jueves, 5 de febrero de 2009

CASAR, EL


Desde el instante mismo en que se gira, una vez pasada la estación de servicio, para embocar de hecho en las calles del pueblo, la idea preliminar con que el viajero se venía acercando, queda confirmada con exactitud. Llevando el sol de la tarde sobre los ojos, me había sorprendido, envuelta en contraluces, la elegancia sencilla de su torre parroquial, con la que compiten en grandiosidad y empaque -cielo al fondo- un depósito de aguas potables y el silo ingente y rectilíneo del Servicio Nacional.
El Casar de Talamanca es una pequeña ciudad incontaminada; una ciudad limpia en cuerpo y espíritu que contempla el pacífico transcu­rrir de sus días en medio de tierras de sudor y campos de pan; acari­ciada de por vida con el arrullo de mil brisas que, hora tras hora, cada día y cada noche, vienen y van camino del Jarama.
Con un término municipal agradecido a la hora de devolver hecho fruto el trabajo de sus gentes; con la belleza cuidada de sus calles y rincones, muestrario de vegetación y de luz al volver de cualquier es­quina, uno piensa que aquél debe ser un pueblo donde se vive bien.
- Sí, señor. Se vive bien y muy tranquilos.
Ya no diría más el señor Felipe, que, con su amigo don Agustín Ruiz, pasaba la tarde sentado sobre un banco a la sombra de los árbo­les que hay en la plazoleta de la iglesia.
-Parece que tienen ustedes muy buenas calles.
-Como éstas no hay otras en toda la provincia; mire si le digo.
-¿Ya qué se debe eso?
- ¡A qué se va a deber! A que la gente tiene gusto.
-Y dinero, ¿no?
-Claro; dinero, también. De todo un poco.
Con don Agustín me fui de paseo hasta las afueras del pueblo, más allá de la ermita de la Soledad. Tiene El Casar una plaza visiblemente rectangular, alargada, que se extiende desde el antiguo edificio del ayuntamiento hasta la iglesia. Tres farolas multifoco y algunos bancos de granito pulimentado alrededor nos hablan de la elegancia del re­cinto pavimentado en piedra y que circundan en toda su longitud y anchura los chopos, las acacias y los abetos de jardín. Del pueblo se sale por una pista reciente, bien asfaltada, que acompañan, una a cada lado, dos hileras de árboles bisoños hasta llegar al Calvario.
-Por aquí, en cuanto viene el buen tiempo, esto se llena de gente que sale a pasear .
El Calvario de El Casar, para mí desconocido hasta hoy, es una joya escultórica que los efectos devastadoras de la intem­perie, favorecidos no poco por la desconsideración, se encargarán de destruir si, a su debido tiempo, no se le pone remedio. Entre paredo­nes de ladrillo y arcos medio derruidos, las imágenes de tamaño natural esculpidas en piedra representan, con sobrecogedor realismo todavía, a Cristo en la cruz ya los dos ladrones del Gólgota; uno de ellos, con parte del busto tirada en tierra. El insólito Calvario de El Casar lleva presidiendo las horas del pueblo desde 1648, fecha en que se levantó a costa y pago del bachiller Diego López, según reza en perfecto cas­tellano grabado sobre la parte inferior de la cruz de Cristo, la mejor conservada y la más impresionante de todo el conjunto monumental. Desde el balcón natural en que se alza el Calvario, el espectáculo es sencillamente conmovedor a estas horas de la tarde. Refugio de paz para encontrarse a uno mismo o emborracharse, si fuera preciso, de gozo, ante la hermosura sin par del Valle del Jarama, mientras refres­can la piel lentamente, insensiblemente, los vientos de la Cebollera, de Ayllón o de Somosierra, al otro lado.
- ¿Qué le parece todo esto?
-Maravilloso. Creo que no hay otra palabra mejor. Realmente ma­ravilloso. ¿Qué pueblo es aquél que hay en el medio?
-Aquél es Talamanca del Jarama. Eso ya pertenece a Madrid.
Las dos señoras que habían venido al pueblo tan sólo para el fin de semana, debieron pasar, sentadas en el mirador, cerca de media tarde, regalando al cuerpo y al espíritu aquello que la ciudad, la todo­poderosa ciudad, no podrá dar nunca.
Hablando, o mejor dicho, escuchando a don Agustín, regresamos a la plaza. Jugaban una partida de dobles en el frontón, que queda por debajo frente a la iglesia, cuatro muchachos con trajes y raquetas de tenis.
-Eso se debe jugar con la mano, como antes. Así no tiene misterio. ¿No le parece?
-Eso creo yo también.
El pueblo tiene casas no demasiado altas con puertas y ventanas de artísticos enrejados y calles elegantes, llanas y de magnífica pavimen­tación. Andando de un lado para otro, uno se encuentra en El Casar con establecimientos comerciales y bancarios de todo tipo, como co­rresponde a un pueblo que puede muy bien considerarse cabeza de comarca. Luego de ver la realidad de su ambiente y dialogar con quie­nes casualmente iban saliendo al paso, uno saca la inmediata conclu­sión de que El Casar es un pueblo que está de vuelta de tantas cosas y que prefiere vivir en paz con su trabajo, ante todo y sobre todo.
Sentado en los bancos de la plaza, con la tribuna del ayuntamiento al alcance de la mano, llega a la memoria la imagen ancestral de su fiesta de Las Candelas, con su bandera recubierta de pañuelos traídos de África, con su yunta tradicional, sus cabos y sus mayordomos que solían recorrer con paso marcial las calles del pueblo a los compases del tamboril y la gaita. Fiestas de carta abierta donde se proclamaban públicamente desde el balcón del ayuntamiento los defectos más noto­rios de los festeros, de los músicos o de aquellos que con la mejor voluntad y ajenos a todo hubieran caído por allí con el propósito de pasarlo lo mejor posible. Cartas de crítica incisiva donde se decía al pan, pan, y al vino, vino, con la única condición de que se hiciera en verso. Hoy, la fiesta de Las Candelas es una tradición olvidada, que apenas celebran los niños, sin que tampoco se le tome demasiado en consideración.
De otras particularidades sobre tema exclusivamente municipal me informó don José Ladrón de Guevara, secretario del ayuntamiento, quien, con doña Elisa, su esposa, me atendió admirablemente en su propio domicilio.
-Bien; pero piense que sólo llevo seis meses en el pueblo y de cualquier cosa ajena a mi trabajo me será muy difícil poderle informar.
-Pues mire: nada mejor para que me diga qué le parece el pueblo.
-Estupendo. Estamos muy contentos aquí y es de esperar que lo estemos siempre.
-¿Cuántos habitantes hay, más o menos?
-Más o menos, no. Hay exactamente en la actualidad 1.277.
-¿Es El Casar un pueblo rico?
-El Casar es un pueblo en el que la gente, trabajando, vive bien. Yo creo que es éste el pueblo más triguero de la provincia. Me refiero a cosecha de trigo, porque cebada y otros cereales se producen poco.
-En cuanto a servicios, ¿está todo bien atendido?
-Sí. Tenemos médico, veterinario, seis maestros, sacerdote, farmacia, y, por cuanto a servicios municipales, está todo perfectamente atendido: recogida de basuras, jardines, limpieza de calles. Hay personal de servicio, yo diría que para todo.
-¿Qué proyectos más inmediatos tiene hoy la Corporación?
-Hay cosas en perspectiva que no son problemas propiamente di­chos, pues no hay problema de calles, ni de aguas, ni de tendido eléc­trico, que suelen ser los más comunes para un ayuntamiento. Podría hacerse un polideportivo; ya se han comenzado las obras para un cen­tro social y, desde luego, hay que ir pensando en un ayuntamiento nue­vo cuando la cosa lo permita, porque, como le digo, no es nada urgente.
-El Casar tiene zonas de urbanización en su término, ¿no?
-Sí. Hay tres urbanizaciones que en verano cuadruplican la pobla­ción del pueblo, y son las de Montecalderón, El Coto y Las Colinas.
-Aparte de lo poco que queda de la fiesta de Las Candelas, ¿cuá­les son en El Casar las verdaderas fiestas patronales?
-Han sido para el 8 de septiembre, la Virgen de la Antigua. Yo es el primer año que paso aquí y me parecen muy bonitas, sobre todo el encierro.
En su camerino, iluminado casi de manera permanente, está en una de las capillas de la iglesia la imagen bellísima de Nuestra Señora de la Antigua, desde donde recibe a diario la visita fervorosa, la oración y el cariño de muchos de sus hijos que, a través de la verja, le hablan, más con el corazón que con la boca, y le dicen las mismas cosas que ya le dirían sus padres y sus abuelos con un recogimiento verdadera­mente conmovedor.
Algo avanzada la hora en la tarde del fin de semana, la carretera y sus proximidades eran un continuo pasar de vehículos buscando, cabe suponer, la paz y el bienestar del campo en otoño. Allí mismo, El Casar, una pequeña ciudad, un pueblo amable del que yo, al menos, guardo un grato recuerdo.

(N.A. Octubre, 1980)