viernes, 27 de febrero de 2009

CLARES

Los pueblos apartados de las principales vías de comunicación cuentan siempre con el encanto de la novedad. La mañana de este otoño apacible nos trae hoy a primeras horas por los tranquilos recovecos premolineses del campo de Maranchón, donde uno cada vez que los pisa se suele sentir como en propia casa.
Un cruce de caminos con su correspondiente indicador al término de las hazas, y una ermita lamida de soslayo por los tímidos soles de la diez, nos abren de hecho las imaginarias puertas de Clares. El pueblo queda un poco más arriba, medio escondido en la vertiente opuesta de una leve sinuosidad por estas tierras ásperas y despobladas. Hace algo de frío. Por los ventanillos de la ermita, en me­jores tiempos dedicada a San Roque, se alcanzan a ver las primeras ruinas del viejo santuario, hedor de la desidia, carcoma irreversible que acabará con él en cuestión de años, o de meses quizá, si al in­vierno le diera por ser cruel. Al fondo se adivina un retablillo destartalado, que para poco más puede servir que para quemarlo en una ho­guera votiva en la fiesta del santo patrón. Al costado, la silenciosa paz del camposanto. Un cementerio chiquito más bien, plantado en mitad de cruces y de lápidas mortuorias, y de yerbajos secos en los anchos espacios que aún quedan libres y que así quedarán para siempre, porque en Clares, no hay hombres ni mujeres para vivir ni tampoco para morir.
Descansando un poco del viaje en el frío esca1ón de la ermita, alcanzo a distinguir en las orillas del pueblo una extraña manada de reses, blancas como la espuma, que guarda un señor con una vara larga. El hato refulge a veces con el sol y hace aspavientos que con la distancia apenas distingo. Cuando me acerco, descubro que se trata de una manada de pavos de corral, grandes como ovejas, picoteando en los rastrojos de La Curata.
- Pues mire usted, yo creo que es lo único que me faltaba que ver, un rebaño de pavos. Y ahí los tiene, pastando como corderos.
- ¿No lo ha visto nunca? Entonces es que no conoce Extremadura.
Bien, pues el simpático pastor de pavos graznantes y comilones del pueblo de Clares se llama Antonio García. Hablamos un poquito, viendo al mismo tiempo a las aves sacar de la tierra y de las pajuelas perdidas en la tierra, algo que encaminar a su robusto corpachón de plumas.
- Se comen todo lo que pillan, pero lo que más es el trigo que se escapó entre las pajas de la cosechadora.
- Luego los venderá para Navidad, supongo.
- Qué va. Son para el consumo de la casa. Los vamos matando y nos los comemos en cecina. Yo ando un poco delicado, y como no puedo co­mer grasas, esto me va muy bien.
- He visto la ermita.. Si no acuden a ella se les va a hundir.
- Pues sí. Allá más lejos tenemos otra que está mejor arreglada. Aquella es la de la Virgen de Lluvio.
- Tengo idea de que por aquí cerca hicieron algunas excavaciones buscando cosas antiguas, ¿no?
- Sí, es verdad; ahí por aquella parte. Dicen que hay enterrado un rey persa; un rey de reyes, por lo visto. Yo no sé lo que será eso. Vienen muchas gentes de Zaragoza y de otros sitios a buscarlo, pero que no hay quien dé con él. Han sacado hallazgos y cosas de ahí.
- Pero del rey persa, nada.
- Nada. Cualquiera sabe adónde lo meterían a ese.
- Deben de ser ustedes muy pocos en el pueblo, ¿verdad?
- Pocos. En invierno, para el caso quedamos dos familias: el alcalde y yo. Ellos son tres hermanos solteros, y luego mi mujer y yo que no hemos tenido chicos, así que, cuente.
Los altozanos que circundan a cierta distancia al pueblo son de bosquecillo bajo, fragosidades prácticamente inservibles. Los hon­dos y humedales parecen ser lo único que se cultiva y lo que, a la hora de la verdad, tiene alguna aplicaci6n.
- Bueno, pues le dejo. Voy a darme una vuelta por la ciudad. No creo que me pierda.
El señor Antonio se ha puesto a pensar apoyado en su vara. Mira hacia los pavos tranquilos y luego habla.
- Me subiré con usted, porque lo mismo no va a encontrar a nadie.
- ¿Y el ganado?
- Esos se cuidan solos. No se van. Cuando se cansan, o no encuentran qué comer, se vuelven a casa.
Vemos a la entrada, próximas a las primeras viviendas, las anti­guas casillas de las eras que todavía aguantan en los ejidos emplea­das para pastos. También hay una nave monumental para encerrar ganado.
- Sí, ovejas habrá unas ochocientas, seguramente.
Mi acompañante me dejó un momento mientras se acercaba, no sé yo donde, a buscar la llave del local social que tiene en el pueblo la asociación de vecinos. Aproveché para ojear a mis anchas las cortas callejuelas de Clares, encajadas entre casonas grandes, hechas de ca­liza oscurecida por los siglos. Un frontón de cemento levanta su án­gulo mural mirando al sol, sin una sola alma que se ocupe de jugar en él. Olmos sin hojas, pero vivos aún, y acacias mustias. En la espadaña de la iglesia hay una piedra grabada en la que se pue­de leer: "A 1693 ÑO". Las dos campanas cuelgan mu­das, sacudidas muy suavemente por el viento de la mañana.
- ¿Qué le parece todo esto? -ha preguntado un señor a mi espalda.
- Muy bien. Me parece muy bien. Demasiado sólo lo encuentro.
- Si quiere le puedo enseñar la iglesia por dentro. No está mal.
Es pequeña la iglesia de Clares, ya lo creo. Para qué más. Tiene dos naves y se encuentra blanqueada y muy limpia. Hay media docena de reta­blillos con imagenes antiguas, sin otro valor que el meramente emotivo. Don Mamerto García, mi nuevo cicerone hermano de Antonio, va dándome a cada paso la oportuna explicación de lo que vemos.
- Ahí tiene la Virgen del Rosario. Y ésta es la de Lluvio.
- ¡Ah! pues yo había entendido que la tenían en la ermita.
- No señor. La de la ermita es una copia. Se celebra el domingo si­guiente a la Ascensión. La llevamos en procesión por el campo y es muy bonito. Esta otra es la Virgen de la Cabeza, y San Pascual Bailón con las ovejillas; su fiesta no se celebra en este pueblo.
- El retablo mayor está muy bien. Se ve que lo cuidan.
- Es la Asunción la que tenemos ahí; y en ese otro el Santísimo Cristo del Socorro. Tiene una hermandad que todavía existe, pero hace mucho tiempo que no tiene fiesta.
A la salida de la iglesia asilo hay un olmo con más de un siglo de antigüedad. Es seguramente el olmo más antiguo que yo conozco. El olmo está completamente hueco; se sostiene en los bordes verrugosos de la corteza y tiene cerca de cinco metros en derredor del tronco.
- Y en cambio todavía vive, ya ve.
- Siempre lo hemos conocido así. Quién sabe los años que tendrá. De chicos nos gustaba colarnos entre la rendija de arriba. Ya no se coge dentro, porque cada vez tiene más vicio.
- Es bonito recordar tantas cosas, ¿verdad usted?
- Aquí en la placeta de la iglesia se hacía una hoguera el día de Nochebuena. Era una costumbre muy bonita.
Cuando regresó Antonio García con la llave del Centro Social que había escapado a buscar, pasamos a verlo. Según me contaron se inauguró a principios de verano, y ha sido un éxito rotundo de asistencia por parte de todos.
- Ahí está la lista de socios. Están anotados unos ochenta, pero son más. Seguramente que pasan de cien.
Después se juntó con nosotros el alcalde pedáneo, Saturnino Tabernero, por su condición concejal del ayuntamiento de Maranchón. Por lo que se ve no parece hombre de muchas palabras
- Este local era la escuela antiguamente –me ha dicho.
El sitio es sencillamente acogedor. Por las colgaduras y ornamentación se nota que es lugar común de reuniones cuando el pueblo se llena de gente. ­Sobre la pared frontal hay un escudo con leyenda que habla de la Aso­ciación de Vecinos y amigos de Clares; un cuadro mural, muy decorati­vo y muy bonito, pintado al óleo por Álvaro Alejandre, oriundo de la villa, donde se ven las cercas del campo más próximo, las ovejas pastando, y una panorámica alegre y colorista de la entrada al pueblo.
- El chico que lo hizo vive en Guadalajara. Su madre es de aquí.
Luego surgió la discusión, bizantina entre mis ami­gos acompañantes, acerca de si lo que se ve en el cuadro es el corral del Tío Tal, o la pradera del Tío Cual, señalando a todo esto con la vara en la tela pintada, hasta que al rato concluyó el agrio parlamento como cabe esperar, sin acuerdo y por agotamiento del tema.
- ¿Y aquí quién suele servir? –pregunto. ¿Quién hace de camarero?
- Cualquiera. Sólo se abre en verano.
Dejamos el centro de recreo -con su media docena de mesas quietas, con su futbolín esperando que acabe la temporada de los futbolistas de carne y hueso para entrar ellos en acción, con su carteleta detrás del mostrador anunciando el precio de los productos-, para salir a la calle. El otoño delantero por aquí estrecha las vidas de los hombres, asola el paisaje y arruga los campos haciéndolos callados y recoletos. Sobre un otero se ven, casi juntos, el depósito del agua y la antena de la televisión. Todo lo demás aparece como muerto, no dice nada. Cerca de nosotros suena la maquina del hormigón que emplean unos albañiles. El batir de la rueda dentada se oye por todo el pueblo y por los campos que lo rodean. Luego bala una ove­ja desde la nave de las eras.
No es nada de fácil encontrar, hoy por hoy, tanta paz y una quie­tud tan sedante como la que se cierne en estos remotos parajes por los que nos hemos venido a perder. La bandada de pavos blancos sube ya hacia el pueblo en solemne anarquía por la cuneta, sin que los guíe ni los moleste nadie. El sol de las doce y media llega hasta nosotros filtrado por unas nubes grises que, cuando menos, sirven de abrigo a los campos. Por los bancales de más allá de la ermita corre ladera arriba un le­brato despavorido, con las orejas tiesas, saltando por encima de los tomillos y de las aliagas.

(N.A. Diciembre, 1985)