miércoles, 25 de febrero de 2009

CINCOVILLAS


No siempre que en este quehacer uno se pone en la carretera con dirección a cualquier pueblo de la provincia sabe a ciencia cierta a qué va, ni siquiera confía a veces de que haya una sola posibilidad de cum­plir, de una manera más o menos elegante, con su cometido de cara a usted, amigo lector. Aunque siempre me gustó contar con los valores indiscutibles de tanta buena gente como queda por ahí, curtiendo sus caras y sus vidas con aires limpios y soles de cada día, la mañana que salí para Cincovillas debo confesar que iba provisto de los peores an­tecedentes. No me importaba lo que hubiera podido ser la mejor o peor condición de sus cuarenta habitantes, no; temí que, dado el carácter laboral de la fecha, no encontrase a nadie disponible para pasar siquiera un ratito de conversación al sol de cualquier esquina.
Dejando atrás la desviación que, desde la carretera de Soria, parte para Atienza, un rebaño de ovejas carea al pie de las peñas que por aquí llaman de Rodrigo Díaz, mientras que el pastor, tapada la cabeza en su manta de cuadros, vigila más bien despreocupadamente desde su mirador entre las rocas. Poco después, Cincovillas.
El pueblo tiene una entrada bonita, optimista; una entrada que no se corresponde con el resto de lo que Cincovillas es. A nuestra izquier­da, que es también la de la carretera en el camino de ida, interesa el viejo señorío de una casona, en cuyo frontal se lee grabado sobre la plancha de piedra: "Parador de S. Vicente. 1856".
-¿Qué es esto?
-Esto fue un parador hace muchos años. Cuando las ferias y los tiempos de los carros, la gente paraba aquí. Antes, el parador era toda la casa, pero han hecho ahora varias viviendas.
Junto a la carretera descansa un tractor a la sombra bajo el teja­dillo de entrada en una ermita que, como tantas otras de la provincia, está dedicada a la Virgen de la Soledad. Allá, al otro lado de un mon­tículo de tierras blancas, se destaca inconfundible la imagen en piedra noble del castillo de Atienza, como una nave que se hubiera impuesto la obligación de navegar de por vida sobre los campos de Castilla.
En realidad, Cincovillas tiene una sola calle, pero muy larga. A mitad está la iglesia parroquial que, incendiada en el 36, los vecinos se encargaron de reconstruir en solo dos años. Una iglesia de la que no quedó nada ni tiene nada.
-Mire: esta puerta atrampada con piedras es la puerta del diezmo. Por aquí se metía antiguamente la décima parte del trigo, de las ovejas, de todo, y se daba como donativo a la Iglesia.
-¿Usted lo recuerda?
-No; yo, no. Yo se lo he oído contar a los viejos.
-¡Ah, claro!
Don Serafín García, que habla de los viejos desde cierta distancia, me dijo que había estado en el Servicio en el año veinte, y que lo pasó muy bien en el Cuartel de la Montaña, de Madrid, donde sirvió al rey con un año de retraso.
-De lo que sí me acuerdo es de cuando enterraban a la gente aquí, en el patio de la iglesia. Aquí hay muchos enterrados que yo conocía. Calle arriba, y cerca ya de las últimas casas del pueblo, donde está el frontón de pelota, tomaban el sol un grupo de personas; yo pienso que entre hombres y mujeres eran un puñado considerable del total de sus habitantes, sentados en los poyos de una casa orientada a la solana. En el grupo se encontraban don Paulino Rodríguez y don Isaías Rodrí­guez, alcalde y concejal, respectivamente.
-Aquí, el problema mayor lo tenemos en las calles, que es nece­sario arreglar cuanto antes. Cuando llueve mucho, esto se pone impo­sible; pero como el Ayuntamiento no tiene ingresos, así están. Yo creo que se nos debería ayudar un poco. También es un inconveniente la escasez de agua, porque cuando llega el verano y vienen los de fuera, algunos años lo pasamos mal.
-¿De qué se vive en el pueblo?
-Se vive del campo, sobre todo del cereal, mayormente. El trigo y la cebada es lo que más se da, y para el caso lo empleamos todo como pienso del ganado. Al que le sobra algo, lo vende; pero ya digo: casi todo va para el ganado.
-¿Tienen muchas ovejas?
-No, no hay muchas. Habrá unas seiscientas, y veinte vacas, poco más o menos.
-¿A qué dedican sus ratos libres?
-Cuándo es fiesta, la gente juega a las cartas. Antes, los más jó­venes jugaban a la pelota, a las chapas, se organizaban buenas partidas de barra; pero todo eso, al no haber jóvenes se ha perdido.
Don Isaías me habló de las costumbres que se dejaron pasar.
-En los buenos tiempos del pueblo se hacía un árbol que las chicas sacaban en procesión por las calles el domingo de Pascua. Se colgaban cintas del pelo de las mozas, roscas que se preparaban el día de antes, naranjas y limones. Luego se subastaba todo después de la misa y había año en que se remataban más de ochenta roscas.
-¿No tienen miedo de vivir aquí tan pocas personas?
-No; no tenemos miedo. ¿A qué?
El comedor de don Paulino Rodríguez, donde pasamos parte de la conversación, es sencillamente acogedor y limpio. Las estampas enmar­cadas de "El aguador de Sevilla", "El príncipe Baltasar Carlos" y "La maja vestida", nos hablan de que en aquella casa se le tiene veneración a Velázquez ya Goya, dejando a un lado los cromos tradicionales de paisajes románticos y damiselas cupletistas que pasaron a mejor vida. -Los niños van al colegio a Atienza. El sacerdote viene de Paredes. El médico viene los lunes desde Atienza, y el secretario también es de fuera. Así que aquí, aunque estamos bien atendidos, no somos más que nosotros solos.
Bajamos hacia la carretera hablando y lamentando el injusto aban­dono de estos pueblos, que un día, según su joven alcalde, se tienen que acabar. Conocí a don Gaudencio García, que también es teniente de alcalde y tiene una casa muy cuidada y muy antigua, pues, marcado en la pared con piedra, que después de la restauración dejaron a la vista, se puede leer una cifra que casi nos pone dos siglos atrás: "1804". Alguien, al salir del pueblo, me dijo en el capítulo de las despedidas que hiciera lo posible para que las autoridades conocieran su necesidad urgente. Creo que con esto he cumplido mi misión. Así es; Cincovillas, como otros tantos pequeños lugarejos de nuestra tierra, siguen viviendo con su honradez y con su conformidad innata al margen de todo, des­prendidos, olvidados; de ahí que uno se sienta hoy satisfecho y, en cierto modo, feliz por haber podido hacer, dentro de lo que le es po­sible, protagonistas de la actualidad a quienes desde su más riguroso anonimato quieren y deben ser partícipes de lo bueno y de lo menos bueno en esta sociedad de todos.

(N.A. Mayo, 1980)