martes, 3 de febrero de 2009

CARDOSO DE LA SIERRA


En algún momento del viaje llegué a pensar que aquello no tendría final, que con mis propios medios jamás conseguiría hacerme presen­te en el pueblo, al menos, tal y como en principio tenía previsto. Hu­be de salir de la provincia y, fuera de sus fronteras, uno anda como fal­to de seguridad, un poco como a la gallinica ciega. Luego ocurre lo de siempre, que pasadas aquellas horas de zozobra en las que por primera vez me pareció haber perdido en mí mis propias confianzas, re­cuerdo con especial cariño la tarde en que llegué y que me hizo po­sible descubrir tierras nuevas, nuevos paisajes y tipos humanos que ahora desearía trasladar hasta ustedes con la misma autenticidad conque fueron desfilando delante de mis ojos.
Cuando, después de haber entrado en tierras de Madrid, se va de­jando atrás escondida en el hondo la ciudad de Torrelaguna, las ca­rreteras son un laberinto inacabable difícil de descifrar, hasta que por fin se advierte algo de luz que te permite vislumbrar con una claridad relativa la meta final por la que te interesas. A estas al­turas de la sierra, caminando a veces por pasadizos inverosímiles al borde del precipicio, bajo la amenaza de risqueras oscuras que semejan, desde sus atalayas inaccesibles, monstruos de granito en permanente actitud de venirse abajo al más mínimo desliz de la natu­raleza, el viajero se reconoce pequeño, insignificante, apenas nada, muy por debajo de las estepas y de las jaras del matorral que se mimbrean en los ribazos con el vientecillo fresco de la sierra, ano­nadado ante la magnificencia y el volumen descomunal de aquellas ma­sas inertes que te acaban por acordonar en todas direcciones, impidiendo la visión más allá de sus cumbres, detrás de las que, por todo ver, sólo aparece el cielo limpísimo de la tarde serrana, partido en dos por la cinta de humo blanco de un aparato a reacción que cruza con dirección norte.
El Cardoso aparece al final en el centro de un inmenso valle al que circundan montañas de robledal teñidas de ocre. Se adivina des­de lejos que es un pueblo pequeño. Antes de llegar nos encontramos de nuevo con el río Jarama a poca distancia de su nacimiento. La tempe­ratura ha descendido de manera sensible. Hay bloques de hielo en las um­brías cubriendo un paredón de piedras de pizarra. Dos vacas negras rumian al sol en una pradera vecina ya de las primeras casas.
La Plaza Mayor está debajo de la iglesia, a distinto nivel sobre el terreno; la diferencia de altitud entre una y otra la marca la fuente pública, construida en 1946 siendo alcalde don Francisco Gu­tiérrez. La fuente arroja dos chorros abundantes de un agua fría, a punto de congelarse.
-Por favor: ¿Podría decirnos dónde hay un sitio para tomar café?
La verdad es que terminaba de llegar y la pregunta no era demasia­do fácil para contestar sin conocimiento de causa. Eran dos señoritas que habían llegado de Madrid ex profeso a tirar un ca­rrete de los de color y husmear de paso por los rincones más escondidos, por las callejuelas más pintorescas del pueblo. Se ve que son unas señoritas que apenas han salido del asfalto y de la megafonía, del metropolitano y de los carteles luminosos de la ciudad. Abajo, por la calle Lisa, apetece resguardarse al abrigo de las parideras. En El Cardoso abunda la arquitectura rural del entramado y de la piedra oscura; piedras de pizarra argentífera que centellean a veces con el sol fuerte de la media tarde. El pueblo desde allí se ve levantado sobre una plataforma cenizosa de roca que sobresale en oca­siones por encima de los mismos muros de las tainas. Cubriendo la puerta de entrada en algunas viviendas, hay curiosas galerías de ma­dera vieja, un poco destartaladas, a la sombra de los aleros con un rusticismo realmente encantador. Al visitante le da por pensar en la Tablanca legendaria que cantó Pereda, y comprende -quién no, con aquella estampa montaraz como escenario- el apego del insigne santanderino a las tierras vírgenes de sus antepasados, a la serenidad embriagadora de las cumbres, a la solidez de aquellas almas, vírgenes también, escondidas dentro del cuerpo tosco y descuidado de los campesinos montañeses.
En un rincón de la calle del Tino están dos de los treinta habi­tantes que quedaron en el pueblo. El hombre ha salido de la casa comiéndose un trozo de pan que va rebanando con una navaja cabritera.
La mujer está sentada al sol sobre un escalón al pie de las losas del corralejo. El hombre y la mujer son hermanos. Ella se llama As­censión y él Hipó1ito. Hipó1ito es soltero y vive en el rincón con otro hermano suyo, soltero también, que se llama Juan. Son hombres mayores que deben de vivir, pienso yo, de la jubilación. Pasado los primeros instantes de recelo -las cosas tampoco están como para fiar se de desconocidos-, nos damos todos a conocer y nos hacemos amigos, muy amigos. Charlamos mucho rato, hablamos de todo, de cara siempre a las montañas de la sierra sobre las que se quedó el sol.
- A ese le decimos el Cerro de la Francisquilla. Ya es de Madrid. De aquí son el Pico de la Calahorra y la Cabeza el Gurrial, éstos de atrás. Luego, allá arribotas, en la Cebollera, es donde se juntan las tres provincias: Guadalajara, Segovia y Madrid.
- ¿No les da un poco de pena que quede tan poca gente?
Aquí nos hemos quedao reculaos los que no nos pudimos ir. Siem­pre en el sitio donde nacimos. Qué quiere que le hagamos.
- ¿En qué se distraen ustedes?
- En nada. Nos sentamos al sol o a la lumbre, y a esperar. Vemos la tele, y algunos se van por la noche a pasar un ratillo a la ta­berna. Nosotros no vamos casi nunca.
Le costó mucho a las señora Ascensión hacerme comprender de qué se vive en el pueblo. No es que me lo contase mal, no, ni mucho me­nos. A veces es que la mente se obstina en no entender la realidad de otras formas de vivir, que para ellos no son nada nuevo.
-Pues ya se lo he dicho: de las patatas y de las cuatro judías que cogemos en los huertos. Estos míos, ni jubilación ni nada.
-Cogerán muchas judías y patatas, claro. Y las venderán...
-Que no señor. Que se coge sólo para el gasto, y si damos algu­na a los conocidos. No ve que son huertecillos pequeños.
-Entonces, el dinero ni lo ven ni lo tocan.
- ¡Mia, el dinero! Si vendemos algún ternerillo ya tenemos para pasar el año. Y cuatro huevos de las gallinas para el gasto. Siem­pre hemos vivido así.
- Y ahora, ni escuelas ni nada, ¿verdad?
- Escuelas ya no hay. La médica se ha ido a vivir a Montejo aun­que le corresponde aquí, pero como no hay casa arreglada... El se­ñor cura sí que está en el pueblo. A los chicos se los llevan a Guadalajara a un colegio nacional que comen y duermen y todo. Pero, digo yo que para qué nos pregunta usted tanto. A ver si nos van a sacar en los papeles como al de La Hiruela.
El pueblo está rodeado de huertecillos, de praderas, y de árboles a los que todavía no les han brotado las hojas. Por las calles solitarias de El Cardoso sa­le un olor pastoso, muy agradable, a roble quemado que el organismo absorbe con verdadero deleite, como un baño interior de naturaleza pura que se intentase colar a través de los sentidos. Al volver una esquina de la Casa Ayuntamiento se oye hablar en tono alto, un mur­mullo que rompe el silencio sepulcral de las calles del pueblo. Es el bar de la, señora Gabriela. Su marido lo hizo hace unos me­ses con un poco de tienda pensando en Margarita, buena chica donde las haya, pero que no quiso estudiar, y ahora, cuando las estanterías están llenas con algo de todo, cuando la "Gaggia" de dos bra­zos tira un café "mejor que el que se hace en la capital', Margari­ta dice que no le gusta el pueblo.
- Ya ve usted ahora, qué plan tenemos.
- ¿Sirven también comidas?
- No. Si viene alguno por compromiso se le hace, pero no.
- ¿Suele venir gente de fuera?
- Los fines de semana vienen muchos cazadores. Días de cuarenta.
- ¿Qué tipo de caza hay por aquí?
- Jabalíes. Un día mataron trece. Ahora vienen más a pescar.
En El Cardoso se celebra la Asunción y San Roque, si bien, en el recuerdo queda la fiesta de las retamas en San Pedro. Me lo contaba Ceferina, en la calle Lisa, una señora que se fue hace veinte años y aparece por el pueblo siempre que el calendario le ofrece cualquier huequecillo aparente.
- De todo eso, mucho. Había rondas de mozos, cantaban los mayos y aquello del reloj, nos retamaban a las mozas...
- ¿Cómo era aquello?- Nos ponían retamas en el tejao, prendidas de las tejas. Luego, hay unos días que le dan a uno el sampedro. Si hubiera venido en carnaval, le hubiéramos enseño lo que era eso. Una vez, vino un médico diciendo que aquello era una indecencia, ¿sabe usted?, y luego era él peor que ninguno. Eso tiene mucha historia.
La iglesia parroquial de El Cardoso se construyó con los mismos materiales que predominan en la arquitectura popular serrana: la cal y la pizarra. Sobre la espadaña se luce una cruz de aluminio, alta y fina, que contrasta con el estilo rústico del templo. La iglesia está desmantelada, no tiene piso, las paredes sin recubrir sacan a la vista la tosquedad de la piedra y de la cal hecha polvo. Están en obras. Acaban de poner la techumbre y poco a poco se atenderá. lo de­más por riguroso turno. Encontré al sacerdote sobre una escalera co­locando los cristales de una verja que separa al presbiterio del res­to de la nave. Dentro, media docena de bancos, la lamparilla del Sa­grario proyectando sombraluces en el muro, las imágenes de la Asun­ción y de San Roque, presidido todo por un Cristo Crucificado sobre la pared limpia del ábside. Creo no haber visto nunca. una iglesia con menos ostentación, más recogida y más pobre. Es una iglesia para re­zar sin esfuerzo, sólo para rezar, después de haber visto y vivido la maravilla de aquella naturaleza latiente, que invita a quedarse allí, perdido para siempre como uno de tantos, en de la paz de sus días, donde aún las horas son horas.
(N.A. Abril, 1982)