lunes, 16 de febrero de 2009

CENDEJAS DEL PADRASTRO


Carretera de Soria adentrándonos en el corazón de la Castilla que cantó Machado e hizo meditar desde la universitaria Salamanca a don Miguel de Unamuno. Sol desvaído y mañana triste que llama a cierta distancia a las puertas de la Navidad. Castilla la nuestra, Castilla en­ cueros, ocres opalinos de tierra en la barbechera donde sudaron nuestros padres y hoy rugen las máquinas de motor potente. A nuestra izquierda el cami­no que desemboca en el barranco donde esta el santuario de la Virgen de Valbuena, en dirección opuesta los Cendejas, como difuminados en el gris de la mañana oscura. Los Cendejas son tres: el de la Torre, que asoma al mediodía más allá sobre el espinazo de un otero; el de Enmedio, siempre florido y veraniego con su campanario inmenso donde mi amigo Tomás pone a punto a diario el reloj de la torre; y, finalmente, el del Padrastro , el más pequeño de los tres y quizá el menos afortuna­do, con sobrenombre -alguien me lo explicó alguna vez- que tiene que ver con una herencia legendaria de la que nadie hoy ata cabos seguros y fidedignos. Una carteleta an­tes de llegar anuncia “barro". Hoy, por fortuna, no lo hay.
Cendejas del Padrastro, por situación, viene a ser como un mira­dor sobre la vega de Tolar. Me gusta. Contemplar de llegada las tierras muertas que tantas veces vi, ahora ateridas por los hielos. Abajo, el abuelo Santiago se afana sacando filo a las tijeras de esquilar en una piedra, con las que adecentar de un momento a otro el rabo de su borriquilla. El animal aguarda sacudiéndose las orejas junto a una tinaja de la que salen espadas de pita. Más hacia la vega se ve malamente una cruz de piedra al borde de una curva.
- Allí es que mataron a uno.
En Cendejas del Padrastro, salvando excepciones, las casas son viejas y las calles pinas y descarnadas, de canto y tropezón como alguien ha dicho. Al decir de sus vecinos son la iglesia y el cemente­rio los que se llevan la palma en cuanto a su lamentable estado, por lo que supone, entre unas cosas y otras, una papeleta de solución di­fícil cada vez que a cualquiera se le ocurre viajar a la otra vida estando las cosas como están.
- La iglesia, nada. Puede subir a verla. Ya llevamos cuatro años que no se usa. Dijo el aparejador que había peligro para las personas y, desde entonces, se viene diciendo misa en la escuela de chicos.
- Que tampoco la utilizarán como escuela, supongo.
- A ver, si no hay niños, ni maestro ni nada, para qué se quiere. Subo bien acompañado hasta la solana donde está la iglesia. Por fuera el aspecto es inmejorable. Hay para entrar un rústico portale­jo con cubierta, que tiene en uno de los muros una piedra de alabastro con buen relieve. La iglesia es recogida por dentro; tiene una sola nave y sacristía al lado de la Epístola. Al ceder el paredón, fallaron las nervaduras del techo y ofrece muy poca seguridad. Luego, el tiempo y el desuso se van encargando de roer las paredes y de convertir en ruina muros y pavimentos. El retablillo mayor es de ta­bla vulgar, malpintado, víctima como lo demás del abandono.
- Pase a la sacristía. Los santos los tenemos ahí.
-Sí, las imágenes están sobre la repisa de la cajonera como reco­gidas por limosna, tapadas de polvo. Una imagen de la Dolorosa, otra que subieron de Valbuena, una Resurrección y un San Isidro Labra­dor con los bueyecillos desmandados.
-El Santo Sepulcro es muy hermoso. Lo tenemos aquí en el suelo. No hay derecho, ¿verdad usted? A nosotros nos da todo esto mucha lástima; pero es que nadie nos hace caso.
Emiliano, Juanjo, doña Victoria Marlasca y la señora Aurelia, compartieron conmigo los minutos de indignación y de impotencia rodeados de aquellas ruinas en perspectiva. El señor Emiliano es un hombre pequeño y muy servicial, que cuando las musas le son propicias escribe versos. Juanjo es bastante más joven, ahora quiero recordar que llevaba barbas, es uno de los dos muchachos que quedan en el pueblo.
- Ahora aún somos treinta y cinc o cuarenta, pero a la vuelta de unos años aquí no queda ni señal.
Por la Calle de las Eras nos dejamos atrás la espadaña y las tres campanas que sostiene. Hay casas emparradas y paredones revestidos de yedra. Al sur, se ven como difuminados los llanos de la Alcarria.
- Por aquí, si se fija bien, hay tantas viviendas hundidas como en pie.
La comisión en pleno que me acompaña se va alternando al hablar pa­ra explicarme que el patrón de Cendejas es el Apóstol Santiago, y que luego celebran también las dos romerías al santuario de Valbuena, al que iremos después. Enseguida, estaremos junto al cercadillo derruido del camposanto.
- ¿Qué le parece?
- Muy mal. Qué quieren que les diga. Los muertos se merecen un poquito más que lo que aquí tienen.
- Pero ya se lo hemos dicho a usted, que es que no nos dan un duro para arreglarlo. El que cobra lo de las sepulturas es muy justo que lo arregle, ¿No le parece?
- Yo creo, y no se deben molestar por eso, que tienen razón; pero también creo que con cuatro hombres colocando las piedras en su sitio, una encima de otra y un poco de cemento, esto quedaba listo en cuestión de tres mañanas. El cementerio es una cosa muy seria.
- Pues sí -me dicen-, pero como al invierno le dé por llover, se vie­ne todo abajo. A la primavera no llega.
Limpias lápidas de mármol, cruces floreadas de estupendo herraje, un ci­prés en cada rincón y algunos matujos de cementerio, esperan que las voluntades de los que aún viven se afinen, y vuelvan con una pizca de empeño y de sentido común las cosas a su ser sin la menor demora.
- Claro que sí, eso es lo que decimos nosotros. Aquí se meten las cabras, los perros y el lucero del alba.
Doña Victoria, Juanjo y la señora Aurelia nos dejaron después. Emi­liano y yo nos queremos escapar en un instante hasta la ermita de Valbuena y regresamos a tomar el coche en la cuestecilla de las afueras donde lo dejé al entrar.
Al bajar pasamos por la plaza. La plaza de Cendejas del Padrastro no es la plaza convencional, luminosa y extensa, como tantas que conocemos en otros pueblos. Desde la plaza se accede a los descampados yermos, en donde hay un automóvil muerto y una máquina de segar abandonada y comida de orín. Más allá se ven, no lejos, la dehesa y el monte.
- Esta de más abajo es la Calle Real. Es la única calle que tenemos un po­co arreglada.
Don Evaristo Bravo me saluda junto al pretil de la iglesia. Don Evaristo es un señor muy simpático que usa lentes para leer, y lleva la "Nueva Alcarria" debajo del brazo. Al principio no me reconoce, luego sí.
- Pues mire, cada día me leo una página. Separo la hoja, me la echo al bolsillo, y me salgo a las afueras a leer cuando hace sol. Cuando hace frío me la leo en mi casa al pie de la lumbre. Empiezo por lo del señor Belinchón, ese que va por los pueblos, y luego sigo con las prédicas del señor Salvador Embid.
- Ah, pues muy bien. Al primero de los dos que ha dicho no le haga mucho caso, porque ese no pisa los pueblos y a mí me han contado que es un tío tonto.
- ¡Pero coña! No me diga que es usted.
La señora Francisca Martín, la señora Paca, vive en Cendejas, pero se ha pasado media vida en soledad como ermitaña del santuario de Val­buena. La señora Paca, viejecita ya, es una de esas buenas mujeres anónimas de los pueblos, resignada, amable y rezadora.
- Mucho; eso sí señor. Treinta años me pasé de ermitaña con la Vir­gen cuando vivía mi marido. Se le tiene mucha devoción por todos estos pueblos. De cuando en cuando vienen autobuses con gente, y para las romerías aquello ya es el no va más.
La ermita viene a caer a medio kilómetro escaso de Cendejas del Padrastro, al otro lado de la carretera de Soria. Es un edificio situado en el hondo, só1ido, muy grande y cargado de historias. Por su aspecto exterior, se debió de levantar en el siglo XVII, aunque en la fuente mural de la pra­dera se lee 1949 por encima del caño.
- Eso es que no tiene nada que ver -aclara Emiliano-. La fuente se ha hecho, para el caso, hace cuatro días. Más abajo hay otra, con agua todavía mejor.
La ermita, y su entorno de prados y arboledas, es el sitio ideal para romerías y fiestas de amistad o de familia. En el barranco que tiene al pie fue preciso talar los troncos secos de los olmos que sucumbie­ron con la enfermedad. El aspecto así cambia bastante, queda un tanto desolador. Emiliano me lo comenta con pena.
- Yo Soy quien lleva un poco la cosa esta de los preparativos Cuando las romerías. Aquí hicimos unos hoyos donde se colocan las cruces de los veinte pueblos vecinos que vienen a la fiesta. Ahí, en medio de las cruces, se pone a la Virgen como en un altarcillo que le preparamos.
La fachada principal está asegurada con contrafuertes. La puerta principal de entrada cierra en arco, aunque, por lo general se entra a través de la que tiene atrás, montada de hierro y barrotes para que los fieles puedan ver todo desde fuera. Por las tierras bajas suena bronco el motor de un tractor.
- Tenemos dos romerías: una el último domingo de mayo, y la otra para la Virgen de Septiembre.
Noto que Emiliano García López, mi generoso acompañante al santua­rio, arde en deseos de contarme algo que le cuesta trabajo soltar. Me dejo querer, le tiro de la lengua y al final se dispara.
- Es que yo hago poesías a la Virgen. Si quiere le recito alguna, o todas, usted verá.
- Muy bien. Pues nunca mejor que aquí, donde nadie nos escucha.

"En Zaragoza el Pilar,
en Madrid es la Almudena,
Montserrat en Barcelona
y en El Padrastro Valbuena”.

- Estupendo. Puede contarme más. Esa me ha gustado mucho.

"De Madrid y de provincias
también vienen autocares,
sin contar cientos de coches
que llegan particulares."

-Claro, y así lo va usted contando todo, tan rebién.
-Si señor, le puedo contar la romería entera. Al final acabo con ésta:

"Eres el Sol de los soles,
eres estrella y lucero,
eres la Madre de Dios,
eres la Reina del Cielo”

-Yo creo que ésta última es la más emotiva.
- Yo también lo creo así.
La nave de la ermita es en su interior hermosa y muy limpia. La soledad y el campo invitan a comportarse con recogimiento. En la parte más alta del claro retablo donde está la imagen, se ve un cuadrito representando a Santa Ana con la Virgen Niña. En la hornacina, -presidiéndolo todo, la imagen bellísima de Nuestra Señora de Valbuena, vestida con manto blanco y rodeada de muchas flores.
- Aquí en este relicario guardamos la cabeza de la antigua imagen; la que desapareció cuando la guerra.
Es un detalle bonito, que dice mucho del fervor mariano de las gen­tes de todos aquellos pueblos. En una leyenda que la circunda, se deja constancia de su profanación en 1936. La gente -me explica Emiliano ­besa el cristal del relicario con cariño y con mucho respeto. Nosotros también lo hacemos, y salimos de allí empujados por la hora y un poco también por el frío de la mañana en aquellos preludios de la sierra.
Cendejas del Padrastro no es pueblo para visitar en estas fechas, tan alejadas de la juventud natural de los campos en el mes de mayo o en plena efervescencia de los meses de estío. Bonita ocasión para conocer estos parajes serios de Castilla que pintó Zuloaga y pisó el Cid, con motivo de su doble romería, antigua y nueva cada año.

(N.A. Diciembre 1986)