sábado, 14 de febrero de 2009

CASTILNUEVO


Los ciclistas de Molina y los amantes del footing se salen a su­dar la camiseta a eso de las once por la carretera de Castilnuevo. La primavera no ha entrado todavía, pero en todas las tierras del Señorío la maña­na es templada y de espléndido sol. Desde que dejé Molina llevo un rato viendo choperas tupidas a mi mano diestra y a la izquierda tesos parameros de un intenso color gris, laderucas improductivas sin vegetación útil, sólo roquedales, aliagares y tomillos. El pueblo viene a caer de la metrópoli como a una hora de camino a pie. Llego hasta él con la idea, no demasiado equívoca, de que se trata de uno de los lugares despoblados del Señorío, como así es.
Quien se acerca como yo por primera vez a Castilnuevo, recibe nada más entrar la impresión fantástica de su antigua fortaleza dominándolo todo; el agrio sabor de sus murallas, siendo y no siendo a la vez parte integrante del pueblo habitado. Ante el insólito espec­táculo de lo que el pueblo es, uno se detiene a mirar y a meditar ima­ginando que, solamente por aquella primera impresión, el viaje puede haber merecido la pena.
La tremenda mo1e de caserón antiguo lo más alto es mitad habitácu1o y mitad castillo. Con la seriedad de sus torres cuadradas, de sus murallones, arcadas y adarves, comparten el voluminoso corpa­chón del silente monstruo las ventanas de cristales y las persianas enrolladas de quitasol. Por debajo hay cobertizos de uralita, donde los agricultores ponen a cubierto los paquetes de paja que emplearán pa­ra el ganado. Más acá las tierras llanas de la finca que fuera de don Francisco Soler Pérez y ahora de sus descendientes.
Castilnuevo, tal y como se ofrece al visitante, es un lugar curio­samente extraño. No he visto hasta el momento a nadie ni tengo demasiadas esperanzas en que lo pueda conseguir. En realidad, cuando estuvo habitado, el pueblo no era sino una finca en la que todos sus habitantes trabajaban como asalariados en las tie­rras del señor. El señor solía vivir, y sus descendientes lo hacen aún cuando vienen al pueblo, en las habitaciones -supongo que acondicionadas- que hay dentro del castillo.
Tal y como se sube por una callejuela de hierbas hasta el olmo de la plaza, Castilnuevo es tan solo una exposición de piedras y de silen­cio. El zurar de las palomas que anidan en los agujeros del castillo, se escuchan como un continuo misterioso desde todas partes. Cuatro tordos se asoman impasibles al campo agarra­dos a la cruz de forja con la que remata el torreón. No se oye una sóla al­ma. Ante la situación de extremada soledad, el silencio de las piedras y el rumor de las palomas, uno piensa en la posibilidad de que todo aquello fuera, como en alguna parte se ha dicho, la Insula Barataria que gobernó Sancho Panza, y que hace cuatro siglos conoció en persona don Miguel de Cervantes en sus viajes frecuentes a la llamada Cue­va del Hierro, que queda poco más al sur en plena Serranía de Cuenca.
Subo lentamente hasta la puerta principal de la fortaleza que es­tá por encima del olmo de la plaza. Me hubiera gustado entrar. La puerta, igual que en sus mejores tiempos, se asegura con un cerro­jo grueso de barra de hierro. Los picos de los adarves parecen clavarse desde abajo en el pálido cielo molinés. Aquí y allá casas en las que no hay nadie, portonas cerradas a cal y canto, paredo­nes por los que de vez en cuando se pasea alguna lagartija acabada de despertar, rincones muy a propósito como para filmar historias de desapare­cidos. Cuando me descubren, la bandada de palomas se lanza desde el castillo volando hasta la vega, entre tanto comienza a sonar de improviso no sé por dónde el ruido de un motor. Luego descubriría que a la caída del pueblo había dos o tres hombres vestidos con mono azul, car­gando por medio de un tubo mecánico un camión de trigo en la puerta de un almacén.
Desde la plazuela del frontón se pueden ver, a través de los crista­les de un primer piso, los bancos bipersonales de la antigua escuela de niños, amontonados unos encima de otros. En la praderilla de al pie de­bieron jugar a su gusto las generaciones de niños de Castilnuevo cuando los hubo. Sobrecoge el pensar cómo la muerte de los pueblos es un hecho cierto, repetido y doloroso.
El juego de pelota no es antiguo, se hizo en 1945. Seguro que nadie pudo suponer por entonces que cuarenta años más tarde el pueblo habría de cerrar sus puertas total y definitivamente. Hay, siguiendo la carretera, una serie de casas relativamente nuevas, unas a continuación de otras, to­das iguales, con las puertas y las ventanas pintadas con un discreto co­lor de rojo minio.
La iglesia queda algo desprendida del pueblo, casi por donde baja el río Gallo a su margen derecha. Colgada en el paredón del ábside hay una enorme cruz de madera con los atributos de la Pasión. Aunque de momento no me acerco hasta el, veo que se entra al atrio de la iglesia por un arco semicircular de piedra adovelada, pintado de enjalbegue con re­sineros de humo, restos de alguna fogata que los desaprensivos encendieron en el rincón.
Casualmente consigo ver de cerca a un señor que viene hacia mí desde la otra orilla del río. Es un hombre de edad que se apoya para an­dar en una garrota de palo. Nos encontramos encima del puente, sobre los tablones de madera, bajo los cuales corre el agua mansa, transparen­te, y fría por el aspecto.
- Muy limpia, ¿verdad? Parece agua extraña para quien haya visto el Gallo seis kilómetros más abajo.
- Es que nace por ahí arriba, en un sitio que le decimos el Borbul1ón. De ahí se llevan el agua a Molina.
- ¿Queda algo de pesca por aquí?
- Casi nada. Alguna trucha se ve. Hace veinte años, aquí al pie del puente echabas el ratel y te salían los cangrejos en cantidad. Cangre­jos gordos y bien hermosos. Fue una gran pérdida el que desaparecieran, se murieron todos. Don Cándido Arnau, que es el nombre de mi amigo de Castilnuevo, vive en Molina, pero fue vecino de este pueblo durante catorce años. Él en realidad tampoco es de allí, ni de Molina siquiera. Nació en Santa María del Val, allá por tierras del río Cuervo en la provincia de Cuenca.
- Sí, pero ya sabe usted lo que pasa. Mi mujer era de aquí y me instalé en este pueblo.
- Ahora le dará un poco de pena verlo todo abandonado. Entero y en buen estado, pero sin gente.
- Desde luego que da pena. Yo, en cuanto que tengo ocasión, me vengo a dar una vuelta. Esas casas iguales que hay a orilla de la carretera, las hicieron y no las llegaron a ocupar. Creo que en alguna vivieron un poco de tiempo. En las demás, nada. Por dentro se están comenzando a hundir. - El campo se ve muy llano, parece buena tierra.
- Mucho. Es un campo muy rico. El mejor término de la provincia de Guadalajara es éste. Era de un solo dueño, pero los hijos han vendido ya casi la mitad.
- ¿Por qué no lo tienen de huerta, con el agua tan cerca?
- ¡Ah!, pues antes sí que lo estuvo. Todo era huerta y de buen reguerío. Ahora lo siembran de girasol que resulta más cómodo.
Cuando don Cándido me habla de las buenas tierras de Castilnuevo suele emplear topónimos exactos que va enumerando con el brazo extendido, uno por uno.
- La Vega le decimos a todo lo de esa parte. Luego tiene ahí el Prao Cacho, Entrerrío por ahí abajo, y luego, más allá lo del criadero de las truchas.
- ¿Es buena para beber el agua de por debajo del puente?
- Muy buena. Aquí bebe usted y no le pasa nada. Sabe tan rica. Cuando vivíamos en el pueblo, la gente se llevaba desde aquí el agua a las casas. Allá más abajo, pasando el criadero, la cosa se complica, ya no se puede beber.
Cada vez que, lejos de los revueltos tráfagos de la vida que nos cuentan los periódicos, uno tiene ocasión de ver con sus propios ojos la paz al natural de estos lugares medio escondidos, donde todavía quedan corrientes de agua que peinan ovas y algas a tus pies, y tierras limpias con olor a tierra, y un cielo azul, inmaculado, sin mezcolanzas extrañas ni contaminaciones de ningún tipo, se da cuenta de que, mal por bien, todavía merece la pena vivir Nuestro hombre, don Cándido Arnau, creo que piensa lo mismo que yo y por eso, siempre que tiene ocasión, mata una mañana o una tarde de su tiempo libre recorriendo a pie los caminos de Castilnuevo tan pegados a su alma.
- Pues sí. Hoy me ha traído con su coche un cuñado mío que vive en Bilbao y anda por aquí pasando unos días. Me doy un paseo viéndolo to­do y me marcho después a Molina tan feliz.
- Qué falta de responsabilidad, oiga. Han hecho lumbre en las pare­des de la iglesia.
- Ya lo ve. Qué sé yo lo que harán algún día. Es una iglesia muy majilla, pero también se acabará hundiendo. Cuando era un pueblo con gente, se ponía todo esto que para qué.
La iglesia, vista desde su atrio, se nota que aún se conserva en buen estado. Por el as­pecto debe ser obra de finales del XVII, con espadaña y campanario en­carados al poniente. Las zarzas secas y los matujos se comen de hecho el alzado de la barbacana que mira hacia la parte del río.
- Un cura, hijo del pueblo, que murió el año pasado, se preocupaba algo de cuidarla y de repararla cuando hacía falta, pero ya nada. Se irá toda al suelo.
Don Cándido se queda a la altura de la iglesia, esperando junto al coche a su cuñado de Bilbao para que lo lleve a Molina. Por el pa­seo del río se ven los muñones de los olmos tronzados a ras en ambas márgenes. Uno piensa que, con sus olmos alineados, el paseo del río debió de ser un lugar bonito en tiempo no demasiado lejano.
- Bueno señor, pues que usted siga bien. Si alguna vez viene por Mo­lina, ya sabe donde deja un amigo.
Mientras que en la quietud de Castilnuevo renquea invisible el motor de los cargadores de trigo, las puertas de las casas y de los almacenes continúan cerradas, las piedras dormidas, y la hierba nueva sube adueñándose de las calles, dejando alrededor una remota sensación de agonía. El río Gallo, ajeno a la tragedia de Castilnuevo, un pueblo que se quedó sin gente, discurre encajado por su cauce de algas y ovas buscando más abajo las balsas de la piscifactoría.
(N.A. Marzo, 1988)