jueves, 26 de febrero de 2009

CIRUELAS


El cartel indicador que hay al poco de atravesar Tórtola, en la carretera de Soria, me había hecho saber en viajes precedentes que, a escasa distancia de allí estaba el pueblo de Ciruelas. La visita por mi parte ha tenido lugar en una de estas pasadas tardes que preludian la llegada inminente del verano. Pues bien; a sólo dos minutos de viaje en automóvil desde el re­ferido indicador, se llega a Ciruelas por un ramal de carretera en condiciones óptimas que sube, retorcido, entre estos primeros tesos de la Alcarria Alta, en cuyas laderas y suaves vallejos nos escoltan las hazas de mies en grano.
Ciruelas es un pueblo escondido e injustamente olvidado, que re­cibe a los forasteros con los reflejos dorados del sol sobre las piedras neoclásicas de su iglesia, a la que confiere aires de gran­diosidad cortesana una cúpula suntuosa, recubierta de piececitas ne­gras de pizarra en las que también se ha parado a lucir el sol na­ranja de la media tarde. Por lo demás, el pueblo es un juego variadísimo de ocres que apenas contrasta con los tonos terrosos del paisaje, tras el que se deja ver, con absoluta nitidez al fondo, el inconfundible cerro de Hita. Alrededor, salvando siempre la fértil condición de las tierras bajas, hay altiplanicies de adusta piel donde, por todo producto, la tierra se limita a dar tomillos, aliagas y matujos esporádicos de espartera.
Se entra de súbito a la plaza del pueblo. Es un recinto cuadri­forme, solitario, espacioso, que tiene en el centro un poste de te­légrafo rematado en sencilla farola de cuatro brazos, y un pino bi­soño en un lateral, cuya sombra se han comido la de las casas veci­nas situadas al poniente. En la cara opuesta el frontón de pelota, y sobre todo ello, sobre el frontón y por encima de la pla­za, está la mole de caliza labrada que da forma el sorprendente templo dieciochesco, dominando desde lo alto la estampa variada de Ci­ruelas en toda su extensi6n.
Un perro recostado en el lateral del juego de pelota mira estático. Por una escalera inmediata se sube hasta el atrio. La barbacana del pretil se adorna con bolas enormes de cantería. Hay dos viejos sentados al sol al respaldo del paredón que mira hacia la vega.
A la iglesia se entra por unas portonas enormes, forradas de chapa de aluminio. En el pórtico hay escritas sentencias que ponen en antecedente a quien allí llegare de las normas más elementales de compostura y respeto en la Casa de Dios. La nave de la iglesia es grande, limpia, pintada con pulcritud en tonos claros que nada des­dicen con relación a las formas externas del edificio. En torno a la cúpula, se ven tremendos manchones producidos por la humedad. Una docena de mujeres están rezan en voz alta el ejercicio de las flores, ante una imagen de La Purísima que tiene lucecitas encendidas en la corona.
Afuera, desde la explanada del atrio, Ciruelas se ofrece como un pueblo diseminado, repartido en dos barrios diferentes: el primero, el de la plaza, que es el que acabamos de ver, y el de más allá por donde cae la Fuente Vieja. Un pastor baja, con su rebaño por la ladera del Cerro de la Cuesta; el son de las esquilas baja hasta el pueblo como música fresca favorecido por la brisa del Suroeste. El otro cerro, el del Castillo, arrastra las sombras de la puesta del sol por el otro barrio, por el de abajo, envolviendo en penumbra las tapias del cementerio.
Los dos ancianos han dejado de hablar cuando advierten de cerca la presencia del desconocido. Ambos, tanto el Tío Francisco como el Tío Adolfo, llevan gorra de visera y golpean, distraídamente como espe­rando a ver que pasa, el palo de la garrota contra las piedras del pretil. Al instante pronto nos hacemos amigos.
- Pues dice usted. Aquí a estas horas se está muy bien. Lo que pasa es que cuando viene el airecillo abajo remolinea un poco.
- Y si se ponen de pie, ¡qué vistas! Hasta allá lejos que se ve un pueblo ¿Cuál es?
- Aquel es Jirueque. Si hubiera visto cuando la Guerra cómo corrían por aquellas lomas los soldados, disparando. Nosotros los veíamos desde aquí con unos anteojos que tenía un maestro. A eso de le decimos El Berrocal; ya es de Cañizar. Aquel es el Pico de Tierra Blanca, donde tienen los militares miras y no sé cuantas cosas.
Los dos ancianos me contaron después que en el rellano del atrio plantaron pinos, pero no agarró ni uno, sólo el de la plaza, y que en tiempo de guerra hacían baile.
- Después hubo también juego de bolos, pero ya, ¿para qué?, si no hay quien juegue. Lo mismo que el frontón, ahí lo tiene usted, bien hermoso, en la plaza está muerto de risa. Algunos juegan en verano con palas de esas. Antes daba gusto verlos jugar a mano.
- Sí es verdad que tienen buen front6n, y bien que se ve. Yo creo que le quita algo de vista a la iglesia.
- Antes decían las autoridades de Guadalajara que había que quitarlo, por eso mismo que usted ha dicho, y nosotros dijimos que nos parecía muy bien, pero que nos hicieran otro en las orillas y después hundi­ríamos éste. Como no lo hicieron, pues el de la plaza no se quitó. ¿No le parece que hicimos bien?
- ¡Naturalmente! Lo que creo que tienen es una cruz procesional que da envidia; la verdad es que sí que me gustaría verla.
- Pues no la va a ver.
- ¿Y eso?
- ¿No sabe usted que está repartida en cachos por las casas?
- ¡Ah, claro! Para que no la roben.
- ¡A ver! Esa sí que apareció de milagro. Se la llevaron de aquí cuando destrozaron todo lo de la iglesia, y mire lo que son las cosas, la reconoció un cura del pueblo en una exposición, o qué sé yo dónde, por una fotografía que tenía él. Y, ¡Mía!, pues que nos la tuvieron que dar.
-!Ya les costaría trabajo!
- Hombre, pues hubo que demostrar que era la nuestra, con sus dibujos de plata y todo lo que tiene. Al final nos la dieron.
- ¿Cuánta gente queda en Ciruelas?
- Poca. Aquí, en cuanto tiran el moco se van a la capital aunque sea de barrenderos. A mi nieto se lo digo bien, que cuando haya aprendido bastante se venga al pueblo, a llevar las tierras de su padre y de su abuelo, que ahora con las maquinarias, ya no es trabajo y pue­de vivir como un marqués.
Mientras el Tío Francisco y el Tío Adolfo hablan animadamente, la perrilla se echa un sueño a nuestros pies.
- Esta, oír y callar. Es una perra muy pacífica.
- Pues miren, no saben cuánto me gustaría invitarles a alguna cosa en la taberna. ¡Vamos! Vénganse un poco conmigo.
- Usted puede quedarse con nosotros todo el tiempo que quiera, pero beber no.
El forastero, que sólo acostumbra a tomar cerveza cuando hace ca­lor, se baja por la calle de Zuaznabar hasta el mismo pilar redondo de la fuente Vieja, que está en la plazuela de D.Tirso Rodrigáñez a la sombra de un plátano. Un señor mayor llena la garrafa de agua, con mucha paciencia, del hilillo que cuelga del caño. - Pues, para que vea usted, antes tuvimos que hacerle un agujero en esta cara de arriba para que no reventase la tubería, y ya ve lo que tenemos. Media hora llevo para llenar la garrafa. Digo yo que tendrá que llover como antes, si no, esto termina con la humanidad.
- ¿Tan mal andan de agua?
- No. Tenemos otra. Ahora nos han puesto un motor eléctrico para subirla al pueblo. Yo vengo a coger aquí porque me gusta más y porque no tengo otra cosa que hacer.
- Pues, Ciruelas está muy bien. A mí me parece muy bonito.
- Esto fue importante. Lo que pasa es que ha ido a menos. Ahí en el cerro hay una bodega que tiene más de un kilómetro de subterráneo. Era todo de cuando los moros.
- ¿Quien fue don Tirso Rodrigáñez?
- ¡Qué sé yo! Cuente usted que algún político.
La Fuente Vieja, me explica el Tío Cayo Ortego, tiene ciento sesenta años y la iglesia algunos más. El plátano lleva diez cortas y está cada vez más hermoso, igual que el pueblo, pero que hay que verlo en verano, no desde la fuente, ni desde el pretil siquiera, sino desde lo alto del Cerro del Castillo.
- Nombres como el mío habrá visto pocos, ¿verdad usted? Yo, solamente conozco a un Cayo en Las Casas y otro en Almoguera.
En la construcción de Ciruelas se empleó, sobre todo, el adobe y el ladrillo visto. Algunas de las viviendas tienen adosado su pequeño huerto con verduras y frutales a punto de dar. Por el viejo molino a­ceitero hay lilas, alhelíes, caléndulas y árboles del paraíso. Una piedra de molino asoma entre los escombros del derruido lagar. En las ca­potas de los chopos suena el viento al chocar en las ramas.
Arriba, en la plaza, están cuatro niños jugando alrededor de un co­che. Por la cara casi todos parecen hermanos. El mayor de ellos pare­ce un chico formal, un hombrecillo de seis o siete años.
-¿Cómo te llamas?
- Yo, Jaime.
- ¿Vas al colegio?
- Voy en Guadalajara al Rufino Blanco. Aquí no hay colegio. Nos tu­vimos que marchar todos porque aquí no había.
- ¿También trabaja tu papá en Guadalajara?
- No; mi papá trabaja aquí, en las tierras, tiene que venir casi todos los días.
La madre de Jaime y de los demás niños, supongo que nos había estado escuchando desde la puerta, dice que, con quitar las escuelas han matado a los pueblos.
- Si por lo menos hubieran puesto algún transporte o algo, las familias no tendríamos que hacer estas barbaridades. Cuando te quejas, dicen que para eso está la escuela-hogar; y yo, por muy bien atendi­dos que los tengan, no dejo solos a mis niños de cinco años, que a esa edad deben estar con sus padres. ¿Y qué hemos tenido que hacer?: marcharnos del pueblo.
Posee Ciruelas desde las eras uno de los miradores más espectacu­lares y más serenos de la Provincia. Con el sol de caída, la calma toma posesión de la inmensa llanura campiñesa.

(N.A. Junio, 1983)