domingo, 22 de febrero de 2009

CIFUENTES


El loquillo febrero nos jugó la mala pasada de ponerse a llover cuando la maña­na se las prometía radiante. Luego salió el sol y las torres de la villa se pusieron a brillar con sus piedras mojadas. Cifuentes, visto así, se muestra como un inmenso diamante perdido en la fragosidad de aquella plataforma de la Alcarria.
Acabo de entrar en buena hora. Paso un poco a la desentendida, queriendo par1i­cipar de manera oculta en las interioridades de la villa como mero espectador. Ignoro lo que será el resto de Cifuentes, pero este moderno rincón que acuñaron como Plaza de la Provincia es de una belleza sin par. A una y otra parte se advierten algunos ejemplares en piedra labrada que delatan la extraordinaria vicisitud de su historia lejana. Un muestra­rio de estilos que hallan su tiempo más remoto en la colosal portada románica de San­tiago, acceso oeste de la iglesia de San Salvador que de Inmediato nos trae a la memoria la casi legendaria personalidad de doña Mayor Guillén de Guzmán, primera señora de Cifuentes y amante del rey Sabio. Encima mismo, el magnífico rosetón gótico de caliza calada, rico y soberbio. A nuestra espalda la mole conventual de Santo Domingo, de concepción barroca meticulosamente restaurada, y, al mediodía, la filigrana heráldica de la Casa de los Gallos, juego increíble en mediorrelieve de leones rampantes, de puentes, escalas y penachos, bajo el oscuro alero de una casa solar, legado, como tantas más, de la hidalga Castilla del XVI. Todo ello orlando el romántico recuadro de una moderna placetuela ocupada por un simbólico surtidor del que brotan dos chorrillos tímidos, unos cantos árboles en línea desprovistos de ramaje, media docena de bancos de piedra y una crucecita al fondo sobre escalinata y fuste, que hubiera sido la delicia, claro que sí, del alma de cristal de Gustavo Adolfo. Atrás el muro del pretil, atalaya natural sobre la plaza del pueblo.
- Buenos días. Oiga: ¿cómo llaman en Cifuentes a este mirador?
- Pues no lo sé, señor. No soy de aquí. Cualquiera se lo podrá decir.
Por l su acento al hablar, el hombre debería de ser extremeño. Desde la Bar­bacana, la Plaza Mayor se ve abajo como un triángulo isósceles ribeteado de soportales por los que pasa la gente, entrando y saliendo a los bares ya las tiendas, cuyos escapa­rates se advierten por detrás de las columnas. La plaza está llena de automóviles y de furgonetas, no cabe uno más. Se ve que la mañana del fin de semana trajo a la metrópoli una considerable porción de los hombres y mujeres que viven en los pueblecillos pró­ximos.
A nuestra altura, y algunos más bajos todavía, se ven los tejados ocres y grises que acorazan la villa con un bosquedal en sus lomos de antenas de televisión, en con­traste con la serena y evocadora presencia del castillo, allá sobre una loma veladamente pinariega, memorial inerte del turbulento don Juan Manuel que lo mandó levantar, y de la bellísima y desdichada princesa de Éboli que nació allí, y en aquellas laderas perdió de niña su ojo derecho, sin que el irreparable accidente fuera motivo para andar más tarde en boca de la gente y de la Historia como blanco de amatorios con reyes y nobles de la época que jamás, por otra parte, nadie ha sido capaz de demostrar. Un severo pa­norama gris tiñe a lo lejos el espectáculo montaraz de breñas y de olivos que conforman esta zona tan característica de la comarca.
El cercano campanillo del ayuntamiento martillea a nuestra derecha el toque de las doce en su carillón de hierro negro. Uno lamenta, an­tes de entrar a ella, el saber tan pocas cosas de Cifuentes. Piensa que es, quizás, la ciudadela de la provincia de la que menos conoce y te­me hacer con su visita un pobre papel, incluso para la propia villa. Los escudos de sus paredes, la monumentalidad de sus torres, la venerable senectud de sus casonas -nido de hidalgos, cuyos espíritus no andan lejos- sobrecogen al que lleva consigo la complicada misión de contar lo que ve.
Acabo de bajar la escalinata que me deja en la Plaza Mayor. Los soportales resultan oportunos para guarecerse del molesto amago de aguacero que está dejando caer la mañana. Ahora llegó medio perdido a la reco­leta placetuela de San Francisco, con su añoso arco de sillería por el que se pasaba a las antiguas escuelas. Calles estrechas y limpias, viviendas de admirable rejería dan conmigo ante la portada gotico-renacentista de una ermita a la que avecinan unas cuantas columnas desnu­das y algunos arcos entre ellas de piedras numeradas. En la pared con­tigua hay un escudo nobiliario de alabastro, cuyo significado también desconozco.
- ¿Sabéis vosotros qué iglesia es ésta?
- Ni idea. No somos de aquí.
- Pues, qué raro ¿no? A nadie que le pregunto es de Cifuentes.
En la calle del Remedio hay un colegio, parece antiguo, que se lla­ma. "Fray Diego de Landa”. La ermita en cuestión está dedicada a la Virgen del Remedio y es originaria del siglo XVI. En el interior de una tienda de regalos suena, a medio tono, la versión para pulso y púa del célebre Minueto de Boccherini. Más adelante, el agobio del personal y de los automóviles que bullen en la plaza al abrigo del señorial fron­tispicio del ayuntamiento.
Temiendo tirar en el vacío mis preguntas inútiles dirigidas a per­sonas que ni son de allí ni conocen Cifuentes, se me ocurre entrar a la ca­sa consistorial para interesar datos. Uno piensa que es esta la pri­mera vez que se pone al habla con la oficialidad voluntariamente y su­be las escaleras un poco a contrapelo. Las oficinas de Secretará es­tán a estas horas de la mañana en plena actividad. Las máquinas de es­cribir repiquetean oficios en papel con membrete y los archivadores descansan sobre los anaqueles. El alcalde está despachando con dos ve­cinos de Ruguilla, mientras el desconocido se sienta a esperar en una silla libre que hay al lado de la pared.
- ¿A usted le atienden ya?
- No se preocupe; apenas si tengo prisa. Venía, un poquito como quien dice a conocer Cifuentes.
El alcalde se llama Quintín Pedro Palafox. Un muchacho de mediana edad que vale para el oficio, atento, servicial y extraordinariamente afable. El alcalde me dice que él mismo me puede acompañar a recorrer la villa cuando a mí me parezca. Le digo que cuando guste, y bajamos de inmediato hasta la biblioteca pública ubicada en el piso bajo del ayuntamiento.
- ¿Qué población tiene el municipio hoy?
- Con exactitud no es fácil saberlo. Si incluimos los diez pueblos anexionados, andaremos con las 4.000 personas. Cifuentes sólo puede te­ner unas 3.500. Muchos de ellos instalados provisionalmente por las obras de la nuclear.
La biblioteca debe de contar con unos dos mil volúmenes, colocados y clasificados convenientemente en sus armarios respectivos.
- Ha sido un éxito. Colaboró con nosotros la Diputación y tiene una aceptación increíble, sobre todo para estudiantes y chicos de los colegios.
- Un poco pequeño parece el local, ¿no?
- Muy pequeño. Queremos ampliar y subirnos la biblioteca al antiguo convento de Santo Domingo.
Los documentos que son historia de la villa desde el siglo XIII, quedan en otra habitación próxima, recogidos y numerados en trescientos archivadores como custodia.
- Hay muchos documentos de la época de Felipe II, de Carlos III y de Carlos IV sobre todo.
Fuera, en la plaza, me doy cuenta de que el vecindario se ha empe­ñado en adecentarla, sin apenas quitar mérito a su encomiable antigüedad y sobre todo a su historia.
- Pues sí, y no só1o la plaza, sino el pueblo entero.
- Curioso; y motivo de satisfacción para el alcalde, naturalmente.
- Tiene su explicaci6n. Resulta que dimos orden de no cobrar a na­die licencia de obras durante doce meses, y la gente se ha volcado en arreglar sus fachadas. Un estímulo que está en manos de cualquiera; aquí lo pusimos en práctica y el resultado ahí está.
Pasamos luego por la calle Empedrada, donde queda la vieja sinagoga hebrea, y por la de Las Campanas que, según me contó el alcalde, es la calle más estrecha de Cifuentes.
- Por aquí es corriente encontrarse con pintores y artistas durante el buen tiempo. El aspecto es muy bonito.
- ¿De qué viven los cifontinos?
- Un poco de todo: del comercio, de la agricultura y ganadería, y en los últimos años del trabajo de la nuclear. Afortunadamente no te­nemos paro. En este momento me parece que hay tres parados, y es muy posible que a la semana que viene tengan dónde trabajar.
Pero el mayor acontecimiento, ajeno por completo a la vida y a la historia del pueblo, ha sido para mí el encontrarme ante al curioso nacimiento del río Cifuentes, al pie del Castillo. "Centum Fontes" es en su origen el nombre de la villa y he aquí la razón. Co­mo una sencilla covacha a ras de suelo bajo un arco, surge a borboto­nes el inmaculado caudal de la fuente de la Balsa, cuyo manar ocasio­na aneja una enorme balsa de agua limpia, por la que navegan en pe­queños bancos centenares de truchas en medio de un ambiente ideal pa­ra su correcto desarrollo.
- Las hemos renovar con alevines y, cuando van creciendo, se suel­tan para repoblar el río. Algunas se bajarán al Tajo, seguramente.
Mas arriba, en un tramo importante y debidamente canalizado, el agua brota del mismo modo por debajo de la rocosa plataforma en la que se apoya la histórica fortaleza, siendo este el origen del simpático riachuelo de la Alcarria, potable y transparente, que si hemos visto nacer de noble y medieval alcurnia, también lo hemos visto morir dos leguas más abajo, brusco y precipitado, en las famosas cascadas de Trillo.
- ¿Y es toda el agua potable?
- Toda. Seiscientos litros por segundo es lo que mana normalmente. De aquí se sube al depósito para el abastecimiento público. Lo que hemos visto marchar es, por decirlo así, el sobrante.
Muy cerca queda el convento de las RR.MM. Capuchinas de Nuestra Señora de Belén, fundado por los Condes en los albores del siglo XVI, lugar de retiro en donde perviven dedicadas a la oración y al trabajo die­ciocho monjitas de clausura.
- Todo este paseo, en verano, es precioso.
Me llevó después el alcalde al barrio nuevo de Puerta Salmera, muy en las orillas, el Cifuentes nuevo donde los chiquillos de los colegios juegan al sol de la mañana.
- Bueno, pues, más o menos y un poco a la ligera, esto es Cifuentes.
- Estupendo. No me parece ser el más indicado para deshacerme en calificativos elogiosos, pero me ha gustado mucho. Comprendo que haya ­sido esto, durante tantos siglos, blanco de amores y de odios por par­te de los grandes.
- Con un poco de tiempo hubiéramos podido entrar mejor en detalles. Aquí estamos, para lo que podamos servir.
En el reloj del ayuntamiento hace rato que dieron las dos. Antes de partir uno se da su vuelta postrera por la plaza, entrando y saliendo con la gente por entre los soportales, tomando una caña de cerveza en un bar, mirando los escudos... Pienso en lo que hubiese sido de la villa si se hubiera podido evitar el estrago continuo a que la sometió la Histo­ria, su propia historia: el incendio provocado por Felipe V, en ven­ganza a sus gentes por haberse puesto a luchar en favor del Archidu­que; el que ocasionaron cien años después los franceses al huir como plaza defendida por El Empecinado; el expolio de las guerras Carlis­tas y la lamentable desolación de la última contienda civil. Pese a todo eso ahí está la eterna Cifuentes, hidalga y señora de por vida, como ave fénix surgida de sus propios despojos pero un poco sola, hermosa e injustamente, quizás, olvidada.

(N.A. Marzo, 1985)