sábado, 21 de febrero de 2009

CHECA


Sin que antes hubiera podido contar con una información más o menos exacta de lo que es la villa de Checa, la primera impresión resulta para el viajero demasiado impactante como para no pararse a gozar anonadado, en místico recogimiento, de aquella explosión natural de bellezas que el pueblo pone ante los ojos. La elegancia arquitectónica de la casa-cuartel, una fábrica de maderas que ruge despiadada, desprendiendo un fuerte olor a pino tronzado, y la ermita blanca de la Soledad, nos abren de par en par las puertas del pueblo al que se entra, una vez atravesado el puente entre los chopos, bajo el que corren claras como la mañana las aguas del Cabrillas.
La calle Mayor sube paralela al río. Es una pintoresca avenida, con patos blancos que se refrescan a la sombra entre los puentecillos por donde se entra a la zona noble. Checa es una provocación que muy pocos, pienso que ni sus propios vecinos, han sabido valorar. El embrujo cargado de romanticismo de sus rincones escalonados, la prestancia de sus casonas enrejadas que culmina con el palacio de los marqueses de Clavijo, la admirable pulcritud de sus calles en cuesta, nos llevan a parar como en volandas a la Plaza Mayor, donde, con el sonar constante de una cascada, el visitante se pierde en los recuerdos, se adormece ante los monumentos que la conforman: el Ayuntamiento y la casa blasonada de los Pelegrín.
Por la Plaza Mayor y por alguna de las calles adyacentes de la Checa Alta, los niños desaparecen y vuelven a aparecer por las esquinas montados en bicicleta. Niños y niñas de la sierra o de la ciudad que disfrutan a placer en las horas, siempre pacíficas aquí, del fin de semana. Niños y niñas de Checa que se llaman como todos los niños: Lolita, Andresín, Javier o Rosamari.
- ¿No ha probado usted el agua de la fuente?
- Sí que la he probado. Es un agua muy rica.
- Si se asoma donde estoy yo se ve la cascada. Todos los que vienen le hacen una foto a la cascada.
- Yo también la haré. Gracias por el aviso. ¿Qué río es éste, Rosamari?
- Este río creo que se llama Gil de Torres. Allá abajo hace otra cascada; luego se junta con el Cabrillas, y se acabó.
- ¿Sabes que tenéis un pueblo muy bonito?
- Pues para la fiesta es aún más bonito. Como San Bartolomé es en agosto, no hay escuela ni nada. Aquí en estos arcos están las escuelas, y ese es el Ayuntamiento.
- ¿Cómo se llama la plaza que hay detrás?
- No lo sé. Le dicen la placeta de don Evelio.
A Rosamari Sánchez Arrazola, mi jovencita amiga de Checa, la perdí de vista con la misma rapidez con la que la había encontrado. Luego volvió a aparecer para enseñarme el magnífico rincón natural que ofrece el pueblo desde los muros de la iglesia, de cara al cerro Picorzo.
- ¿Sabe cómo se llama este barranco?
- Pues no lo sé.
- Pues se llama el Barranco.
- Ah, claro. Ni me lo hubiera podido imaginar si tú no me lo dices.
- Por aquí nos venimos a jugar en los columpios mientras el recreo.
Deambulando por las casi desiertas calles de la villa, ya entrado el medio día, uno se da cuenta de que Checa es un sedante, un refrigerio para el cuerpo y para el espíritu. A la sombra de sus fachadas, donde las flores y la luz pugnan por tomar la primacía, rompiendo a cada instante la monotonía de andar y ver con la filigrana de un nuevo rincón, el murmullo de las aguas arroyo abajo es una delicia que cala hasta los pliegues del alma. En una de estas plazuelas que aparecen a la vuelta de cualquier esquina al otro lado del río, descansa sentado a la sombra un hombre solitario, un hombre acostumbrado a conversar con la naturaleza a cualquier hora del día.
- A mí me gusta venir aquí –me ha dicho. A esto le llamamos el Tiro de Barra. Cuando sales por la mañana lo primero que ves son las montañas, o las cabezas de piedra del Barranco, o los pinos en la Peña de los Claveles. Y si quieres, las cataratas también las ves.
-¿Usted ha vivido aquí siempre?
- Para el caso, siempre. De pequeño nos fuimos al carbón a Huesca, allá cerca de Boltaña en el Pirineo. Antes se iba de aquí mucha gente, pero volvíamos pronto.
- ¿Es Checa un pueblo rico?
- Antes sí que lo era, por lo menos eso se ha dicho siempre. Ahora lo que se dice es que no hay perras. No sé.
- ¿De qué vive la gente?
- Del ganado, y si se saca algo de la madera. Los jubilados somos una caterva; entre hombres y mujeres más de setenta.
- ¿Le gusta su pueblo, señor Saturnino?
- Mucho. Me gusta mucho, no faltaría más.
Checa, como estrella perdida en aquel escondite de la sierra, contempla con porte altivo su noble ascendencia medieval, sus lejanas ferrerías, y con manifiesto orgullo recuerda también a sus hijos ilustres, cuyo recuerdo queda pendiente de la Historia. En estas casonas nobles vieron la luz entre otros don Francisco López Pelegrín, diputado en las Cortes de Cádiz, el venerable franciscano Fray Pedro de Checa, y el ministro de gracia y Justicia, presidente después del Consejo de Ministros, don Lorenzo Arrazola y García.
Tres perros me ladran a la vez en un siniestro desconcierto por la calle de Los Molinos. Perros obcecados que no aciertan a ver la buena intención del que llega nuevo, ni comprenden siquiera el efecto pacificador del lenguaje amable.
- ¡Cuchos! ¡Qué asquerosos de perros! –les grita una buena mujer. No hacen nada, pero asustan al que pasa. todo el día tenemos que estar mi hija y yo de pregoneras con los dichosos perros. Y que no puede ser.
Doña Carmen estaba barriendo un pequeño jardín, un minúsculo edén a la puerta de su casa.
- Pues esto no es nada. Usted no sabe cómo le ha dado a la gente por hacer casas. Si una hermosa, la otra mejor.
Muy cerca de la placeta que allí dicen de Marimala, en la calle Alta del Río, está el casino de Checa. El casino pertenece a don Victoriano Arauz, que a la vez que lo atiende saca tiempo para jugar la partida con sus clientes. El casino es a esa hora un establecimiento tranquilo, muy cómodo, de cargada atmósfera, en donde los checanos de mas edad pasan el tiempo jugando a las cartas, al dominó, o dando una cabezadilla junto a la taza de café a medias de consumir.
- Pues sí señor. Aquí se está muy bien. ¿Dónde mejor vamos a estar? Nos jugamos nuestro café sin meternos con nadie, y a tirar.

Después de algunas horas de ver y andar por cada una de sus calles, decidí concluir la visita al pueblo con un paseo de relax por los alrededores. El descenso por la escalinata de los Barrusios nos pone ante los ojos el paisaje encantado de las hoces de cuenca. Hay casitas escondidas por debajo de la peña rojiza y figuras erosionadas de viejos gigantes, que se yerguen como centinelas mudos vigilando desde su puesto en las alturas la plácida serenidad del Barranco, del Bosque y de la Peña Rubia, parajes pintorescos que ven bordeando por el poniente el terreno de una extensa concha plantada de hortalizas, donde los campesinos de Checa trabajan en silencio. En el mismo vallejo junto al arroyo, un hombre va colocando uno tras otro los ladrillos sobre la pared de un almacén. Es un señor de sencillas manera, de trato amable y de abierta conversación. Se llama Isaac Arrazola. Más tarde supe que pese a su sencillez manifiesta, a su amabilidad y a su apertura con el desconocido, don Isaac era el alcalde del pueblo
- Qué; dando una vueltecilla por aquí –me dice.
- Sí señor. Disfrutando un rato también de todo esto.
- El pueblo es bonito. Lo dice todo el mundo. Lo peor es que se han ido muchos.
- ¿Qué población queda en Checa?
- Unas seiscientas personas, si es que llegamos.
- ¿En lo económico?
- Bien. No vamos a decir que seamos todos millonarios, pero la gente en el pueblo se va desenvolviendo bien.
- Y de bosque, que siempre es una ayuda, ¿Cuánto tienen?
- Pues sí que es una ayuda, para qué vamos a decir lo contrario. En el Monte Espineda habrá 630 hectáreas, en el de Tarjado me parece que son 150, y en el Villarejo unas 2.000.
- ¿A qué se debe que todo el mundo hable por aquí de las fiestas de Checa?
- Pues eso sí que no lo sé. Lo que sí puedo decir es que en el pueblo nos juntamos esos días unas tres mil personas, si llega el caso, y que la gente se lo pasa de primera.
- ¿Hacen algo en particular que no se haga en otros pueblos?
- Yo creo que son los toros. El 25 de agosto tenemos dos toros para novilleros profesionales, y al día siguiente, cuatro o cinco vaquillas, que las corremos por las calles y luego se guisan en cacerolas por los pinares de la Espinada; nos las comemos, se hace baile con la banda de música de Masanasa, que lleva viniendo treinta y cinco años, y ¿qué quiere que le diga?, todo eso le gusta a la gente.
Checa, el bello pueblo de la sexma molinesa de la Sierra es así, o por lo menos así me lo pareció en una tarde que quedó bien grabada en la memoria. Hoy permanece en el recuerdo como un paraíso enclavado allí, lejano, inamovible, solo para los suyos, para orgullo y solaz de aquellas buenas gentes, y un poquito, si cabe, para añoranza de periodistas andariegos y de fácil enamorar.

(N.A. Junio, 1981)