viernes, 6 de febrero de 2009

CASASANA


A Casasana se le ha de tomar, quieras o no, por uno de los dos frentes por los que el pueblo se abre o se cierra a lomos de un al­tozano desde el que se domina una panorámica impresionante de cam­pos de la Alcarria, de tierras ásperas y grises que, al final, la distancia acabará por robarnos de la vista. A Casasana, para quien desee hacerlo con la mayor lógica, se entra por la carreterilla que sube desde Córcoles, y se sale en dirección opuesta, es decir, por el ramal que viene desde el pueblo hasta el empalme con la carretera de Escamilla. Se puede hacer también a la inversa, claro que sí, pero siem­pre dará la impresión de haber navegado contra corriente.
Casasana es a primera vista un pueblo de bella estampa, adornado desde los pies por una vega apretada y fecunda, que las gentes sa­ben trabajar con paciencia, y miman, y hacen producir con verdadero arte.
- Es muy grande, mire usted, y muy hermosa; pero como el arroyo no baja desde qué sé yo cuando, la gente discute muchas veces por la cosa del riego, y es porque no hay bastante agua para todos, y así no puede ser.
- ¿Qué hacen entonces?
- Pues, ya ve; regar lo que se puede, y lo que no, se siembra de secano. Todo eso de los Huertos y lo de la Vega se va regando con el sobrante del lavadero. Si usted hubiera visto, aquellos años que bajaba el arroyo, se plantaba todo, todo.
- Y sería una riqueza para el pueblo, ¿verdad usted?
- Claro que lo era, y grande. Aquí todo el mundo tiene su huerte­cillo. Muchos de los que viven fuera, vienen los fines de semana a trabajar los pobres. Luego, se van llevando las cosas poco a poco, en viajecillos, que siempre es una ayuda.
La señora Faustina vive en la primera casa del pueblo, en la calle de la Fuente. La de la señora Faustina es una casa blanca, muy limpia, queda un poco levantada de nivel sobre la
Carretera, desde donde se domina toda la vega.
- A lo de más abajo le decimos la Salobre, que también es una. tierra muy buena, pero lo mejor es la fuente. No se vaya usted del pueblo sin probar el agua según sale. No la encontrará usted mejor ni más fresca en ninguna parte. Muchos se llevan garrafas llenas.
Casasana se ha hecho silencio a media tarde. Parece un pueblo adormilado bajo los efectos del sol, que ya comienza a declinar a la altura del embalse. Se oyen de vez en cuando palmadas y gritos entre la espesura de la vega. Son los hortelanos que tratan de ahu­yentar las bandadas de tordos que acuden a las cerezas. A la sombra de los olmos mordisquea una mulilla negra en los yerbazales del la­vadero. La fuente pública, la famosa fuente de Casasana es baja y con abrevadero; echa un agua riquísima, muy difícil de beber sin que uno corra el riesgo de dar con su cuerpo de cabeza en el fondo del pilón. La gente dice que en verano sale fresca, pero que la cosa cambia en invierno, hasta llegar a formarse una nubecita de vaho en los días fríos alrededor del chorro. En el centro del muro de si­llería hay una piedra en donde se dice que la obra se edificó en el año 1844. Las niñas del pueblo bajan a llenar del caño un botijo de agua. Nieves es la mayor de estas niñas; es rubia, de ojos claros, muy mona, y su hermanita Laura, que viste de chico, sube la cuesta comiéndose una piruleta y un plátano.
-¿Vais todas al colegio?
- Sí señor. Nos llevan al colegio de Sacedón. Yo estoy en quinto y mi hermana Puri en segundo. La pequeña todavía no va. Nos llevan en un autocar por la mañana y nos traen otra vez por la tarde.
Por la costanilla de la Fuente se llega enseguida hasta la Calle Real. En Casasana, como en los demás pueblos que conozco por los que pasó don Camilo, queda el recuerdo de su viaje en unos azulejos pe­gados a la pared. En Casasana se han desprendido casi la mitad. Los chicos los han ido tirando con la pelota, y cuando caen al suelo se hacen añicos. De la puerta de la antigua posada sale una señora, bajita más bien y muy simpática, que se llama Venancia. ­
- Venancia Gabarda González; así me llamo. Mi madre era la posa­dera cuando vino aquel hombre, y mi hermano el concejal Fabián Ga­barda, y mi hermana Carmen Gabarda, que es la que vivía en Durón y le dijo que si venía por aquí, que se acercase a vernos.
- ¿Lo recuerda usted todo?
- Claro que sí, como si fuera hoy. Yo era una chica soltera aún. Mire, en este portal se lavó mientras se le preparaba la comida; y esa puerta era la de la escuela, que también pasó a ver a los niños.
- ¿Han vuelto ustedes a tener trato con el señor Cela?
- Sí, señor. Mi hermano Fabián se escribía con él muchas veces. y luego volvió por aquí. Con nosotros se ha portado muy bien ese se­ñor. No lo sé cierto, pero creo que quiere venir por aquí este verano con no sé qué personaje muy importante.
- ¿Vi ven todavía su madre y sus hermanos?
- Ninguno. Ya han muerto todos. A mi hermano lo operaron de un riñón, y murió el pobre también.
La señora Venancia ha seguido con el bar y con lo poco de tienda que le dejó su madre. Ahora también tiene el estanco. La sala del bar es amplia y fresquita, con un mostrador largo que hace Ángulo en el rincón, y sus botellas de whisky, y de ginebra, y de licores colocadas en sus repisas clavadas de la pared. La señora Venancia me sirve una botella de cerveza, y un vaso alto de vino tinto a otro señor con sombrero de paja que sube de la huerta.
- Lo de la tienda lo puso mi madre por tener alguna cosa donde echar mano. Aquí siempre hemos tenido a los maestros, a los mule­teros antiguamente, y todo el mundo venía a parar a esta casa; por eso, para no tener que bajar a Pareja o a Sacedón a comprar, pusi­mos la tiendecilla, y así está.
El marido de la señora Venancia se llama Luis. Llegó con una bolsa de habas recién cogidas del huerto.
- Yo creo que ya se están poniendo un poco duras –dijo.
El señor Luis es dadivoso y muy amable, un hombre de conversación fácil, que nos dejó a pasto la cosecha del día, empeñado en que le diéramos fin a las habas sentados a la sombra de la pared en una viga de cemento.
- Aquí, como verá, nunca se acaban las obras. Yo es que soy tam­bién un poco albañil, y ahora tenemos toda la casa revuelta.
La dueña me llevó hasta la terraza que da a la vega. Un soberbio mirador sobre la Alcarria, desde donde se alcanza a distinguir, con relativa diafanidad, las casas de Alocén, de Tabladillo y del Oli­var. Por encima de un collado, siempre hacia la puesta del sol, se asoman las modernas torres de una urbanización junto al pantano.
- ¡Pitas, pitas! ¡Hermosas! ¡Hala, hartaros de habas! Mírelas, que hermosas son. ¡Pitas, pitas!
La señora Venancia iba tirando puñaditos de vainas desgranadas a media docena de gallinas coloradotas, de color tostado, todas iguales, que andaban picoteando en un corralillo por debajo del balcón.
- ¿Le ponen mucho '?
- Micho. Todos los días, sí señor. ¡Hermosas! No sé dónde tienen culo las pobres para poner tanto.
En la casa hay un jarrón enorme de loza que usan como florero. Un jarrón viejo de taberna que la señora Venancia conserva con ca­riño como recuerdo de su madre.
- Si que andará bien con la arroba -le digo.
- Cabe justamente veintitrés cuartillos. Pues mire, lleno de vi­no, uno de aquí se lo bebió de un trago.
El tejadillo que hasta hace poco estuvo protegiendo la puerta de la iglesia de Casasana está en el suelo. Los niños y las niñas del pueblo, los mismos que vi en la fuente, están retirando los escom­bros y las maderas viejas para dejar paso.
- Es que se cayó el día que llovió tanto.
- ¿Está el señor cura?
- No está aquí ahora. Vive en Pareja.
La iglesia es pequeña y pobre; parece bien atendida. Nieves y otras dos niñas más, muy respetuosas y calladas, barren el suelo para la misa del domingo. El muro frontal del presbiterio está lim­pio, no tiene retablo ni ostentación alguna; lo preside una imagen de Cristo Crucificado que, con la de San Marcos, el patrón, la Pu­rísima y Santa Rita, completan la ornamentación visible de la úni­ca nave que tiene el templo. Por encima del coro hay un trozo de techo des­prendido que cuela hasta los entresijos de la cubierta.
Por la Plaza Mayor no se ve un alma. Se oye caer en el silencio el hilo de la fuente sobre un piloncillo que tiene forma de concha, Es una placetuela cuadrada y muy limpia, a la que enmarcan casas an­tiguas con portalones oscuros que evocan formas distintas de vivir. En el centro de la plaza hay una plataforma circular y una farola con cuatro brazos pintada de negro.
Por la calle de Enmedio la gente se ha salido a las puertas a tomar el fresco del atardecer. El Tío Feliciano Vuelve de guardar los cerezos de la Vega. Por la hora, los tordos y los gorriones se debieron marchar de retirada a los aleros y al tejado de la iglesia, para seguir mañana a primera hora.
- Son muy dañinos. Nadie sabe lo dañinos que son. Si no bajas, son capaces de limpiarte los cerezos en una tarde.
A las horas de Casasana sigue la delicia de viajar por la Alcarria con el sol puesto, otra impresión indecible, pero muy real, a unir a su aroma consabido y a su sobriedad, a su silencio que cada tarde te dice algo nuevo, a su paz campesina de la que nadie, quizás por pudor o por miedo, se ha parado a contar.

(N.A. Julio, 1982)