lunes, 9 de febrero de 2009

CASILLAS


He vuelto una vez más, con no poco deseo, a perderme en invernal mañana de sol por estos augustos páramos que respaldan, algo más allá mirando al norte, la villa de Atienza. Esta entrañable villa realenga, mermada en mucho por la plaga del despoblamiento, siempre produce en mí, la mire por donde la mire, una inexplicable sensación de afecto. Atienza, jamás considerada en su medida justa, es por su apretada historia y por lo mucho que de reliquia todavía conserva, una corona de gloria para Guadalajara y un precioso rubí en el bien nutrido joyel de las tierras de Castilla.
Si tienes, amigo lector, la buena voluntad y la paciencia de acom­pañarme, podrás conocer sin demasiado esfuerzo por tu parte, uno de esos olvidados pueblecitos que salpican la franja septentrional de la Provincia, a tiro de piedra de los campos de Soria, allá por donde la codorniz se confunde con el matorral que crece en las laderas pardas y se agazapa el lebrato a la caída de la tarde soñando con la tranquila oscuridad de su madriguera.
La agradable sorpresa que produjo en mí hace pocos meses el cercano lu­gar de Bochones, no se ha vuelto a repetir al entrar en Casillas. Aquí, como en tantos sitios más que uno ya conoce, hay una casa hundida a la entrada del pueblo, donde más se la ve y donde más afea. Luego una es­quina de barrizal, casonas ocre al gusto de la sierra atencina -cerradas casi todas- ­y al final, luminosa y amplia, la Plaza Mayor en donde la iglesia muestra al recién llegado el temple medieval de su lejano origen.
Un perrillo lanudo me ladra apenas entrar en la plaza. El viento fresco de las once se cuela suave por los ojos de la espadaña hasta el campanario. El juego de modillones de bajo el alero enseña las medias naranjas de piedra que lo adornan, colocadas de dos en dos o de tres en tres a lo largo del muro correspondiente al presbiterio. Se ve con claridad que la iglesia de Casillas tuvo en principio un pórtico de dobla arco, ahora cegado en su mitad. Para entrar conserva por encima de las escaleras una bellísma puerta de forja, pintada de negro y con la fecha de 1893. La piedra que utilizaron los canteros en la construcción del edificio, y por añadidura en una buena parte de las viviendas de Casillas, es la arenisca común de color rojizo, muy abundante en la zona.
Hay una anciana pequeñita, la señora Agustina, haciendo ganchillo al sol en la esquina de su casa. La mujer está sola, no dice nada si no se le pregunta, como si en su menuda persona hubieran venido a concurrir toda la soledad y todo el silencio que allí se res­pira.
- Buenos días, señora. Está usted muy callada –le he dicho.
- Ya lo ve usted -me contesta-. Somos tan pocos, que hay ratos en los que una no tiene ni con quién hablar.
- Le advierto que eso también tiene sus ventajas.
- Pues sí, señor. Yo me paso los santos días sóla, haciendo ganchillo. A veces me acompaña mi marido. Debe andar ahora dándose un paseo al sol por e campo. Estoy acostumbrada.
- Qué bonita es esa labor. Lo hace usted muy bien.
- La costumbre, mire usted. Estoy haciendo unos pañitos para los sillones de1 comedor. Si no hacemos nada, en estos pueblos los días se nos hacen muy largos.
- Se nota que es usted maestra en ese arte. Ya lo creo.
- Bueno -me explica la mujer-, lo corriente. Llevo hechas veintidós colchas. Tengo cinco hijos, y a cada uno le he hecho tres. Algunas más para otros.
- Se tardará mucho en ver terminada una colcha, ¿verdad?
- Tres meses se me van, más que menos, en cada una.
- ¿Todavía suelen celebrar fiesta en Casillas?
- Muy poca fiesta. Cada vez menos. Es el día del Corpus, igual que en Bochones.
- Las calles las tienen muy mal.
- Sí señor; están muy mal. Dicen que las van a arreglar. Cuando metieron el agua a las casas las estropearon más que estaban. ­
- Bueno, pero tener el agua en casa es una ventaja.
- Eso es verdad. Es una ventaja muy grande, y una cosa muy limpia.
Por la calle Real se sale muy pronto al campo. Es una calle con mu­cho barro y muy pocas casas. La ropa tendida de la cuerda se mueve en una pradera a merced del viento. Un hombre joven con cui­dada barba, saca al final de la calle una furgoneta del a1macén granero. Después me dirá que se llama Agustín Andrés Beato, y que es el alcalde de barrio, dependiente del ayuntamiento de Atienza.
- Pocos vecinos, pocas responsabilidades, Agustín.
- Sí, somos muy pocos aquí. Exactamente diecinueve personas.
- ¿Contento como alcalde?
- De la gente del pueblo sí que estoy contento. De lo que el ayuntamiento de Atienza se preocupa de nosotros, no tanto. Se están retrasando demasiado en arreglarnos las calles, y eso no puede ser. También estamos sin teléfono.
- Ah, pues eso, a mi entender, es más grave.
- Nos pedían seis millones por ponerlo. Dígame de dónde los saco yo aquí. Ahora, creo que con un poco de mano te lo ponen gratis. Ya veremos.
- El campo, en cambio, lo tenéis bien cuidado, por lo que se ve.
- No está mal. Se hace lo que se puede. Es terreno muy frío. Con lo que dan de jubilación a los mayores y con un poco de ganado nos vamos arre­glando.
Las vertientes de roble deshojado, el azul de la mañana fría, y el depósito de las aguas que destaca algo más allá, distraen mi atención durante un momento. Por el cielo se oye lejano el ruido de un avión que no vemos.
- Allá detrás hay un pinar muy bueno. Suelen venir a cazar los de Madrid de vez en cuando. Hay jabalí, alguna cabra montesa y algunos corzos. No cazan mucho, pero vienen.
- Distracciones pocas.
- Ninguna. No hay ni bar ni nada. Teníamos dos y los tuvieron que cerrar. Entre que somos poca gente y como se han subido los impuestos, no podemos tener nada de eso.
No puede ser mucho más de lo ya visto lo que Casillas, con sus vi­viendas de piedra en llameante y terrosa tonalidad, su veintena escasa de habitantes cuando están todos, y su fresquito natural en las mañanas soleadas del invierno, tiene que ofrecer al curioso caminante que gusta de ver, saber y luego contar lo que en los pueblos hay. La señora Agustina, continúa la mujer dando forma con buen arte y toda la paciencia del mundo al pañito de ganchillo para los sillones del comedor. Perpetua juventud la de estas ancianas laboriosas de nuestras aldeas, que conservan casi como el primer día la ilusión de sus veinte años.
- Creo que ya he visto todo lo que hay en el pueblo, señora Agustina.
- Poco ¿verdad usted? Casi todas las casas están cerradas. Luego, en verano concurre el personal.
- ¿Podría ver la iglesia por dentro?.
- Sí, señor. Ahora mismo se la enseño.
Mientras8 que la señora Agustina se marcha a buscar la llave, curioseo con más detalles la só1ida cons8trucciónn de las casas de la plaza.
Los tremendos dinteles de piedra que hay sobre las puertas, siguen sien­do para mí una incógnita que apenas consigo despejar considerando el empeño por las cosas y la fortaleza monstruosa de nuestros antepasados.
- ¿Quién suele venir a diario por aquí, señora Agustina?
- Aún viene gente. Tenderos no nos faltan, y el señor cura, don Agus­tín, y el señor médico, vienen también muchas veces; todas las veces que tienen que venir.
Las puertas de la iglesia las abro yo. La verja con su llavín del candado y la puerta interior con una enorme llave de hierro.
- Es que a mí se me da muy mal. Casi no puedo.
A pesar de su buen orden, de su limpieza por dentro, la iglesia de Casillas es el espíritu mismo de la desolación. Se ve completamente desnuda, sin adornos apenas en su única nave y sin retablos.
­- Teníamos un altar muy bonito. Aquello fue una mala acción.
- La guerra.
- No señor. Fue después de la guerra. Se lo llevaron a Madrid. Lo vendió un cura. No me haga mucho caso, pero se dice que lo tienen en el Museo del Prado.
- Una barbaridad que no tiene nombre. ¿Para qué lo hizo?
- Qué sé yo. Y que si para comprar los cuatro bancos.
Ahora se nos acerca un anciano con la cabeza medio cubierta con un pasamontañas. Hasta que el buen hombre entra en situación, no dice nada.
- Es mi marido que vendrá de darse un paseo.
-¿Aquel santo quién es, señor Cirilo?
- Ese es San Clemente, Papa, nuestro patrón. Le hacemos la fiesta el 23 de noviembre. La otra es Santa Bárbara, el 4 de diciembre. En tiem­pos teníamos procesión y baile. Los de la Hermandad comíamos ese día sardinas arenques y buen trago. Como no queda nadie, pues ahora nada.
Debajo del coro están las andas que en tiempos empleaban para la procesión de Santa Bárbara. El piso de la iglesia está impecab1e, de tarima recién instalada para evitar el frío.
- La tarima es lo mejor que tiene La iglesia. Nos la ha puesto don Agustín. Los domingos se está aquí ahora mucho mejor que antes.
La señora Agustina y su marido, el señor Cirilo, me invitaron a ir a su casa para tomar una copa de coñac de las que calientan el cuerpo.
Ante la generosidad y la noble condición de tanta gente buena de nuestros pueblos, uno se acaba por rendir sin poner condición. ¡Cuándo podré pagar -me pregunto a veces- tantas atenciones, manifies­tas en hechos reales como éste!
- No tiene importancia. En casa hay siempre un poquito de todo. Lo traen los chicos, y hasta e1 verano que vuelven no hay quien lo pruebe. Limpia, cómoda y ordenada, es la casa pueblerina de mis amigos. En el comedor del piso bajo tienen televisor, frigorífico, un ciervo de adorno con dura y peluda piel, y una imagen de la Moreneta que les trajeron sus hijos desde Montserrat. La cocina está curiosamente amue­blada y el agua corre pronta, muy fría, a su justa presión, apenas se hace girar el mando de los grifos.
- El agua en las casas nos ha dado la vida. Las puertas del armario nos las hizo Valentín el de Condemios.
Siempre resulta doloroso tenerse que marchar. Cuando salen a tu camino personas sin doblez ni segundas partes, la despedi­da tiene siempre un poco de tragedia. Un adiós seguramente definitivo, eterno, como el agua del río que jamás vuelve. Espero que, aun a pesar del tiempo, el pueblo de Casillas continúe en pie; que los aires en desfavor de las modernas maneras de vivir, puedan serle beneficiosas en un futuro más o menos corto.

(N.A. Febrero, 1988)

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