan López de Cillas, alcalde de Molina, en el siglo XV; los capitanes don Gregorio y don Alfonso Martínez Malo, y el oidor de Santa Fe, don José Joaquín Martínez Malo, a mediados del siglo XVIII, todos ellos pertenecientes a una misma familia.
A la casa de doña Juanita Galve, la señora de Teléfonos, se va por calles sin arreglar y con mucho silencio. Uno tiene necesidad de llamar por teléfono a un antiguo conocido de Tortuera al que hace una docena de años que no ve. Para saber noticias del amigo, que al final no está en Tortuera, son precisas dos llamadas a distintos números. A la hora de las cuentas doña Juanita me pide una cantidad que se me hace extra­ñísima.
- Son seis veintidós.
- ¿Cómo?
- Sí, seis pesetas y veintidós céntimos.
- ¿Cada una?
- No señor. Cada una son tres pesetas y once céntimos. Lo que le digo es el importe de las dos llamadas.
- Ah, pues si no tiene inconveniente tendré que darle diez, y además las gracias. Digo que con el teléfono le molestarán poco.
- Poco; pero bastará que te vayas un minuto para que en ese momento suene el teléfono. Esto ata mucho.
- Serán frías en invierno estas tierras de Cillas, supongo.
- Mucho. Hay días que, cuando friegas el portal, el agua de la fregona se va convirtiendo en hielo al tocar el piso. Estamos acostumbrados.
El abuelo Eusebio es corto de vista. Me ve pasar por delante y no debe haberse enterado bien de quién soy y cuál es el motivo de mi viaje. El abuelo Eusebio se aburre soberanamente sentado al sol en el poyo de un viejo palacete con escudo de armas en la fachada y una fecha con la que me quedo perplejo al leer. Dice: MCD (1400). De ser así, pienso que se trata de la fecha escrita más antigua que he visto marcada en cualquier pared de la provincia, excepción hecha de la que se deja adivinar en Santa María del Val de la villa de Atienza que, si mal no recuerdo, tiene escrito 1140.
- Pues mire, ahí está. Debe ser de cuando los señores de antes.
Entramos por una portada de sencillo arco fechado en 1762.
- Ya lo ve. A la iglesia lo que le falta es un buen retoque. Los te­chos y las paredes están muy mal. No hay quien nos dé un duro para ello. Cuando estaba bien, esta iglesia era gloria bendita, ya lo creo.
El retablo mayor es de buen dorado y sostiene unas cuantas imágenes no demasiado afortunadas, pero que conservan intacto el carisma de ha­cer vibrar las devociones de quienes las vieron desde niños. Un San An­tonio, una Asunción, y un santo obispo que no somos capaces de recono­cer, constituyen lo más característico de su arte en imágenes. Otros retablillos menores ostentan sus viejas tallas que, sin duda, tiempo hubo en el que cada una contaría con su propia fiesta local: el Niño de la Bola, la Virgen del Rosario y un Santo Cristo de viejísima talla. Un lienzo deteriorado muestra a los visitantes la estampa de San Antonio Abad, inconfundible y de respetable tamaño.
- Antiguamente era mucha fiesta el día de San Antón. Se pedía por las casas, se hacía una merienda y por las noches buenas hogueras. Ya, nada.
- ¿Cuál es el patrón de Cillas?
- San Pedro. Tenemos dos: aquel más viejo, y este otro que tiene us­ted aquí. Para San Pedro aún hacemos fiesta, vienen los de fuera y la gente se suele divertir bastante.
La imagen de la Concepción que tienen a la izquierda del altar, acomodada sobre su peana, merece mención aparte. Procede de una ermita cercana dedicada a la misma advocación, y que se debió de construir sobre ­otra más antigua enraizada en tiempo de los visigodos. Se dice que la referida ermita fue la parroquia de un pueblo llamado Torremochuela, despo­blado hace ahora 400 años. La imagen de la Concepción, traída de allí, por supuesto que no es la primitiva, sino otra posterior del siglo XVIII, se­guramente de cuando se reedificó la ermita. Del primitivo edificio se hace referencia en el famoso "Fuero Juzgo" de tiempos de Recesvinto.
- Yo tampoco se lo podría aclarar si es la primera o no -dice doña Ángela-. Lo que sí es cierto es que era una imagen muy bonita, una Vir­gen muy guapa, pero la restauraron y no acertaron con el color, quedó peor que estaba, para mi gusto.
- ¿Por qué no la tienen en su ermita?
- Pues porque se está hundiendo. Pedimos para arreglarla, sí; pero no nos dan.
Dos laudas sepulcrales se ocultan disimuladamente en el trascoro. La complicada lectura de estos venerables epitafios que cubren los res­tos mortales de algún caballero o clérigo importante del lugar, nos aclara que los enterramientos corresponden a los nobles señores don Pe­dro Martínez Amerno, muerto en 1676, y a don Francisco de Utrera, que falleció en 1639.
­- Las hemos visto tantas veces, y nunca se nos ocurre leer lo que pone.
Concluyo mi visita a Cillas desde el cerro del Castillo, luego de haber observado de paso los olmos muertos de la Plaza del Ayuntamiento -muerto también- junto al solitario frontón de pelota. El campo desde el cerro del Castillo es una completa lección en el libro abierto de la geogra­fía molinesa. Separados por campos de rastrojo se dejan ver a un lado y a otro, al noroeste y al sur, los pueblos de Tortuera y de Rueda de la Sierra. Aquí, ya casi a nuestros pies, vigía permanente de caminos y sello de sólida fe, el pairón de la Virgen del Pilar a la que salu­daron siempre al pasar por delante los viajeros y los labriegos, fervorosos por razones de sangre, a la Patrona de Aragón y Señora de la His­panidad. El celaje se ha hecho en las tierras rayanas, a eso del medio día, de un lindo raso azul.

(N.A. Octubre, 1986)