miércoles, 18 de febrero de 2009

CERCADILLO


Este mínimo lugar de las tierras de Atienza se muestra al via­jero a caballo de una colina que mira al norte, cuando se baja ha­cia Sigüenza por la carretera de Imón. Es como un cogollo de casonas centenarias surgido en la cuesta, con el solemne adita­mento de su torre cuadrada en las orillas y un sol sin limpio como regalo del tiempo.
He venido a Cercadillo por una carretera comarcal que desciende en medio de cerros muertos, adornados según la época del año por las flore­cillas gualda de los aliagares que van subiendo desde el fondo de los vallejos húmedos hasta los rústicos paredones de las parideras. La mañana es un canto coral a la diafanidad, a la pureza ambiental más estricta, allá lejos de las poluciones y de los otros venenos del siglo cuyos tentáculos difícilmente alcanzan hasta los aleda­ños de estos pueblecillos de aspecto moribundo.
Me apresuro a subir hasta la plaza después de haber dejado a mi derecha la ermita de la Soledad, junto al camino, en lo más ba­jo del pueblo. He cogido a Cercadillo en buena hora. El pueblo se acabó de desperezar y cuatro o seis chimeneas esfuman en el azul sus columnas de humo mañanero con olor a leña. Un señor con tra­je de pana viene hacia los huertos de la Soledad con un cubo asi­do del brazo. Hay una mujer a mitad de la cuesta vareando lana en los poyos de su casa. Lana blanca, con contadas vedijas negras, en la misma proporción que las ovejas de uno y otro color pastan en los jarales de la sierra.
Encuentro arriba una plaza informe de tosca urbanización, que tiene un olmo, también moribundo, arrinconado encima de un murillo de piedras desgranadas. Desde una esquina inmediata me han visto llegar unas cuantas mujeres; se han parado a mirar y comentan unas con otras acerca de mi identificación; las mujeres no me conocen; algunas de ellas visten con delantal terciado a la cintu­ra y se cubren con un pañuelo oscuro de pico que llevan atado al cuello con un lacito en forma de mariposa. Cuando me aproximo has­ta ellas, las mujeres me hablan con expectación y con una admira­ble cordialidad. Es la personalísima conducta de las buenas gentes de la comarca, a las que uno tan bien conoce y admira fuera de to­da condición.
- Pues muy poquitos somos ya, mire usted. Los cuatro viejos que no nos quieren en ninguna parte.
- Pero tienen una tranquilidad que para ellos la quisieran mu­chos de los que se marcharon a la capital.
-¡Miá, eso sí! Tranquilidad toda la que quiera. Si los de fuera no viniesen a hacernos mal, nosotros no nos metemos con nadie.
- ¡Y quién va a venir por aquí a meterse con ustedes! Ya ven.
- Claro que vienen. más de lo que hace falta. La iglesia nos la han espeluchao de tanto robar. Ya llevamos dos veces y nos han hecho un destrozo.
- Pues creo que tenían cosas que merecía la pena ver; si no de valor, por lo menos muy antiguas.
- Mire: Había una cruz que no habría otra igual; una imagen de la Virgen que creo que era del siglo XII, que só1o hay otra lo mismo por Navarra; un Niño de la Bola; una custodia..., y, para qué decir, todo. Aquí no han dejado nada. Diga usted si a eso hay
Las mujeres de Cercadillo se l1aman Carmen, Justina, Rafaela... Hablo con ellas en el triple esquinazo de una calle donde hay un azulejo artesanal de añosa factura en el que se lee:"Calle de Sal si puedes".
- Cosas de los de antes, ya ve usted. A todo el que viene le llama la atención. El olmo de la plaza ahí lo tiene cómo está el pobre, viejo igual que todos nosotros.
- ¿Y no podría yo ver la iglesia., acompañándome ustedes?
- No creo. El señor cura tiene la llave y vive en Riofrío. Aquí no tiene llave nadie del pueblo, que nosotras sepamos.
- Mal hecho. Digan ustedes que hay un incendio o algo parecido. Con los cables de la luz no es la primera vez que ocurre.
- Aquí no pasa eso. Por cosa de la luz no puede haber incendio. Dicen que lleva mucho gasto y la han cortado.
Una de estas mujeres, doña Rafaela, no tuvo inconveniente en acompañarme hasta la fuente de abajo, pero sí en que hiciera saber su nombre públicamente, por aquello del recato o malentendida humildad que tan poco dice en favor de los que piensan así, y está tan a la orden del día por éste y muchos más pueblecillos de la comarca..
- Ya sabe usted lo que pasa. Luego piensa la gente que a una le gusta darse importancia, y no es eso, no señor.
- Mire, es que si no digo su nombre, no puedo apoyar en nada to­do lo que debo contar. La gente pensaría que me invento nombres y personas, Compréndalo.
Contándome su vida, el esfuerzo personal de la fami­lia por sacar a los hijos adelante, con carrera al ser posible, pa­ra que no tengan que andar como ellos arrastra por los tablares de estos cuatro huertecillos, la buena mujer me llevó a reflexionar, aunque fuera someramente, en la vocación de padres que no se ha hecho para ricos ni para sabios, sino para aquellos que son capa­ces de dejarse la vida a girones, día tras día, sin esperar nada a cambio, en provecho exclusivo de los que vienen detrás.
- La chica es maestra. Ahora está preparándose para las oposi­ciones. El chico lo tenemos en Zaragoza haciendo Electrónica. Todo a costa de muchos esfuerzos. Ya sabe cómo son estas cosas.
En la fuente de abajo, el agua del caño vierte sobre un pi1ón en el que se transparenta. el fondo como un cristal.
- Aquí es donde se les da de beber a las caballerías.
- ¿Todavía las emplean?
- Pocas. Aún hay alguna mula, pero pocas.
En la huerta que los de Cercadillo llaman del Señor Cura, se ven los frutales en flor entre la maleza del campo abandonado. Los pá­jaros cantan en las ramas sin hojas aún de los árboles, y el sol se estrella de plano contra las paredes de entramado en las casas más viejas.
El señor Gregorio está cavando en el huerto que tiene detrás de su casa. El señor Gregorio es el marido de Rafaela, la mujer que me acompaña. No parece celebrar en exceso el hecho de tener una huerta tan junta a los cimientos de la casa donde vive.
- Para qué; si no tenemos agua para regarla casi ningún año.
Este año regamos por casualidad.
-¿Sacan el agua de pozos?
-No señor; baja por su pie de la fuente de arriba. Es una fuen­te muy bonita. Si quiere usted verla puede subir la chica a acom­pañarle.
Y se vino conmigo la hija de aquel matrimonio amigo. Hizo un alto en el estudio y dedico media hora de su tiempo a enseñarme
los rincones más pintorescos del lugar sin quererme decir, tampoco, su nom­bre, supongo que por el mismo horror a la publicidad del que me habló su madre y que, como quedó dicho, ni entiendo ni: comparto.
- Si le parece podemos subir hasta la fuente y después vemos la iglesia un poco por fuera. El pueblo tiene poco que ver. Es muy antiguo y las calles están todas sin arreglar.
El paraje por donde cae la fuente de arriba es sencillamente hermoso. A muy poca distancia de la ermita de Santo Domingo y al pie del cerro pedregoso de la Laguna, que oculta al pueblo por el sur en la falda de su vertiente. La fuente debió de ser restaurada en 1899, según dice la piedra, si bien su origen es, en apariencia, bastante anterior en el tiempo. Cuando subimos hasta allí arroja­ba tres chorros a tope, cuyo caudal surte primeramente a un lava­dero que la gente todavía emplea, y después baja hasta las huertas para regar a su paso los recónditos bancales de hortaliza que hay entre la chopera.
- Algunas mujeres aún suben a lavar, pero muy pocas. Como ya está el agua en las casas, no viene casi nadie.
Nos acercamos luego hasta la sillería de la torre. Son piedras de arenisca perfectamente conservadas las que dan forma a la torre cuadrada de Cercadillo, con su galería mocha adornada con bolas de cantería. La fábrica parece datar del siglo XVI y recuerda a primera vista las multiseculares fortalezas de la época, provista de foso convertido en cementerio al pie del largo corredor del mediodía, donde una docena de cruces enramadas entre la hier­ba, esperan pacientemente la hora de la resurrección.
En el atrio que mira al pueblo picotean las gallinas. Esta es la verdadera entrada a la iglesia parroquial. La puerta tiene grabados en su hoja los símbolos pontificios de la tiara y las l1aves en cruz, bajo sombrío tejadillo de protección que uno lamenta profundamen­te no poder atravesar para informarse de lo mucho o poco que que­dó después del doble expolio.
- Por los relieves de la puerta me da la impresión de que San Pedro es el titular de la parroquia.
- No lo sé –me dice la chica. El patrón del pueblo es San Roque, y para Santa Bárbara también es fiesta.
Por la bajada de la ig1esia vive la señora Emilia. Su casa es un ejemplo magnífico de aquel valioso muestrario de arquitectura rural que es Cercadillo. La mujer -cosa extraña- sabe reconocer la estética ancestral del pequeño burgo, sin dejar a un lado como mal peor la vejez de sus casas y la distribución, casi medieval, de tanta callejuela en cuesta.
- Es muy bonito, ya lo creo. Para qué vamos a decir otra cosa. Pero está todo muy abandonado.
Al rato de estar allí había más gente por las calles. El sol de los días claros hace siempre el milagro de volver a la vida las solitarias placetuelas de los pueblos. Las cincuenta perso­nas de Cercadillo se salen al sol cuando tocan las doce.
Y como despedida, la castellana estampa de la Soledad, que en tal caso y aquí debería ser la de las Angustias, porque ésta y no aquella es la advocación que representa la imagen que veo en la oscuridad a través del ventanuco. El portalejo se sostiene sobre una columna de pie­dra y otras dos de madera viejísima, cuarteadas por los soles, los vientos y las aguas de muchos inviernos, a cuyo fuste se abrazan las argollas de hierro. Gravedad y fijeza, dos notas al fin del alma de esta tierra.

(N.A. Junio, 1984)

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